Reforma energética y la gran subasta del país.

Aquella sala estaba colmada por una penumbra espesa apenas rota por un haz cónico de luz que rodaba desde una lámpara ubicada al centro del lugar y que pendía desde el techo. Al centro de todo, aprisionada por el haz de luz, una mujer puesta en pie, completamente desnuda, con sus cabellos negros sueltos y desordenados que, de largos, cubrían toda su espalda hasta acariciar el filo de las nalgas. Estaba atada de las manos y su aspecto general era deplorable, lastimoso. Se dejaba ver con facilidad que había sido sometida a maltrato severo y hambruna desde tiempo ha. Pero algunos rastros de gloria casi enmudecida por la miseria permanecían ahí, aferrados a su cuerpo que, como indicios píticos, permitían imaginar que, alguna vez, esa mujer había sido dueña de una belleza notable, abundante y generosa. Mas lo cierto es que, a ese momento, esa mujer ya era solo un montón de carne floja, lastimada y visiblemente  apergaminada que dejaba notar por palmos aislados en su cuerpo las protuberancias de la osamenta que la sostenía con mucha dificultad. En torno a la mujer, y abismados en la penumbra espesa, dos grupos de sujetos. Por un lado, una piara - manada de cerdos - regenteada por un cerdo colosal de piel tan negra como el petróleo crudo; por el otro lado, una turba de notables que, por esos tiempos, daban cuerpo a la corte del rey. Todos mordisqueaban al tiempo observando admirados a la mujer silente bajo el haz de luz y cruzando comentarios curiosos sobre ella con el vecino más próximo. Y entre aquel mar de murmullos amortiguados, la mujer permanecía en pie, inmutable, con su rostro mestizo vestido de un gesto de dignidad que se sostenía con la rúbrica de una nariz ligeramente levantada al aire con mucha dificultad. Pero era evidente que aquel aire de magnanimidad en el rostro de la mujer se sostenía a duras penas, de tal modo que se podía adivinar en las ocasionales muecas de su rostro que los diques de su esfuerzo por rescatar el resto de dignidad estaban por ceder a los embates del dolor y al llanto contenidos.

Desde aquella sala se podían escuchar los ruidos de las centenas de legisladores que permanecían en el auditorio contiguo en espera de lo que se acordara en aquella sala para entrar en acción. Había pasado ya un largo tiempo de espera y el barullo de la ansiedad entre los legisladores se había acrecido a más y mejor, de tal forma que los ocupantes de la sala podían escuchar los bramidos lujuriosos y los pataleos acompasados de protesta para apurar las cosas que se decantaban desde aquel lugar. Y de pronto, el ligero murmullo de la sala fue roto por la irrupción de una voz cavernosa que manaba de las jetas húmedas y mocosas del gran cerdo que lideraba a la piara, y que se refería a la corte del rey...

- ¿Escuchan esos bramidos y pataleos que se desprenden desde el auditorio? Parece que sus camaradas en el auditorio van muy a tono con nuestra ansiedad por cerrar el importante negocio que nos ha traído aquí, caballeros...¿Escuchan?...Aaaaah, es poderosa la codicia. ¡ Mueve montañas y dobla al acero más fino !....
¿No hay en esta sala alguien que pueda apurar al rey para que se presente en el acto?...El tiempo apremia...

Y fue tal como si las palabras del cerdo hubieran invocado a los hados de la oportunidad, porque en ese instante se abrió una puerta trasera de la sala entre un ligero rechinar de goznes dando paso al mismo rey en persona. En efecto, de entre la penumbra de aquel umbral emergió un hombre de pequeña materia seguido por un austero séquito conformado por cuatro alabarderos y cuatro personajes principales: Los dos líderes camarales del partido del rey, el legislador encargado de la comisión de energía de la cámara, y el ministro del tesoro, quien llevaba en su mano un libraco polvoso. El rey fue avanzando al frente de su corte como pasando revista en silencio y sin perder su escaso continente y su carácter regio. A cada paso el rey repartía ligeros y muy discretos cabeceos de arriba abajo para no arriesgar la caída de su corona, que era ingente por cierto, como dando gracias y potestades cuyo premio menor fue no menos de un alguacilato de mala muerte en el reino. En correspondencia, los miembros de su corte le entregaban caravanas rellenas hasta el cuello de grande elegancia y gracias caballerescas.

