Lucero, Televisa y Artemisa: ¿Adiós a las armas?

La virgen y casta diosa Artemisa, hermana melliza de Apolo e hija de Zeus a resultas de una relación ilegítima de éste con Leto, era tenida en la vieja mitología griega como diosa de la caza y protectora y promotora de los animales y su mundo silvestre, los embarazos y los alumbramientos. La diosa pertenece a un periodo de la historia en que los hombres no accedían todavía a un pensamiento lógico completo y, por tanto, debían con frecuencia de acudir al recurso de expresar sus nociones del mundo natural y humano por medio de la alegoría o el mito. De esta forma, y con independencia del valor religiosa formal que Artemisa tuviera para los griegos ordinarios antiguos, esta diosa no era sino una expresión antropomórfica -algo propio del pensamiento mítico - de algunas de las cualidades principales de nuestra habitual noción de mundo natural - Naturaleza, Natura -: Vida, virginidad, producción, reproducción, etc.

En general, podría decirse que la diosa Artemisa era concebida por los viejos griegos como una deidad promotora de la vida. Pero esto podría llevar al lector avispado a creer que aquí hay una contradicción porque resulta que Artemisa, según hemos dicho arriba, también era la diosa patrona de la caza, que es una actividad que no encaja del todo en la promoción de la vida. Sin embargo, déjeme decirle que en esta aparente contradicción solo está latiendo el tradicional y legendario dualismo de los viejos griegos.

En el pensamiento griego antiguo hay una extraña dualidad que, en mi opinión, solo es reflejo de su actitud realista ante el mundo. Si bien es cierto que los viejos griegos asumían que el mundo estaba sometido a un ideal de perfección y a un deber ser que debían ser perseguidos y que solo podían ser conocidos por la razón, también eran unos locos apasionados de la aceptación de la vida hasta las últimas consecuencias y sin escándalos. Fue esta dualidad lo que los llevó a estructurar una noción dual de cosmos: Mundo dionisíaco y mundo apolíneo. Entre otras muchas cosas, el mundo dionisíaco hacía referencia a la libertad, el instinto, las pasiones, los deseos, los sentimientos, el ser como es; en tanto que el mundo apolíneo hacía referencia al mundo de la razón y sus productos más logrados: pensamiento, reflexión, ética, deber ser y querer. Así que si la historia nos pinta a los griegos como genios creadores e insuperables en lo que toca al mundo apolíneo - filosofía, ciencia, etc. -, lo cierto es que fueron maestros consumados en el mundo de lo dionisíaco - arte, negocios, voluntad de poder, política, guerra -. Y usted puede referirse a los tratados de historia de Tucídides para constatar lo anterior. Le garantizo que ahí podrá advertir el hecho de que los viejos griegos afrontaban los asuntos del día a día en la guerra, los negocios y la política, poniendo la vista en nuestro moderno concepto de hombre de éxito: realismo crudo y voluntad de poder.  

No es sino por lo anterior que la noción griega de Artemisa, misma que se sostiene hasta nuestros días en la literatura y otras vertientes del arte, asume sin escándalos esa dualidad característica del pensamiento griego antiguo. Le recuerdo que en el caso de Artemisa hablamos de un ente alegórico que representa a la Natura - naturaleza - y cuyas cualidades fundamentales son la dualidad siguiente: Promociona y protege la vida silvestre, y promociona la muerte - la caza, la destrucción provechosa para el hombre-. Pero no debemos pasar por alto que esta noción alegórica también cumple una función ética en el pensamiento griego antiguo, toda vez que busca remitir al hombre hacia la necesidad de asumir una postura ante el mundo en sus dos apartados: Hay una exigencia ética que nos constriñe a la tarea de proteger y promover la vida en la naturaleza, pero hay también una exigencia instintiva que nos aprieta necesariamente hacia la necesidad de aniquilar o matar formas de vida en la naturaleza para cubrir nuestras necesidades de sobrevivencia - cacería como actividad económica - o bien para satisfacer placeres como es la cacería deportiva. Y tarea fundamental del hombre en ese cosmos griego era el acceder a una virtud general - areté - para encontrar un balance correcto o adecuado entre las dos parcelas: Instinto y razón, placer y abstinencia, ser y deber ser. Por lo demás, no cabe la menor duda que fueron los pensadores griegos ocupados en la ética los que llevaron a cuestas el trabajo de determinar la medida exacta de ese balance en la virtud general, destacando sobre todo Aristóteles con su realista y muy célebre punto medio.

