A EPN: hay dolores insuperables.

Presidente Enrique Peña Nieto: Deseo compartir con usted algunas reflexiones en torno a ese pronunciamiento suyo de hace unos días atrás en Cocula, Guerrero, si mal no recuerdo, en torno a la masacre de Iguala, y donde pedía a la sociedad doméstica - familiares, amigos, compañeros, etc. - de los 43 normalistas desaparecidos, a los guerrerenses y a todos los mexicanos que se sienten tocados por este suceso, superar el dolor para ir hacia adelante. Le recuerdo sus expresiones en este punto según consta en medios: "...hagamos realmente un esfuerzo colectivo para que vayamos hacia adelante y podamos realmente superar este momento de dolor."

Debo clarificar el sentido real de sus palabras a fin de dar objeto a mis reflexiones y ateniéndome a que sus expresiones tienen un sentido literal. La palabra superar hace referencia al acto de hacer cesar, poner fin o rebasar y dejar atrás un obstáculo o dificultad que impide el desarrollo de una persona, una cosa o una situación hacia un ideal de perfección. De esta forma, entiendo que cuando pide superar el dolor está significando el rebasar y dejar atrás el dolor, lo cual indica que ese dolor es asumido como un obstáculo para ese ir hacia adelante que, a su vez, lo entiendo como un ir hacia el cumplimiento de los propósitos anunciados en su proyecto personal de nación.

Con sinceridad, y sin ánimo de ofender, presidente, creo que usted está en un error en este punto. Y creo que su error deriva de una falta de comprensión del dolor de los miembros de la sociedad doméstica - padres, hermanos, amigos, compañeros, etc. - de los 43 mártires de Ayotzinapa. Y como no ha comprendido esto, luego por eso pide un imposible. Pero le ofrezco enseguida mis reflexiones personales encaminadas a tratar de comprender su  error y el imposible. 

Para comprender el dolor de los otros:

En la vida privada y en la política no podemos despreciar la vida emotiva de las personas bajo la excusa de que el sentimiento, estando fuera del dominio de la razón, es nada. La vida emotiva es reconocida desde la Ilustración como un modo de ser del espíritu del hombre con igual validez y dignidad que la razón y la voluntad. Así que es propio del hombre moderno darle su importancia debida a la vida emotiva. Ahora bien, sabemos que dolor y placer son las tonalidades fundamentales de la vida emotiva, presidente. Como tales, pueden ser vistas como signos del carácter hostil o favorable de la situación en que se encuentra el individuo que los experimenta. Esto de los placeres y dolores es una cuestión de grados en intensidad, alteridad y duración, y tampoco hay absolutos puesto que los grados dependen en buena medida de la actitud o tolerancia del sujeto. No hay grado de placer o dolor que sea igual para todos.

Conocemos la vida emotiva de las personas observando a la persona, al individuo de carne y hueso, no a través de leyes que apliquen a todos los casos por igual. Y conocemos eso a través de los productos expresivos de las emociones - palabras tristes, lágrimas y quejidos en el dolor; palabras alegres y risas en el placer; etc. -, y que forman una suerte de gramática expresiva universal. De esta forma, la vida emotiva del individuo solo puede comprenderse con el corazón y jamás puede demostrarse con la razón. Así que no puede caber la menor duda de que el sabio Pascal estaba en lo cierto cuando dijo lo siguiente, presidente: El corazón tiene razones que la razón no entiende. 

Hasta aquí, presidente, el buen juicio nos indica que, antes de solicitar a alguien que supere el dolor que le reporta una determinada situación hostil, estamos obligados a comprender la naturaleza de ese dolor, con lo cual quiero decir que debemos percibirlo en la persona con el sentimiento simpático para luego describirlo, entenderlo y anticiparlo al menos aproximadamente. Y no se pide con esto algo fuera de los alcances humanos porque lo cierto es que actuamos así en el día a día de la vida privada, incluyéndolo a usted. En efecto, al hijo se le pide, por ejemplo, que asuma algún sacrificio positivo siempre que el dolor implicado sea tolerable para su naturaleza particular, pero no se le pide jamás que asuma dolores que son intolerables hasta para un adulto de alta resistencia al dolor. 

El dolor de los 43 mártires de Ayotzinapa:

Es imposible comprender con validez objetiva el dolor que afrontaron los 43 mártires de Ayotzinapa durante su suplicio porque, por desgracia, creemos que están muertos. Jamás podremos platicar con ellos y eso nos mete en completa incertidumbre en torno a la naturaleza de su dolor. De poca ayuda en esto son las investigaciones de su gobierno porque son deficientes y dudosas. Tal vez sufrieron mucho, tal vez muy poco. No lo sabemos con certeza. Sin embargo, si tomamos como referentes objetivos a los jóvenes normalistas muertos en la masacre de Iguala, especialmente al joven desollado de su rostro de una manera absolutamente inhumana, además de los conocidos hábitos brutales del crimen organizado, ya podemos dar lugar a la razonable creencia de que esos jóvenes mártires fueron sometidos a un grado eminente y supremo de dolor según intensidad durante ese episodio de hostilidad que, por lo demás, tuvo todos los elementos de la más extremada brutalidad: cacería, cautiverio, vejación, tortura y ejecución. Si creemos eso, ya podemos entender que nuestra comprensión siempre subestimará por mucho el grado de dolor que ellos sufrieron durante esa noche de horror. Seguramente hablamos de un dolor que nuestra comprensión juzga como simplemente intolerable en el plano humano, presidente.

