Colosio: De la ficción al dogma.

El conocimiento es norma de acción presente y futura:

El conocimiento tiene un carácter instrumental en tanto es un medio ordenado a un fin ulterior. El hombre busca conocer, no por el conocer en sí mismo, sino para comprender, anticipar y modificar su mundo para desde ahí acceder a una vida más intensa y más digna de ser vivida. Ahora bien, nuestra moderna noción de verdad nos permite afirmar que toda proposición y que todo producto de la actividad humana son verdaderos o válidos en la medida en que tienen su correlato en los datos de la experiencia acumulada y en la medida en que son susceptibles de un uso cualquiera en la experiencia futura.

Sentado lo anterior, es preciso decir que el saber verdadero termina siendo una norma de acción o de conducta presente y futura, donde los términos “acción” y “conducta" implican toda forma de actividad humana - cognoscitiva, práctica, sentimental o estética - Por lo demás, vale aclarar que lo dicho hasta aquí aplica con mayor razón a la política toda vez que, en este caso, hablamos de un sistema de saber apuntado a un ámbito eminentemente práctico en el hombre.

Colosio y la disputa:

En días recientes pude ver en los medios escritos una oleada de editoriales y comentarios en torno a la personalidad política de Luis Donaldo Colosio. Se trató de una oleada sobrecargada de sesgos sentimentales que terminaban por definir dos bandos de extremistas: Por un lado, los dogmáticos de Colosio esgrimiendo, como siempre, ficciones a manera de verdades demostradas; y por el otro lado los críticos “ultras" de Colosio arrojando aserciones temerarias que niegan en redondo todo valor a la ficción de Colosio – más adelante veremos que una ficción puede tener algún valor por lo menos limitado -. Con sinceridad, debo decir que entre los dogmáticos de Colosio no alcancé a ver un atisbo de aserciones juiciosas, en tanto que entre los críticos de Colosio solo vislumbré verdades a medias. 

¿Es Colosio el político demócrata y progresista que afirman sus prosélitos, o es acaso una mera ficción como dicen sus detractores? 

Para responder a lo anterior habría que ver solo dos elementos de análisis en torno a Colosio: Discurso y acción, pero en dos etapas fundamentales en la vida política de este hombre: Su etapa orgánica o funcional y su etapa disfuncional o parasitaria y egoísta. Y aclaro que cuando defino esto así, "parasitaria y egoísta", no lo digo con ánimo de ofender porque, como se verá más adelante, tiene mucho sentido decirlo así.

La fase orgánica de Colosio:

Sabemos que el grueso del desempeño político de Colosio se concreta en su fase orgánica, como parte positiva, colaboradora y adherente del Salinismo. Aquí no hay especulación, puesto que cualquier repaso a la vida documentada de Colosio en esta fase nos demuestra factualmente que su discurso era esencialmente una apología al régimen de Carlos Salinas, y que su actividad política era un accionar para soportar y promover activamente al mismo, incluso algunas veces en la parcela de la ilegitimidad. Ahora bien, tenga en cuenta el lector que hablamos de un régimen que, al final, en el balance, mostró su rostro perturbador de grave inmoralidad y hasta de crímenes horrendos contra la sociedad mexicana; saldo inmoral y criminal que se testimonia a más y mejor con el hecho de que el mismo Colosio es estadística mortal y parcial del mismo. 

Así que si pasamos el discurso y la acción del Colosio de esa primera etapa orgánica por la criba del criterio de verdad apuntado al abrir este apunte, de inmediato nos saltan a la vista dos grandes verdades: El discurso apologético de Colosio era esencialmente falso en tanto no tuvo correlato con la monstruosa realidad del Salinismo que al final todos conocimos pasmados, y su mismo discurso no constituyó para él una norma de acción en tanto su mismo accionar político documentado fue opuesto a lo postulado en el mismo discurso. 

Algunos podrían tratar de salvar este escollo mortal de la realidad resaltando y sobredimensionando algunos logros del Salinismo en materia de eficiencia económica – no así de justicia económica – para colmar a la activa colaboración de Colosio con este régimen con la virtud de lo correcto, del bien moral. El argumento se acepta, es razonable hacerlo así porque sí hubo algunos logros económicos, pero el lector debe recordar que la realidad de una sociedad humana no se reduce a solo eficiencia económica en tanto ésta es solo uno de los muchos aspectos de la vida en sociedad y de las pasiones que mueven al hombre, y tal vez no la más importante. Así que le aseguro que un balance somero a las demás variables sociales a la par que la económica – injusticia social y económica, pobreza, desigualdad, concentración oligopólica, estancamiento, decadencia del ethos, y etc. -, harían palidecer en importancia a cualquier logro económico del Salinismo hasta reducirlo a prácticamente nada.

