El tío Pepe Mujica y el Santo Oficio priista.

La abjuración de Galileo:

Como los titanes, o como los hombres excepcionales, Galileo Galilei también dejó larga progenie en la historia de la humanidad. Hasta hoy todos asumimos que pensar bien, que pensar correctamente, es el que está de acuerdo con la canónica que él, a la par de Bacon, prefiguró tomando los materiales de otros pensadores que le precedieron. Sin duda que Galileo es una de las más célebres y populares figuras de la historia del pensamiento. Renacentista, Homo Universalis, considerado con Francis Bacon como el padre de la ciencia moderna y, por tanto, como uno de los precursores de su máxima: Mueran los supuestos. Posee méritos de sobra para tener carta de ciudadanía en el reino de los grandes sabios teoréticos y los polímatas. Sin embargo, la cultura popular conoce más a Galileo por esa legendaria disputa con los sabios jesuitas de su tiempo que a la postre terminó por llevarle ante el Santo Oficio y la Inquisición romana con motivo de sus refutaciones al paradigma aristotélico en ciencia y filosofía y al modelo geocéntrico de Ptolomeo, de inspiración aristotélica, sobre los cuales se solía demostrar la "racionalidad" de la verdad revelada de las sagradas escrituras en la teología cristiana.


La tragedia de Galileo con el Santo Oficio se resume básicamente de la siguiente forma. Entre los años de 1611 y 1616 la iglesia somete a revisión crítica sus trabajos de investigación por instrucción del cardenal Roberto Belarmino. Para febrero de 1616 el Santo Oficio condena la teoría heliocéntrica de Galileo como insensata, absurda y herética. Días después del mismo mes y año, dicha condena es ratificada por la Inquisición romana y el Papa Paulo V.  Acto seguido, se le ordena a Galileo asumir sus tesis solo como una hipótesis no probada y no ir más allá. Se aclara que, hasta aquí, Belarmino camufló relativamente bien su principio de autoridad con un aire de racionalidad, puesto que las tesis de Galileo no estaban debidamente demostradas para ese momento. En febrero de 1632 Galileo publica su "Diálogo sobre los principales sistemas del mundo" donde pasa por alto la condena del año 1616 en virtud de que vuelve a refutar el modelo geocéntrico de Ptolomeo ofreciendo dos nuevas pruebas empíricas en favor del modelo heliocéntrico. En consecuencia, la Inquisición no dilata mucho en acusarlo de violación a la condena de 1616 y se le condena a prisión perpetua, permutada por el Papa por reclusión domiciliaria de por vida, y se le obliga a la abjuración de sus ideas insensatas, absurdas y heréticas. Como ya sabemos, Galileo accedió a la orden del tribunal y abjura de sus ideas. 

Gracias a una alteración parcial de la realidad por parte de algunos escritores y críticos de la ilustración se fue formando ese mito que ha llegado a nuestro tiempo, y que dice que Galileo, una vez que abjuró, pronunció ante el tribunal de la Inquisición la frase: "Y sin embargo se mueve" - refiriéndose a la Tierra -. En realidad, esto se trata de una ficción atribuida a veces a un escritor de poca monta de la ilustración conocido como Guiseppe Baretti. Y como ficción, nunca sucedió. Ni siquiera tiene verosimilitud el episodio literario puesto que es impensable que el pobre Galileo se atreviera a insultar a la autoridad de la Inquisición de esa forma tan imprudente. Pero poco importa esto porque, en esencia, sí que nos ofrece una gran verdad en todo este drama de Galileo, y que es la siguiente: la abjuración de Galileo a sus ideas daba satisfacción a la voluntad arbitraria de la iglesia y su método de la autoridad, pero eso no anuló la convicción interna de Galileo en sus creencias y menos la realidad del ser de las cosas en esa materia. Así que, a pesar de la abjuración de Galileo, la Tierra se mueve alrededor del Sol y así lo sabía y lo creía Galileo en su fuero interno.