- Excelencia - decía cada vasallo con voz suave y adulcorada a su rey haciendo un caravana que postraba la cabeza desnuda...a veces calva  -.

- Señor ministro - correspondió el rey al ministro de Calzones y Pantaletas regias -

Y así lo hizo el rey con cada uno de sus ministros: El de Etiqueta y Buena Mesa, el de Banquetes, el de Pelucas y Afeites, el de Saleros y Especieros, el de Armaduras y Escuderías, los peleles que regenteaban algunos principados, como el de Chiapas, y con el otro y el otro y el otro...Y cuando al fin el rey terminó sus salutaciones regias, y cuando ya se había puesto en pie junto a la mujer desnuda, bajo el mismo haz de luz cónico...

- Celebro que por fin estés con nosotros, excelencia - dijo el cerdo mayor dando un ligero cabeceo en señal de respetuoso saludo -.

- No estoy muy contento con su comportamiento, señor cerdo - atravesó el rey con gesto de duce severidad -.

- ¿Excelencia? - inquirió el cerdo aguantando la risa -.

- No entiendo el ansia que les muerde la voluntad, caballero - respondió el rey -.

- No entiendo.

- Mis vasallos me han estado apremiando a presentarme en este lugar por tus insistentes solicitudes - aclaró el rey -. Por acceder en un gesto de buena educación y buen gusto, he tenido que suspender actos protocolarios de suma importancia para mi reino. Además - añadió el rey para referirse a la mujer -,  me parece que no hay razón para esto toda vez que la sustancia de nuestro negocio siempre ha estado aquí, frente a los ojos de todos los circunstantes.

- Ya lo puedo ver, excelencia - dijo el cerdo mayor -. Y esto deja clara constancia de que has cumplido con tu palabra al pie de la letra.

- Y bien, ya lo has dicho tú mismo: Aquí la tienes a tu disposición - dijo el rey -. Todo se ha consumado, amigo mío.

- No adelantes vísperas, excelencia, porque hasta ahora nada se ha consumado - corrigió el cerdo -. Es preciso antes que procedas a ordenar la votación favorable a nuestro pacto secreto en el auditorio que ya aguarda impaciente, como bien puedes constatar por el barullo que lastima nuestros oídos.

- Minucias, frioleras - dijo el rey dando un chasquido de dedos -.

- Minucias o no, solo hasta entonces podremos llevar con nosotros a esta mujer y entregar el monto acordado.

- No comas ansias, amigo mío - atravesó el rey mientras empezaba a dar algunas vueltas en torno a la mujer revisándola con los ojos de arriba abajo -. Antes es preciso que se te dé un pequeño informe de la situación a fin de que lo transmitas al Gran Cerdo Negro. No deseo malentendidos en lo que viene después.

- Somos todo oídos en la piara, excelencia - dijo el cerdo mayor -.                                                

- Ministro... - llamó el rey al ministro del libraco, y éste se adelantó a dar informe a la piara abriendo su libro -.

- Como podrán ver enseguida, caballeros - dijo el ministro con su habitual tono docto -, son muchas las bondades de nuestros logros. Hago el recuento enseguida si la impaciencia no los come como hasta ahora...Veamos - expresa el ministro hojeando su libraco rápidamente -...Sí, aquí está: Capítulo primero...De entrada, se ha instrumentado una reforma laboral que permitirá la fácil explotación de esta mujer y de sus hijos más ordinarios hasta las últimas consecuencias...

A medida que el ministro avanzaba en su informe pormenorizado de los logros reformatorios del rey, los sujetos de la piara prorrumpían en sonoras carcajadas cuando aquél alcanzaba los giros retóricos donde se detallaban las trampas atravesadas contra los habitantes del reino. Y aunque aquel jocundo festejo de los cerdos no dejaba de molestar al rey y a su corte, especialmente al ministro informante, quien se sentía befado por la piara, se impuso la tolerancia en la parte ofendida atendiendo siempre a la conciencia clara de ser la parte flaca de la cuerda en aquel negocio. Pero lo peor vino al final del informe porque fue ahí cuando la piara entró al paroxismo de las jocundas risotadas. Y el cerdo mayor dijo lo siguiente enjugándose las lágrimas con un pañuelo y conteniendo la risa a duras penas.

