Debates en Nuevo León: y el ganador es...

Antes que nada, me daré tiempo para tratar de esclarecer la verdadera naturaleza de los debates políticos en México con el fin de obtener un marco de criterios correcto para la segunda parte del artículo, donde trataré de emitir mi juicio personal en torno a quién o quiénes ganaron luego de los dos debates políticos que han ocurrido hasta el momento en la carrera por la gubernatura de Nuevo León. Evidentemente, mi juicio implica mi creencia de que él, ella o ellos, son los que, con mayor probabilidad, pudieran hacer un buen gobierno en Nuevo León. 

Los debates políticos son malos concursos de oratoria:

Los debates políticos en las campañas de nuestro país no son en realidad debates. Jamás vemos ahí el formato típico de un verdadero debate, que no es sino una confrontación de argumentaciones o proposiciones afirmativas y refutadoras sobre un tópico controversial, y donde es preciso recurrir al apoyo concluyente de pruebas de carácter empírico o lógico. Vamos, ni siquiera llegamos a ver ahí disputaciones al menos de carácter esclarecedor. En realidad, los debates políticos mexicanos se restringen al formato del discurso persuasivo dirigido unilateral y exclusivamente al auditorio, y donde sólo ocasionalmente se presentan confrontaciones entre los participantes, pero bajo la forma de falacias, insultos, ironías y menciones satíricas, así como acusaciones sin pruebas.

Es claro que los debates políticos en México tienen el formato de muy malos concursos de oratoria puesto que los participantes se enfocan en tratar de tocar y conmover emocionalmente a los asistentes en el auditorio para tratar de generar en ellos una creencia cuya certeza se apoya solamente en bases subjetivas. Son eventos con contenido eminentemente emocional, no racional, y que sólo dan origen en los auditorios a creencias bajo la forma de opiniones que jamás tienen garantía de verdad alguna. Y como dichas creencias tienen su fundamento en la naturaleza particular de cada persona, sólo tienen una validez privada que hace a la creencia misma incomunicable o intransferible. Pero lo peor es que en este formato real los candidatos terminan en calidad de oradores de pésima calidad en tanto sólo están en posibilidad de llegar a persuadir pero jamás de convencer de manera alguna. Para entender esto último cito algo que decía D'Alembert en el capítulo dos de sus Obras Póstumas: "Se dice que el orador debe no sólo convencer, o sea probar lo que enuncia, sino también persuadir, o sea tocar y conmover."

Ahora bien, el que los debates en México tengan ese formato de pésimo concurso de oratoria no es resultado de la casualidad o del capricho de los candidatos. Si las cosas se han dado así no es sino porque los candidatos toman nota, al menos intuitivamente, sin poder dar razón alguna sobre esto, del hecho demostrado de que el individuo promedio tiende a juzgar y valorar las cosas emocionalmente, es decir, privilegiando a las emociones sobre la razón. Esto significa que el individuo promedio tiene por bueno, válido o verdadero, aquello que le reporta placer, y que tiene por malo, inválido o falso lo que le reporta dolor. Por supuesto que se trata de una actitud de egoísmo supremo en las personas por cuanto radican sus juicios y valoraciones en el contexto de sus intereses individuales sin mostrar ningún nivel de conciencia respecto a la existencia de los otros. Y no es sino por esto que reconocemos que se nos persuade con mucha facilidad con los discursos que promueven nuestro placer, pero somos muy reticentes a adherirnos a los discursos convincentes que nos exponen verdades demostradas pero muy dolorosas. Por supuesto que nos cuesta mucho trabajo, casi al nivel de creerlo imposible, eso de convencernos de lo que no queremos creer porque nos reporta un intenso dolor. 

Es por todo lo anterior que los debates en México siempre terminan como lo que son: concursos de promesas fabricadas con el instrumento de la fantasía, la imaginación sin límites, y cuyos fines están apuntados a la máxima promoción de las emociones placenteras en los integrantes de cada auditorio. Y esto no debe sorprendernos porque se trata de un resultado consecuente con la realidad. Si los candidatos saben que sus probabilidades de ganar un debate se maximizan con la apelación intensiva a las emociones positivas en el auditorio, es luego razonable que acudan al uso intensivo de las fantasías en su discurso. Y, para nuestra desgracia, esta tendencia perniciosa se refuerza con la misma exigencia de la emulación entre los candidatos, de tal forma que, al final, todo se reduce a una ruinosa competencia por ofrecer las más sorprendentes y placenteras fantasías que nos pone a las puertas de un nuevo Wonderland.   

