El PRI y la nueva mitología política

En nuestro lenguaje ordinario designamos con la palabra mito a toda creencia dotada de validez y verosimilitud mínimas o nulas, lo cual significa que tenemos por mito a toda creencia que no es verificable en la realidad y que es contraria al criterio vigente del sentido común. 

Tenemos cierta inclinación vanidosa a creer que desde mucho tiempo atrás hemos proscrito al mito al terreno de las religiones y las fábulas para niños y ancianas supersticiosas porque lo consideramos un elemento primitivo, prelógico y sentimental, y por tanto extraño o contrario a nuestro postulado modo de pensar moderno, el cual camina apoyado exclusivamente en el bastón de los criterios de verdad acordados por la ciencia moderna. A primera vista, esta inclinación vanidosa tiene sentido toda vez que el mito se encuentra por definición en un terreno más allá del cerco del entendimiento, y en el cual solo nos podemos aventurar valiéndonos de suposiciones muy remotamente verosímiles o hasta increíbles y escandalosas. Sin embargo, aquí hay un autoengaño porque, cuando se revisan bien las cosas, nos resulta que el mito, lejos de haber sido proscrito de nuestro mundo, sigue ahí tan vigente como siempre. No reparamos en él por nuestro vanidoso sesgo "modernista", pero el hecho es que ahí está el mito en nuestro mundo, oculto, camuflado de falsas certezas y paradojas, de milagros y sanciones misteriosas, de precedente para el estatus, reforzando y dando sentido imaginario a muchas de nuestras creencias. 

Pero el mito no está gratuitamente entre nosotros y su función no es necesariamente negativa porque realiza de hecho importantes funciones ahí donde la razón es sencillamente incapaz de hacer algo. Una función trascendental del mito en la sociedad es hacer posible el control y la previsibilidad de las conductas en los individuos a través de la formación y fortalecimiento de tradiciones que luego dan forman a la cultura. El mito se ha hecho ese espacio porque es la vía discursiva con mayor poder persuasivo de la que dispone el hombre hasta el momento. Y este poder persuasivo se debe a la combinación de dos factores. 

En primer lugar, la inclinación del hombre a juzgar las cosas con la imaginación sin límites cuando es movido por sus emociones: miedo, esperanza, deseos, odio, amor. En segundo lugar, el mito altera la realidad inicial de su objeto relacionándola con realidades imaginarias más altas y mejores. Y así es precisamente como opera el mito: empieza por sobrevalorar y exagerar la realidad de ciertos hechos, a veces al grado de lo sobrenatural, para otorgar a esa realidad fabricada un valor, una dignidad y un prestigio que a la postre son simplemente irresistibles para la imaginación de los individuos, los cuales terminan comprando el mito como cierto dando paso así a una nueva tradición que estandariza y hace previsible y controlable su conducta.  

No debemos sobrevalorar o devaluar al mito. Se reconoce que es un importante factor que colabora en la continuidad de la cultura de una sociedad. De alguna forma, el mito es el milagro que demanda la fe, la sanción que exige la moral, el precedente histórico o seudohistórico que demanda, por ejemplo, el sentido de nación, y la esperanza que en ocasiones le da sentido y rumbo a la lucha por un futuro incierto. El mito puede tener validez moral o religiosa, porque si bien lo que afirma un mito no es totalmente claro para la razón, sí que puede ser claro y útil como enseñanza respecto a la conducta correcta de los hombres en sociedad. Y lo que es más, el mito, como toda creencia, puede tener el poder de realizar sus postulados si hay convicción y si las circunstancias son favorables. Sin embargo, todo esto no significa que el mito deba ser tenido como el mejor expediente para determinar la forma en que vivimos y lo que creemos, por cuanto solo es legítimo acudir al mito cuando la potencia de la razón se muestra incapaz de acceder con la investigación a cosas mejores y más verdaderas que las que puede ofrecer cualquier mito. 