- Jajajajajajajajajaja...¡ Aaaay, Dios mío !...¡ Cómo me han hecho reír, muchachos !...¡ En verdad que son una partida de grandes mentirosos !...Me ha encantado esa parte de los nuevos impuestos al capital...Jajajajajajajajajaajajaja...

- ¿A qué te refieres, señor? - preguntó el ministro -.

- ¡ Vamos, muchacho ! Hablo de esa parte del impuesto que no será impuesto para esos mismos, pero que sí será impuesto para los otros sin que se den cuenta, y bla y bla y bla...Jajajajajajajajajaja...

- Ya entiendo - dijo el ministro con un gesto de satisfacción -. Y así es: Aplicaremos un impuesto al capital privado para contentar al populacho, pero ese impuesto será trasladado por ustedes y demás capitalistas a los consumidores vía precios de mercancías y servicios. Y esto, amigo mío, es equivalente a un IVA camuflado que castiga a los trabajadores, que son el populacho explotable. Y como ya puede inferir su excelencia, en el río revuelto de la economía es prácticamente imposible que la trampa se descubra, de tal forma que los castigados no sabrán que han sido los castigados y seguirán creyendo que los castigados son ustedes, los ricos. 

- ¿Lo ven? - dijo el cerdo a sus compañeros de piara -. ¿Habéis visto en vuestra vida a mayor truhán que este señor ministro?

La piara prorrumpió en atronadora carcajada.

- El populacho es tan ignorante, excelencia... - agregó el ministro para arreciar la tormenta de carcajadas -.

- ¡ Remisos sois en lo cómico ! - gritó otro de los cerdos para aplacar las risotadas -.

- Explícate, hermano cerdo - dijo el cerdo mayor enjugando las copiosas lágrimas -.

- Si mal no recuerdo - aclaró el cerdo -, la más corrosiva jugarreta de estos gandules ha estado en eso de la reforma energética...¿Lo recuerdan?

Los sujetos de la piara sacuden la cabeza negativamente.

- Me refiero a eso de la privatización que sí es privatización pero que estos gandules dicen que no es privatización...

- ¡ Cierto ! - dice otro cerdo por allá -.

- Repite una mentira mil veces, y ésta se hará verdad en el populacho - aclaró el ministro -.

- Concedo en esa máxima, señor ministro - atajó el cerdo mayor -. Pero hay que decir que tiene límites más allá de los cuales es imposible persuadir al populacho. Y sucede que este caso es uno de esos imposibles: 
¿Cómo persuadir a alguien de que la venta evidente de esta mujer no es una venta?...¿Se puede cree que los habitantes de este reino sean tan estúpidos como para tragarse ese cuento falaz?

- ¡ Cómico ! - confirma el cerdo que habló antes -.

La piara se decanta de nuevo en una tormenta de carcajadas. El cerdo mayor habla de nuevo:

- Pero no vayáis tan rápido, hermanos cerdos, que viene lo mejor de la risa. Estad atentos y escuchad...A ver, tú, señor legislador - dijo el cerdo mayor señalando con su índice a uno de los del séquito del rey, el encargado de la comisión de energía en la cámara -.

- ¿Es a mí, señor? - preguntó el legislador muy extrañado -.

- Sí, me refiero a ti, muchacho...A ver, vamos, decid a mis compañeros lo que respondiste al populacho cuando se tiraba de los cabellos pidiendo consulta popular para decidir el destino de esta pobre mujer...Escuchad atentos lo que viene, camaradas...

- No hay tiempo - respondió el legislador muy lacónico -.

Las carcajadas de la piara se dejaban caer en la sala como una catarata atronadora.

- ¿Escucharon eso? - dijo el cerdo mayor -. Y como no había tiempo, los gandules se convirtieron de supuestos demócratas en tiranos...¡ He aquí al reino de México bajo el gobierno de un pequeño tirano y su junta de déspotas avasallados !

Las carcajadas de la piara hacían retemblar la lámpara que pendía sobre la cabeza de aquella mujer.

- Esto ha ido demasiado lejos, señor cerdo - atravesó el rey muy irritado -. ¡ Elevaré una airada queja ante el Gran Cerdo Negro !

