El debate: mitos y la vapuleada memorable de AMLO a Ricardo Anaya.

De ProtoplasmaKid

El debate como competencia de propaganda política:

Si me atengo al contenido verbal del mal llamado segundo debate presidencial sólo puedo concluir que no fue un debate. Ni por asomo escuchamos ahí al menos un combate mínimo de argumentaciones con sus referencias factuales o axiológicas. Si describimos las cosas por los hechos observados, se trató de una competencia de propaganda política que se resolvió básicamente en dos componentes retóricos: relatos breves sobre la mitología política de cada candidato y virulentas invectivas y sátiras entre los contendientes.

Casi todo lo que dijeron los candidatos sobre su oferta política son mitos, relatos a lo mucho dotados de algún grado de verosimilitud, y a lo menos inverosímiles. Para dar sustento a esto me basta con referirme al que fue el tema central de esta ocasión: la relación con Estados Unidos de América. Ocurre que los candidatos afirmaron que lograrían vencer a Donald Trump a fin de conseguir un mejor trato para México en la relación bilateral. Asimismo, todos ellos se mostraron muy confiados en eso de poder apalancarse con los organismos internacionales para vencer a Trump. No puedo negar que todo esto se escucha muy bien, muy emotivo, bastante persuasivo…pero para los no informados y los muy emotivos. Porque ocurre que cuando contrastamos los dichos de los candidatos con la realidad empezamos a tropezar con serios problemas hasta quedar con casi nada en las manos. Para entender esto nos basta con traer a cuentas los siguientes hechos.

El leverage o apalancamiento de negociación de México con EUA es muy exiguo en virtud de que somos muy dependientes del vecino del norte. Es tan fuerte nuestra dependencia en este ámbito, que el valor de México para el resto del mundo depende casi por entero de sus relaciones con EUA, es decir, representamos alguna utilidad para el resto del mundo por nuestra relación y cercanía con el vecino del norte. Tome el TLC como ejemplo. Si ese tratado comercial se cae, México perdería algo de valor o utilidad para China, Europa y el resto del mundo, en tanto ya no sería una puerta de entrada comercial indirecta con exención de tarifas a los EUA. En ese caso hipotético, seguramente el resto del mundo encontrará más rentable hacer negocios directamente con EUA. Por otro lado, nuestra misma dependencia respecto de EUA le da a este país un apalancamiento descomunal contra nosotros en cualquier negociación, a tal grado que el vecino del norte nos puede arruinar con una simple gestión económica muy maquiavélica, que es algo que podemos comprender fácilmente si volvemos la vista a Venezuela.

Sabemos por los hechos consumados que Donald Trump se limpia los pies con los organismos y acuerdos internacionales, le valen un soberano pito. Y no son habladas de Trump, así lo ha puesto en acto. Con la implementación del America First ha ido convirtiendo al Fondo Monetario Internacional y a la OCDE en macetas de corredor. Le ha quitado apoyos económicos sustanciales a la ONU y a otros organismos internacionales. Ha dejado a la Unión Europea por su cuenta, de tal modo que los líderes del viejo continente se manifiestan públicamente como huérfanos. A la OTAN la tiene siempre al filo de la navaja con amenazas de liquidación y cierre. Mandó al bote de la basura el Acuerdo de París sobre el calentamiento global. Echó abajo el Irán Deal. Le entregó Jerusalén a Israel pasando por encima de las protestas de la ONU y la mayoría de naciones. Ha puesto en problemas y riesgo de muerte a todos los acuerdos comerciales de EUA con el mundo. Estrecha relaciones informales con Taiwán sin importarle un maldito bledo las muinas de China. Si con todos esos hechos alguien me dice que Donald Trump se tomará a pecho a los organismos internacionales en cualquier negociación o disputa con México, me muero de la risa porque estoy escuchando a un necio que se atreve a controvertir la realidad.

