Gabriel García Márquez y el no sé qué de los exaltados.

De lo bello y el gusto:

Hasta antes del siglo XVIII, y por influjo tardío del platonismo, el sentimiento todavía permanecía proscrito, expulsado al mundo de lo irracional y lo ininteligible. En el mejor de los casos, el sentimiento era metido al terreno de la poética o arte de la producción humana. A la par de esto, prevalecía el sesgo metafísico en la noción del objeto propio del sentimiento: Lo bello. Con esto quiero decir que prevalecía la tendencia de asumir a la belleza como una realidad inteligible y subsistente - idea -, tal como las ideas de ser, verdad y bien, y gracias a la cual las cosas terrenales eran bellas en virtud de una supuesta participación platónica de las cosas en la misma idea de belleza; "participación" que, por lo demás, nunca fue aclarada de manera satisfactoria desde tiempos de Platón. El resultado de todo esto era que la belleza no se consideraba hasta entonces como una realidad producible por el hombre y sí solo imitable de forma burda y aproximada a través del arte - producción humana -. 

Solo hasta el siglo XVIII se le reconoce al sentimiento la dignidad suficiente como para ser considerado una de las tres facultades humanas al lado del entendimiento y la voluntad. Esta revolución trae consigo un cambio radical en la noción de la belleza, el objeto del sentimiento, pues de ser considerada como una realidad existente, ya como esencia o como cualidad, pasa a ser asumida como un valor humano. A la postre, todos estos cambios hacen posible que lo bello, o el objeto del sentimiento, sea por fin considerado como algo que es producible por el hombre a través del arte. Es el momento en que se da inicio a la fusión de lo bello y el arte en la naciente Estética gracias a gentes como Baumgarten y los analistas alemanes e ingleses.

Pero este cambio lleva a un nuevo problema: Si el sentimiento es reconocido ahora como una facultad humana con igual dignidad que el entendimiento y la voluntad, y posee además un objeto propio - lo bello -, es preciso entonces que, al igual que las otras dos facultades humanas, se haga de un criterio propio de validez que le permita discernir lo bello en el arte o la producción humana. El resultado de las indagaciones en este sentido no tardaron en llegar en la innovadora noción del "Gusto" - Hume, Burke, Kant -. 

Siendo que la belleza es un sentimiento humano, nos resulta que todo individuo ha de percibir una belleza diferente. En esta situación lo bello se nos torna en un asunto completamente relativo, lo cual daría completa validez al viejo adagio que reza: En gustos se rompen géneros. Esto nos coloca en la imposibilidad de extraer un criterio general o canon que permita discutir cosa alguna en torno al gusto y a lo bello. Hasta aquí estamos en la situación de Hipias en el diálogo platónico del mismo nombre. Y el caos que deviene en esta situación es tal que, no habiendo punto fijo a qué atenernos, nos resulta ya imposible, por ejemplo, determinar quién es el mejor escritor de la época moderna por cuanto la opinión de cada quien es igual de válida que las demás. Así que, en estas circunstancias, si alguien viene a decirme que el mejor escritor de todos los tiempos es un mercachifle como Luis Pazos, lo tendré que aceptar sin más y sin atravesar reparos.

La solución a ese caos de completo relativismo viene dada por el reconocimiento de un sentido común - Hume, Kant - que hace posible la existencia de un criterio determinado del gusto. La determinación de ese criterio ha de darse a través de lo que hoy conocemos como muestreo, y que no es sino la técnica de observación del empirismo. En otras palabras, se ha de deducir la idea de belleza prevaleciente en un grupo humano recurriendo a la observación de las uniformidades de sentimientos en los hombres en torno a algo que se considera bello, pero sin pretender, por supuesto, que las uniformidades sean tales que los sentimientos de todos los hombres deban estar de acuerdo con tal criterio por completo. En breve, siempre que haya una considerable o significativa uniformidad de sentimientos entre los hombres respecto de algo que es tenido como bello, podemos deducir de ahí una idea de la belleza, lo cual da lugar finalmente al criterio del gusto.

