Para entender a Bernie Sanders y a Donald Trump: democracia y conciencia pública.

By Gage Skidmore, CC BY-SA 2.0
En todo lo que va de precampaña presidencial en los EUA la mediocracia yanqui y del resto de países se ha dedicado a administrar un tratamiento asimétrico y muy sesgado para los tres principales contendientes en la carrera: Bernie Sanders, Donald Trump, Hillary Clinton. En el caso de los dos primeros se está aplicando sistemáticamente una campaña negra consistente básicamente en la manipulación de conceptos, sátiras corrosivas y terrorismo mediático, mientras que en el caso de Hillary Clinton se está aplicando una campaña mediática donde la norma es la jactancia, el elogio, la apología y la bienaventuranza para aquellos norteamericanos que la elijan. Esto lo puede constatar cualquier persona que se aplique a sacar en cualquier buscador de internet una muestra representativa de las noticias que se han emitido hasta el momento para estos tres personajes.
  
Para entender a Bernie Sanders: democracia y conciencia pública.

En el caso de Bernie Sanders estamos viendo una campaña negra de baja intensidad que se centra en confundir al público con el significado de esa inclinación ideológica que él mismo se atribuye y que aparentemente le convierte en un caso de excepción en los Estados Unidos de América: la socialdemocracia. Aquí la mala voluntad de la mediocracia apunta a desvirtuar la noción de socialdemocracia para tratar de infundir en el auditorio la falsa idea de un Bernie Sanders como un socialista ortodoxo, de cuño marxista, y con la clara intención de detonar el miedo hacia él entre los electores norteamericanos. Incluso algunos articulistas y medios independientes o imparciales, de los cuales no se puede inferir una mala voluntad en el tratamiento de la información, cometen el error por ignorancia de infusionar a Bernie Sanders en la pila bautismal del socialismo ortodoxo, de tal forma que terminan abonando involuntariamente en la formación de los prejuicios en contra de Bernie Sanders.

Se reconoce que la estrategia de la mediocracia en este caso tiene mucho sentido. Tiene sentido como medium para la  confusión porque el mismo concepto de socialdemocracia siempre ha sido un terreno fecundo en contradicciones lógicas, ambigüedades y equívocos de interpretación, en virtud de que sus mismos usuarios en la política lo convirtieron a lo largo de su historia en una suerte de "todo en uno" o un cajón de sastre donde cabía toda la gama de posibilidades entre la democracia liberal y el socialismo dogmático, y pese a cualquier contradicción. Y desde luego que la campaña tiene mucho sentido en la intencionalidad porque sabemos que el yanqui promedio tiene muchos resquemores con la noción del socialismo. Algunas encuestas electorales recientes, por ejemplo, señalan que al menos la mitad de los electores en EUA tienen una opinión negativa del concepto de socialismo.

Nada ha descrito mejor esa facultad del concepto de socialdemocracia para confundir a las personas que un estupendo sketch en el programa Saturday Night Live, del día 6 de febrero, donde Bernie Sanders y David interpretan a dos hombres a bordo de un barco de vapor con rumbo a Nueva York y que está en dificultades, a punto de naufragar, como evocación de la situación actual de EUA. Ambos discuten sobre quién debe subir primero a los botes salvavidas. El personaje de David demanda un acceso preferencial por ser rico, pero el personaje de Bernie - Bernie Sanderswitzky - manifiesta su hartazgo con esa pretensión del 1 % más rico por el trato preferencial y afirma que lo mejor es trabajar todos juntos si quieren sortear el problema de la mejor manera posible. Y entonces....

- Eso me suena a socialismo - replica el personaje de David -.

- Socialismo democrático - corrige Sanders -.

- ¿Cuál es la diferencia? - replica David -.

- Hay una gran diferencia - dice Sanders -.

En efecto, hay una gran diferencia entre socialdemocracia y socialismo, como veremos enseguida.

A pesar de que este concepto de socialdemocracia se comporta como un dios Proteo en tanto se transforma caóticamente para no dejarse atrapar conceptualmente, sobre todo cuando cae en manos de un expositor malintencionado, podemos echar mano de la astucia de Odiseo para fijarlo con los alfileres de su mismo desarrollo histórico hasta la fecha para comprenderlo al menos en su esencia.

