Y el PRI se nos desmayó con Ayotzinapa.

Del papel de las emociones en la economía de la vida:

Haciendo a un lado cuestiones de metafísica y metodología, parece ser que filósofos y científicos están de acuerdo en que las emociones no se agotan en la pura subjetividad a manera de un estado del alma determinado por la imaginación sin límites y que se refleja como una falla del juicio, como afirmaban los viejos estoicos. Antes bien, creemos que las emociones son un comportamiento de la persona determinado por circunstancias externas y objetivas que le confieren, a su vez, un significado y una función en la economía de la vida de la persona. El significado de la emoción radica en ser un signo o señal de una situación externa que enfrenta el individuo y que puede representar un valor - placer - o un disvalor - dolor - para su economía de vida. A su vez, la función de la emoción radica en aquello de ser un comportamiento dirigido a preparar al sujeto para afrontar y resolver la situación, o bien para eludirla.


Lo anterior no significa que las emociones sean útiles para la economía de la vida siempre y en cualquier circunstancia. Son útiles cuando son un subrogado preliminar y transitorio de la razón que prepara al sujeto para la posterior acción racional y eficaz frente a la situación, pero son contrarias a la utilidad cuando inhiben la acción racional y eficaz para tomar el control absoluto de la voluntad del sujeto bajo la forma de una pura conducta emotiva.

La nociva conducta emotiva, o de orden inferior, implica la renuncia a los múltiples elementos que dan forma a una conducta de orden superior: razón, prudencia y coraje. A saber, hay dos extremos en la conducta emotiva: la conducta de descalabro y la conducta de triunfalismo, y en ambos casos hablamos de una conducta de orden inferior, vulgar y brutal, que es el signo de la incapacidad del sujeto para afrontar la situación y que denuncia su conciencia de descalabro o triunfalismo - exultación o júbilo injustificado, que no corresponde a una realización real -. 

La conducta emotiva busca la ruptura con la situación real que se enfrenta y su problema acudiendo a la subrogación imaginaria, o el deseo de sustituir la situación real con una ficticia que valga como subrogado de la primera, con la evasión del problema o con la fuga o tentativa de establecer una barrera infranqueable entre el sujeto y el problema. La cólera, por ejemplo, es un modo de evadir un problema que no se sabe resolver subrogando todo a una solución incorrecta: la cólera. El desmayo por miedo no es sino la fuga ante una situación desagradable que va en busca de una solución mágica. Cierto que las conductas emotivas pueden ofrecer soluciones accidentales o provisionales a los problemas que se enfrentan. Alguien que monta en cólera por no poder deshacer los nudos que le atan y se hace presa de movimientos convulsos, gritos y pataleos, puede por mero accidente eludirse de sus ataduras. Sin embrago, lo más previsible es que las conductas emotivas no resuelvan los problemas en esencia y los dejen pendientes, en espera de solución, y hasta los hagan crecer: el que monta en cólera por sus ataduras solo logra agotarse y atraparse más en las mismas, algo muy opuesto a la conducta de orden superior del maestro del escape: Houdini. Pero lo más grave de todo es que las conductas emotivas terminan por llevar al sujeto a un estado de conciencia mágico al estilo de Sartre que desvanece el mundo real y sus caracteres arduos y problemáticos para instituir en su lugar un mundo mítico e ideal, sin problemas y esfuerzos, un mundo del "como si" donde se debilita la  capacidad del sujeto para distinguir lo real de lo irreal. 

El miedo:

Como sabemos por propia experiencia, el miedo, esa emoción que viene acompañada siempre por su convulsivo manojo de nervios, llega a nosotros cuando afrontamos una situación que representa una amenaza potencial a nuestra felicidad o a nuestra vida. Sabemos que el miedo es útil cuando es un transitorio y preliminar subrogado de la razón, porque solo de esta manera cumple la función de alerta que dispara o pone en acto los elementos de una conducta superior, ora para asumir el problema - razón y coraje -, ora para evitarlo en la medida de lo posible - razón y prudencia -. Sin embargo, cuando el miedo es el único factor que determina todo en el sujeto, desde la alerta temprana hasta la deliberación de la voluntad, ya estamos ante una conducta de orden inferior, vulgar, brutal, de descalabro. En efecto, ya presa del miedo la persona intenta suprimir la realidad subrogando todo a un mundo ficticio con sus problemas y soluciones a modo, o intenta evadirse de las situaciones con mentiras, ausencias, silencios y omisiones inexplicables y absurdas, o bien termina puesto en fuga, poniendo una barrera infranqueable entre su persona y la situación que le compromete hasta paralizarse por completo. Y en el extremo, cuando el miedo se sublima desde un problema particular al nivel de un miedo general y sin objeto, sin causa, el individuo termina en una situación de angustia que le lleva a romper toda conexión orgánica con la realidad hasta el extremo de que se encuentra ya incapacitado para existir en el mundo.