Ahora bien, se reconoce que los sentimientos no dependen solamente del temperamento natural de los hombres. Sabemos que los sentimientos están en mutua relación de determinación con multitud de factores culturales y hasta naturales. Podría decirse, pues, que así como la cultura es en parte producto de los sentimientos humanos, también la cultura determina los sentimientos en los hombres. Y siendo así esto, debe aceptarse que la cultura influye de manera importante en los criterios que definen la belleza para un grupo humano determinado. Esta aclaración nos ayuda a comprender el porqué los ideales de belleza suelen ser diferentes entre diferentes culturas coetáneas , y el porqué los mismos ideales de belleza cambian a lo largo de la historia de una cultura determinada. En efecto, lo que para un hombre del Renacimiento era una mujer bella o una bella pieza de letras, pueden no serlo para un hombre moderno, y viceversa. De igual forma, lo que para un nativo del Amazonas es un cuenco bello, puede no serlo para un magnate de Wall Street.

De lo bello y el gusto en Gabriel García Márquez:

Se puede valorar la obra de un artista en tres planos principales que atienden a diferentes problemas: Como relación de su obra con el mundo natural, en cuyo caso se trata del arte como representación o imitación; como relación de su obra con el hombre, en cuyo caso se trata del arte como placer; o como la tarea o el deber ser que cumple su obra. Por supuesto que la obra de Gabriel García Márquez puede ser abordada desde esos tres planos, pero para lo que sigue me interesa el segundo plano porque mi crítica se dirige a los prosélitos exaltados de Gabriel, lo cual radica mi asunto en la relación de la obra de Gabriel con muchos de los hombres y mujeres de su tiempo.

En línea de principio, digamos que es forzoso que cada persona que ha sido atrapada o cautivada por las letras de Gabriel se sienta siempre impulsada a juzgar de "bella" su obra. La razón de esto ya ha sido expuesta en el anterior apartado. Esto tendrá que ser así por cuanto el encuentro personal de esa persona con la obra de Gabriel le ha reportado una experiencia sentimental muy placentera - Hume y Burke -, o una experiencia sentimental placentera, desinteresada y sin necesidad de conceptos determinados - Kant -. Y como hay una grande cantidad de seres humanos que encuentran la obra de Gabriel placentera, y hasta muy placentera, es preciso hacer justicia diciendo que este escritor logró ajustarse muy de cerca al moderno criterio del gusto que discierne sobre nuestra noción de lo bello en las letras.

Hasta aquí no hay problema alguno. Así que está en justicia plena decir que Gabriel fue un gran escritor que siempre estuvo pisando muy de cerca los delicados talones de la huidiza belleza. Justo también su premio Nobel, que méritos había, y de sobra. Sin embargo, los problemas empiezan a la hora de escuchar y leer a los exaltados de Gabriel por lo menos en los medios mexicanos.

Los errores y ficciones de los exaltados de Gabriel:

Con sinceridad, y sin ánimo de ofender a nadie, creo que la ola de elogios que ha despertado Gabriel con su muerte está harto contaminada con un entusiasmo frenético por el absolutismo clerical y la pasión por la ficción y la moda. Digo esto porque, de pronto, y apenas muerto Gabriel, se le ha erigido un túmulo aqueo donde se ha clavado un estandarte borlado que reza lo siguiente: Aquí yace el universal y el mejor de todos los escritores modernos. El colmo de los excesos se va dando en eso de condenar como ignorantes e insensibles a los que no se suman a este elogio de la locura - que no elogio a la locura -, ya sean medios o personas las entidades que no se suman al frenesí adoratorio. Pero el colmo de los colmos radica en la tentativa de muchos exaltados por igualar a Gabriel con Cervantes y Shakespeare.

Error de los exaltados de Gabriel cuando afirman que este hombre es el mejor escritor moderno partiendo solo del criterio que otorga su personal sentimiento. Esto equivale a tratar de hacer pasar nuestro sentimiento como criterio válido para todos, cuando lo cierto es que lo que para nosotros es mejor entre lo bello, puede no serlo para los demás.  

Error tratar de valorar a Gabriel como el mejor escritor moderno partiendo solo del número de adeptos. Cierto que puede decirse que un escritor es el mejor de todos cuando ha logrado cosechar entre todos los escritores el mayor número de adherentes que encuentran en su obra el mayor gusto posible, sobre todo cuando esa adherencia se da al nivel intercultural o hasta global. Sin embargo, debe decirse que este tipo de juicios se prestan a muy serios sesgos y errores. En la medida en que siempre hay escritores con grande y muy semejante acogida en la mayoría de los lectores, ya es muy complicado determinar con precisión quién es el mejor escritor sobre la base de este simple criterio. Además de que la situación se reduce a una muy simplista solución - cuantificación de adherentes -, añada a esto los sesgos provenientes del marketing, la moda o la emulación por el prestigio personal, y una de las clases de mentira que conocemos hasta hoy: La jactancia.