Bien, he traído a cuentas lo anterior porque parece que a Lucerito se le aviene a la perfección el papel de nueva Artemisa teletónica de Televisa por aquello de sus ya muy famosas posturas contradictorias en la vida. Aunque ya no virginal, la imagen que de ella se ha difundido desde su casa empresarial es precisamente la de la Artemisa casta, inocente, enternecedora, lo cual ha potenciado su valor agregado para conmover corazones ingenuos en el gran circo del Teletón. Como Artemisa, Lucerito es promotora de la vida en tanto actúa como eje central del imaginario fantástico y sentimentaloide del circo Teletón que, en apariencia, tiene como fin la misma promoción de la vida. Otra vez como Artemisa, Lucerito ha colmado de terror a muchos al dejar en claro, y con el rostro pintarrajeado con la sangre de sus víctimas, que es la devota promotora y patrona de la caza, aunque ya no con arco y venablos tachonados de lunas crecientes de argénteo fulgor y ni para la subsistencia, sino con fusiles de alto poder y para el simple placer inútil, derrochador y muy burgués. Y otra vez como Artemisa, Lucerito ya tiene a su pareja inseparable en la caza, a su gran cazador Orión - su pareja actual -.

¿Y qué habrían opinado los pensadores griegos del escándalo de Lucerito?

- ¿Mató Lucerito a la réplica inexacta, corpórea y material, de la cabra montaraz, o mató a la idea correspondiente? - preguntaría Platón con mirada muy interrogativa al reportero que le ha tratado de sacar su opinión en torno a este escándalo -. Porque si la mujer atentó contra la idea, el asunto ya es grave, créamelo. Se trata de la esencia de la cabra, que solo es Una. ¡ Y eso no lo podemos permitir, joven !

- Mató a la réplica corpórea, por supuesto - respondería el reportero sin mediar duda -.

- ¡ Bah, minucias !...¡ Asunto sin importancia !...Si es así, entonces por mí la Lucero puede matar a cuantas réplicas de cabra montaraz quiera...- respondería Platón para luego interrogar -: Por cierto: ¿Ha oído hablar de los sólidos convexos, amiguito?

El que sí hubiera puesto el grito en el cielo es Pitágoras:

- ¡ Pecado...Ignominia...Bajeza...! - gritaría Pitágoras frente al reportero -. ¿Nadie le ha informado a esta mujer que es posible haya matado a alguno de sus antepasados?...Mas debo confesar que no me extraña de esta mujer. Su mal conducta es de vieja data. Me he enterado antes que sufre de un severo problema de gases, y eso no tiene otra causa que la ingesta de gramíneas explosivas, que es un pecado, ¡ y muy crecido, amiguito !

Claro. Tiene razón Pitas. Y por supuesto que Pitágoras hubiera juzgado de esta manera atendiendo a las exigencias de su dogma de la reencarnación de las almas y la ingesta de alimentos ordenada religiosamente, no por otra cosa. Pitágoras era dogmático, pero no un ignorante.

De Aristóteles no podríamos esperar otra cosa que juicios muy analíticos y calmos en este asunto de Lucero, en un tono muy semejante a un hombre moderno cuerdo y sensato. Así, pues, le puedo asegurar que Ari trataría esta cuestión más o menos en los siguientes términos y sin caer jamás en escándalos anticipadamente:

- A ver, vayamos por partes - le diría Ari al reportero -. Me dice usted que Lucerito, o la nueva Artemisa teletónica de Televisa, masacró a una cabra montaraz con arma de fuego por fines placenteros relacionados a su deporte favorito, que no es sino la cacería...

- Ajá - diría el reportero -.

-...pila bautismal deportiva en la que Lucerito fue infusionada devotamente por su nuevo y reluciente Orión - agregaría Ari refiriéndose al novio de Lucero, para luego agregar con su habitual tono docto lo siguiente -: ¡ Siiiin embargo !, me interesa saber algo antes de emitir un juicio. Así que dígame algo, jovencito: ¿Este deporte le está reportando algún placer benéfico a Lucerito o no? Y si le está reportando algún placer benéfico, ¿se ha excedido en el mismo o no? ¿Sabe usted, por ventura, cuántas cabras montaraces ha masacrado Lucerito hasta la fecha y cuántas hay en este mundo?

