El Norte, Metro, y la niña muerta como mercancía.

Esperaba a un amigo en un OXXO de Monterrey. Me preparé un café y me dispuse a esperar. Me senté en una de las mesas que sirven a modo de comederos. Inmediatamente al lado de la mesa estaba un pequeño estante de alambre que portaba en exhibición algunas revistas de espectáculos y, arriba de todo, muy a la vista, algunos de los diarios de ese día. Destacaba tres: Milenio, Metro y Sol. Los últimos dos, hasta donde sé, son diarios de la tarde que pertenecen a la misma empresa dueña de los famosos y bien reputados periódicos El Norte y Reforma, y cuya característica principal es la de ser medios dedicados al mercado de los pobres, y dentro de éste, al inframercado de los muy morbosos.

Del Milenio y el Sol no alcancé a vislumbrar nada más que los nombres, no por problemas de vista, que ya los hay, sino porque me llamó poderosamente la atención la noticia que colmaba la portada del Metro con llamados de texto espectaculares y gráficas horrendas: Una niña aplastada por un camión. 

- Por descuido, vecino aplasta a niña - decía el titular, palabras más palabras menos, y según recuerdo -.

Y por supuesto que la grafica denunciaba a toda plana la imagen de la parte frontal del camión con la niña en una de las llanas fronteras. Por fortuna, la imagen horrenda guardaba cierto recato toda vez que el cuerpo de la niña se veía a lo lejos, y creo que relativamente cubierto con mantas. No puedo dar una descripción precisa de la situación de la pobre niña porque no tuve tiempo de hacerlo, y ni siquiera me quise dar la oportunidad de hacerlo, porque de inmediato opté por tomar los periódicos del mueble aquel con mucho sigilo y mandarlos hacia abajo con la portada hacia abajo. Y así lo hice colmado de una tormenta de sentimientos lóbregos y desordenados. 

La vista de aquello en la portada del diario en mención me estremeció de pies a cabeza, tal como si hubiera sido cogido de golpe por un rayo en el centro del pecho. Confieso que las lágrimas estuvieron a punto de rebasar los diques de los párpados, pero me contuve a duras penas considerando el lugar en el que estaba. Mas estoy cierto de que si hubiera visto eso en la privacidad más privada, las lágrimas hubieran rodado por las mejillas, sin más. Y razones de sobra hay para reaccionar de este modo en estas situaciones para todo aquel que se tenga por ser humano normal, dueño de alguna sensibilidad viva hacia la dignidad de los seres humanos y la necesidad de promocionar su vida. 

Cierto, había ahí, en mi interioridad, una mezcla de sentimientos confusos que rasguñaban los pliegues internos con fuerza increíble: Dolor, tristeza, indignación, coraje...

Dolor por el acto de empatía y comprensión con la niña que surgía bullente por todos lados en esos momentos. Esa pobre niña, cuando en vida y estando en ese instante del accidente, había entrado a una tonalidad negativa de la vida emotiva con matices horrendos, y de la cual todos huimos siempre con el horror pisando los talones. Hablo del dolor en su más grande pináculo, del signo del carácter suprahostil de la situación en la que se encontró, de pronto, y por un accidente desafortunado y desgarrador, esa niña como ser viviente. ¿Tiene usted idea de la medida casi infinita del dolor de esa niña en ese desgraciado instante? Créame que no tiene mensurabilidad por su enormidad. 

Tristeza, por cuanto sé que el dolor de esa niña colmó al mundo de quejidos y lamentos horribles. Y esto, créame, solo da motivos para que la tristeza haga imperio de nuestra vida al menos por el momento de reflexión y comprensión que le dedicamos. Pero la indignación y el coraje vinieron al final, cuando volví los ojos del alma hacia el acto de barbarie que se consumaba en ese periódico. Cierto, al final de toda esa experiencia amarga, y cuando ya había mandado ese montón de papeles al fondo del mueble y bocabajo, empecé a preguntarme sobre la naturaleza moral de los autores de semejante barbaridad, de semejante inhumanidad, en esa basura informativa. 

En favor de publicar las cosas como son, sin importar el matiz emotivo de las cosas mismas, podría argumentarse una suerte de ética profesional del ramo apuntando a las normas que obligan a los medios a informar las cosas objetivamente, tal como sucedieron. Y si los hechos en este caso de la niña sucedieron, y si los mismos hechos están documentados al nivel de una gráfica horrenda, entonces ya se podría concluir que la ética profesional justifica el publicar estas barbaridades. Sin embargo, quien razona de esta forma lo hace estúpidamente en tanto pasa por alto que la exigencia de la objetividad no es un fin en sí mismo, sino que está apuntada a un fin último que reporta utilidad a la sociedad; utilidad que deriva y se acrece con el mismo acceder creciente de los ciudadanos a información objetiva, oportuna y detallada de los acontecimientos. Así que en relación al caso de esta pobre niña, hágase el lector una pregunta:

¿Le reporta alguna utilidad social o agregada a la comunidad regiomontana el enterarse por medio de gráficas horrendas y textos espectaculares que una niña murió aplastada por un pesado camión? 