Se hizo el silencio y éste fue roto con una expresión de miedo muy teatral en labios del cerdo mayor...

- ¡ Ooooooooooooooh, perdóoooon, su majestad !...¿Podrías señalar mi error a fin de que adelante mis disculpas más encarecidas a tu majestad y no perturbes la paz augusta de nuestro Gran Cerdo Negro?

- Has dado al clavo, señor cerdo: Exijo una disculpa al instante - dijo el rey inflando su pequeño continente -.

- ¿Motivo? - inquirió el cerdo aguantando la risa -.

- Me estás señalando como tirano cuando está demostrado que yo soy un político demócrata - respondió el rey -.

- ¿Sabes lo que es un tirano, excelencia? - preguntó el cerdo mayor -.

- Mmmmmmmh...claro que sí...lo sé...lo sé...pero entenderás que no estoy para preguntas - respondió el rey nerviosamente -.

- Como ya sé que las preguntas se te complican al grado de que incurres en la audacia de inventar títulos de libros y sus lecturas imaginarias, te ayudaré, amigo mío - dijo el cerdo mayor -. Un tirano, excelencia, es aquel político que busca someter a la voluntad general de su pueblo a su voluntad personal absoluta y a sus deseos arbitrarios. Los hechos y tu mismo discurso en este negocio que nos ocupa ponen en evidencia irrefutable que tú y tus vasallos han cometido semejante pecado de arbitrariedad. Y eso, amigo mío, te condena a la condición de tirano y a estos hombres que te sirven a la de vasallos. Así que ningún título civil se aviene tan bien a ti como el de rey. Esta es la verdad, así tires de coces.

Silencio en la sala. Solo se escucha el aleteo de un enjambre pertinaz de moscas que ronda en círculos la corona del rey.

- Bien sabes que lo hago por el bien del populacho...

Las carcajadas de la piara rompen la paz augusta de la sala.

- ¡ Rían hasta morir si así les place, cerdos !...¡ Rían, porque es la verdad !...¡ El populacho no sabe gobernarse !...¡ Yo sí que sé lo que les conviene !...

Las carcajadas de la piara hacen retemblar la corona del rey.

- Así que al menos reconocerás que soy un buen tirano, ¡ de excelencia !

- También entre los tiranos hay jerarquías, excelencia - atravesó el cerdo mayor -. Los hay sabios y los hay ignorantes. Los sabios son aquellos que tienen certezas claras en torno a lo que conviene a su pueblo, y los ignorantes son aquellos que, ignorando todo en cuanto a la verdad de la felicidad de su pueblo, se dejan arrastrar al mismo tiempo por la pasión y los deseos personales. Hay también tiranos valientes y tiranos cobardes. Los valientes son aquellos que aceptan y declaran sin ambages su inclinación a someter al pueblo a su voluntad absoluta y a su caprichoso deseo, en tanto que los cobardes son aquellos que se ocultan en la mentira para poner en acto semejantes propósitos. Y ustedes, excelencia, no pertenecen a la casta de los tiranos sabios y valientes.

- ¡ Me insultas, señor cerdo ! - gritó el rey furibundo espantando el enjambre de moscas de su corona -.

- Yo no soy el populacho, excelencia - aclaró el cerdo mayor -. No es necesario que finjas demencia en este negocio cuyos móviles, está visto por las palabras y los hechos, no están en la felicidad de tu pueblo, sino en la tuya, la de tus vasallos y la nuestra. Pero como mi interés aquí es que este negocio prospere a la brevedad posible, y no la naturaleza de tu reino imaginario, adelanto una disculpa por lo que he dicho antes, si así te place...

Silencio absoluto en la sala. El rey permanece con su gesto de irritación, con los brazos cruzados y tamborileando el piso con su zapatilla puntiagudas de gamuza fina.

- Así que corrijo mis palabras, excelencia - prosigue el cerdo mayor conteniendo la risa a duras penas -. Si te he llamado tirano a secas, en este momento te reconozco como tirano sabio y valiente.

El rey se da por satisfecho con voluntad cuesta arriba y, después de soltar un hondo suspiro, dice...