La abjuración del tío Pepe Mujica:

Antes que nada, aclaro que si le llamo "tío" al excelente señor José Mujica, presidente de Uruguay, no es sino porque decidí desde mucho tiempo atrás adoptarlo por mi arbitrio como mi tío en atención a su notable e inigualable perfeccionamiento moral como hombre, y que le dota de una tremenda legitimidad moral, carismática y política. Esta decisión, y según son las costumbres de mi tierra muy al norte de México, denuncia siempre una muestra de mucho afecto y gran respeto y consideración a un hombre por su calidad moral, al grado de considerarlo como parte importante de la sociedad domestica que la vida nos regaló. Y supongo que cualquier persona sensata del mundo desearía tener, no solo a un tío como el señor José Mujica, sino a un presidente como él. Por desgracia, el tío Pepe es uruguayo y no puede ser nuestro presidente en México. Y ya aquí, declaro con sinceridad lo siguiente: qué falta nos hace en México un presidente como el tío Pepe.

Bien, en el artículo anterior decía que si no fuera porque ya sabemos que esta crisis política que vivimos se debe a la ineptitud ya probada de los priistas y a su falta de coraje espartano en el oficio de los política, podríamos creer que al PRI le invadió una extraña patología mental que le impulsa a comprar y acaparar escándalos compulsivamente. Está actuando tal como si quisiera monopolizar todos los escándalos del mundo. Primero compró el escándalo Tlatlaya, luego Ayotzinapa, luego la Casa Blanca, luego los detenidos del 20 de noviembre, y enseguida compró el escándalo con el tío Pepe. Y advierto que si digo que el PRI compró todos esos escándalos me refiero a que él mismo se generó los escándalos, no que alguien se los haya creado. 

Tengo mis hipótesis de conspiración en esta crisis del PRI. Pero lejos de lo que creen los priistas y algunos otros, creo que son conspiraciones contra sí mismos y, posiblemente, una muy importante que tiene conexión con la reforma energética y cuyos autores permanecen muy ocultos en la sombra. Pero como esto es tema de especulación, mejor es dejarlo por la paz por el momento. 

Ya sabemos cómo empezó el capítulo del tío Pepe en la estrujante tragedia del PRI que ya apunta a estas alturas a un suicidio político o a una tiranía rabiosa como vibrantes y posibles desenlaces. Sucede que una prestigiada revista de asuntos políticos entrevistó al tío Pepe y, entre otras cosas, le pidieron su opinión en torno al asunto Ayotzinapa ( Ver enlace 1 al pie de página ) Hasta al más remiso de entendederas le es evidente que el tío Pepe respondió a las preguntas privilegiando a su modo de ser humano ordinario, no de presidente de Uruguay, donde sus reflexiones dejaron básicamente las tres percepciones siguientes sobre la situación de nuestro país: el sistema político está carcomido por la inmoralidad, donde dos salientes principales son la corrupción y el desprecio por la dignidad del ser humano; la sociedad vive una suerte de peligrosa inversión de los valores al menos en nuestras nociones de éxito y fracaso, y que apunta a la inmoralidad como tradición aceptada; y, en consecuencia, México parece ser un Estado fallido.

- Por ese lado, estamos fritos - dice el tío Pepe como cierre a su juicio en torno a la situación muy problemática de México -.

Pero el tío Pepe, fiel a su modo de ser, no se mostró fatalista. Él, como hombre consciente de que la vida es libertad y esfuerzo, elección y conato, dolor y hazaña, ve posibilidades para México. Y una de esas posibilidades es, a decir de sus propias palabras, que lo mejor de México rescate al país de su crisis. Y se entiende que cuando habla de "lo mejor" se refiere a todos esos muchos mexicanos que no han sido alcanzados por el proceso de decadencia moral.

Espero no haber quitado o puesto de más en esto de interpretar las palabras del tío Pepe en la entrevista que concedió. De cualquier modo, si alguien considera que me faltó o que me excedí, escucho comentarios y correcciones y estaré pronto a corregir si es lo justo. 

Lo que ocurrió después de esa entrevista ya lo sabemos. El gobierno mexicano se escandalizó con el supuesto agravio entrañado en las valiosas reflexiones del tío Pepe y procedió a los rituales formales y muy inútiles de estos casos: llamar al embajador para pedir al tío Pepe la negación de sus propias ideas y palabras, a lo cual éste accedió con la suavidad y la finura que es propia de un hombre sabio, y no solo con la negación, sino con la afirmación pública de un México con fundamentos políticos sólidos y de vieja data.