En estas circunstancias siempre es de máxima probabilidad que existan grandes e irreconciliables diferencias de los individuos de un auditorio en torno a la determinación de quien es el ganador de un debate. Y nada más natural que esto si reconocemos que cada individuo es la medida de sus propias emociones que, por ser privadas, no se pueden transferir a los otros con la persuasión porque son indemostrables e intransferibles por definición. No es sino por esto que los debates políticos en este país también suelen ir seguidos por ridículos episodios de disputas públicas en torno a la determinación del ganador del debate en turno; disputas que ponen al descubierto el egoísmo de las gentes y su incapacidad para normar sus pasiones con el uso de la razón. Y el acento cómico de estas situaciones reside en los criterios usados para juzgar: el mejor siempre es aquel candidato que abonó más en las emociones placenteras, en tanto que el hereje, el enemigo de la comunidad, será aquel candidato cuyas proposiciones sean muy dolorosas. 

Lo peor de todo este escándalo es que hay diarios que también se suman de muy buen grado a esta locura de la polémica emocional. Cierto, porque son ellos los encargados de llevar a primera plana la exultación triunfalista de los partidarios de cada candidato tal como si fuera una verdad demostrada y con grandes y espectaculares cabeceos como: "¡ El Borras arrasó en el debate !". Más no debe caber la menor duda en torno a que estas manifestaciones emocionales de adhesión, tanto en personas como en periódicos, son auténticas. Esto, porque es un hecho que están completamente persuadidos con el discurso de su candidato por cuanto su proyecto promueve en ellos su felicidad personal, ora con una chambita en el gobierno, ora con un buen negocio en el gobierno.

Creo que al lector ya le quedan muy claros los peligros implícitos en los debates políticos. Sólo basta que se conjuguen un conjunto de candidatos mentirosos al lado de una multitud de individuos que reaccionan privilegiando a las emociones sobre la razón, para que se dé ahí a luz a las más grandes mentiras, prejuicios y supercherías, que son tenidas como grandes verdades. Y si esto es de suyo un riesgo real hasta para una democracia avanzada, en el caso de México el problema se potencia el máximo por dos perversiones culturales que sufrimos desde tiempos muy remotos: la reconocida pasión de la clase dirigente por la mentira, la deslealtad y la deshonestidad, así como la tendencia del mexicano ordinario a comportarse emocionalmente, incapaz siempre de valerse por sí mismo en el uso de su razón, lo cual lo lleva a la miserable necesidad de juzgar y valorar su mundo con el tutelaje de la clase dirigente. Así que ya tiene ahí las condiciones necesarias para que los debates políticos en México terminen siempre en lo que ya dijimos: concursos de fantasías discursivas muy emotivas y persuasivas dirigidas a una multitud emotiva, pero todo bajo el envoltorio de un discurso político muy inteligente dirigido a un auditorio muy razonable.

Dicho todo lo anterior, creo que ya nos queda claro que los debates políticos en México, por si mismos, no ofrecen asideros razonables al auditorio para deliberar con objetividad en torno a qué candidato puede dar los mejores resultados en el gobierno. Lo único que nos puede servir para una deliberación razonable en este sentido apela a un recurso que es ajeno al mismo formato de los debates: la atendibilidad de la persona que habla al auditorio. Y con esto me refiero básicamente a la confiabilidad de la persona, que se basa sobre todo en su consecuencia de vida y de desempeño en la política. Y esto de apelar a la consecuencia de las personas tiene pleno sentido. Siempre será razonable el mostrar mejor disposición subjetiva hacia aquel candidato que sea más atendible en virtud de su mejor saldo de consecuencia, lo cual no es otra cosa que la veracidad. 

Los debates políticos en Nuevo León:

Antes de proseguir subrayo que mi siguiente valoración está construida sobre el criterio de la consecuencia en los candidatos y evitando al máximo el apelar a los contenidos emocionales de los debates. 

Así, empiezo por decir que creo que ha habido tres ganadores en los debates, y en el orden en que los menciono a continuación: Felipe de Jesús Cantú, Fernando Elizondo y Jaime Rodríguez Calderón. Los veo ganadores porque creo que sus discursos terminaron mostrándolos como más atendibles o dignos de crédito ante el target principal de los debates: electorado libre. Creo también que la perdedora en todo esto fue Ivonne Álvarez por cuanto su desempeño en los dos debates - no asistir a un debate es un mal desempeño en el mismo - al menos no le ganó atendibilidad en el mencionado mercado de electores. De los otros seis candidatos no me ocupo por las razones que diré al final. 

Creo que los primeros tres son ganadores porque sus discursos respectivos se vieron más objetivamente críticos con respecto a la decadente realidad de nuestro estado. Su target se ha enfocado más a localizar las deficiencias y problemas del actual régimen para proponer soluciones posibles. Añado a esto que al menos los primeros dos candidatos, Felipe y Fernando, muestran un importante valor de consecuencia en su vida y en su desempeño profesional en la política. Al menos hasta ahora no nos han dado dato alguno sobre algún escándalo en su haber.

