EPN, internet y la privatización del Homo Sapiens.

La Ilustración es una dirección filosófica en la historia del pensamiento que tiene lugar entre finales del siglo XVII y finales del siglo XVIII, y su asunto principal radica en extender la guía de la razón y su crítica a todos los campos del saber y la experiencia humanas. Fue así como la Ilustración terminó por invadir con la razón los terrenos que Descartes, por extrañas razones, había dejado reservados a las tradiciones, las creencias y los prejuicios: Religión, política, moral, etc. Sin embargo, es importante aclarar que la Ilustración intrusionó esos nuevos terrenos con un espíritu de modestia, no armada de una fe ciega y frenética en la razón cartesiana, sino reconociendo que la misma tenía límites muy precisos en su poder cognoscitivo gracias a las lecciones que estaba trayendo desde tiempo atrás el empirismo inglés. Con lo último quiero decir que la razón "ilustrada" asumió esas nuevas tareas - religión, política, moral, etc. - siempre consciente de que solo podía trabajar sobre la experiencia y sin ir más allá de ella. Y nada más natural que esto fuera así si tomamos en cuenta que la razón "ilustrada", por su misma exigencia crítica, tenía que ser crítica consigo misma en cuanto a sus posibilidades cognoscitivas.

A pesar de que la Ilustración es un hecho histórico con registro formal en el tiempo - ver arriba -, puede decirse que la actitud "ilustrada" sigue vigente hasta nuestros días en todos los ámbitos del saber y la experiencia humanas puesto que su ideal central sigue rigiendo: La razón debe expansionarse siempre hasta alcanzar toda creencia o conocimiento, pero reconociendo al mismo tiempo sus limitaciones cognoscitivas y su falibilidad.    

Hasta antes de la Ilustración la política había permanecido prácticamente la misma desde los tiempos en que Herodoto, Platón y Aristóteles lanzaron sus especulaciones sobre las formas de gobierno ideales y posibles y sobre la política como ciencia o arte. Pero una vez que la razón empirista o "ilustrada" invadió a la política y se consolidó en ella como instrumento privilegiado del conocer, el hombre arribó a una conclusión central que sigue teniendo vigencia hasta nuestros días. Esa conclusión es la siguiente, y le advierto que, nos guste o no, así son los hechos y hasta que no se diga otra cosa: La libertad y el bienestar de los ciudadanos en una sociedad determinada no dependen de la forma de gobierno que hayan acordado y plasmado teóricamente para el Estado en su acta constitutiva, sino del grado de participación efectiva - se subraya efectiva - que la clase gobernante le concede siempre - se subraya siempre - a las ciudadanos en la formación de la voluntad estatal y de la rapidez con que aquélla, la clase gobernante, se encuentre siempre - se vuelve a subrayar siempre - en situación de escuchar a los ciudadanos para diseñar, modificar y rectificar sus políticas y sus técnicas administrativas.

Lo anterior significa que, con independencia de la forma de gobierno que se tenga, una sociedad garantiza la maximización de la libertad y el bienestar de los ciudadanos en la medida en que cumpla las condiciones de hecho señaladas arriba. Pero además, la forma de gobierno de una sociedad determinada se deduce o se infiere a partir de esos hechos en las relaciones entre gobernantes y gobernados. Si un país da igualdad política a los ciudadanos y asume a éstos como sujetos individuales con participación plena y libre en la política del Estado, hablamos de una democracia que promueve la libertad y el bienestar de los ciudadanos; si otro país asume a sus ciudadanos como entes sin personalidad, partes de una masa informe predestinada a obedecer a sus gobernantes sin reparos, entonces hablamos de una tiranía que promueve solamente la libertad y el bienestar de los gobernantes.

Debe subrayarse que esa conclusión sigue siendo tan verdadera o válida como en tiempos de la Ilustración, y no porque yo lo quiera así, por mi simple arbitrio, porque no soy político oficialista mexicano, sino porque la experiencia histórica del mundo moderno y contemporáneo así lo han demostrado palmariamente. 