No obstante lo anterior, los prosélitos de Colosio se empeñan en la absurda tarea de argumentar contra los hechos acumulados en la experiencia para tratar de instalar la ficción de un Colosio demócrata y progresista tal como si fuera una verdad demostrada, y luego un dogma. Y para esto se valen de métodos ilegítimos para construir creencias sin sustento objetivo pero que parecen verdades, como son: La tenacidad, puesto que se niegan a ver la realidad y a escuchar los argumentos en contra; la autoridad, puesto que prohíben y condenan todo argumento en contra; la conveniencia, puesto que solo aceptan los hechos y los argumentos que ayuda a demostrar lo que afirman; y la fantasía, puesto que solo trabajan sobre corazonadas y sobre productos de su imaginación. 

La fase disfuncional de Colosio:

Materia de amplia polémica es la significación real de aquel famoso y muy sobrevalorado discurso de Colosio en la campaña presidencial, y que marca la segunda y muy breve etapa de su vida que yo llamo parasitaria y egoísta con respecto al Salinismo. Al margen aclaro que si digo que ese discurso está sobrevalorado es porque lo he leído y, con toda sinceridad, yo no le veo nada de disolvente y crítico. Todos sus símbolos significadores están enmarcados en el discurso populista habitual en este país y que es muy propio de las democracias vulgares y clientelares como la nuestra. Sin embargo, lo cierto es que para los priistas dogmáticos este discurso marca el inicio de la supuesta etapa crítica y disolvente de Colosio con respecto al gran sistema del PRI de Salinas; en tanto que para los críticos de Colosio este discurso marca el inicio de la guerra interna por el poder en el régimen Salinista. Debo decir que, en lo personal, me inclino por la segunda opinión. En efecto, mi opinión es que Colosio llegó a un escenario de ruptura con el Salinismo por la verificación de una crisis de su campaña – no levantaba y no ofrecía buenas previsiones para la sucesión – que dispara el gatillo de una lucha de grupos de interés dentro del gran sistema del PRI, lo cual le llevó a asumir una actitud de rebeldía, mas no crítica y disolvente, con su propio sistema de cosas en la política. Y lo cierto es que Colosio jamás se atrevió a dejar el sistema y se dejó llevar en sus entresijos pese a su inconformidad con el mismo. Y ya en esta situación, la actitud de Colosio no puede sino ser definida como dije antes: Egoísta, por cuanto ya no vio por la utilidad del gran sistema que le dio realidad a él como político y candidato a la presidencia, sino por su utilidad personal; parasitaria, por cuanto permanece en el mismo sistema que repudia para servirse de él en cuanto le es posible, pero sin colaborar con la promoción del mismo sistema. 

Lo cierto es que lo dicho hasta ahora en torno a las causas del famoso discurso, así como sobre sus efectos previsibles para el futuro del país de haber llegado Colosio al poder, es mera especulación inútil; inútil, porque lo que se plantea en torno a las causas y los efectos previsibles no es un problema real, sino un misterio. 
De entrada, desconocemos a ciencia cierta las causas que llevaron a Colosio a emitir ese discurso que, se dice, dio apertura a la tragedia que le llevaría a la muerte. Luego, sería ingenuo esperar que el mismo sistema revelara esto algún día. De esta forma, estamos ya ante un problema irresoluble en tanto no postula datos ciertos y antecedentes, lo cual equivale a estar frente a un completo misterio. Luego, en cuanto a los efectos previsibles para el país a partir de este discurso, vale preguntarse algo muy simple: ¿En realidad Colosio estaba asumiendo ese discurso, que es calificado por sus apologistas como disolvente, a manera de norma de acción y con convicción casi socrática?

