Carmen Aristegui: fue el régimen...y no lo digo yo.

No soy fanático de Carmen Aristegui y no creo que haya alguien en este país cuya sincera adhesión a esta mujer llegue al nivel del fanatismo. Creo, como todos sus adherentes, que es una excelente periodista, la mejor del país. Casi única en lo que toca a honestidad y lealtad, dos valores civiles que dotan de mucha utilidad social a su trabajo periodístico. Muy eficaz en el desempeño de su trabajo, pero no perfecta; a Carmen le he visto muchas entrevistas brillantes, investigaciones casi perfectas, pero también le he visto entrevistas lamentables, como aquella que le hizo a Murillo Karam en torno al asunto Ayotzinapa. Y como no conozco a Carmen personalmente, no tengo negocios con ella. Aclaro esto para evitar resquemores en el lector, porque mi objetivo es abonar un poco en la verdad de este asunto.

Me parece absurdo y peligroso que algunos comentadores de política en el país insistan en afirmar categóricamente que el despido de Carmen Aristegui de MVS es resultado exclusivo de una relación laboral entre dos agentes privados -Aristegui y MVS - que vino decayendo con el tiempo en su organicidad hasta terminar en la ruptura que ya conocemos. Un absurdo que no es gratuito porque está claramente apuntado a su interés de querer hacer pasar como una vulgar mentira esa verdad que ya está inserta en la opinión pública nacional e internacional en torno a este escándalo: que el régimen de EPN es el responsable del despido de Carmen Aristegui. Y si me parece absurdo no es sino porque estos comentadores, a impulsos de su afán detractor, están despreciando la realidad. De entrada, no quieren reconocer que el discurso de Carmen y sus colaboradores en este tema es una prueba legítima a la vista de todos, que sólo ellos no quieren ver, y que goza de validez para una mayoría. Luego, pasan por alto los múltiples indicios objetivos que ya permiten establecer en este asunto una verdad de máxima probabilidad. Por lo demás, desconozco si el absurdo de estos comentadores se debe a ignorancia en torno a los criterios de prueba en el discurso o a una deliberada intención de confundir al público con el uso de algunos sofismas para descargar de culpa al régimen de EPN.

Confieso que si las consecuencias de este absurdo estuvieran limitadas al ámbito de los intereses privados de las partes directamente implicadas en el conflicto la cuestión no tendría mayor interés para mí. Me interesa porque las consecuencias del absurdo son harto peligrosas para uno de los valores que fundamentan esta pobre tentativa de democracia que vivimos: libertad.

Pero antes de demostrar lo que digo, creo que es conveniente hacer unas aclaraciones conceptuales para no dar lugar a refutaciones falsas. 

Sobre la prueba y el testimonio:

Nuestro moderno concepto de prueba es de vieja data. Se remonta por lo menos a Aristóteles, quien nos dice que la prueba es lo que produce el saber cierto, y que se distingue del indicio, que nos da sólo un conocimiento probable. Como puede verse, en este momento el concepto de prueba es todavía muy limitado porque implica una perfecta equivalencia con la demostración rigurosa - matemáticas y lógica -. Sin embargo, este primitivo concepto de prueba se fue perfeccionando y ampliando a medida que nos fuimos enterando de los límites y la falibilidad de la razón, así como de otras múltiples limitaciones y facultades del hombre en el conocimiento; proceso en el que fueron determinantes las aportaciones de tres personajes: John Locke, Hume y Kant. 

El resultado de todo ese proceso de desarrollo ha dado lugar a nuestro moderno concepto de prueba, de tal forma que hoy en día decimos que una prueba es: un procedimiento adecuado para establecer un saber o conocimiento válido, y donde constituye prueba todo procedimiento que cumpla ese criterio, cualquiera que sea su naturaleza, como poner a la vista una cosa o un hecho, efectuar una inducción, hacer una demostración rigurosa, o incluso aportar un testimonio. En efecto, el testimonio está considerado como un recurso legítimo dentro de la clase general de las pruebas válidas en el discurso razonable. 