Finalmente, y por mucho que cueste aceptarlo, Donald Trump ha demostrado que, lejos de ser el torpe ignorante que la Falsimedia dibuja con evidente sesgo, es por el contrario bastante eficaz en la política. Donald Trump ganó una elección presidencial que prácticamente significó una lucha contra el mundo, y lo hizo al primer intento. Con Trump EUA se está reactivando con récords históricos y está más boyante que nunca. Trump le está dando una paliza a China por todos los flancos. Trump ya tiene con un pie en la prisión a varios demócratas notables por delitos contra el Estado. Y tome en cuenta que el conato de Trump se da en un campo político de primer nivel en cuanto a complejidad y grado de dificultad: EUA y lo global. Por el contrario, y sin pretender ofender, el conato de nuestros cuatro candidatos está en un campo político que, en términos relativos, es más simple y básico, y mundo en el cual, nos consta, no siempre han sido del todo eficaces.

Lo cierto es que toda esa monstruosa asimetría de apalancamiento entre México y EUA, y que va en nuestra contra, no va a cambiar con los resultados de nuestra elección presidencial, gane quien gane. Digo, a menos que estemos dispuestos a creer que alguno de los candidatos en contienda realicen milagros.

Para ser sincero, los únicos que pueden aplanar a Trump en su relación con México son los demócratas del país vecino, pero eso se ve muy improbable dada la debacle completa que está viviendo el partido Demócrata en los EUA por estos tiempos.

Con todo lo anterior, creo que queda claro que cuando contrastamos con la realidad los dichos de nuestros candidatos presidenciales en este tema, empiezan a surgir inconvenientes insuperables para la razón, de tal modo que sus relatos empiezan a declinar hacia lo poco probable, luego a lo verosímil y finalmente a lo inverosímil, de tal modo que nos quedamos al final con pura propaganda política, mitos. Y algo me dice que el que gane la contienda presidencial verá con sus propios ojos que sus relatos míticos en este tema terminarán convirtiéndose en sonado escándalo, que suele ser el común destino de todo mito.

Debo advertir que, en mi opinión, los menos propensos al mito en este caso fueron AMLO y Meade. Ellos dos fueron los más amortiguados y cautelosos a la hora de jactarse en sus posibilidades frente a Trump. Incluso AMLO deslizó algunos comentarios en el sentido de que coincidía con Donald Trump en algunos puntos de la relación bilateral. Pero sin duda alguna que los más propensos al mito y las jactancias en este caso fueron Ricardo Anaya y Jaime Rodríguez, quienes se pintaron sin ambages como los grandes caudillos que le darían una vapuleada ejemplar a Donald Trump. Por cierto que, a partir de este momento, dejo de lado a Jaime porque su candidatura es una payasada de mal gusto que significa un derroche insultante para este país. 

Es justo decir que no todo se trató de mitos en esta segunda competencia de propaganda presidencial. También hubo relatos probados, dignos de convicción. En el caso de AMLO, por ejemplo, podemos tener convicción en torno a su postulada honestidad puesto que tiene precedentes objetivos. AMLO es un hombre que se ha distinguido por llevar una vida modesta cuando comparado al suntuoso estilo de vida del político típico en México. Prueba mayor e indirecta sobre esto es que sigue invicto como hombre libre. Podemos apostar a que si AMLO tuviera aspectos sombríos con la ley en su vida, desde hace mucho tiempo lo hubieran metido a prisión. Lo que sí adquiere tintes de mito es su acostumbrado relato en torno a que su honestidad será el factótum que resolverá los grandes problemas nacionales. Ya he tratado este asunto en particular en otros artículos recientes en este diario. En el caso de José Antonio Meade, por su parte, podemos tener convicción de que es el candidato con más capacidad técnica en la gestión del Estado porque también tiene precedentes objetivos a este respecto.

Creo que de Ricardo Anaya solo hay una convicción en formación en la mente de muchos mexicanos: que es un joven deshonesto. Es por eso que Ricardo invierte buen tiempo en su apología o defensa en este tema.

El debate como competencia de persuasión:


Tenemos por persuasión a la creencia cuya certeza posee solo bases subjetivas, en tanto que la convicción es la creencia que posee suficiente correlato objetivo para ser admitida por cualquiera que esté dotado de razón. La convicción es relativa a la actividad intelectual, comunicable y siempre supone una prueba antecedente, en tanto que la persuasión es relativa a las emociones y sentimientos, incomunicable y no siempre supone una prueba antecedente. Como se verá enseguida, esta aclaración no es gratuita.