Bien, analice ahora la situación del régimen de EPN a la luz del criterio de verdad en la política que ya hemos encontrado: 

En cuanto al diseño y aplicación de las políticas y reformas del régimen corriente, es cosa ya demostrada que la mayoría de los mexicanos no está de acuerdo con ellas. De igual forma, está demostrado ya que el régimen de EPN, lejos de rectificar y ajustarse a la opinión de esas mayorías insatisfechas, ha optado por acudir al argumento absurdo del "saber teorético y práctico" para seguir adelante con sus políticas y reformas invariables. En cuanto a esto ya no cabe polémica alguna porque ellos mismos han declarado públicamente eso: No gobernamos para el gusto de las mayorías, sino para la verdad sobre el bien público y privado; verdad que, por lo demás, solo nosotros los que gobernamos poseemos. Y para eso se han inventado un club de supuestos genios que han sido galardonados por organismos afines a su programa - neoliberalismo - con el fin de dotarlos de credibilidad tecnocrática ante el pueblo que asumen como una masa de ignorantes sin personalidad. 

Llegamos así a la siguiente situación de hecho. En el papel, México vive una democracia porque hace iguales a todos los ciudadanos por lo menos en el derecho a participar en la formación de la voluntad del Estado y en el diseño y crítica de las políticas y las técnicas de administración de la clase gobernante en turno. Sin embargo, sucede que el comportamiento real de la clase gobernante en turno, el régimen de EPN, dista mucho de esa condición teórica y se aproxima más en los hechos de rutina a la condición de una autocracia conformada por una aristocracia y un rey al centro que gobiernan por su arbitraria voluntad aduciendo, para esto, que solo ellos saben cómo gobernar y solo ellos conocen la verdad sobre el bien público y privado que conviene a todos. Así, si lo teórico indica que somos una democracia, los hechos nos indican, por el contrario, que vivimos bajo una autocracia que, para mayor precisión, podría definirse como una suerte de despotismo ilustrado veintiunesco. 

Evidentemente, y como ya sabemos, si usted le pregunta a los miembros de esa clase política autoritaria la forma de gobierno real que ejercen, ellos siempre argumentarán idiotamente contra los hechos para negarlos - y no es un insulto porque solo el idiota argumenta contra los hechos - para luego ceñirse al papel y afirmar categóricamente que su gobierno es una democracia. Sin embargo, si usted pone este asunto en manos de un analista serio y le pide su juicio de razón empírica sobre nuestra forma de gobierno efectiva, tenga por cierto que su juicio categórico será el siguiente:

- México es un despotismo enmascarado de "ilustrado", o por lo menos es una autocracia ridículamente demócrata.

Y se advierte que esta conclusión no cambia si al final resulta que esa autocracia priista tuvo la razón en cuanto a los propósitos que planteaba en sus programas. Lo cierto es que los hechos señalan que están actuando despóticamente y perturbando a la democracia. Sin embargo, aclaro al lector que no debe ser tan optimista respecto de los resultados finales de los programas de política del régimen de EPN. En diversos escritos en este diario hemos demostrado que estos programas son, esencialmente, un conjunto de mitos encaminados a profundizar al país en el reino de la injusticia y la desigualdad que solo lesionan el bienestar de los ciudadanos ordinarios.

Por lo que toca al reciente escándalo de la propuesta de ley de telecomunicaciones, y que ya analicé en un artículo pasado en este diario ( Ver enlace 1 al pie de página ), puede decirse con máxima verosimilitud que será un nuevo capítulo de ese carácter autocrático del régimen de EPN. Y razón le sobra a los ciudadanos críticos de esta ley para desconfiar del régimen de EPN en esta maniobra. 