El concepto de testimonio también tiene su origen formal en Aristóteles, quien lo circunscribe a cuestiones de hecho. Pero sólo hasta los tiempos de la lógica de Port Royal se le reconoce al testimonio un valor de prueba bajo los siguientes términos: para juzgar acerca de la verdad de un hecho y determinarnos a creerlo o no creerlo, no es necesario considerarlo en sí mismo, como se hace con una proposición matemática, sino que es necesario considerar todas las circunstancias que lo acompañan, ya sean internas, que se refieren a las circunstancias que pertenecen al hecho mismo, o externas, que conciernen a las personas por cuyo testimonio lleguemos a creerlo.

Pero es Hamilton quien termina de elaborar nuestro moderno concepto de testimonio bajo los siguientes términos: el objeto del testimonio se denomina el hecho y su validez constituye lo que se llama la credibilidad; y para juzgar de esta credibilidad se requiere considerar dos cosas: lo atendible del testimonio desde el punto de vista subjetivo - sinceridad y competencia del testimonio - y la probabilidad objetiva del hecho testimoniado - posibilidad del hecho mismo -. A su vez, agrega Hamilton que el testimonio será inmediato cuando el hecho referido es solo objeto de una experiencia personal, y será mediato cuando el hecho es el objeto de una experiencia de otros.

En suma, se puede decir que en nuestro mundo moderno el testimonio es un recurso de prueba legítimo, reconocido, y que consiste en recurrir a las experiencias y aserciones de otros como método de prueba para las proposiciones que expresan hechos. Pero antes de proseguir conviene hacer algunas aclaraciones importantes en torno al testimonio para no confundirnos.

Primera: el testimonio está al nivel de la creencia en el conocimiento probable, lo cual significa que no tiene la certeza completa de una demostración rigurosa - matemáticas y lógica - o de una evidencia factual. Sin embargo, esto no le quita su valor de prueba.

Segunda: como el testimonio no tiene garantía de certeza completa siempre será posible el desacuerdo de varios en torno a un mismo testimonio. Y como las creencias no son transferibles del todo a los demás, siempre será posible que los desacuerdos en torno a un mismo testimonio prevalezcan siempre.

Tercera: la validez de un testimonio dependerá de la deliberación del auditorio al que va dirigido. En el caso de un tribunal, quien determina la validez del testimonio es el juez. Pero en el caso de asuntos que competen a la política en una sociedad democrática, es la mayoría de ciudadanos quienes determinan la validez de un testimonio. 

Sobre los detractores de Aristegui:

Como ya sabemos, en el asunto de Carmen Aristegui todas las partes implicadas han dado sus argumentos en la forma de testimonios. Carmen Aristegui y sus colaboradores con un discurso donde exponen que la empresa MVS los despidió por presiones del régimen de EPN y en respuesta a las investigaciones de la Casa Blanca y otras linduras de corrupción por el estilo. MVS argumentando problemas de índole laboral como diferencias de criterios, pérdida de confianza, etc. Y el régimen de EPN aduciendo simplemente que no tiene vela en el entierro. Ahora bien, cada uno de esos testimonios debe ser tenido como una prueba posible por definición; al menos tienen ese derecho de entrada, y más cuando exista al menos una persona en este país que les dé crédito. 

Pero como el asunto de Carmen Aristegui está planteado hasta el momento en el ámbito de la política, y supuesto el caso de que somos al menos una tentativa de democracia, es evidente que la determinación en torno a cuál de esos testimonios es el más válido como prueba de la verdad dependerá, no de la opinión del régimen y los otros implicados, no de los partidos políticos, no de un articulista en particular, no de los medios de comunicación, no de la Iglesia, no de la burocracia, no de los empresarios, sino de la mayoría de los ciudadanos, y donde ya están incluidos todos los grupos sociales mencionados. Y para desgracia de los detractores de Carmen, resulta que la opinión mayoritaria en este punto se inclina por el momento a otorgar la mayor validez de prueba a los testimonios de Carmen y sus colaboradores. En efecto, si hay por estos tiempos una verdad predominante en la conciencia de los mexicanos en torno a este asunto, es la siguiente: el régimen de EPN presionó a MVS para que despidiera a Carmen Aristegui a fin de que cesaran las investigaciones en torno a la Casa Blanca y otras corruptelas por el estilo.