No cabe la menor duda de que un escritor puede ser un gran vendedor de libros, no tanto por la belleza de su obra, sino por efecto del marketing. Y aunque me resisto a creer que el poder de difusión de Gabriel en el gusto sea debido a esto, tampoco descarto de manera alguna que sea una variable efectiva en la ecuación. Y esta posibilidad se refuerza al considerar el influjo de la moda. 

En cuanto los hombres tienden a emularse porque no quieren parecer menos que los otros incluso en las cosas que no tiene utilidad alguna para la vida, debe concluirse que la moda es una forma de imitación o emulación humana fundada en la vanidad. Siendo el fundamento de la moda un sentimiento - vanidad -, luego debe concluirse que la moda es cuestión de gusto. De esta forma, estar a la moda es estar al tono del gusto predominante en un grupo humano, y a quien esté fuera de la moda y adherido a un uso del pasado se le estigmatiza de anticuado, en tanto que al que está fuera de la moda y no da valor a ese estar fuera de la moda, se le tilda de excéntrico. Pero la mayor locura de la moda se da en cuanto se sacrifica lo útil y el deber ser a la vanidad, el quid de la moda. Ahora bien, le garantizo que una enorme cantidad de los exaltados de Gabriel, especialmente en las redes sociales, son sujetos que se adhieren al elogio de este escritor como el mejor de todos por simple moda, no por un real y auténtico gusto por la obra de Gabriel. 

Se trata de personas que resuelven lo siguiente en su fuero interno:

- Debo decir que me gusta mucho Gabriel para estar a la moda. Eso me hace igual a los demás en la moda, y me añade de paso la etiqueta de persona culta y refinada. 

Y esto lo deliberan pese a no tener gusto por Gabriel y, en muchas ocasiones, por una simple mentira llamada: Jactancia. En efecto, le garantizo también que en esa ola de exaltados por Gabriel hay una enorme cantidad de personas que jamás han leído una sola página de la obra de este escritor. Y sin embargo, se ven precisados a declarar públicamente que son amantes de Gabriel y que éste es el mejor escritor del mundo por sumarse a la moda.

Moda y jactancia ya rompen de lleno con la definición de lo bello que nos dejó Kant:  Una experiencia que gusta universalmente con desinterés y sin necesidad de conceptos antecedentes.

Añada ahora un problema grave de mensurabilidad y objetividad en los lectores honestos, en los que sí han leído a Gabriel, y que pueden ser con mucha verosimilitud la minoría de esa ola de exaltados. Con esto me refiero a que el juicio de esos lectores honestos se ve determinado por la cantidad de autores leídos a lo largo de una vida. Aunque no descarto que exista una buena cantidad de lectores honestos de Gabriel que tengan un buen cúmulo de lecturas en su haber, le garantizo que en la mayoría de los casos hablamos de lectores con poco acervo de otros autores. Y la cuestión es que esto ya socava muy seriamente la validez de su juicio que trata de establecer a Gabriel como el mejor escritor. Si no existe ahí una amplia y muy respetable gama de experiencia estética en las letras, ¿cómo darle seriedad o validez a sus juicios lapidarios? De alguna forma, en este caso volvemos al error que apuntamos al inicio: Subjetividad que pretende volcarse en verdad absoluta por puro sentimiento.

Precisemos diciendo que el lector honesto de Gabriel, y que no se precie de ser un erudito, debe pronunciarse en este caso de la manera siguiente:

- De entre los escritores modernos que he leído, Gabriel es el mejor porque es el que más me gusta. 

Pero jamás debe pronunciarse de la siguiente manera:

- Gabriel es el mejor escritor moderno.

Porque este tipo de juicios categóricos nos retraen a las ordenanzas clericales que pretenden validez universal sin tener fondo o mérito para ello.