En estricto sentido, la respuesta a esa interrogante debería ser negativa por cuanto Colosio seguía para ese entonces sumido en el gran sistema del PRI y no se vislumbraban rupturas críticas a nivel institucional en el futuro. Pero si somos un poco comprensivos y apelamos al sentido de oportunidad en el político en este tipo de casos – posponer la definitiva disolvencia hasta no estar en el poder -, solo podemos decir a este respecto que no sabemos la respuesta a esa interrogante porque el dato duro es que Colosio murió antes de ponerse en vías de hechos en cuanto a lo que postulaba en ese discurso. Sus amigos más cercanos podrán dar un "sí" a la interrogante planteada arriba, pero eso es solo un testimonio sentimental que, no pudiendo ser materia de prueba, no vale como argumento. Sus detractores, los de Colosio, podrán decir que "no" a la interrogante, pero aquí aplica la misma limitante que aplica para los amigos y dogmáticos de Colosio: Hablamos de puro sentimiento, de apreciaciones subjetivas. Al final, lo cierto es que no hay respuesta posible a esa interrogante por cuanto Colosio murió antes de estar en posibilidades de mostrar si su discurso era asumido o no por él mismo como norma de acción. Esto solo pudimos constatarlo con Colosio en la presidencia de la república; pero eso no ocurrió jamás.

Colosio: De la ficción al dogma.

Creo que lo anterior nos deja claro que todo cuanto se diga en torno a las causas y efectos previsibles del dichoso discurso está condenado a ser una hipótesis imposible de probar. Sin embargo, lo irónico es que en este punto es donde nacen los mayores absurdos de los fundamentalistas en disputa, tanto entre los dogmáticos de Colosio que afirman que este hombre hubiera sido la disolvencia crítica, renovadora y progresista del país, como entre aquellos que afirman que Colosio hubiera sido solo más de lo mismo, un nuevo capítulo de decadencia nacional.

Cierto, sucede que los dogmáticos de Colosio se empeñan, por su muy caprichoso arbitrio, en convertir la supuesta disolvencia crítica de Colosio plasmada en ese discurso en una hipótesis que puede ser probada con sus argumentos sentimentales y demás corazonadas, luego en una hipótesis probada, y luego en un dogma. Y ya montados en el dogma, los prosélitos de Colosio afirman que Colosio habría llevado al país a la modernidad democrática y a la justicia tomando como precedente un simple discurso que, por lo demás, es muy cuestionable y dudoso en su contenido. Y para esto, los dogmáticos de Colosio se valen de nueva cuenta de los métodos ilegítimos para convertir ficciones en aparentes verdades: Tenacidad, autoridad, conveniencia y fantasía. Y es así como el Colosio supuestamente crítico y disolvente contra el sistema PRI ha venido a convertirse en lo que es: Una mera ficción con camuflaje de verdad demostrada que se instala como gran dogma. 

Por supuesto que el mismo sesgo ocurre entre los detractores de Colosio por cuanto afirman que el futuro de este hombre habría sido más de lo mismo sin tener a la mano una realidad contrastable para probarlo. Cierto que la experiencia pasada acumulada en torno a la actuación de Colosio permite inferir con alguna verosimilitud que habría sido más de lo mismo en la presidencia – falsedad e inconsecuencia -, pero eso no salva el vacío factual ya apuntado.

La libertad de creer:

Como todo saber auténtico es progresivo y corregible, debe concluirse que todo saber está apuntado a la construcción de creencias plasmadas en doctrinas, teorías y máximas. En otras palabras, cuando afirmamos algo con saber decimos que creemos que las cosas han sucedido de determinada manera - hablando del pasado - o que sucederán con alguna probabilidad de esta manera o de esta otra manera en determinadas circunstancias y ante determinadas causas - hablando del futuro -. Además, esas creencias siempre están apuntadas, como decíamos al principio, a formar normas útiles de acción y de conducta futura apuntadas a promover una vida mejor para el hombre. Pero llegados a este punto debemos andar con cuidado de no caer en el error de creer que una creencia cualquiera es verdad por el simple hecho de ser útil para la vida y no obstante que esté fundada en prejuicios, errores, locuras, mentiras deliberadas y fantasías. Cometer este exceso nos podría llevar al extremo polémico de un Miguel de Unamuno para afirmar que es verdad todo aquello que promueve la vida, y que es falso todo lo que va en su detrimento. Lo cierto es que, en este contexto del saber, una creencia, para ser válida, debe tener correlato con la experiencia, con la realidad objetiva. 