Debe tenerse muy en claro que esta apuesta mayoritaria en favor del testimonio de Carmen Aristegui como una prueba de la verdad no es un capricho de los ciudadanos que resulte de alguna conspiración nacional contra el régimen o de una moda global por la rebeldía y la ruptura. Por el contrario, es resultado de una postura bastante razonable en los ciudadanos. Razonable, porque existen ya suficientes indicios objetivos que permiten establecer un conocimiento de máxima probabilidad en este punto: Carmen Aristegui fue despedida por presiones del régimen de EPN. La ocurrencia sucesiva de determinados hechos en muy corto tiempo le dan máxima probabilidad a esto. Razonable, porque si los ciudadanos le dan mayor atendibilidad al testimonio de Carmen y sus colaboradores, no es sino porque se han ganado en el gusto del público la máxima credibilidad. Razonable, porque si el público no le da atendibilidad a los testimonios de MVS y el régimen se debe simple y sencillamente a que ya no le tienen fe al régimen, no creen en él. Y si no creen en el régimen no es sino por la recurrente inconsecuencia moral del mismo.

Pero sucede que los detractores de Carmen, no obstante lo anterior, se empeñan en calificar los testimonios de esta mujer y sus colaboradores como un cúmulo de habladurías y griterías sin sustento, tal como si Carmen no gozara de la máxima credibilidad, y tal como si no hubiera pasado nada. Así que me quedan claras varias cosas que prefiguran este absurdo en los detractores de Carmen: son incapaces de ver los hechos objetivos que conforman los indicios a la vista; son incapaces de metabolizar la noción de probabilidad, la máxima credibilidad de Carmen Aristegui y el descrédito del régimen de EPN; son incapaces de respetar la opinión de la mayoría de ciudadanos porque se refieren a ella como producto de habladurías; son incapaces de convencernos en favor de sus creencias. Me queda claro también el truco en su retórica: a sabiendas o no, no lo sé, reducen de manera ilegítima el concepto de prueba a la evidencia factual a fin de dejar sin carácter de prueba a los testimonios de Carmen y sus colaboradores para luego calificarlos como simples habladurías, y con lo cual nos quieren aventar de paso varios siglos atrás en la historia del pensamiento. 

Ironía mayor que los detractores de Carmen restrinjan el concepto de prueba a la sola evidencia factual para poder descalificar emocionalmente a Carmen, siendo que ellos no reconocen los hechos que sustentan el testimonio de esta mujer como una prueba de máxima probabilidad: Carmen fue despedida inmediatamente después de dar a conocer las corruptelas del régimen. ¿De qué se trata esto? ¿Los hechos son pruebas o no?

Pero va otra prueba en torno a la inconsecuencia de estas personas. Resulta que son precisamente ellos quienes se adhieren con más vehemencia a la idea de que los testimonios de los supuestos asesinos de los 43 normalistas de Ayotzinapa son pruebas válidas y suficientes para tener a dicho proceso judicial como una acción de completa y eficaz justicia. Resulta que en este caso sí conciben correctamente el concepto de testimonio - vale como prueba -, y le dan crédito y certeza al testimonio de los criminales. Sin embargo, en el caso de Carmen Aristegui le quitan valor de prueba al testimonio y le niegan las cualidades de la credibilidad y la probabilidad a las palabras de una ciudadana respetuosa de las leyes y que es una periodista ejemplar: Carmen Aristegui. Es claro ya que son bastante asimétricos en el tema de los testimonios: cuando los testimonios son favorables a sus amigos y simpatías, son prueba válida; pero cuando los testimonios son desfavorables a sus amigos y simpatías, son simples habladurías.