Como dije antes, lo que presenciamos en este mal llamado “debate” presidencial fue una competencia de propaganda política. En ese sentido, se trató de una competencia de capacidad persuasiva, capacidad para conmover, para excitar emociones, sentimientos y pasiones en el auditorio a fin de ganar su favor, y donde se sacrifica la verdad de lo dicho - convicción - en aras de pretender la sola aceptación de lo dicho - persuasión -. Esto explica el por qué los candidatos eligieron contenidos retóricos de alto poder emotivo: mitos, invectivas y sátiras.

Sobre el poder emotivo y persuasivo del mito, basta recordar lo que nos decía Platón hace más de 2,200 años en su Gorgias: "El mito es la vía humana y más breve para la persuasión". Gran verdad que sigue teniendo vigencia. Y en cuanto a las invectivas y las sátiras, bueno, creo que sus mismos efectos visibles en el público, como los abucheos y las carcajadas, nos deja claro que su propósito es eminentemente emotivo y persuasivo.

Pruebas objetivas sobre el poder persuasivo del mito las tenemos en el mismo mal llamado segundo “debate” presidencial. Pese a que resulta inverosímil lo que afirman los candidatos en el sentido de que lograrían vencer a Donald Trump en una disputa binacional, hay muchos mexicanos que están dispuestos a creerles pese a que no prueben lo que enuncian. A esos mexicanos les basta con que lo diga su candidato preferido. Y si les basta eso, no es sino porque están actuando emocional, sentimental o pasionalmente.

Indudable que el uso de esos contenidos retóricos por parte de los candidatos prueba que saben, al menos por sentido común, que para mover a un auditorio a su favor no basta con convencer, sino que es preciso conmoverlo para persuadirlo. Y por supuesto que también saben que la persuasión puede cumplir sus propósitos sin requerir de convicción antecedente, sin tener que probar lo que se dice, y de ahí el uso preferente de los mitos, las invectivas y la sátira en el mal llamado segundo “debate” presidencial.

Siendo así, es un absurdo intentar determinar a un ganador y a un perdedor de este segundo “debate” presidencial toda vez que no hubo “debate”. Absurdo, porque no se puede valorar lo no existente. Mi opinión es que aquellos que se ocuparon en esto en los medios y las redes sociales apenas terminado el mal llamado “debate” son dos tipos de personas: las primeras víctimas del trabajo persuasivo de los candidatos en el “debate” o bien colaboradores no declarados de su candidato preferido en la tarea persuasiva.

Mi veredicto sobre el resultado del mal llamado “debate”:


Pero lo que sí podemos hacer en nuestros afanes valorativos de los resultados del “debate” es lo siguiente: determinar quién fue el mejor y quién el peor en eso de excitar emociones, sentimientos y pasiones en el auditorio. Y determinar eso es fácil. Basta con referirnos a las encuestas de opinión sobre el ganador y el perdedor del “debate”. Solo tiene que interpretar las cosas correctamente. Cuando le dicen: “X fue el ganador del debate en opinión de nuestro estudio”, debe interpretarlo como es: X fue el más persuasivo de los candidatos.

Enseguida daré mi veredicto de ganador y perdedor en esta segunda competencia de propaganda o persuasión entre los candidatos presidenciales. Para esto, postulo lo siguiente sobre algunas creencias del mexicano promedio. Primero, cree que no vive en el mejor mundo posible. Segundo, cree que es necesario un cambio radical en la vida política para ir hacia el mejor mundo posible. Tercero, cree eso con certeza subjetiva, no objetiva, de tal modo que no puede probar estas cosas satisfactoriamente. Cuarto, cree que los políticos de sistema son corruptos. El lector está en libertad de aceptar o negar mis postulados, y si los niega, mi veredicto no procede.
 