Por desgracia la política se ha convertido en el terreno favorito del mito. Y digo "por desgracia" porque en este caso el mito es un instrumento ilegítimo de control de conductas en tanto sabemos que la política es un campo donde la potencia de la razón sí puede acceder a cosas mejores y más verdaderas que las que puede ofrecer cualquier mitología. Nuestro país es ejemplo vivo de este problema. Sabemos que cada cambio político - nuevo presidente, nuevo gobernador, nuevo diputado, nuevo alcalde, etc. - y cada movimiento político trae aparejada su mitología política respectiva. Tome, por ejemplo, el caso del actual régimen del PRI.

En efecto, el actual régimen del PRI trae consigo una mitología política bien estructurada y lograda. No se puede decir que es fabulosa de eficaz porque no ha logrado persuadir a la mayoría de los mexicanos para formar una nueva tradición reformista pese a que goza de una potenciación sustancial con el favor de los grandes medios de información. Sin embargo, ha rendido buenos frutos al régimen porque, si bien es cierto que una mayoría no cree del todo en dicha mitología, por lo menos está incierta en cuanto a si su incredulidad es suficiente para pasar a una oposición activa en las calles. Lo importante es que ahí, en el actual régimen del PRI, tenemos todos los elementos que pueden conformar el variado repertorio de una mitología política bien lograda.

Tenemos los programas de acción que jamás se habrán de realizar por lo menos en sus consecuencias ya ampliamente anunciadas: Programa de reformas, crecimiento sostenido, combate a la miseria y al hambre, atenuación de la violencia, por mencionar solo algunos. Tenemos los relatos fabulosos que dan sustento argumental a esos programas de acción imposibles. En este caso me refiero a los discursos fabulosos como: las trasnacionales traerán competencia al mercado y eso se reflejará en menores precios y mayor calidad; haremos crecer la oferta de petróleo sin límites; los impuestos al capital no serán transferidos al consumidor o trabajadores vía precios; creceremos sin límites; todo lo que hemos propuesto se realizará con absoluta certeza. Tenemos también las ideas y expresiones abstractas: Pacto por México, México moderno, México se mueve, libre mercado, democracia e igualdad política, justicia, libertad, gobierno sabio y benevolente por decreto. Y por supuesto que tenemos a los héroes, a los dispensadores de salvaciones multitudinarias, a los caballeros armados que van a combatir entuertos nacionales: EPN El Reformador, Videgaray El Sabio, Manlio El Duro, Emilio El Ocurrente, Penchyna El Apurado, por citar a los más importantes caudillos. Y no pueden faltar los héroes porque no hay mitología sin ellos, en tanto son los que construyen el mito en torno a sí mismos y los que lo ofertan a la clientela potencial, que en este caso es el ciudadano ordinario.

En todo esto el mito opera de la forma ya apuntada arriba: La realidad es alterada en los puntos inconvenientes para los propósitos personales y de partido de los héroes, y al gusto de su imaginación sin límites; luego es conectada a realidades imaginarias de más alto valor y prestigio; luego es ofertada al público consumidor, los ciudadanos, los cuales compran la mitología porque siempre están ávidos de fantasías que den satisfacción a sus emociones: miedo, esperanza, deseos, odio, amor, etc.   

Me dispenso en eso de ir a fondo en la fundamentación de lo dicho sobre la mitología del PRI porque ya lo he hecho de alguna forma en diversos escritos en este diario. El interesado puede ir al acervo en este diario o en mi blog. Creo que sería ocioso desgastar más espacio en repetir los argumentos que ya hemos dicho hasta el cansancio, y que hacen especial atención a muchos errores en los argumentos técnicos y políticos del PRI en varias de sus reformas, sobre todo en la energética. Sin embargo, el lector puede encontrarle el fondo a esto apelando solo a su experiencia y al sentido común, como veremos enseguida.

