EPN y la Casa Blanca de la ira.

Sobre lo que parece falso:

Antes que nada, y en el deseo de que se entienda bien el sentido de mi artículo, debo advertir que me parecen muy inverosímiles los argumentos del régimen - incluyendo a la esposa de EPN - en torno al gran escándalo nacional que va desde Ayotzinapa hasta la Casa Blanca. Con esto quiero decir que casi todo lo que ha dicho el régimen a este respecto me parece falso sin tener pretensión de poseer alguna garantía de dicha falsedad. Me parece falso porque casi todo lo dicho rehúye a las reglas de la lógica o al menos a las posibilidades técnicas y humanas y al sentido común. Y aunque advierto mi desventaja por aquello de no contar con garantía de la falsedad que veo en todo esto, debo decir que el régimen está en igual condición que yo porque hasta ahora no ha presentado pruebas claras de lo que afirman como supuestas verdades de hecho, como ficciones de verdad probada. En lo que toca al asunto Ayotzinapa, el régimen solo nos ofrece una justicia por testimonios, no por hechos, y en lo que respecta a la Casa Blanca ofrece solo simples habladurías. Y lo que es más, sé que la mayoría de los mexicanos están en mi misma situación: casi todos los argumentos del régimen les resultan muy inverosímiles. Tan solo ayer el diario Reforma acaba de publicar un dato que es previsible de manera intuitiva: el 77 % de los mexicanos no creen en las explicaciones de Angélica Rivera en torno a la Casa Blanca.


Algunos podrían encontrar suficiente el atenerse a las palabras de EPN, de la oficina de la presidencia y de la señora Angélica, para dar por verdad que esa famosa Casa Blanca ha sido legítimamente adquirida por la señora con el producto del trabajo de toda su vida, tal como dice el discurso oficial. En este caso, esta decisión no es justificable aunque siempre es respetable. No es justificable por cuanto se apela a un criterio de verdad fundado en la revelación, que apela a la elocuencia del discurso como postulado de la fe en la persona que habla para defenderse, y no obstante que podemos ir en busca de una verdad de hechos como corresponde a un pensar moderno, el cual goza de mayor validez y dignidad. Pero pese a eso, si alguien quiere creer en esa verdad revelada a través de habladurías oficiales, si alguien quiere comprar esa retórica como una ficción de verdad demostrada, está en libertad de hacerlo. Sin embargo, el que delibera de esa forma no puede imponer esta regla de conducta a aquellos que optan por el criterio de verdad que es propio de un pensar moderno: correspondencia del discurso con los hechos. En una democracia, y en lo que respecta a estas personas que privilegian la verdad de hechos, no hay más opción que ser simétricos y dar satisfacción a su exigencia con pruebas de hechos. No veo, por lo tanto, justificación posible en eso de tratar de despreciar, minimizar o de demostrar a priori como falsas las muchas dudas y sospechas que la mayoría de los mexicanos tienen en torno a los dos escándalos: Ayotzinapa y Casa Blanca presidencial.

La Casa Blanca de la ira:

Hay un aspecto que me ha llamado mucho la atención en la actuación de EPN a todo lo largo de este escándalo político que va de Ayotzinapa a la Casa Blanca. Me refiero a un EPN realizando una curiosa inversión de los valores y conductas que cabria esperar en el presidente de un país o en el líder de una nación.