Aunque el concepto de socialdemocracia tiene sus primeros afloramientos a mediados del siglo XIX en el movimiento socialista de Louis Blanc, y luego en un escrito de Carlos Marx, nace formalmente en el año de 1875 con el programa de Gotha, con carta de nacionalidad alemana en el cuerpo del Partido Socialdemócrata de Alemania, y postulándose como una tercera vía ante el anarquismo y el socialismo dogmático revolucionario de cuño marxista. Como todo movimiento socialista ortodoxo, la socialdemocracia rechazaba la mitología palingenésica del capitalismo - la tierra prometida en la forma de una sociedad de libre mercado -, para sostener en su lugar el mito palingenésico del marxismo - la tierra prometida en la forma de una sociedad sin clases - como fin último de su programa político. Sin embargo, la socialdemocracia difiere del marxismo ortodoxo y del anarquismo en la praxis política en tanto postula que ese fin se logra, no a través de la revolución armada y popular contra los propietarios de los medios de producción, sino a través de la participación política en las instituciones democráticas liberales del capitalismo. En su versión más pura en esta primera fase, la socialdemocracia postula que el socialismo se constituirá gradualmente en el modo de organización social dominante una vez que se consiga la completa democratización de la sociedad en todas sus relaciones internas: sociales, políticas y económicas, pero a través de los mecanismos democráticos liberales de la sociedad capitalista. En suma, es tal como si la socialdemocracia se propusiera en esta primera fase establecer un campamento socialista de avanzada en las entrañas de la sociedad capitalista, para desde allí expansionarse gradualmente como forma social dominante a través de los mecanismos democráticos liberales.

La socialdemocracia presentaba en esta primera fase, que va desde su fundación hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, algunas contradicciones lógicas o inconsecuencias por su insistencia dogmática, lo que a la postre le llevó a una seria disfuncionalidad política, puesto que si no se proponía destruir al sistema capitalista, participaba en el mismo pero sin estar dispuesto a colaborar con él para su perfeccionamiento. Si participaba en el sistema de democracia liberal del capitalismo era porque consideraba que sólo así podría concretarse la palingenesia marxista, y si no colaboraba con la democracia liberal era porque asumía que esto fortalecía al capitalismo y obliteraba el futuro surgimiento de la misma palingenesia marxista. Sin embargo, pese a esos problemas internos, esta primera fase fue de gran apogeo para la socialdemocracia por cuanto estamos hablando de los tiempos en que el capitalismo desregulado mostraba su peor rostro al mundo: monopolio, dos grandes crisis económicas, la creciente concentración de los ingresos y la riqueza en los capitalistas y el empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora; situaciones todas que parecían confirmar las principales hipótesis de trabajo de Carlos Marx en su obra principal: El capital.

Pero la socialdemocracia empieza a abandonar el mito palingenésico del marxismo ortodoxo luego de la Segunda Guerra Mundial y como efecto de varias causas que se van acumulando en el tiempo, y entre las que destacan las siguientes: la final conversión de la URSS a una dictadura de partido, la emergencia del nazismo y el fascismo a partir de ciertos sectores de la socialdemocracia alemana e italiana, la emergencia de un capitalismo más fortalecido y democrático a partir del New Deal de Roosevelt, el trato tiránico del Partido Comunista Soviético hacia los partidos socialistas y de la socialdemocracia en los países sometidos al eje de la URSS, y el final derrumbe de ésta en la década de los 80´s del siglo XX. Al final, lo que nos ha llegado a nosotros como socialdemocracia luego de este largo proceso de crisis ideológica y política es una propuesta: que pugna por una democratización integral de la sociedad; que se adhiere sin dogmatismos y críticamente a las instituciones fundamentales de la sociedad capitalista, como son la democracia liberal, la propiedad privada y el mercado; que sostiene un ideal de corporativismo social que sustituye a la lucha de clases de la ortodoxia marxista por la colaboración de las mismas en la conducción de la economía y la sociedad bajo la rectoría y auspicio del Estado. En suma, estamos ya ante una socialdemocracia que ha encontrado por fin una función muy propia: garantizar la expansión del capitalismo bajo las exigencias de valores democráticos y colaboracionistas a fin de hacer posible una cada vez más justa distribución de la renta producida entre todos los individuos de la sociedad.