El dolor de la sociedad doméstica de Ayotzinapa:

Por fortuna sí podemos comprender el dolor de los miembros de la sociedad doméstica de esos 43 mártires de Ayotzinapa porque, pese a todo, están con nosotros. Para eso solo tenemos que dialogar con ellos. Pero hablo de un diálogo comprensivo, que lleva al sentimiento simpático como divisa, porque de estas razones solo entiende el corazón. Preguntemos a los padres de esos jóvenes mártires, por ejemplo, lo que sienten, lo que estarían dispuestos a hacer por evitar el supremo dolor que experimentaron sus hijos, lo que estarían dispuestos a hacer por tener a sus hijos con bien en este momento, a su lado, sin haber conocido ese episodio de hostilidad espeluznante. Y al escuchar sus palabras, demos lectura con el sentimiento simpático a su gramática expresiva. Al final, le aseguro que la comprensión nos hará entender que ellos estarían dispuestos a dar su vida, no ya para traer al mundo a sus hijos con vida, sino al menos para evitar el suplico al que creemos fueron sometidos y para tener sus cadáveres en los brazos, apretujados en el pecho doliente. De ese tamaño es el dolor de los padres que pierden a un hijo.    

Diablos, presidente, de cierto que no hay dolor más grande en intensidad que aquel que sufren los padres al perder a un hijo amado. Y ese dolor adquiere tonalidades de supremo y eminente cuando el hijo se encontraba en su niñez o en su juventud, apenas en el vislumbre tierno de una vida feliz por delante, y más aun cuando ha sido arrebatado de manos de los padres por un torbellino de brutal violencia que se atravesó al paso sin causa alguna. Tan supremo en intensidad es ese dolor, presidente, que los padres terminan existiendo como cascarones de pura aflicción, como muertos en vida. Pero es también el dolor más prolongado y duradero de todos cuantos se conozcan, porque es vitalicio, de por vida. Es tan largo ese dolor, tan duradero, tan persistente, que preña a todo futuro para luego aparecer siempre como un monstruo infinito. Cierto, ese dolor parece infinito porque siempre es incompleto, inconcluso, no exhaustivo, porque se tiene la conciencia de que deberá vivirse de nuevo en cada momento sucesivo mientras se tenga vida. Pero la intensidad y largura supremas de ese dolor paternal se radicalizan más cuando se vive el dolor en completa incertidumbre, sin tener el cadáver del hijo en los brazos, sin saber el dónde, el quiénes, el cómo. Es una amarga incertidumbre que mete la espuela aguda en las costillas del dolor para encresparlo puesto que lleva a los dolientes padres a creer lo que creemos todos, presidente: sus hijos fueron sometidos a un dolor supremo, intolerable.

Y si ellos, los padres dolientes, se asumen con normalidad pasado el tiempo, no es sino porque el dolor perdurable se hace hábito de vida, regla de conducta. Sí, un hábito entrañado en el corazón y la voluntad de por vida, encajado como una maldita espina, y que se agita con mayor viveza en el instante en que los padres dolientes están moribundos, porque es la hora de recordar al hijo amado que se fue antes de tiempo, es la hora de volcar en el corazón el dolor compuesto durante tanto tiempo. Y de cierto que ni siquiera la dulce esperanza del ya muy cercano encuentro con el hijo, al brincar la cerca que aguarda, logra atemperar la tormenta de dolor que se agita en el corazón de los padres moribundos.  

Así es, presidente: solo dialogando con el corazón por delante, en el vehículo de la gramática universal expresiva, podremos comprender el dolor de los miembros de la sociedad doméstica de Ayotzinapa. Le aseguro que si cobijamos con simpatía las respuestas y las expresiones emotivas de esos padres, de esos hermanos, de esos amigos entrañables, comprenderemos su dolor y al fin podremos mensurarlo al menos aproximadamente en su realidad: ese dolor es insuperable porque pertenece a la clase suprema de los dolores en intensidad y duración.

Del error de no comprender el dolor:

Supongo que a estas alturas ya queda claro su error, presidente: No es legítimo pedir a alguien que supere y deje atrás un dolor insuperable. Es pedir lo imposible. Pero pedir esto es indicio claro de que no se ha comprendido el dolor de la persona. Ahora bien, si es cierto que deseamos lo mejor para la vida espiritual de los seres humanos, y si es cierto que hemos comprendido el dolor que invade a los miembros de la sociedad doméstica de los 43 jóvenes mártires, solo podemos sugerirles que deliberen por su mejor posibilidad: ordenar sus emociones dolorosas. En efecto, porque el que llega a esa situación-límite de dolor solo puede elegir entre dos posibilidades para llevar a cuestas ese dolor de por vida: o delibera por las emociones desordenadas para inventar soluciones imaginarias, subrogadas e ineficaces - cólera, suicidio, vida de aflicción, etc. -, o delibera por ordenar sus emociones dolorosas para que den a luz sentimientos elevados y reacciones superiores, perfeccionadas, que le ayuden a existir con una esperanza que acompañe a ese dolor vitalicio.