Y hablando de ordenanzas clericales, decimos que es un grave error el tratar de elevar a Gabriel al imperio absoluto afirmando un imposible que ni el mismo Hume se atrevió a asumir en sus investigaciones del gusto: Que Gabriel es el mejor porque está en el gusto mayor de todos los seres humanos. Mentira, ni todos están en el gusto por Gabriel, y no todos los que están en el gusto por Gabriel encuentran en éste el mayor placer literario. Mi caso personal me da claro testimonio de esto: Me gusta la obra de Gabriel, pero él no es mi mayor placer entre los escritores modernos por cuanto está en algunos otros como Juan Rulfo, Mark Twain, o Borges. Y no se sorprenda por aquello de que incluyo en mi juicio a escritores de diversa especialidad y temporalidad. Para efectos prácticos, en esto hay que meter de lleno a todos los artistas dedicados al oficio de las letras en el modernismo, desde novelistas, cuentistas, poetas, ensayistas y palafreneros, así como a los más reconocidos y a los que pasan por mercachifles del oficio. De paso, le aclaro que considerar en estas valoraciones a gentes como Twain no es ilegítimo, pese a su distancia en el pasado, por cuanto este hombre es considerado padre de la literatura moderna norteamericana.    

Ya que hemos diluido en gran medida el criterio del gusto de las mayorías en su capacidad para determinar al mejor escritor de todos en una era dada, puede resultar que nos tiente la idea de acudir al recurso del juicio de expertos para salvar este problema. Me refiero al recurso de la técnica literaria propiamente, a lo escolástico, a la técnica de la representación sentimental perfecta - Baumgarten - o a la técnica de la expresión perfecta - Croce -. Aunque esto tiene alguna validez por cuanto estamos acudiendo al juicio de los que saben del bello decir en letras, debe aclararse que su validez es limitada en tanto la técnica literaria no puede estar jamás disociada en absoluto de lo bello, lo cual nos retrae de nuevo al criterio del gusto de las gentes ordinarias. En efecto, tratar de establecer el verdadero sentido de lo bello en el simple juico de expertos nos pone en la absurda posición de negar en absoluto toda validez al sentimiento como facultad del hombre y de convertir a las letras en un arte de iniciados, muy al estilo de algunas escuelas mistéricas de la antiguedad clásica. 

Pero el más grave error de los exaltados está en aquello de tratar de instalar a Gabriel en la misma altura y talla de un Cervantes y un Shakespeare, y quizás más allá. En este caso los exaltados están cometiendo varios errores. De entrada, comparan a escritores que vivieron en diferentes contextos culturales y, por ende, en diferentes sentidos del gusto. Por supuesto que esto ya pone un sesgo en favor de Gabriel en la medida en que siempre es más probable que el lector moderno se ciña en el gusto más a Gabriel que a los otros dos por cuanto su sentido del gusto es de la época de Gabriel. Lo contrario ocurriría si nos fuera posible retroceder en el tiempo a la época de los dos colosos, porque lo más probable es que los coetáneos de Cervantes o Shakespeare considerarían a cualquiera de esos dos personajes como el mejor, y a Gabriel lo tendrían por un loco hereje.

Cabrían, sí, las comparaciones entre esos dos colosos y Gabriel en lo que toca a la importancia de sus aportes a las letras de su respectivos tiempos. Sin embargo, aquí también la figura de Gabriel palidece un tanto. 

En el caso de los dos colosos del pasado, Cervantes y Shakespeare, y fuera de toda valoración subjetiva que los coloca oficialmente como los dos hombres que alcanzaron los límites de la expresión perfecta, hablamos de dos escritores cuyo trabajo, además de bello en grado sumo, cambió incluso el sentido del buen gusto de sus coetáneos; hecho que los coloca como forjadores de la cultura occidental. Recuerde el lector que Cervantes y Shakespeare son escritores que impulsaban una muy honda transición desde la tradición literaria de la edad media, con Dios como eje rector y representada tardíamente sobre todo por Quevedo, al mundo de la razón y los sentimientos laicos, donde el eje es el hombre y sus intereses mundanos. Vale decir, además, que el trabajo literario de Cervantes y Shakespeare tuvieron importantes repercusiones en la historia del pensamiento. De entrada, impulsaron desde el arte el movimiento que a la postre daría al sentimiento carta de ciudadanía como facultad legítima del hombre y con igual dignidad que el entendimiento y la voluntad - siglo XVIII, ver arriba -. Shakespeare ya se adentraba en sus obras en cuestiones que serían de vital importancia para la posterior consideración del modo de ser del hombre como asunto filosófico - Kierkegaard y posteriores -. Cervantes, por su lado, tuvo a la larga importantes repercusiones en el pragmatismo norteamericano y sus reflejos en Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno. En el caso de Gabriel, en cambio - y aquí me someto a posibles y muy abundantes polémicas -, hablamos de un excelente escritor que siempre pisó muy de cerca los talones de la dulce belleza para el sentido del gusto prevaleciente en nuestro tiempo, pero nunca de un escritor que cambió el sentido del gusto de su tiempo y la cultura, y menos de un hombre que haya ofrecido importantes aportes a la historia del pensamiento. 