La libertad y el bienestar de que gozan los ciudadanos de un país dependen de la limitación efectiva de los poderes de la clase gobernante garantizados en el ordenamiento del mismo Estado. Y en el caso concreto de esta ley sucede que hay vacíos y ambiguedades que pueden ser aprovechados por la voluntad demostradamente arbitraria del régimen de EPN para entrar en acción con la censura indiscriminada en el internet y las redes sociales apenas valiéndose de razones vacías que se ajusten a su utilidad privada como régimen: Moralidad moralina, paz social, seguridad nacional y lo que de útil salga al paso con tal de frenar la crítica de la sociedad civil sobre el régimen.

Esta voluntad de censura del régimen de EPN constituye un evidente atentado contra la democracia, pero sobre todo contra la razón en tanto está pretendiendo socavar el insumo fundamental de la misma en su trabajo como guía del hombre libre: La información.

Ahora bien, el régimen de EPN no debe escandalizarse por la postura crítica de los ciudadanos inconformes en este caso. Razones juiciosas y muy sobradas hay para esperar que el régimen de EPN sí se extralimite con esos vacíos y ambiguedades por la simple y sencilla razón de que la solera del PRI en eso de las mentiras y los engaños es de sobra conocida desde antaño. Y en esto el mismo PRI debe estar de acuerdo si es mínimamente sensato.

La prudencia obliga a andarnos siempre con la duda y la precaución con aquel criminal que ha empezado a corregir su vida por el camino del bien. Tanta verdad hay aquí, que el criminal debe ser el primero en asumir esa verdad como pago inevitable a sus faltas. Y si los priistas están de acuerdo con esto, y si reconocen que su solera es el pecado contra la nación, ¿a qué viene el escándalo mujeril por la duda de los ciudadanos en torno a las imprecisiones de su ley de telecomunicaciones? ¿No sería mejor para ellos, los priistas, eliminar esos "errores" y disipar de un golpe las dudas y resquemores ciudadanos? Pero si no hacen nada al respecto los priistas solo están confirmando las dudas: Algo traman.

Kant dijo alguna vez lo siguiente en su tratado La paz perpetua, y que viene al caso de este problema: "Aun cuando la máxima: La honestidad es la mejor política, implique una teoría que la práctica desgraciadamente desmiente, sin embargo, la máxima igualmente teórica: La honestidad es mejor que toda política, está fuera de toda objeción, y es también la condición primaria de toda política".

Creo, en verdad, que esta cita de Kant basta para que se entiendan por completo dos cosas: Primera, que la posición de los ciudadanos inconformes con esta ley de telecomunicaciones tiene mucha validez porque tiene mucho fundamento en la experiencia acumulada: La deshonestidad, y más con el PRI y el PAN, es la regla de la política. Segunda, que si el PRI realmente quiere hacer política en serio en este caso, debe actuar con honestidad antes que nada para reconocer que no es sujeto de crédito y que están puestas en razón las dudas y suspicacias de los ciudadanos. Y digo que debe concluirse esto sin más siempre y cuando no surja un priista que quiera argumentar en contra del sabio Kant.

Ahora bien, no es válido de manera alguna traer a cuentas argumentos pueriles que subrayan cuestiones del buen gusto, la moralidad y las buenas costumbres, para tratar de apoyar al régimen del PRI en esto. Antes que nada, asumamos una realidad sin ambages: La cultura del pueblo es la cultura baja. Es una cultura que, pese a ser tan rica como la alta cultura, posee un lenguaje que suele ser llano, crudo y hasta vulgar, pero que no por esa naturaleza expresiva deja de poseer verdades a medias y hasta completas. En cuanto a la befa pública, no olvidemos que ésta es uno de los más importantes instrumentos del pueblo contra los fanatismos y los dogmatismos, y un importante mecanismo previsor y corrector de conductas desviadas en los políticos.

Pueril también aducir el pretexto de la calumnia para apoyar al régimen de EPN en esto. La solución a la calumnia tiene un remedio muy simple: Que aquel político que se sienta calumniado cite a sus calumniador supuesto en los tribunales. Es problema de ellos, no de la democracia.