Creo que el lector ya podrá caer en la cuenta del motivo que me llevó a abrir este apunte recordando algunas pasajes de la vida del sabio Galileo Galilei. En efecto, existe un curioso parecido de situaciones porque resulta que el gobierno mexicano actuó en este caso como una suerte de Santo Oficio azteca que exigió al tío Pepe la abjuración de sus ideas sobre México por encontrarlas insensatas, absurdas, insultantes y heréticas con respecto a una verdad revelada que solo existe como verdad en la febril imaginación de los políticos oficialistas, y que nos habla de la existencia supuesta de: una sociedad mexicana sin inversión ruinosa de valores, de un sistema político excelente y virtuoso, y de un Estado eficaz y progresista. 

Si el Santo Oficio buscaba que Galileo abjurara de sus ideas y se abstuviera de seguir difundiendo sus libros, no era sino porque la iglesia veía eso como una amenaza a la fe y a la adhesión de su muy nutrida clientela. La preocupación de la iglesia en este sentido era tan clara que en la primera condena, la de 1616, se le prohibió seguir escribiendo libros en idiomas ordinarios, los de la plebe, y constreñirse a la escritura en el idioma de los doctos, de los círculos herméticos: el latín. De igual forma, a los grillos mexicanos les preocupa mucho el que las reflexiones críticas del tío Pepe persistan en el tiempo como la verdad que son por cuanto pueden despertar conciencias adormecidas en México con el instrumento del principio de autoridad moral que respalda al tío Pepe. Con esto quiero decir que los grillos mexicanos saben que si el tío Pepe dice que México es un Estado fallido, muchos mexicanos pueden persuadirse de eso porque el testimonio del tío Pepe se toma como cierto en tanto goza de legitimidad moral. Y eso tiene sentido por cuanto la legitimidad moral es uno de los seis fundamentos de un testimonio veraz.

Solo el Santo Oficio de los grillos oficialistas mexicanos y de la falsimedia local están en desacuerdo con las ideas del tío Pepe, pero no por amor a la verdad en sí misma, sino por el horror a que su negocio privado en la política se esfume en la nada. Y en este punto volvemos a otra curiosa coincidencia con el drama de Galileo, puesto que el Santo Oficio de su tiempo también se oponía a las ideas del sabio, no por amor a la verdad en sí misma, sino por la amenaza que dichas ideas representaban para el gran negocio privado de la iglesia.

Como ya sabemos, y al igual que Galileo, el tío Pepe accedió a la abjuración de sus ideas heréticas sobre México con la única diferencia que éste, dada su condición de político, ofreció a cambio un ligero y modesto elogio a México que se pone en aceptable acuerdo con esa verdad revelada de los grillos mexicanos según dicta su arbitraria voluntad, pero que rehúye a la verdad real: México parece un Estado fallido.

Una vez que Galileo abjuró de sus ideas, el Santo Oficio se ocupó en armar una vigorosa campaña de propaganda para difundir por toda Europa la noticia con la esperanza de que la gente se dijera algo como lo siguiente en el vehículo de las habladurías:

- Diablos, tenía razón la Iglesia. Si ya lo dijo Galileo, entonces es verdad: La Tierra no se mueve.

Pero esa baratija de mentira del Santo Oficio solo la creyeron los torpes, los ignorantes y prejuiciosos, y no así los despiertos de mente, los que usaban su razón por propia cuenta, como René Descartes, quien dedujo con facilidad la verdad: la mentira del Santo Oficio había sido sacada de los labios de Galileo con el instrumento del chantaje y las amenazas.    

Las similitudes continúan porque es claro que la abjuración del tío Pepe no es sincera por cuanto se da por la vía del chantaje diplomático. De igual forma, una vez dada la abjuración del tío Pepe, los grillos mexicanos y la falsimedia local se ocuparon en eso de actuar como el Santo Oficio de tiempos de Galileo porque no fueron remisos en eso de armar una campaña de propaganda para darnos a conocer la abjuración uruguaya y tratar de sembrarnos la ilusión de que México ya no era la decadencia política que había enunciado el tío Pepe en sus primeras declaraciones críticas, sino que es y sigue siendo lo que el tío Pepe declaró en su abjuración. 

Supongo que ya le queda claro que comprar esta ilusión propagandística del Santo Oficio mexicano es afirmarnos como estúpidos y darle la razón a ellos, grillos y falsimeida, porque están haciendo esto asumiendo que somos tan estúpidos como para comprar esa ilusión. Le digo esto por lo siguiente.