Desde que las llamas del asunto Ayotzinapa alcanzaron al régimen y hasta ahora, EPN, como todos los priistas notables, se ha mostrado reo de reacciones emocionales, de orden inferior, de lo que podríamos llamar: reacción de descalabro, es decir: miedo, nervios, descontrol y evasión, donde el viaje a China y Australia y la transferencia del problema de la Casa Blanca a la esposa son tal vez los episodios más salientes de ese fugarse de las situaciones y sus problemas implicados. Como dije en un artículo anterior, se podría decir que el PRI se nos ha desmayado. Sin embargo, en esa tendencia de histeria priista genérica hay un brinco emocional atípico cuando EPN se nos muestra montado en ira o cólera cuando explota el escándalo de la Casa Blanca. En efecto, de la parálisis pasa a la ira solo cuando los acontecimientos lo pusieron frente a una situación que ponía bajo sospecha pública algunos aspectos de su estado patrimonial y el de su esposa, que es un asunto estrictamente doméstico, privado, individual, como él mismo reconoció recién. También solo hasta que le llegó esa ira con un asunto privado empezó a barajar públicamente la hipótesis de una misteriosa conspiración en su contra y de su proyecto de nación y a ser muy insistente y enfático en su afirmación de que no va a reparar en el uso de medios coercitivos para mantener el orden. 

Dado lo anterior, se puede inferir que a él, a EPN, le irrita con facilidad todo aquello que amenace su felicidad personal, pero no así lo que amenaza la felicidad de los otros mexicanos y con independencia del tamaño del daño previsto sobre éstos. Y se infiere también que le irritan tanto estas cosas privadas, que le bastan para empezar a especular públicamente sobre conjuras o conspiraciones en su contra y su proyecto de nación y hasta para acariciar la idea de la represión. 

Hasta aquí, no hay mucho que reprochar en el individuo EPN, en el ciudadano. A decir verdad, está actuando como lo haría un individuo emocional promedio en este mundo moderno que, por desgracia, así es: calcula con el móvil del natural egoísmo que privilegia la felicidad personal por sobre la de los otros y se deja llevar por las emociones. Cierto, sabemos que un individuo emocional promedio tiende a dolerse más por la amenaza de pérdida que se cierne sobre su patrimonio material que por las pérdidas reales que reportan otros - como los muertos de Ayotzinapa lo son para sus familiares -, y lo mismo ocurre con la felicidad en la esperanza y los logros. 

Pero esta curiosa inversión de los valores y las conductas en EPN, que lo llevan a actuar como cualquier ciudadano emocional, lo ponen en una situación que es impropia en el presidente de una nación, y más impropia en el caso de un estadista. Nuestro modelo de estadista o político perfeccionado nos habla de un hombre que afronta las situaciones y sus problemas con un canon de conducta claro, predecible, definido a través de reacciones de orden superior, perfeccionadas y razonables, ora para afrontar y resolver las situaciones con eso que yo llamo coraje o nervio espartano - no emociones, sí sentimientos elevados, firmeza, resolución, racionalidad -, ora para eludirlas con prudencia en la medida de lo posible y minimizando costos para la sociedad, no para él. Pero el estadista, sobre todo, es un individuo magistral en el altruismo, en esa conducta que invariablemente privilegia la felicidad de los demás por sobre la propia. Sin embargo, vemos que a EPN le hace infeliz el saber que hay sospechas públicas sobre esa Casa Blanca al grado de montar en ira y pasar por alto que a los mexicanos también les reporta gran infelicidad agregada el sospechar que él obtuvo esa mansión con procedimientos ilícitos.  

En suma, parece que en este caso de la Casa Blanca EPN se dejó llevar por la ira más allá de lo razonable hasta caer en una reacción emotiva, de descalabro, no propia en un buen político, y que luego lo lleva a intentar una fuga para no confrontar la situación y sus problemas inventando para eso varios subrogados de solución, o soluciones ficticias pero inútiles. Y es aquí, en la tormenta de la reacción emocional, donde llegamos a tres graves errores que comete EPN en el tratamiento que le dio a este escándalo. 

