El Zócalo, egoísmo, y la gran fatalidad nacional.

Buen lío se armó con eso de que los invitados al informe de EPN ocuparon con sus autos al Zócalo a manera de estacionamiento. Tanto escándalo ha levantado esto que no faltará por ahí quienes empiecen a hablar de un Zócalogate con todos sus añadidos melodramáticos: grabaciones, filtraciones, testigos escandalizados, etc. Confieso que el suceso me parece irrelevante en sí mismo. Lo asumo así porque no soy devoto creyente de los signos nacionales, no forman parte de mi sentido de dignidad, lo cual no significa que yo desestime la percepción de aquellos que sí otorgan algún valor a estas cosas. Así que, si hablo del asunto, es porque me llama la atención como medida ocasional, aproximada y muy oportuna, de la condición moral de los individuos que entraron en escena, y que forman parte de los dos estratos de nuestra clase dirigente: políticos y empresarios notables.

Pero antes vayamos a los elementos de fondo que convierten al Zócalo en sempiterno motivo de escándalo político cada vez que alguien o algunos proceden a su uso "incorrecto" según marca la tradición. 

Nuestra idea de nación está constituida mayormente por nexos muy independientes de la voluntad de los individuos, y de la cual no nos podemos sustraer si no es a través de la traición o la deserción. Cuente aquí, en esta idea, factores como la raza, la lengua, la religión y todos esos elementos de la cultura que llamamos tradición. Decía Rousseau que son estos factores los que hacen a cada sujeto ser lo que es y no otro, los que le dan una identidad, los que le inspiran ese amor a su patria y que le aportan algo a su sentido de dignidad por el solo hecho de pertenecer a su nación. Vistas las cosas así, ya se comprende el porqué la idea de nación o nacionalidad termina por calar hondo en los sentimientos y las emociones de las personas. Válidos o no los recursos de la razón que dan lugar a la idea de nación, ahí está, existe, y nos queda claro que dicha idea y sus signos asociados terminan por gravar muy fuerte en el sentido de dignidad de muchas personas. Y para entender la importancia de la idea de nación nos basta con remitirnos a las tormentas de sentimientos y emociones que se desatan en casos concretos del deporte o la política internacional donde se pone en juego la idea de nación de un grupo humano y su sentido de dignidad asociado. 

La conciencia moral es la que nos evita la penosa necesidad de tener que estar siendo constreñidos por un conjunto de leyes externas para respetar la humanidad de los demás tanto como respeta la suya. Si usted goza de una conciencia moral sólida, no agredirá a sus vecinos indeseables si mañana las leyes permiten esta acción. Esto, porque su misma conciencia moral le está dotando con fórmulas imperativas que le indican que debe tratar con respeto a la humanidad y la dignidad de los demás, o que le indican que ellos, como usted, también son fines, no medios a su servicio. Y esa conciencia moral incluye el respeto a todos esos signos que constituyen la idea de nación en una persona, y que son parte de su sentido de dignidad. Y si la conciencia moral sólida es deseable en cada ciudadano, en el caso de aquellos sujetos que forman parte de la clase dirigente de un grupo humano, como son los políticos y los empresarios notables, no solo es deseable, sino imprescindible. Después de todo, es con el ejemplo como los dirigentes pueden educar y gobernar a los ciudadanos.

No se necesita mucho seso para entender estas cosas. Una persona con el mínimo de sabiduría práctica puede comprender fácilmente la importancia que tiene un lugar o una cosa cualquiera en el conjunto de símbolos que hacen parte de la dignidad de un conjunto de seres humanos unidos por una idea de nación. Y si a esa persona le añade conciencia moral sólida, ya tiene la capacidad para abstenerse de usar ese lugar o cosa con fines que, aunque normales para él, son indignos o insultantes para los otros, como pueden ser: defecar sobre la tumba de algún héroe, orinar sobre una flama eterna en memoria de hombres excepcionales - algo muy propio de algunos mexicanos -, emborracharse hasta caerse en un lugar que da las coordenadas para el culto devoto al deporte nacional - como hizo quién sabe quién en una final en el Azteca -, o bien usar como estacionamiento la plaza principal de un país, como es el caso que nos ocupa: el escándalo del Zócaloparking.

En el caso del Zócaloparking, una persona moral y prudente hubiera optado por abstenerse de estacionarse en el Zócalo para mejor ir a estacionar su auto en un lugar adecuado para ese efecto. Y de cierto que hubiera hecho esto pese al precio a pagar por un servicio privado y así y el personal del gobierno encargado de esto le hubiera indicado que el Zócalo era el lugar acordado y permitido para estacionarse. Sin embargo, sucede que este caso nos habla de una clase dirigente que se abalanzó en tropel a ocupar el mejor lugar de estacionamiento sobre la mismísima plancha del Zócalo y a la vista de los ciudadanos. En otras palabras, los integrantes de nuestra clase dirigente, lejos de comportarse como lo que deberían ser en términos de idealidad ética, ejemplos de moralidad y prudencia, actuaron como lo que son y conforme a su más cruda realidad: egoístas impenitentes y pertinaces, payos, o imprudentes y vulgares gandallas.