Pero la ilegitimidad de este tipo de comparaciones audaces de los exaltados de Gabriel se deja ver a plenitud cuando consideramos lo siguiente: La solera de excelencia y maestría de los dos colosos, Cervantes y Shakespeare, tiene el fundamento sólido de lo imperecedero por cuanto el gusto por ellos ha prevalecido a lo largo de varios siglos y hasta nuestro tiempo y no obstante los cambios notables en el sentido del gusto de los hombres. Y esto, créame, es un logro monumental que pocos han alcanzado en la historia de las letras bellas: Homero, Dante, Goethe, Dostoievski, por citar solo a algunos de los titanes.

En relación a lo antes dicho, recordemos lo que dijo Ben Jonson de Shakespeare: "Shakespeare no pertenece a una sola época, sino a la eternidad". Solo corregiría esto diciendo que, hasta ahora, y mientras no se demuestre lo contrario, es imperecedero por cuanto Shakespeare, pese a su genialidad, no era un dios y no estaba fuera del tiempo, sino inserto en el tiempo, como todo mortal.

En cuanto a Gabriel, en cambio, y por evidentes razones, no tenemos todavía datos que nos permitan medir su trascendencia en el tiempo largo, el de largo aliento. Así que afirmar a Gabriel como un igual a los dos colosos en mención es producto genuino de ficciones. En esta parte, lo único cierto es que solo los hijos de nuestros hijos de nuestros hijos, estarán en condiciones de emitir un juicio claro y distinto al respecto. Solo hasta entonces sabremos si Gabriel tuvo la grandeza para trascender en el tiempo y, por ende, los arrestos estéticos para estar a la altura de los dos colosos de la literatura. Eso es asignatura pendiente para varios siglos después.

El favorito de la corte y el no sé qué de los exaltados:

Es evidente que la muerte de Gabriel ha metido en tristeza a muchos de sus seguidores. Con sinceridad, y sin disminuir mi verdad con las ironías, a mí también me metió en tristeza la noticia. A tal grado me llamó la atención, que me puse a escribir un diálogo personal con Gabriel pese al pobrísimo alcance de mis letras. Sin embargo, esa tristeza o pesadumbre llevó a muchos de esos adherentes de Gabriel a ser víctimas de sus propias emociones para desde ahí afirmar virtudes desmesuradas en Gabriel el escritor: El mejor de los tiempos modernos, el universal, el igual a Cervantes y a Shakespeare -, pero sin jamás atravesar razones al menos verosímiles al respecto. En el mejor de los casos, cuando se han atravesado argumentos, se hace acudiendo a un modificado "no sé qué" de Fray Benito Jerónimo, Feijoo: Les gusta Gabriel, y tanto les gusta, que están dispuestos a instalarlo como el mejor de todos, el favorito de la corte, aduciendo "razones irracionales" y pasando por encima de la realidad. Y en esto se pasa por alto que los sentimientos tienen un límite localizado en la cerca donde empieza el mundo de la razón y los hechos. 

Finalmente, subrayo lo que ya dije a lo largo del escrito: Me gustan mucho las letras de Gabriel. Sin embargo, mi mayor placer está en otros escritores. Y con todo, no tengo claro nada respecto a quién de ellos es el mejor en la época moderna. Si se me emplazara a elegir al mejor, acudiría a la epoché para suspender todo juicio al respeto, y proseguiría disfrutando al máximo de las letras de cada uno de esos maestros creyendo que cada uno es un tesoro insondable de bello placer al alcance de mi mano.

Buen día.

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