- Bien, como ya habrás atestiguado, maese cerdo, hemos cumplido con creces con la parte que nos ha tocado en el pacto que acordamos tiempo ha con el Gran Cerdo Negro. El resultado es que se han acomodado las cosas de tal forma que será posible para ustedes explotar a sus anchas y a placer a esta mujer y a sus hijos más ordinarios...

- ¡ Bonísimo ! - se congratula el cerdo dando un beso a las puntas de sus dedos -.

- ...lo cual, ¡ indudablemente ! - prosigue el rey -, irá en gran bonanza de sus ya muy gordas alforjas.

- Y las vuestras, excelencia - corrige el lector -.

- Yo no estaría tan seguro de eso, amigo cerdo - aclara el rey -.

- ¿A qué te refieres, excelencia?

- A mis alforjas y las de mis vasallos - responde el rey -.

- No te entiendo, señor -. insiste el cerdo mayor -.

- Supongo que habrás notado que en el informe del ministro hay por ahí algunos "apartadillos" contables que demuestran que mis costos se fueron mucho más allá de lo previsto en el pacto original - respondió el rey -.

- ¿Qué tratas de decir? - inquirió el cerdo con mirada interrogativa -.

- Lo que quiero decir es muy sencillo, maese cerdo - aclaró el rey con aplomo -: Que esta aventura ha reportado grandes costos a mi legitimidad, amigo mío. Supongo que no están ausentes de las cosas horribles que se dicen de mí en la calle en boca del hediondo populacho. ¡ Y eso, amigo mío !, no lo puedo sufrir sin gozar de compensación justa.  

- Razones hay de sobra, excelencia - aclara el cerdo conteniendo la risa a duras penas -. No puedes ocultar que han cometido más pecados y delitos que los que fueron cumplidos en toda la historia completa de Sodoma y Gomorra, y han tejido las más grandes mentiras de que se tenga memoria desde tiempos del genial Tartufo...

Las carcajadas de la piara no se hacen esperar.

- ¡ Siiiiiin embargo ! - atajó el rey -, y como ya bien te consta, no ha quedado rastro de delito o pecado alguno. Y si las mentiras que hemos espetado no son creíbles para nadie, si mueven a risa por su absurdidad, como sucede en este momento con ustedes, a cambio va que ninguno de esos incrédulos ordinarios del pueblo se atreve siquiera a levantar un dedo contra nosotros paralizados por la cobardía. Y todo esto, ¡ señor mío !, ya los has dicho con tus propios labios, se debe a nuestra grade inteligencia y a sus audacias.

Las carcajadas de la piara continúan a más y mejor y en muy buena copia.

- Así que, señores míos - prosigue el rey -, y pese a sus carcajadas, lamento mucho tener que decirles que he determinado que los montos monetarios de la transacción acordada no alcanzan a compensar ni un celemín del costo real que esto me ha reportado.

Y fue que las anchurosas palabras del rey terminaron por echar un balde agua fría en las carcajadas de la piara.  

- ¿Que tratas de decir, excelencia? - peguntó el cerdo mayor con una mirada fulminante -.

- Si son sensatos y justos - respondió el rey -, estarán de acuerdo que merecemos una compensación mayor que la acordada de inicio. Los costos y riesgos imprevistos, y que son bastante crecidos, bien lo merecen.  
Al punto retornaron las carcajadas de la piara infernal y, como al rey esto lo insultaba en su majestad, atravesó en tono irritado la siguiente espina...

- No me gustaría verme precisado a tener que romper el trato para retornar a esta mujer a su lugar de origen. Aunque esto me ganaría de nuevo el amor de mis súbditos, confieso que me dolería porque significaría un tremendo derroche de inteligencia y esfuerzo de mi parte.

Y es así que la piara infernal ya va trocando la carcajada loca en murmullo que consulta, calcula, delibera, para luego espetar en silencio y muy excitada lo siguiente en las jetas espumosas del cerdo mayor...

- Bien, ya veo que su excelencia desea jugar una partida de ajedrez para sacar buen partido de esto. Aunque no sé ni jota de este juego, y lo aclaro, estoy dispuesto a jugarla. Pero antes me gustaría hacer algunas "aclaraciones" como preliminares de la partida.