Sin embargo, hay creencias que son útiles en la promoción de la vida pero que no son contrastables con la experiencia. Tome por caso hipotético el de un hombre que ha fracasado en reiterados intentos en eso de dejar su alcoholismo. Pero sucede que, de pronto, ese hombre ha terminado por aceptar a Cristo y ha pasado a asumir la creencia de que la incontinencia que le induce al alcoholismo es un pecado que le condenará al infierno. Y asumida dicha creencia con verdadera convicción, y ya movido luego por el temor, termina abandonando por fin el alcohol. Aquí estamos ante una creencia no contrastable con la realidad objetiva - el alcoholismo es un pecado condenable - pero que es my efectiva para promover una vida más digna de ser vivida en la persona.

Esto nos lleva a una gran verdad: La razón argumentadora no tiene derecho a condenar una creencia como falsa cuando esa misma creencia, al tiempo que promueve la vida, es una hipótesis imposible de poner a prueba; cuando la razón incurre en ese exceso está rebasando sus límites intrínsecos por el pecado de vanidad intelectual.

Cuando llevamos lo anterior al caso que nos ocupa, podemos decir que los priistas están en libertad de creer que Colosio habría llevado a México a la gloria de no haber muerto y de haber arribado a la presidencia. Su creencia encontraría incluso gran fondo de utilidad si la misma se convierte en norma de acción para ellos puesto que la misma implicaría una mejora moral que promueve la vida social. Sin embargo, y como ya dije arriba, su grave error radica en el hecho de que pretenden llevar esa misma ficción o creencia no contrastable con la realidad a la condición de hipótesis demostrada y luego a la de dogma. Y se aclara que la misma crítica aplica a los detractores de Colosio en tanto pretenden construir un dogma negativo de Colosio a partir de una ficción igualmente negativa.

Conclusión:

En su primera etapa, la orgánica y funcional, que es el grueso de su vida política, Colosio nos aparece esencialmente como falsedad e inconsecuencia por cuanto su discurso no tiene correlato con la realidad y por cuanto no fue norma de acción presente y futura para él. No obstante esto, sus prosélitos se empeñan en la absurda tarea de argumentar contra los hechos para tratar de instalar la ficción de un Colosio demócrata y progresista tal como si fuera una verdad demostrada y luego un dogma. 

En cuanto a la segunda etapa de Colosio, la que llamo parasitaria y egoísta, o la que los dogmáticos de Colosio identifican erróneamente como crítica y disolvente, no se puede afirmar y negar nada puesto que él murió antes de ponerse en vías de hechos, de tal modo que el asunto es un misterio, un problema sin datos, irresoluble, lo cual solo nos da espacio a la pura creencia sin correlato objetivo, a la ficción. Sin embargo, en lo que toca a esta segunda etapa, prosélitos y detractores de Colosio han traspasado los límites de la razón para convertir de manera ilegítima sus ficciones respectivas en verdades comprobadas y dogmas. Las ficciones podrán ser útiles para ambas partes, prosélitos y detractores de Colosio, pero eso no les autoriza a traspasar el cerco de la razón de manera ilegítima para buscar transformar sus ficciones en verdades demostradas y dogmas.

Y hay una consecuencia muy burda y bizarra en esta forma de actuar, especialmente en lo que toca a los prosélitos de Colosio. Me refiero al hecho de que sus pretensiones dogmáticas en este caso terminan en el absurdo de querer instalar a un héroe – Colosio – que no posee méritos de obra o acción para tal efecto. Con estas cosas nos convertimos en el único país del mundo que erige a un héroe cuyo único mérito fue un juego de niños o un juego intelectual inútil: Declamar un discurso insustancial que, por lo demás, está harto sobrevalorado por los mismos prosélitos.

Aclaro que mi escrito no está diseñado para atacar a Colosio. Solo he querido demostrar que Colosio es una extraña mezcla de falsedad, inconsecuencia y de ficción camuflada de dogma. Si los priistas dogmáticos han llevado de manera ilegítima a Colosio de ser una simple ficción a una hipótesis demostrada y luego a un dogma, mi trabajo crítico aquí solo ha buscado regresar a Colosio desde el dogma priista al lugar que le corresponde con justicia: Una simple ficción. Y espero que con esto los priistas por fin retornen a la realidad.

Buen día.

Dedico este humilde artículo a mi apreciable y bella amiga Mónica Flores, una joven valiosa que, como muchas mexicanas, se expansiona cada día en sus actividades profesionales para promover una vida más intensa y más digna de ser vivida para ella y para todos. Felicidades Mónica.

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