Siempre es deseable que la prueba de una proposición sea perfecta, al nivel de una demostración rigurosa o una evidencia de facto. Sólo en esos casos podemos hablar de un conocimiento cierto, con certeza completa. Pero por desgracia, esto no es siempre posible. Y no fue sino por eso que el mismo concepto de prueba se fue perfeccionando y ampliando en la historia del pensamiento para dar lugar, por ejemplo, al conocimiento probable. Así que, si en la investigación de un asunto no es posible acceder a una demostración rigurosa o a una evidencia de facto, es legítimo acudir al testimonio o a la inducción como elementos de prueba para un conocimiento probable. Ahora bien, en el caso de Carmen Aristegui es absurdo solicitar evidencias de facto sobre la intervención del régimen de EPN en contra de esta mujer, porque esto nos obliga a postular que los gestores del régimen de EPN son idiotas en grado superlativo. Digo, sabemos que en los gestores del régimen suele haber ignorancia, mentira, corrupción, simulación, pero sería una locura admitir como cierto que son tan idiotas como para dejar evidencias de facto de sus delitos y pecados.

Créame que esto de los indicios que le dan consecuencia y máxima probabilidad a los testimonios de Carmen no deberían ser asunto menor, simples materiales para la polémica en los medios, como viene siendo hasta ahora en este país. En una verdadera democracia esos elementos, que ya dan lugar a un conocimiento muy probable, serían suficientes para la apertura de una investigación judicial contra los posibles responsables del despido de Carmen: el régimen de EPN y MVS.  

Por supuesto que los detractores de Carmen tienen todo el derecho legítimo a inconformarse con la creencia popular en torno a que la verdad en este asunto está en favor de Carmen. Recuerde el lector lo que dijimos arriba: el testimonio, pese a que es una prueba legítima, no tiene garantía de certeza completa. Pero los detractores de Carmen no tienen derecho a tratar de quitar legitimidad a las creencias populares tenidas ya como verdad usando de trucos retóricos y descalificaciones emocionales. Esto no se justifica ni como respuesta a actitudes semejantes en algunos adherentes de Carmen Aristegui. En mi opinión, este tipo de guerra irracional y emocional es aceptable al nivel de un ciudadano zafio, ignorante, pero no tratándose de profesionales de la información y la opinión. Responder con emociones desordenadas a las emociones desordenadas denuncia fanatismo, falta de madurez y poca honestidad en los detractores de Carmen. 

Si los detractores de Carmen creen que la mayoría de la opinión pública nacional e internacional está en el error, si creen que el testimonio válido es el del régimen de EPN, su tarea responsable es convencer a la mayoría en buenos términos y muy razonablemente. Aunque se me antoja muy complicado el lance: los indicios en contra del régimen son muy claros, la probabilidad juega a favor de esos indicios, y existe una terrible desventaja del régimen con respecto Carmen en lo que toca a credibilidad. Pero bueno, no hay peor lucha que la que no se hace.

Espero que todos esos comentadores de asuntos políticos en el país no se ofendan cuando los llamo: "los detractores de Carmen Aristegui". Si hemos de llamar a las cosas por su nombre, me veo precisado a denominarlos de esa forma. A eso me obliga, no mi arbitrio, sino la actitud que asumen en este asunto puesto que no puedo atribuir sus absurdos a ignorancia o a falta de cordura. Hablamos de profesionales de la comunicación en los que no está permitida la inconsecuencia. Y siendo así las cosas, no puedo sino concluir que su actitud es resultado de un febril empeño por confrontar a Carmen Aristegui sin otro fin que el deseo de justificar su despido como un asunto estrictamente laboral y afectar de paso su credibilidad y prestigio al costo que sea, y aun valiéndose de recursos ilegítimos. Sinceramente, creo que lo único que logran con estas actitudes es poner más ladrillos en el muro de su propio desprestigio. Los ciudadanos son suficientemente perspicaces como para ubicar en automático esas inconsecuencias y absurdos como indicios claros de algún colaboracionismo con el régimen de EPN. 

Pero pase lo que pase, y pese a lo que opinen los detractores de Carmen, hoy por hoy hay una verdad en la mayoría de las conciencias en México y en los medios de comunicación internacionales respecto a la causa real del despido de Carmen Aristegui: fue el régimen...y no lo digo yo, lo dice la gente.

Y eso es todo.

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