Como dato curioso al margen, hay que decir que esa noción moderna de socialdemocracia como corporativismo o colaboración social encuentra su referente más cercano en el corporativismo que proponía el fascismo italiano de los años 30 del siglo pasado a manera de tercera vía entre el capitalismo puro y el socialismo ortodoxo, al menos en el papel. Sin embargo, debe decirse que hay una gran diferencia entre el corporativismo del fascismo italiano y el de la moderna socialdemocracia: en el primer caso el corporativismo estaba pensado para ser controlado por completo a través de la voluntad totalitaria del régimen, en tanto que en el caso de la socialdemocracia moderna está pensado para operar a través de las reglas de la democracia liberal.

Bien, una vez que hemos sujetado a ese dios Proteo - socialdemocracia - con los alfileres de su propia historia nos queda claro que Bernie Sanders dijo una gran verdad al afirmar que sí hay una gran diferencia entre socialismo y socialdemocracia. En efecto, Bernie Sanders no tiene punto de conexión alguno con el socialismo ortodoxo de cuño marxista ni con alguna noción exótica de capitalismo redimido por alguna ataque de piedad. En esencia, Bernie Sanders es un partidario de la democracia participativa, un crítico del dogmatismo, un reformador, y un promotor de la colaboración entre los individuos. Pero quiero llamar la atención del lector sobre ese último punto de la "colaboración" porque apunta a una actitud deseable en las personas y que brilla por su grave escasez en un mundo como el nuestro: la conciencia pública. Cierto, Bernie Sanders es un proponente de la toma de conciencia pública en los individuos, que no es sino la capacidad de conocer y comprender el estado de los demás integrantes de la comunidad - el prójimo - para cooperar activamente en la solución de sus problemas y necesidades a través de distintos mecanismos sociales.

Y bueno, para rematar esto, creo que es el momento de recordar lo que dijo Bernie en el programa Saturday Night Live en torno a la mejor solución para sortear el naufragio del barco: la colaboración entre todos. Me referí a eso un poco antes en mi artículo. En efecto, no es socialismo, es el ideal del colaboracionismo y su toma de conciencia pública.

Sobre lo dicho, yo veo a Bernie Sanders más como un heredero de los padres fundadores Thomas Jefferson y James Madison, quienes detonaron la tradición de la democracia participativa en EUA al establecerse como la fuerza de oposición a la orientación elitista de George Washington y Hamilton. Como tales, pugnaban por un Estado, no de clase, no elitista, sino del pueblo en general, y que auspiciara el progreso del capitalismo y el bienestar de los individuos a través de las instituciones de la democracia liberal. Y al igual que Bernie Sanders, Jefferson y Madison postulaban un Estado siempre atento a evitar los excesos del capitalismo y las élites. Pero el cercano parentesco político de Bernie Sanders con Jefferson y Madison se acentúa todavía más si tomamos en cuenta que, en lo esencial, comparten la misma postura en cuanto a la relación Estado-individuo: hablamos de políticos que, como Bernie, optaron por privilegiar a la libertad de los ciudadanos en las cuestiones referentes a la vida privada, como la moralidad, la educación, la religión, etc.

Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde que Jefferson y Madison existieron, de tal forma que es imposible saber con certeza cuál habría sido su postura con respecto a problemas contemporáneos muy controversiales como las drogas, el aborto y la homosexualidad. Sin embargo, si nos atenemos a su reconocida vocación por privilegiar la libertad de los individuos por sobre el Estado, es posible inferir que habrían compartido posiciones semejantes a las de Bernie Sanders en este tipo de asuntos. Por supuesto que siempre me parecería muy verosímil el imaginar a Thomas Jefferson apoyando la legalización de las drogas y el aborto.

Para entender a Donald Trump: democracia y pragmatismo.

Donald Trump es un blanco perfecto para la mediocracia cuando se trata de construir sátiras corrosivas y terrorismo mediático. La personalidad de este hombre es una veta de oro riquísima en ese sentido: excentricidad, teatralidad, audacia y una sinceridad simplemente escalofriante. En suma, se trata de una personalidad con tremenda potencia para generar el escándalo en esos amplios sectores del público que se muestran siempre tan amantes de la hipocresía y la simulación. Y no es sino por esto que la campaña negra en este caso, además de ser mucho más intensa, se ha enfocado exclusivamente en tratar de implantar en la mente del auditorio la falsa percepción de que Donald Trump es un chiflado o demente incapaz de gobernar a los Estados Unidos de América, y que sería incluso un peligro inminente para la humanidad si tuviera el portafolio nuclear de ese país en su escritorio.