Asunto muy peliagudo de resolver, ¿no le parece? Sin embargo, le aseguro que si el reportero le aclara a Aristóteles que Lucerito masacró a un animal cuya especie es rara o que está al menos cerca de la extinción - no en vías de, creo -, entonces sí que el Filósofo montaría en escándalo y reprendería severamente a Lucerito. Y la verdad es que no se podría esperar otra cosa de un genio de la razón calculadora para el cual las matemáticas y los números eran instrumentos de primer orden en el conocer y el juzgar. Cierto, le aseguro que para él, para Ari, ningún placer podría justificar la muerte de un animal cuyos números como especie son críticos para su persistencia en la vida.

Además del extraordinario empalme que se ha dado entre Lucerito y su novio con la pareja inseparable de Artemisa y Orión en la mitología griega a raíz de este escándalo ya internacional, me ha llamado mucho la atención este asunto por las razones que a continuación comento.

Sinceramente, creo que es bastante cuestionable que se critique a la nueva Artemisa de Televisa, Lucerito, por su devoción al deporte de la caza asumiendo el purismo extremeño muy típico de los dogmáticos de la promoción a la vida y la negación de la muerte en la naturaleza. Esto, porque sería inconsecuente que critiquemos a Lucero en ese plano siendo que, en esencia, todos promovemos la muerte de especies vegetales y animales directa o indirectamente con nuestros hábitos de consumo y producción; hábitos que, por cierto, suelen ir mucho más allá de nuestras necesidades de sobrevivencia. Y debemos asumir esta realidad hasta las últimas consecuencias, tal como hacían los viejos griegos. ¿Se ha preguntado cuántas criaturas en riesgo de extinción matamos al mes con ciertos patrones de consumo que nos reportan placeres inútiles y de los que no prescindimos pudiendo hacerlo sin menoscabo de nuestro nivel de vida? Le aseguro que si hacemos una cuenta de este asunto, el balance es catastrófico para la mayoría. Y le aclaro que no estoy haciendo una defensa de Lucero. No, para nada. No pretendo eso. Solo me estoy ciñendo a la realidad.

Pero con excepción hecha de esa situación especial señalada arriba, es claro que Lucerito no tiene justificación alguna por cualquier lado que se vea el asunto.  De entrada, y solo para abrir boca, una cosa es la promoción indirecta de la muerte de especies vegetales y animales en virtud de nuestras necesidades de consumo de sobrevivencia, a veces impuestas por la educación de manera casi instintiva, y otra cosa es la promoción directa, consciente y deliberada de la muerte de animales por un simple placer inútil, como puede ser la cacería, el deporte de la nueva Artemisa de Televisa - Lucerito - y su refulgente y jactancioso Orión. Pero el asunto se agrava contra Lucerito si es el caso que esta mujer está dirigiendo sus instintos demostradamente predadores hacia animales raros o en el filo de la extinción. Y por si faltara poco, agregue luego como agravante adicional contra Lucerito el hecho de que ella está conscientemente inserta en un proceso empresarial de Televisa donde en teoría se busca propulsar la vida y su perfeccionamiento, algo completamente opuesto al fin propio de una actividad predadora inútil como es la cacería deportiva.

Si Lucerito se da a la tarea de aclarar paradas en este asunto, espero que su dispensa o defensa sea inteligente, sesuda. En cuanto a las causas que decantaron a Lucerito en el abismo de este tremebundo y rebuznante oficio predador como es la cacería inútil, sería absurdo que esta mujer luego arguyera que se ha convertido en la nueva Artemisa de Televisa por incitación incorrecta de su Orión. Esto jamás podría ser aceptado como excusa porque estamos hablando, no de una niña Artemisa que está sentada en las piernas de su padre Zeus planteando a éste sus muchos deseos, como el ser la diosa de la caza, sino de una mujer casi cincuentona y ya muy hecha. Y mucho menos creíble sería el argumento de la utilidad espiritual del deporte de la cacería - si es que este deporte predador e inútil reporta algún beneficio de esta especie -, toda vez que estamos en un mundo donde la gama de actividades de tiempo libre para la edificación y calma del espíritu son tan variadas que incluyen multitud de ellas que son al menos inocuas para la vida, como son: jugar ajedrez, damas chinas o hasta matatena, ¡ o qué diablos sé yo !