Es claro que el tío Pepe, sensible como es con los asuntos humanos, debió juzgar la cuestión de México desde ese modo de ser, privilegiando ese espíritu humanista, y tal vez movido por un aire de indignación. Seguramente el tío Pepe no tardó en darse cuenta que cometió una imprudencia al privilegiar a ese sentimiento humanista por sobre el modo de ser político una vez el Santo Oficio mexicano pidió una abjuración; y tal vez el tío se dio cuenta de su error antes de que el Santo Oficio se escandalizara. Tiene la inteligencia sobrada para anticipar eso. Sin embargo, no debe quedar duda alguna de que la verdad última y más sincera en este caso para el tío Pepe es la que emergió ahí, en esa primera declaración crítica, y que ésta no se deroga con su abjuración. Por el contrario, las palabras elogiosas que el tío Pepe ofrece a México en su rectificación atienden, no a la verdad, sino a una exigencia política práctica por cuanto el tío Pepe, pese a todo, sabe que necesita proseguir con las relaciones binacionales así él siga pensando en su fuero interno que muy posiblemente está tratando con una banda de delincuentes mexicanos con patente de corso y que llevan el antifaz de grillos. Finalmente, y para dar mayor solidez a lo dicho, tome en cuenta que es muy inverosímil pensar que un hombre ya muy hecho en sabiduría como el tío Pepe, que goza de una grado de perfección humana admirable, inalcanzable para todos los grillos oficialistas del Santo Oficio mexicano, pueda cambiar de juicio tan súbitamente en este punto, en cuestión de horas.

De esta forma, comprar esa ilusión que los grillos y la falsimedia quieren vender en torno a que México ya no es la decadencia política que había enunciado el tío Pepe al abrir, sino que es lo que él declaró en su rectificación, es tan ingenuo como comprar la idea de que Galileo dejó de creer en sus ideas - ciencia y teoría heliocéntrica - solo porque abjuró de ellas.

La única diferencia que hay entre ambas situaciones es que el Santo Oficio de tiempos de Galileo sí contaba con legitimidad política al actuar con Galileo como lo hizo, porque sabemos que la mayoría de los cristianos de entonces se adherían con honestidad a la creencia de una Tierra inmóvil, según dictan las sagradas escrituras:  "Tú has fijado la Tierra firme e inmóvil" - Salmo 93:1 -, lo cual contravenía a las ideas de Galileo. En efecto, por aquellos tiempos las ideas de Galileo solo gozaban de adhesión en círculos muy minoritarios y hasta subversivos de intelectuales. Por el contrario, la clase política mexicana no cuenta con legitimidad para pedir la abjuración al tío Pepe porque la mayoría de los mexicanos ordinarios estamos de acuerdo en lo que él ha reflexionado críticamente: México parece un Estado fallido, y rehuimos a los elogios mesurados que lanzó a México en su abjuración y los consideramos no sinceros conociendo como conocemos al tío Pepe.

Asumir las reflexiones críticas del tío Pepe como juicios verdaderos, o al menos muy probables, desinteresados y orientados a estimular el reconocimiento sincero de nuestros errores y la consecuente búsqueda de mejora, es pensar como gente adulta y sabia. Pero asumir como cierta la abjuración elogiosa y artificial del tío Pepe es actitud mojigata, infantil y necia, culpable por irresponsable. 

Al final de cuentas, la gran verdad es la siguiente: La gran mayoría de los mexicanos ordinarios sabemos que México sí parece o es un Estado fallido. Sabemos que esa verdad se sostiene con independencia de que el buen tío Pepe asienta públicamente o no con ello. Sabemos que esa verdad se sostiene pese a la abjuración que el gobierno mexicano obtuvo del tío Pepe a través del chantaje diplomático. Al menos yo sé todo eso como sé que la Tierra no dejó de moverse cuando Galileo abjuró de sus ideas artificialmente para satisfacer los chantajes del Santo Oficio de su tiempo.

Así que tengo la convicción de que el tío Pepe expresaba en su fuero interno las siguientes palabras cuando firmaba su abjuración elogiosa, y que guardan el mismo significado que las palabras pronunciadas por el Galileo del mito: Y sin embargo, México parece un Estado fallido...y por mucho que le duela al Santo Oficio mexicano.

Y eso es todo.

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