De la ironía de la superación:

Pero ya sabemos que los de Ayotzinapa no han debido esperar a que nosotros apelemos a ese acto juicioso de ordenamiento emocional porque ya lo hicieron por su cuenta y muy anticipadamente. Cierto, ellos ya han ordenado sus emociones para dar a luz en su corazón a sentimientos elevados - amor, esperanza, coraje, etc. - que a la postre dieron lugar a su admirable reacción de esfuerzo, de lucha, para pedir justicia plena en la masacre de Iguala. Y este ordenamiento ha sido tan asombroso por su rapidez y solidez, tan ejemplar en sus méritos, tan aleccionador en su significado moral para los demás, que se ha convertido desde tiempo ha en un milagro muy contagioso para todos los mexicanos, al grado que éstos han empezado a despertar de su inveterada pasividad en la vida civil, y no solo para adherirse activamente a las demandas de la sociedad doméstica de Ayotzinapa, sino para ir más allá, a la solución radical del problema esencial de la nación y que es causa de todos estos giros trágicos: los vicios del sistema político corrupto de este país.

Y aquí llegamos a una grande ironía, presidente, puesto que ese ordenamiento emocional de los de Ayotzinapa lo ha puesto a usted en una suerte de situación-límite que hasta ahora no puede superar. Situación-límite que nos ha llevado a todos a una crisis política nacional porque, frente a la realidad de un fenómeno social contagioso que demanda justicia y la corrección de los vicios en el sistema político, usted se aferra al método de la tenacidad, de la obstinación, para seguir en la inercia de su forma de hacer política y de su proyecto personal de nación, que no son sino síntomas de ese sistema viciado que solo favorece a grupos sociales minoritarios y privilegiados - clase política oficialista y grupos de capital privado -.

De la noción de las personas como cosas útiles:

Esa tenacidad suya por permanecer en tensión con una nación mal dispuesta hacia usted por el momento me lleva luego a creer razonablemente, con cierta validez objetiva, que usted no quiere comprender la vida emotiva de los mexicanos ordinarios. Es por eso que no comprende el dolor de la sociedad doméstica de Ayotzinapa; es por eso que le parece insólito y problemático que el dolor supremo de Ayotzinapa haya tocado y movido a la sociedad mexicana hacia una reacción de lucha; es por eso que su secretario de marina se escandaliza por este contagio social al grado de atreverse a alterar la realidad con mentiras y prejuicios; y es por todo eso que está en una situación-límite de tensión con la sociedad.

Dado lo anterior, y como usted le ha dicho múltiples veces a los mexicanos que no gobierna según las creencias y voluntad de ellos, sino según lo que a su juicio personal parece bueno, no puedo sino tener la siguiente creencia razonable: creo que en su relación de gobierno con el mundo mexicano, en el plano político, usted hace una permanente y artificial abstracción de las emociones, el entendimiento y la voluntad de los mexicanos ordinarios para luego asumirlos como cosas útiles diseñadas para obedecer y trabajar para la realización de su proyecto personal de nación, y cuyo propósito central es generar más riquezas para la clase dirigente de este país: grupos de capital privado y políticos orgánicos. 

Del dilema moral:   

Supuesto el caso de que fuera posible superar un dolor insuperable y que las promesas de su proyecto de nación al menos fueran probables, ¿no le parece que acceder a su petición de superar el dolor nos pone en la condición inmoral de estar comprando nuestra incierta felicidad individual con las monedas de la injusticia y el dolor de los otros? ¿No le parece que dejar al mal radical impune por al afán de perseguir nuestra incierta felicidad personal nos mancha las manos de sangre?

De alguna manera estos nos remite a un dilema moral que planteaba Fiódor Dostoyevski en su novela Los hermanos Karamázov. Me refiero a ese célebre diálogo donde el racionalista y ateo Iván plantea un dilema moral a su hermano Alyosha, el oblato, y que yo adapto a nuestro asunto para plantear la siguiente cuestión, presidente: Si nos fuera posible poner a México en la ruta del progreso material a cambio de permitir que el corrupto sistema político prosiga carcomiendo al país con su mal radical, ¿qué elegiría usted, presidente?

No sé usted, pero le diré lo que yo haría: elegiría por corregir al sistema político así se hundiera México por completo hasta quedar convertido en un montón de escombros. Y elegiría así, presidente, porque no hay sistema de moral que pueda justificar el elegir por el mal radical y su dolor inherente. 

Aprovecho para desearle con sinceridad lo mejor en su gobierno, presidente EPN. 

Gracias.

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