Ahora bien, le confieso que no creo que la crítica y befa pública que se ha desatado con este asunto del escándalo de Lucerito estén fundadas en una preocupación legítima de la gente por la vida de la cabra montaraz de marras. Podría apostar que a la mayoría de la gente que se ha sumado a esto le tiene sin mayor cuidado lo que le haya pasado a la infeliz cabra. Creo, en cambio, que esto más bien es una expresión espontánea de algo más importante que se mueve en la razón colectiva de nuestro mundo civil, que ya vimos antes en el caso Laura Bozzo, y que aflora de manera inconsciente, muda, tras el falso escenario de las reprochables actividades predadoras de Lucerito: Me refiero al hartazgo y la rabia del grueso de los mexicanos con respecto a una empresa como Televisa que hasta ahora se ha expuesto pública y descaradamente como autora de una larga y muy dañosa cadena de delitos contra la sociedad civil: Mentira, terrorismo mediático, Intromisión en procesos electorales, imposición de candidatos, rapiña sobre la tragedia y la miseria humanas, evasión de impuestos, por señalar solo algunos de los eslabones más sonados en la ya muy larga carrera delictiva de Televisa. En efecto, me queda claro que el grueso de los mexicanos está haciendo befa pública de Lucerito, no porque ellos se crean dueños de alguna fortaleza moral que los eleve como intachables y consecuentes promotores de la vida - estoy cierto de que, en esto, la mayoría de los mexicanos se asumen con todo realismo como estando en un término medio tolerable -, sino porque esta mujer, Artemisa o Lucerito, como quiera llamarla, y para desgracia de ella, es parte central de uno de los expedientes más importantes y detestables en la carrera delictiva de Televisa: El uso de algunos seres humanos caídos en lamentable desgracia - los niños enfermos o deficientes del Teletón - para sacar buen partido en favor de las utilidades y de la imagen de la empresa.

Lucerito es una mujer madura, ya muy hecha. Así, pues, creo que está en perfectas condiciones de comprender que está sufriendo las consecuencias desastrosas de prestarse a uno de los peores juegos inmorales de su empresa en un entorno civil donde la misma ya no goza de credibilidad y de veracidad hasta el grado de hacerse amplia sospechosa de los mayores delitos contra la nación. Y debe saber, además, que jamás podrá llamarse "usada" porque se trata de un juego perverso que a ella también le ha reportado muchas y muy crecidas ventajas profesionales desde tiempo ha entre la turba de mexicanos ignorantes que permanecen atrapados en el cepo de la tutela mental de Televisa.

Con sinceridad, pongo mi deseo honesto en que Lucerito saque provecho de esta lección de vida para que le reporte mejoras de vida; entre ellas, la resolución definitiva de por fin someter sus instintos predadores al fin supremo de promover la vida para luego expresar públicamente un rotundo y definitivo: Adiós a las armas. Pero para esto, es preciso que ella asuma a esta befa pública como se debe: con la actitud que reconoce en ésta a un excelente corrector de conductas desviadas respecto del verdadero deber ser. Sin embargo, aclárese a Lucerito que su mejora no será posible si antes no se cerciora de la verdad o falsedad de la locuaz tesis de su compañero Carlos Loret de Mola en este escándalo para luego tomar cartas en el asunto de ser necesario. Y es que de ser cierta la locuaz tesis de Loret de Mola en el sentido de que todo ha decantado de un complot de Slim contra Televisa, luego la mejora de Lucerito no será posible si antes no solicita a Gea que suelte al gran escorpión para que por fin dé cuenta de su Orión de una vez y para siempre, sobre todo si éste empieza a jactarse de ser el mejor cazador del mundo puesto que ha dado cuenta, no de una simple y barbuda cabra montaraz, sino de la misma Lucero, la Artemisa de Televisa y diosa patrona de la cacería más inútil y derrochadora de que se tenga memoria: la del simple placer con aire aristocrático.

Con todo, confieso que no creo que la befa pública ayude para que Lucerito abandone por fin su complicidad con la actividad predadora de la cacería porque no creo que ella abandone a su Orión, y menos creo que éste abandone su esclavitud respecto de la cacería inútil. Digo esto porque la realidad de este país nos ha enseñado que el dinero en abundancia da derecho pleno a lo que sea, incluyendo matar animales por un simple y muy inútil placer y sin correr el riesgo del castigo moral, y que el deseo incontrolable del dinero le da a otros y a otras la completa justificación para condescender con los actos reprochables de quienes poseen dinero en abundancia. Y la Artemisa de Televisa, Lucerito, y su refulgente y áureo Orión, son la muestra rotunda de esta cruel e inútil realidad.

Buen día.

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