Pueril también argumentar en favor del demostrado despotismo del PRI aduciendo que algunas figuras políticas del pasado, como Kennedy y la demoniaca Margarita Tatcher, alguna vez declararon que también actuaron despóticamente contra sus sociedades. Aquí hay dos problemas. De entrada, esas dos figuras no son modélicas. Contra Kennedy obra un magnicidio inútil, y contra la Tatcher obra en contra un mundo neoliberal en completa crisis y decadencia. Luego, se trata de comparaciones fuera de contexto y muy genéricas. Precisemos antes en qué situaciones concretas de política y administración esos dos políticos actuaron despóticamente, y hecho eso, luego procedamos a comparar con el régimen de EPN en igualdad de circunstancias. Y adelanto un poco la forma en que ese tipo de análisis deben ser conducidos.

A saber, y por más perversa que era, la Tatcher jamás intentó entregar su país al control de los gringos o de cualquier otro país. Así que si fue arbitraria al gobernar, jamás su voluntad autocrática voló por esos cielos. Sin embargo, el régimen de EPN está actuando arbitrariamente para entregar el país al control de las oligarquías nacionales, foráneas y al departamento de Estado en Washington. ¿Tienen punto de comparación las arbitrariedades de cada régimen? Desde luego que no hay comparación. 

Conclusión: 

Según son los hechos que hemos visto, podemos concluir lo siguiente en torno a la naturaleza política del régimen de EPN:

Es un régimen autocrático. Ha invalidado a la democracia al despojarnos del derecho a participar a nombre propio en la toma de decisiones colectivas. Lo anterior pone al régimen de EPN en la condición de hecho de haber privatizado por su arbitrio muy buena parte de nuestra individualidad. El supuesto carácter "ilustrado" de ésta - así lo afirman los priistas implícitamente - es solo un argumento pueril que busca racionalizar y justificar ese grave despojo a los mexicanos. En efecto, ese supuesto carácter ilustrado de la autocracia priista es la afirmación de la primacía del supuesto saber superior de la clase gobernante y de los intereses de los potentados sobre el principio político en democracia: La autonomía de la individualidad, y donde al final los ciudadanos expropiados y privatizados por el PRI son asumidos como la masa indistinta y confusa predestinada a obedecer a los señores del poder, los únicos que, en opinión de ellos mismos, son los únicos con derecho a la individualidad gracias a su supuesta sabiduría y su poder económico. 

La ley de telecomunicaciones solo es un capítulo más de esa voluntad autocrática e "ilustrada" del PRI porque constituye una pretensión priista por privatizar la información a su favor, lo cual los pone en un franco atentado contra la autonomía de la razón y nuestra dignidad como seres humanos. 

Al final, solo puedo decirle a cada mexicano en uso de razón lo siguiente:

Hace siglos la Ilustración nos dio los elementos indispensables para liberarnos de lo que Kant llamó nuestra "incapacidad culpable". Sabemos desde entonces que somos capaces de servirnos de nuestra propia inteligencia a plenitud en cualquier terreno y sin la necesidad de la guía autoritaria y externa de otros. Así que somos culpables si nos falta decisión y valor para poner en acto esa realidad y para impedir que el PRI y el régimen de EPN la echen abajo como ya lo están haciendo poco a poco desde tiempo atrás, ayer privatizando nuestra individualidad, y mañana privatizando nuestra razón con la ley de telecomunicaciones. 

Si no tenemos el valor y la decisión para frenar este proceso decadente y perverso de expropiación a los ciudadanos, tarde que temprano el PRI y su régimen terminarán privatizando en su favor al Homo Sapiens, dejándonos a los ciudadanos ordinarios en la triste condición de seres incapaces de pensar y de gobernarse por sí mismos.

¡ Sapere aude !...Atrévete a conocer...Ten el valor de servirte de tu propia razón sin guías y constricciones externas. 

Buen día.

Notas:


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