El primer error de EPN fue haber pedido públicamente a su esposa que explicara la forma en que se hizo de esa mansión. Expresión que solo es válida si aceptamos como cierto su postulado de que la señora es la dueña de esa casa. Pero como la mayoría de los mexicanos no le aceptaron el postulado, como de hecho no están obligados a aceptarlo, luego vieron en este acto de EPN una ilegítima transferencia de la tormenta de dudas desde él hacia su esposa para luego él sacudirse las manos. Tal vez EPN crea que hizo lo correcto porque su verdad en esto - verdad que solo él y sus allegados conocen - es que la casa es de la señora Angélica. Sin embargo, a EPN le pasa por alto que los mexicanos ordinarios están de hecho en situación de duda en este punto y con amplias sospechas de que él es el dueño de esa mansión y no la señora. Y siendo así la situación, la obligación moral de aclarar las dudas a los mexicanos es principalmente de él, no de la señora Angélica. Se añade como agravante de esa exigencia moral el hecho de que él es el presidente del país. 

Como era previsible, la opinión pública usó este suceso para satirizar con un feo humor negro la acción de EPN. Lo dibujaron como una persona que evade la situación y sus problemas, y que inventa una solución en la transferencia ilegítima de la responsabilidad a la esposa. La ruinosa consecuencia de esto es la que ya vemos: un desgaste sensible en la legitimidad moral y carismática de EPN que se añade a su ya muy desgastada credibilidad. Y estimo que el desgaste debió ser muy grande si consideramos que nuestro sistema de moral vigente sigue manteniendo como un valor importante la figura del hombre que actúa como facilitador, proveedor y protector de su familia, y considera como un disvalor la figura del hombre que delega sus responsabilidades y sus problemas en su familia. 

El segundo error de EPN fue no anticipar que la intervención de la señora Angélica, no solo no resolvería el problema, sino que lo empeoraría. Eso era absolutamente previsible, y así sucedió. Como ya sabemos, las explicaciones de la señora, al tiempo de ser muy inverosímiles, abonaron más dudas, más sospechas, y la llevaron a ella a la lista de daños de una manera inútil. Y a los daños inútiles sobre la imagen de la señora se suma lo que ella misma aportó de su parte asumiendo también, al igual que su esposo, una reacción de ira, de cólera, algo que no fue bien recibido por la opinión pública. A este respecto le recuerdo al lector lo que ya dijimos arriba: esas reacciones de ira en la pareja presidencial en el asunto Casa Blanca llevan a inferir que privilegian su felicidad personal por sobre la de los demás. Algo que si bien es comprensible en un ser humano normal, no lo es en dos personas que están al frente de un país.

El tercer error de EPN fue montar en cólera por la propagación de dudas y sospechas hasta el grado de empezar a lanzar hipótesis sobre conspiraciones en su contra y de su proyecto de nación. En estricto sentido, él debería estar irritado contra sí mismo y ejercer fuerza coercitiva solo sobre sí mismo, porque él fue quien conspiró contra sí mismo. Digo esto porque él mismo dejó un vacío de información patrimonial que, aun bajo la más remota previsión, solo podía dar lugar al surgimiento justificado de dudas y sospechas en el público. En efecto, si el púbico no encuentra datos sobre la situación patrimonial de sus dirigentes políticos, es natural que pasen a una situación de incertidumbre subjetiva sobre ese punto que luego, de manera natural, ha de dar lugar a las dudas y sospechas verosímiles que esperan prueba. 

En todo esto se pone en evidencia un desprecio de EPN por la legalidad por cuanto jamás proporcionó información suficiente, clara y pública, de su situación patrimonial conforme a la ley. Hay también evidencia clara de un desprecio a la moralidad por cuanto jamás se ocupó en ir más allá de la mera exigencia de la ley para satisfacer al deber ser proporcionando información suficiente, clara y pública de la situación patrimonial de todas aquellas personas conectadas a su vida de forma directa, en especial de su familia completa, a fin de obliterar el paso a la más mínima duda o sospecha sobre su situación patrimonial en lo futuro.  

Difícil conocer las causas últimas que llevaron a EPN a conspirar contra sí mismo en este asunto de la Casa Blanca. No conocemos todavía eso que lo llevó a actuar emocionalmente y con una gran imprudencia política. 

Y eso es todo.

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