Bien, pues yo creo que AMLO fue el ganador de esta competencia de persuasión por las siguientes razones. Aunque los cuatro candidatos proponen un cambio - ¿hay candidato que no proponga un cambio para emocionar al público? -, solo AMLO propone un cambio radical en la forma de hacer las cosas, un cambio al presunto mejor mundo posible. El resto propone un cambio que equivale a un perfeccionamiento del mundo actual. Esto ya le dota a AMLO de más poder persuasivo.

AMLO añade convicción antecedente a su discurso por su honestidad mítica y porque es el único candidato con un estatus sociológico de líder antisistema reconocido por partidarios y neutros, incluso por sus mismos oponentes y detractores. Estos dos factores obran como pruebas de lo que dice respecto al cambio y a la honestidad en su propuesta para la nación, gracias a lo cual añade convicción antecedente y potencia su persuasión. Si digo “honestidad mítica” es porque la honestidad de AMLO se ha convertido en una suerte de milagro que siempre requiere la fe que acompaña a toda mitología.  Estos dos factores no los poseen Meade y Anaya, por lo cual añaden mucho menos convicción antecedente en lo que toca a su propuesta de cambio para el país. 

AMLO se aplicó muy bien en lo que debe hacerse con el tiempo en este tipo de eventos: se enfocó en hablarle a la nación sin reaccionar demasiado a las invectivas y sátiras de los otros contendientes. El tiempo que perdió se debió a que por momentos picó el anzuelo de Anaya y Meade en eso de la disputa.

Pero sin duda alguna que la mayor cuota del triunfo de AMLO en este mal llamado segundo “debate” estuvo en la humillada que le propinó al joven Ricardo Anaya con la corrosiva sátira de la cartera. Con eso AMLO logró usar una creencia muy arraigada en los mexicanos – la corrupción de los políticos – a fin de conmoverlos y moverlos a su favor a través de un recurso muy persuasivo, como es la carcajada, y usando para ese efecto a un personaje que es por estos tiempos ejemplar bien logrado de la clase política de sistema. De paso, debo aceptar que AMLO posee dotes de comediante. Vaya que sí. Las gesticulaciones teatrales que usó en ese giro de la cartera fueron comiquísimas. Fue la más jocunda explosión de sátira política que yo haya presenciado en mi vida. Aseguro que causaría la envidia de Moliere y Aristófanes. 

Meade se vio menos eficaz que AMLO. Aprovechó muy bien su tiempo hablando casi exclusivamente al auditorio. El problema es que su trabajo de persuasión no es muy eficaz. Meade se ve persuasivo para grupos sociales específicos más interesados en la eficiencia y en los negocios privados, pero con eso no conmueve a la mayoría de los mexicanos, los ordinarios, los sufridores, los que quieren un cambio a un mejor mundo posible. Es claro que Meade intenta tocar a esos mexicanos ordinarios buscando emular algunas de las características de la personalidad política de AMLO que lo hacen agradable a ese mundo de los ordinarios, pero no lo logra del todo. Ni logra emular el estatus sociológico de AMLO como líder antisistema y ni logra emular la honestidad mítica de AMLO. El estatus no lo logra Meade porque no tiene precedente como líder antisistema. La honestidad no la logra, no porque yo crea que Meade sea deshonesto, sino por lo que ya dije arriba: la honestidad de AMLO ha terminado por convertirse en una suerte de mito con amplio crédito popular. No basta con ser honesto, hay que convertir esa presunta honestidad en toda una mitología.

Ricardo Anaya se vio ruinoso en el “debate”. Sin duda alguna que fue el gran perdedor. Perdió casi todo su tiempo en buscar altercados con AMLO. Fue el más propenso al mito y la jactancia. Como siempre, intentó emular a Meade en su estatus de experto en la gestión del Estado, pero no lo logró. Intentó de nuevo emular a AMLO en su estatus de líder antisistema y en su honestidad mítica, pero tampoco lo logró. Y lo peor para Ricardo Anaya: al pretender ridiculizar a AMLO terminó sirviendo de patiño en la corrosiva sátira que le administró AMLO en cadena nacional. Anaya fue el cazador cazado.

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