En este caso la campaña negra ha llegado a tales niveles de intensidad y exclusividad, que de los planteamientos políticos serios de Donald Trump - que sí los hay en buena copia - no sabemos nada porque la mediocracia los omite para enfocarse exclusivamente en esos aspectos teatrales, risibles y pueriles que colaboran en su propósito de construir la falsa idea de un sujeto chiflado. Pero lo cierto es que por abajo de esa caricatura de Donald Trump que nos ha venido ofreciendo la mediocracia hay un personaje con posicionamientos políticos dignos de tomar en cuenta, y por mucho que algunos de ellos nos resulten inverosímiles o hasta escandalosos.

Es mi opinión que Donald Trump se ha insertado en la misma corriente de Bernie Sanders al menos en lo esencial, y sin llegar al seductor concepto de la conciencia pública. En ambos casos hablamos de una propuesta por la vuelta a la democracia participativa y por un Estado regulador de la economía, especialmente en el caso de Wall Street, y que promueva la menor brecha posible de ingresos y riqueza entre los ciudadanos. Lo que distingue a Bernie y a Donald es el método en la política: el primero es más dogmático y el segundo más pragmático. Pero es precisamente por este enfoque pragmático de Donald que vemos surgir en su propuesta política aspectos que no vemos en el caso de Bernie y que a veces parecen entrar en colisión con los principios de la democracia participativa, como el nacionalismo, el hegemonismo y el nativismo. Y desde luego que no deja de ser bastante curioso que un magnate inmobiliario se nos presente en este proceso electoral como un demócrata radical de corte jeffersonista. Pero bueno, esto es resultado del enfoque pragmático de Donald, que se apunta más al aprovechamiento de la oportunidad política.

¿Ha funcionado la campaña negra?:

Las razones de esta perversa administración de la información por parte de la mediocracia son evidentes. Eso ya lo hemos analizado en anteriores artículos. Lo que sabemos por los hechos consumados es que Bernie Sanders y Donald Trump son dos personajes que, con diferentes fines y métodos, han decidido detonar una rebelión democrática contra el establishment elitista de EUA, mientras que Hillary Clinton es la representante genuina de los intereses del mismo.

Las malas noticias para la mediocracia es que su campaña negra no está funcionando si nos atenemos a los pronósticos de las encuestas a nivel nacional y a los resultados parciales de las primarias hasta el momento. Donald Trump se muestra ya como el virtual triunfador en el lado Republicano, y con muy amplia ventaja, en tanto que Bernie Sanders le pisa los talones a Hillary Clinton cada vez más de cerca. Sólo el día de ayer la cadena Fox publicó una encuesta nacional donde Bernie le saca tres puntos de ventaja a Clinton. Tampoco los resultados hasta el momento en las primarias en el lado Demócrata son alentadores para Hillary Clinton: empató en Iowa, recibió una paliza en New Hampshire y ganó con muy escaso margen en Nevada - por 4 puntos apenas -, un estado donde cabría esperar un mejor desempeño para ella considerando la alta presencia de voto latino en ese estado. Y si añadimos a esto la tendencia muy expansiva de Bernie en las preferencias, el panorama se ve muy poco prometedor para Hillary Clinton.

Pero si el panorama se ve mal para Clinton en las primarias, en la constitucional se ve pésimo. Digo esto porque sabemos que la mayoría de las preferencias para Bernie Sanders proviene de norteamericanos muy irritados con el estado actual de su nación, que quieren un cambio radical en la forma de hacer las cosas en el gobierno. Siendo así, es altamente probable que un alto porcentaje de esos descontentos se transfieran a Donald Trump en el caso de que Bernie pierda las primarias. Y si esto se verifica, entonces Hillary Clinton la tendría muy cuesta arriba contra Donald Trump en la constitucional.

Y eso es todo.

Puede leer este artículo también en el diario digital mexicano SDP, donde regularmente publico los trabajos o artículos que usted ve en el acervo de este blog.

También le doy enlace a mi página de Facebook:

Comentarios