Son muchas y muy variadas las malas actitudes que propician estas conductas viciosas en los integrantes de nuestra clase dirigente, pero sobre todo tenemos las siguientes: flojera, tacañería, egocentrismo  y egoísmo. En efecto, son gente muy floja acostumbrada a la curul, al escritorio, al sillón mullido, al clima, que no gusta de caminar y menos cuando esto implica sudar sus ropajes de lujo. Tacaños al grado de tener una pasión irrenunciable por transferir sus costos privados a la sociedad a la menor oportunidad que se ponga al paso. Egocentristas al grado de no tolerar el desgaste de su prestigio por aquello de tener que verse constreñidos a hacer lo que hace cualquier mortal. Y en cuanto al egoísmo, hablamos de gente que posee esa clase de egoísmo moral  por el cual la persona restringe todos los fines a sí mismo y no ve fuera de sí mismo nada que sea útil en absoluto, incluidas las personas, sus fines, sus tradiciones y sus sentimientos. Se trata de aquellos sujetos de alma aristocrática de los que hablaba Nietzsche: poseen la fe inquebrantable de que sus semejantes deben estar sujetos a ellos y siempre bien dispuestos a sacrificar todo por ellos.

Ahora bien, si estas personas no son capaces de suspender su flojera, su tacañería, su egocentrismo y su egoísmo moral en situaciones tan poco relevantes para sus intereses particulares, como se muestra en este caso, ¿serán capaces acaso de garantizar una conducta moral y una actitud simpática o comprensiva con los demás mexicanos en situaciones más gravosas o de gran provecho para su interés particular? Considere solo lo siguiente para medir el agua a esto. 

Tras la puesta en marcha de la reforma fiscal los grupos de capital privado ya nos dieron muestra de que no tuvieron reparos morales en eso de transferir las nuevas cargas fiscales a su cargo al consumidor vía precios incrementados, lo cual convirtió buena parte de la reforma fiscal que, en teoría gravaría a los capitales, en un IVA camuflado, o en un castigo fiscal a los consumidores. Ese asunto lo pronosticamos con mucha anticipación en varios artículos en este diario fundados en el conocimiento histórico sobre la dudosa reputación moral de muchos empresarios notables en este país. Aquí tiene un hecho consumado que nos muestra que no hay conciencia moral sólida en esos grupos de capital privado.

El proceso de reformas de este gobierno le dará a ellos, políticos y empresarios notables, la oportunidad de convocarse mutuamente y muchas veces a encuentros privados para tratar asuntos del gobierno, especialmente en los temas donde los grupos de capital privado tendrán un papel estelar, como es el campo energético. Si en dichos encuentros están presentes todos los elementos necesarios - políticos, económicos y legales - para confabular contra el público a efecto de generar ganancias extraordinarias para todos los presentes, ¿habrá conciencia moral alguna que les impida realizar esto? Si su conciencia moral no les ha ajustado para hacer una kenosis al menos temporal, o un acto temporal de suspensión de privilegios y prestigios, para no usar el Zócalo como estacionamiento, ¿servirá acaso esa pobre conciencia moral para frenar su tentación por acceder a una monumental ganancia en dinero confabulando contra los mexicanos? Se la pongo más fácil: El que falta a la moral por unos cuantos pesos, ¿se abstendrá de faltar a la moral si la falta le promete millones de pesos y muy bajo riesgo de castigo?

Hechos tan aparentemente irrelevantes, como es éste del Zócalo, me son muy útiles de paso para mostrar que mis sospechas y dudas con respecto al programa de reformas del PRI no son resultado de un empeño dogmático, irreflexivo, y apuntado a la sola oposición sistemática. No se trata de hacerle oposición al PRI poniendo la vista en la oposición por sí misma o en un sistema de doctrina personal. No se trata de una guerra contra el PRI. Mis dudas y sospechas aquí han estado derivando siempre a partir de tres cauces fundamentales. En primer lugar, por la existencia de errores en los argumentos de las reformas al nivel técnico. En segundo lugar, por el peligroso empeño autoritario del PRI en todo este proceso de reformas. De estos dos cauces ya hemos hablado largo y tendido en muchos artículos publicados en este diario. Y en tercer lugar, porque los argumentos y las proyecciones optimistas del PRI trabajan bajo el supuesto de la existencia de una clase dirigente - políticos y empresarios notables - que se comportará en toda la ruta conforme al deber ser que les corresponde, lo cual entra en contradicción con una realidad que nos habla de una clase dirigente con una muy pobre y a veces nula conciencia moral. Y esa contradicción entre el supuesto y la realidad es lo que impide tener cualquier expectativa, por modesta que sea en probabilidad, en torno a que las proyecciones del PRI se vayan a concretar. Con sinceridad, y por simple prudencia, yo jamás podré creer que los políticos y empresarios notables de este país se guardarán de no confabular contra el público en su participación en el sector energético, por ejemplo, si me consta que no son capaces siquiera de posponer su egoísmo moral y sentido aristocrático en situaciones tan inocuas como es éste que nos ocupa. 

Siempre he creído que al PRI se le olvidó la más importante de todas las reformas, sin la cual las demás reformas están destinadas a ser mitos: la renovación moral de la clase dirigente de este país, incluyendo a políticos y grupos de capital privado. Y esto es así porque debe reconocerse que la pobre o nula conciencia moral de nuestra clase dirigente es el problema central que nos ha condenado desde mucho tiempo atrás a una suerte de fatalidad matizada por el fracaso y la decadencia; fatalidad que no se puede anular así se promulguen miles y miles de leyes y reformas excelentes. Fracaso y decadencia porque una sociedad que se desarrolla sobre el fundamento de la pobreza y la desigualdad crecientes no puede jamás ser categorizada como una sociedad sana y progresista, o insertada en la ruta ideal de la historia de la que hablaba Vico.

Finalmente, no creo que sea la presidencia de la república la que tenga que disculparse por el escándalo del Zócalo. Cierto que de ahí deriva todo y seguramente por un error de planeación de algún inexperto en estos asuntos logísticos. En el fondo, quienes deben disculparse son todos aquellos que, contra cualquier principio de prudencia, no advirtieron el error y eligieron o aceptaron deliberadamente al Zócalo como su estacionamiento. 

Y eso es todo.

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