El rey concedió con su silencio, y el gran cerdo habló en el siguiente tenor:

- Pido disculpas por lo que he de decir enseguida, excelencia, pero es preciso hacerlo para poner orden en la casa. Y empiezo por decirte que mucho me temo que ustedes han perdido todo contacto con la realidad.

- ¿Insinúas que hemos enloquecido? - inquiere el rey escandalizado, con los brazos cruzados y arreciando el tamborileo de su pie sobre el piso -.

- De pronto, parece que la realidad de su condición en este negocio se ha esfumado del acervo de memoria que guardan en la cabeza, caballeros. Así que me veo obligado a recordarles que están aquí jugando este papel en la política de su país porque así lo hemos querido nosotros con la vista puesta en este negocio que se ha de concluir para nuestro beneficio así tiren de coces.

- ¡ Mida sus palabras, cerdo mío ! - atravesó el rey muy indignado -. ¡ ¿Por quién me ha tomado ? !...¡ ¿Una cosa? !

- ¿Acaso creen que están aquí por su inteligencia y por su cara bonita? - dijo el cerdo arrancando las risotadas de la piara y pasando por alto las irritaciones y los pruritos cortesanos del rey  -.

- ¡ Su lengua lastima mi dignidad, amigo cerdo ! ¡ Una vez más le digo que usted no me justiprecia en mis virtudes ! - vuelve a atravesar el rey con grave indignación -.

- No, no es así, caballeros - continuó el cerdo -. Están aquí porque, como bien deben recordar, nosotros compramos el poder del Estado saciando el hambre de los miserables de este país durante la campaña, y porque así lo hemos querido nosotros...

- ¡ Me insulta, cerdo mío ! - exclamó el rey alzando su cetro -. ¡ Elevaré una queja al Gran Cerdo Negro !

- Aguarda, rey, aplaca tus iras que todavía no termino - insiste el gran cerdo -. Por otro lado, que yo recuerde, ¡ y créanme esto, por dios !, debo decirles que no recuerdo haber visto socios más torpes en toda la sempiterna historia de nuestros saqueos...

- Ahora resulta que la montaña de éxitos en el informe de mi ministro te han pasado en blanco - expresa el rey irritado -.

- Y es que han dejado tanto estiércol detrás de sus delitos y mentiras que hasta un ciego podría haberlos acusado con justicia de cuanto delito se le ocurrieran - prosigue el cerdo mayor -. Y si eso no sucedió, si han quedado impunes hasta ahora, no ha sido por su jocunda inteligencia, sino por nuestras buenas artes financieras con aquellos que podrían ponerlos a merced del implacable martillo de la ley en una sociedad justa, que no es la suya. ¿Desean acaso que les recuerde uno a uno los montones de estiércol que fueron dejando en el camino y que solo se disiparon en la nada por el dinero de nuestras arcas que ganaron el silencio ignominioso de los medios y la gracia retorcida de la ley? ¿Acaso han olvidado la palabra Monex? ¿Y qué me dicen de algo que suena a Soriana? ¿Qué de los jueces venales que juzgaron a su favor no obstante tener frente a sí mismos montañas de delitos en sus manos sucias? ¿Lo recuerdas, rey? ¿Lo recuerdas, genio del libraco? ¿Y qué me dicen del estúpido juego verbal del impuesto que no es impuesto y de la privatización que no es privatización? ¿Acaso creen que hay un niño inocente que pueda creer semejantes idioteces que manan de sus labios? ¿Acaso creen que si nosotros dejásemos libres a los medios éstos no los acabarían por completo hasta no dejar de ustedes más que un miserable montón de escombros coronado con un rótulo cuyo único epígrafe sería: "Aquí yace una gran partida de delincuentes y mentirosos"?

- Pero... - balbuceó el rey nerviosamente -.

- Te repito, excelencia: Parece que han olvidado su condición imperada en este negocio. Los insto, pues, a que recobren la cordura para que no tienten a la ira del Gran Cerdo Negro, nuestro amo supremo, porque vuestro país podría verse consumido en las llamas de la peor violencia inducida...¿Sabes de lo que hablo, tirano? ¿Te suenan a algo las palabras de Siria y Línea Roja?