Salvo que alguien cometa la locura de afirmar que nuestra vida como comunidad sí adquiere alguna ventaja neta de saber eso, la respuesta es negativa en redondo. Lo cierto es que este tipo de barbaridades informativas solo reportan utilidad privada - no social - a dos tipos de gentes: Primero, a los familiares y amigos de la niña que se enteran de la muerte de ésta a través del medio. Segundo, a los morbosos, a los sujetos que encuentran una utilidad placentera en leer este tipo de cosas, y que por ello son incapaces de asumir empatía y de imaginar el símbolo del dolor inmenso implicado en ello. Pero todavía en el caso del primer grupo de gentes no se encuentra justificación alguna a este tipo de información porque ni es imprescindible que deban enterarse por los medios, y menos es imprescindible que deban enterarse de esto de manera tan inhumana y bárbara como sucedió. 

Este tipo de actividad periodística solo puede ser calificada, no solo de inmoral, sino hasta de perversa, degenerada, bestial. Descartada la utilidad social como inválida en este caso, nos queda claro ya que se trata de una acción de grave inmoralidad por cuanto se está tomando a esta niña en desgracia como medio útil para vender periódico, lo cual significa que en ningún momento se consideró la personalidad de la niña como un fin en sí mismo. Y si esto no se consideró en el caso de la pobre víctima, menos todavía en el caso de las personas que, por su relación doméstica y de amistad con la niña, hoy le lloran.

Le pregunto a los autores de esta barbaridad: ¿Pueden justificar moralmente el tomar a esta niña y su desgracia como medios útiles para vender más y más periódicos?

Le aseguro a todos los responsables de esto que, por más que piensen y deliberen, jamás encontrarán forma alguna de encontrar justificación moral a esta barbaridad. Podrán pasar la vida entera devanándose los sesos para encontrar ese fundamento, pero jamás llegarán a puerto seguro. De cierto que andarán siempre en tormentas y dando de golpes en los arrecifes de la ética a punto siempre de sucumbir, de encallar. En efecto, porque lo cierto es que no hay ética posible que ajuste para justificar estas cosas, que dé conclusiones válidas para todos son excepción. Y siendo así las cosas, podría decirse que estas situaciones rebasan la condición de inmoralidad hasta convertirse en acciones que se tornan en perversiones y bestialidades en tanto solo pueden ser afirmadas como propias de culturas inferiores que no conocen clase alguna de moralidad, que no valoran positivamente a la vida de los otros y su dignidad porque no han rebasado el cerco del egoísmo más primitivo.

La responsabilidad de este tipo de publicaciones inmorales es compartida. En ella están todos los que colaboran directa o indirectamente en las mismas, desde voceadores, distribuidores, operadores de máquinas y secretarias, hasta reporteros, redactores, ejecutivos del diario y los mismos consumidores. Pero quien más lleva la carga de la responsabilidad es el dueño del medio, porque es él quien dicta las políticas generales de información de la empresa.  

Como le dije arriba, el periódico Metro pertenece a la misma casa empresarial donde el hermano mayor y más vetusto es El Norte. Hasta donde sé, y es cosa que no sé con precisión porque mi vida no está inserta en los medios a pesar de que escribo aquí en el SDP hace un par de años, el dueño de esa empresa es un señor cuyo apellido es Junco de la Vega. Si me equivoco, que me corrija el lector. Y como el Metro ve la vida como diario gracias a su padre El Norte, aquél se debe en su posibilidad a éste, por ello me atrevo a mencionar a los dos diarios en el título de este artículo. 

Para demostrar la insuficiencia de cualquier sistema de moral para justificar estas publicaciones bestiales, me basta con llevar a los ejecutivos y al dueño de estos diario a un escenario hipotético:

Si la hija de uno de ustedes hubiera sido esa niña - y con sinceridad doy gracias a Dios no fue así -, ¿cuál sería su postura de conciencia frente a la noticia de escándalo que publicaron en primera plana del Metro?

¿Accederían a la publicación arguyendo que le exhibición descarnada de la desgracia del ser querido es válida moralmente porque se da cumplimiento a la norma de la objetividad, se impulsa la venta de más periódicos y se generan más fuentes de trabajo? ¿Serían capaces acaso de argumentar semejantes...torpezas?

Es una gran desgracia que no muestren el respeto más mínimo a la vida y su dignidad en los otros. Y si esto nos muestran en situaciones que competen a seres humanos ordinarios, sin conexión a cosas de mayor importancia, ¿qué diablos podemos esperar de ustedes en los grandes negocios de la vida pública de este país?

Buen día.

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