De las conductas emotivas o inferiores del PRI:

Los hechos consumados en el caso Ayotzinapa nos hablan de un PRI que ha estado afrontando esta situación a través de conductas emotivas - subrogación, evasión, fuga - que han inhibido o han anulado por completo cualquier conducta de orden superior - razón, coraje, prudencia -. 

Parece ficción y evasión que el paradero de los 43 muchachos de Ayotzinapa siga siendo un misterio después de más de un mes de ocurrido el suceso y pese a contar con una enorme cantidad de personas capturadas que estuvieron involucradas directa o indirectamente en el suceso. Si esto no tiene trazos de ficción y evasión, luego no tienen a las personas indicadas; pero si son las personas indicadas, entonces esto huele a ficción y evasión.

Parece ficción y evasión ofrecer una recompensa multimillonaria por el dato cierto sobre el paradero de los muchachos por lo que ya señalé arriba.

Hay ficción y evasión en eso de difundir la idea de que toda esta tragedia se ha decantado exclusivamente por la acción criminal y unilateral de una pareja de endiablados sicópatas: el ex alcalde de Iguala y su mujer. Cierto que es muy cuestionable que esto sea un crimen de Estado, pero tampoco se puede despreciar la realidad del problema en esta forma. Aquí por lo menos tenemos un suceso que nos permite inferir con alta certeza la realidad de un Estado que ya ha sido rebasado por la violencia y la corrupción. 

Hay evasión en eso de atravesar problemas de agenda de última hora para aplazar la entrega de la declaración de Solalinde pese a que la premisa central del gobierno era la urgencia por encontrar a los 43 muchachos.

Parece ficción y evasión lo que Murillo Karam le dijo a Solalinde en el sentido de que no se realiza una búsqueda óptima de los muchachos por restricciones presupuestales y materiales.

Hay evasión y fuga en la pretensión de comprar el silencio y la paz de los familiares de los muchachos a través de compensaciones económicas por las pérdidas. 

Hay ficción y evasión en el hecho de que el actual titular de la PGR esté a cargo del caso Ayotzinapa cuando existen serias dudas sobre su desempeño por una supuesta falla de omisión precisamente en este caso y desde un año atrás.  

Hay ficción y evasión en eso de tratar de imputarle la culpa de este estado general de violencia exclusivamente al inútil de Felipe Calderón, cuando la culpa es de toda la clase política oficialista. Cierto que Calderón fue el gatillo que disparó este proceso decadente, pero también es cierto que el PRI se hizo cómplice de eso al validar el golpe de Estado de en el 2006. Cierto también que el PRI tomó la responsabilidad de resolver este problema de la violencia al asumir la gestión del Estado mexicano. El PRI no debe olvidar que los pecados son intransferibles.

Hay ficción, evasión y fuga de la realidad en eso de tratar de imputarle a AMLO la culpa del asunto Ayotzinapa valiéndose de argumentos falaces. Es aquí donde vemos en su pleamar la ficción, la evasión y la fuga apresurada y a tropiezos de algunas gentes como César Camacho, Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones. En efecto, hablamos de personas que buscan anular el problema real para instituir en su lugar un problema ficticio donde su caprichosa conciencia mágica establece relaciones de determinación entre las cosas donde no existen. Se trata de una conciencia mágica que simplifica y altera irresponsablemente la realidad: una foto accidental, la candidatura de AMLO, o bien la amistad de una persona que tiene a su vez un amigo delincuente, ya son para ellos indicios claros de la responsabilidad en el asunto Ayotzinapa. Por el contrario, y pese al mejor deseo de estas personas, la realidad nos habla de dos cosas en AMLO: Primera, jamás tuvo alguna posibilidad con respecto a la candidatura de Abarca porque la misma dependía de los Chuchos, que era precisamente el punto de ruptura de AMLO con el PRD desde el 2006 por lo menos. Segunda, que tal vez cometió un error de cálculo político con Mazón que le exige a una rectificación por cuestiones estrictamente morales.  