Tome nota el lector de que los diferentes regímenes políticos en este país han traído siempre aparejados sus programas de acción que, al menos en lo sustancial, jamás se realizaron. En efecto, mientras esos programas de acción proyectaron un México del progreso y del máximo bienestar posible para la mayor cantidad posible, la historia real por lo menos desde la década de los 70 del siglo pasado hasta la fecha nos habla de lo contrario: el mayor bienestar posible para la menor cantidad posible y la consecuente decadencia. Y advierto que contra los hechos no se puede argumentar. Decía Twain que más vale permanecer callado y parecer idiota, que hablar y despejar las dudas. Así que esto encuadra en automático a esos programas de acción en la categoría de mitos, como mitos fueron la dictadura del proletariado de Marx, el nuevo hombre de Nietzsche o la Huelga general de Sorel. Y si dichos programas de acción quedaron en simples mitos, luego el resto de elementos de esos regímenes son también mitos, incluyendo sus relatos fabulosos, sus ideas abstractas y sus héroes: Felipe El Pacificador de naciones, Fox El Demócrata, Zedillo El Justo, Carlos el Modernizador, y sígale hasta donde la memoria histórica lo permita pasando por Jolopo El Próspero.

Ahora bien, si las cosas siempre han sucedido así, si hemos vivido una serie sucesiva de ciclos sexenales de euforia por la mitología política que al final queda en eso, en simple mitología, y si la forma de hacer política en este país no ha cambiado en lo sustancial desde tiempos remotos, ¿hay razones para creer que ahora, con el régimen de EPN, las cosas serán diferentes de tal forma que lo que podemos asumir como nueva mitología política priista ahora sí será realidad al final? ¿Le basta a usted que le repitan hasta el cansancio por la caja loca y en los periódicos que hay un nuevo PRI para desde ahí creer en la nueva mitología política?

En lo personal, me vería forzado a creer en la nueva mitología priista si la política no me ofreciera la posibilidad de investigar la verdad aplicando la razón a los hechos para investigar cómo debo vivir y qué debo creer. En esa situación me vería forzado a brincar el cerco del entendimiento para vivir en el mundo del mito atenido solo a suposiciones y afirmaciones inverosímiles o increíbles creadas y añejadas en la solera mitológica del PRI. Sin embargo, como sé que la política me ofrece la posibilidad de indagar o investigar la verdad, yo he optado por renunciar a creer en la mitología política y me atengo a mi razón y a los hechos. Y eso me ha puesto en la necesidad de dudar, investigar, concluir, polemizar y criticar cuando sea necesario. No es sino por esto que escribo en este diario. 

Por desgracia, el ciudadano ordinario prefiere brincar al mundo del mito y creer a ciegas. Y no es sino por eso que está condenado a vivir una tragedia sexenal absurda que ya bien conocemos, y que parece que recorre en cuestión de algunos pocos años todo el proceso histórico del mito del que hablaba Vico. En efecto, todo inicia con un partido y sus grupos de interés privado alterando la realidad para formar su mitología. Dicha mitología es comprada por el ciudadano ordinario para empezar a vivir y a pensar conforme lo dicta esa mitología. Ya asumida como forma de vida, la mitología hace predecibles y controlables a los ciudadanos para los héroes de esa mitología. Los héroes proceden a su obra poniendo la vista en la realización de sus propósitos privados y de grupo. Acto seguido, cuando la realidad rebasa al mito, cuando la realidad rompe los diques del mito, se dispara por fin el gatillo de la razón y el ciudadano comprende que compró una mitología, un universo de ideas que ahora sí le resultan inverosímiles, luego oscuras, luego increíbles y luego completamente escandalosas. Y ya en el escándalo, es cuando el ciudadano ordinario se lamenta lloroso como anciana supersticiosa de la siguiente forma, y tirándose de los pelos hasta arrancarlos de su raíz:

- ¡ Me volvieron a engañar !....¡ Pero no me volverán a engañar !

¿Y es verdad eso de que no lo volverán a engañar?....Me muero de la risa. Lo cierto es que mientras no aprenda a controlar sus emociones para usar de su razón por propia cuenta y cuando sea posible, sin el tutelaje de los héroes, los partidos, el Estado y la caja loca, es altamente verosímil que los héroes lo vuelvan a engañar...y cuantas veces sean necesarias. 

Y eso es todo.

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