Creo que Fernando Elizondo fue el ganador en el primer debate organizado por la plataforma Cómo Vamos y por la federación de estudiantes del ITESM, campus Monterrey. Y nada más normal que esto porque, siendo el más sólido de los candidatos en lo que toca a madurez racional y emocional, es natural que se le ajusten perfectamente bien los auditorios más inclinados a la razón o por lo menos no tan entregados preferentemente a las conductas emocionales, como es el caso de este auditorio de estudiantes, catedráticos y profesionistas. A su vez, creo que Felipe Cantú fue el ganador en el debate organizado por la CEE. En este caso Felipe se portó como un martillo implacable de objetividad crítica al grado de que no dejó ladrillo sobre ladrillo en el derrumbado muro de Ivonne Álvarez. En este segundo lance vimos a Fernando igual de objetivo que antes, pero más remiso en la actitud crítica.

Ahora bien, si ubico a Jaime Rodríguez Calderón como el último de los ganadores en los debates no es sino porque, en mi opinión, ha sido el menos objetivo de los tres y porque tengo dudas sobre la autenticidad de su posicionamiento político actual. El menor vigor objetivo de Jaime se deja ver de inmediato en el hecho de que ha centrado mucho su discurso en la sátira y en la insistencia en la promoción de ciertas emociones no convenientes en el auditorio y que pueden dar lugar a ideas confusas e inadecuadas que nos puedan llevar a grandes errores. Además, sobre Jaime tengo dudas por doble partida. En primer lugar, su deserción del sistema político oficialista es demasiado fresca y temprana y, por ello, no veo allí correlatos objetivos que me permitan creer razonablemente que su posicionamiento político actual sea producto genuino de una voluntad auténtica. En segundo lugar, la situación actual del municipio de García, espacio que fue gobernado por Jaime Rodríguez, no me permite extrapolar a éste como un buen gobernador. Es que, sin ánimo de ofender, la desdichada realidad es que el pequeño municipio de García es un modelo molecular de muchas cosas que no se deben hacer en el gobierno eficaz de una comunidad. Con todo, subrayo que esto lo tengo al nivel de la simple duda, lo cual implica que no tengo elementos para demostrarlo. Espero se entienda que tengo el derecho a la suspensión del juicio en caso de duda razonable.

Pero bueno, nada más natural que Jaime, pese a que avance ganando preferencias en los debates, no sea el ganador absoluto de los mismos por cuanto parece que los auditorios formales no son su medio natural. Y a pesar de eso, debemos agradecerle a Jaime que nos haga más tolerables y menos soporíferos los debates con sus pinceladas satíricas para la risa. Y digo esto sin ánimo de ironía.

Por su parte, creo que Ivonne Álvarez se ha visto en seria desventaja frente a los tres ganadores, pero especialmente frente a Felipe Cantú y Fernando Elizondo. Además de que su desempeño político ha sido de mediocre a malo cuando comparado al de estos dos, ya van surgiendo asuntos que empiezan a poner en duda su discurso por la honestidad. En este último punto me refiero, por ejemplo, al caso de la flotilla de taxis que se presume poseen sus padres. Aquí ya tenemos una acusación documentada que Ivonne tendrá que refutar de manera objetiva en los siguientes días si es que quiere dejar sin mancha su credibilidad en el terreno de la honestidad y la transparencia. Pero esta percepción de inconsecuencia se potencia al máximo en Ivonne porque su discurso, además de ser el que con más insistencia apela a las fantasías, es también el único que está absoluta y radicalmente divorciado de cualquier actitud crítica respecto de la decadente situación del actual régimen en el estado; actitud acrítica que nos obliga a tener bajo sospecha la afirmación de Ivonne en torno a que su gobierno apuntará a la continuidad. 

Pero pese a que es la perdedora de los debates, creo que Ivonne sale tablas electoralmente porque, si bien es cierto que no gana adhesión del mercado de electores libres, al menos mantiene su mercado: militantes y simpatizantes. Sin embargo, sí creo que Ivonne reporta pérdidas relativas importantes porque, mientras ella permaneció estancada en lo mismo, los otros sí crecieron en credibilidad al menos frente a los electores libres; pérdidas relativas para Ivonne que no tienen otra causa que su falta de apertura y empeño crítico. Y por supuesto que a nadie escapa que ese empeño de Ivonne por ceñirse a la tradicional y acrítica disciplina priísta es lo que ha dado el flanco muy amplio a la crítica exitosa de sus tres principales oponentes: Felipe, Jaime y Fernando.

Lo cierto es que no avanzar cuando puedes avanzar, al tiempo de que abonas con mucho al crecimiento de tus oponentes, es para mí una evidente pérdida. Y creo que este es el caso de Ivonne Álvarez. 

Sin ánimo de ofender, aclaro que si no me he ocupado de los restantes seis candidatos en este artículo no es sino porque no encuentro razonable ocuparme en ellos. Ni están llamados a impactar de manera significativa en los resultados finales, y ni parece que vayan a ofrecer a los ciudadanos elementos de juicio relevantes para la comprensión de nuestra problemática como comunidad. Confieso incluso que no encuentro hasta ahora justificación alguna a la presencia de esos seis candidatos por cuanto no representan utilidad significativa para la comunidad de Nuevo León. Sinceramente, son un mal negocio para los ciudadanos.

Y eso es todo.

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