Hay ficción y evasión en eso de convocar a reunión a los familiares de Ayotzinapa para seguir en lo mismo - todo es un misterio -, para seguir subrogando la solución eficaz en las reiteradas promesas que van trufadas de buenos deseos, y para tratar de mandar el mensaje de que todo marcha bien entre las partes.

El PRI se ha desmayado de miedo:

Todo lo anterior denuncia el miedo que ha invadido al PRI una vez que afrontó las situaciones de Tlatlaya y Ayotzinapa. Es un miedo que ha ido en aumento, cuyo progreso se da sobre el vehículo de la acción emotiva que inhibe toda acción de orden superior - razón, prudencia, coraje -, y que ha puesto a los priistas en un mundo mágico donde todo se comporta según indica su caprichosa voluntad y en el cual empiezan a perder la capacidad de distinguir lo real de lo irreal. De ahí mismo resulta toda aquella cadena de ficciones, evasiones y fugas del PRI; de ahí también que algunos priistas hayan anulado su impecable hoja de servicios en la inmoralidad para asumirse como oblatos con aspiraciones a santos a fin de poder culpar a AMLO de un delito en el que solo ellos tienen posible responsabilidad, al menos moral. Y el resultado de este miedo que bulle ya está evidente en los hechos consumados, y que no es sino el que cabría esperar razonablemente: incapacidad para afrontar la situación y, en el mejor de los casos, ineficacia en la acción. Pero este miedo no deriva de un hecho puramente subjetivo, fabricado en la imaginación colectiva de los priistas. Se trata de un miedo determinado por una situación externa que no se refiere al horror de Ayotzinapa, sino al horror frente a una sociedad mexicana que por primera vez en su historia poscardenista da trazas de querer convertirse en un verdadero pueblo que busca sacudir al sistema político y gravitando en los ejes del hartazgo, la indignación y la cólera.

Al final, ese cúmulo de conductas emotivas e inferiores del gobierno promovidas por el miedo ha llegado a su pináculo en una suerte de barrera infranqueable que se ha levantado entre la presidencia y los problemas, lo cual equivale alegóricamente a un desmayo del PRI por influjo del miedo, a una fuga total desde la realidad hacia un mundo ilusorio.   

PRI, AMLO y el coraje espartano:

Nadie como los viejos espartanos para el coraje. Ellos llevaron al nivel de lo magistral o ejemplar esa actitud humana que privilegia las acciones de orden superior - razón y coraje - por sobre las emociones para afrontar las situaciones y sus peligros. Al final, y gracias a eso, los espartanos dejaron larga progenie porque perviven hasta nuestros días como ideales en la emulación.

Por cierto que los mexicanos crecimos con aquella imagen que dibujaba al PRI como un establo prolijo en políticos con coraje espartano. Por supuesto que este elemento cultural se lo debemos al martillo sempiterno de los discursos de autoelogio del PRI. Pero para decepción de muchos, el caso Ayotzinapa y su reflejo de una sociedad con el deseo vehemente de ser un pueblo por primera vez, ha puesto a prueba ese coraje priista y lo ha evidenciado como un mito, como una ilusión, como un postulado irreal cuya única utilidad radicaba en la mercadotecnia política del PRI. Y esto vale para los priistas presentes y pasados por cuanto nuestro país jamás verificó este despertar cívico en latencia que se verifica por estos tiempos. Sin embargo, hay una ironía en esto: aquel hombre que ha sido acusado por los priistas con artilugios mágicos como el responsable de toda esta tragedia, AMLO, ha venido a ser precisamente el que demuestra poseer el coraje espartano, es decir, el que se crece en coraje ante los problemas y el que no se asusta al estar entrañado en una sociedad que desea revivir. Digo esto porque apenas los priistas le jugaron su broma mágica a AMLO, y éste les respondió con la promesa en firme de una pronta y segura denuncia formal como cómplices del asunto Ayotzinapa.

Al final, y pese a todo, hay buenas noticias en esto para los priistas y nosotros. Sabemos ya que hablamos de una clase priista conformada por personas que son sensibles al miedo, pese a que por estos tiempos no hayan logrado controlarlo razonablemente con acciones de orden superior que apelen a la razón, la prudencia y el coraje espartano.

Y eso es todo.

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