A esas alturas la sala se ha inundado de un silencio sepulcral. El rey se aprieta los pantaloncillos a la Cortés para luego dar algunas vueltas en torno a la mujer, quien ha permanecida impávida escuchando aquel diálogo. Y luego de parar sus rondas elípticas, el rey exclama lo siguiente con muy fingida teatralidad:

- ¡ Por Dios, amigos cerdos ! Está visto que ustedes no aguantan una broma, ¿verdad?

Las carcajadas inundan a la piara de nuevo. Mas el escándalo de carnaval se aplaca en cuanto el cerdo negro retoma la palabra para decir lo siguiente:

- Hablas con sabiduría, excelencia. Me alegro que estés dispuesto a cerrar el trato en los términos convenidos tiempo ha. El Gran Cerdo Negro agradecerá tu lealtad que honra tu palabra empeñada.

- Bien, amigos míos, ¿ y qué esperamos? - dijo el rey con una gran sonrisa -. 

- Tu voz es mandato - dijo el cerdo mayor -.

- Supongo que lo mejor es que nuestro ministro del libraco haga una demostración de lo que estamos entregando a los señores cerdos.

El ministro del libraco se adelanto hacia la mujer para acomodarla de tal forma que le facilitara la demostración. Acto seguido se arremango y empezó su discurso de entrega diciendo lo siguiente:

- Bien, caballeros, hago entrega formal de esta mujer. Estamos viendo a una mercancía de primera calidad, muy bajo costo, altamente rentable y en completa disposición de ser explotada hasta las últimas consecuencias para acrecentar sus ganancias a placer según dictan las reglas del libre mercado. Su nombre es México y ...

Y mientras el ministro prosigue con su demostración, aquella mujer contiene el dolor de aquella humillación infligida con voluntad estoica. Con todo, y a pesar de su voluntad de acero, los bellos ojos de almendra se le colman de un brillo acuoso que ya está a punto de rebasar los diques de sus párpados temblorosos con una tormenta de lágrimas.

- Muy buenas nalgas - prosigue el ministro palmoteando ruidosamente las nalgas de la mujer -: Firmes, macizas...Muslos fuertes y bellos, como esculpidos por el  mismo Dédalo...¿Podéis verlos, caballeros? ¿No son acaso un bendito primor?...Bien parida, pero harto fértil. Así que, con la debida precaución y tiento, pueden follarla a placer, a vuestras anchas. Les garantizo que ella se portará siempre sumisa y muda sin importar cuántas veces la follen contra su voluntad...

Las carcajadas de la piara infernal no se hacen esperar.

- Bien se ve por tus palabras que estáis bien entrenado en eso de follar a esta mujer, ministro - atraviesa el cerdo mayor para avispar las carcajadas de la piara -.

El ministro guarda silencio.

- Vamos, muchacho. ¡ Habla sin tapujos! Bien sabemos que las has follado como loco.

- Lo cierto es que no puedo quejarme de esta mujer - confirma el ministro con una sonrisa amortiguada -.

- Placer infinito y gratuito, ¿no es así? - insiste el cerdo -.

- ¡ Oooooh, excelencia ! - exclama emocionado el ministro -. ¿Qué puede decirte a este respecto un pobre y humilde ministro como yo?...Pero doy satisfacción a tu pregunta: Mi experiencia me dice que es un primor en la follada.

- Nadie le hace el feo al placer gratuito, amigo mío - agregó el cerdo -.

- Y a raudales, señor mío - agregó el ministro -. Una verdadera experta en la follada.

- ¿Ya escucharon a este gandul? - exclama el gran cerdo retemblando el hinchado vientre de la risa -.

- Pero aguarden, señores - prosigue el ministro -, porque viene lo mejor. ¿Ven estos senos pletóricos?...¿Sí?...Bien, pues aquí mismo, en estos senos, yacen los manantiales infinitos que tanto añoran...

- ¡ Haced al instante una demostración, ministro ! - instruye el gran cerdo -. Es preciso que mis camaradas atestiguen con sus ojos la riqueza que estamos por saquear.

- Tus palabras son órdenes, señor mío - dijo el ministro -.

Y dicho esto, el ministro adelantó ambas manos a los senos de la mujer y, una vez aferradas a los mismos, empezó a apretar para ordeñar. No pasó ni un segundo antes de que empezara a manar de aquellos senos hinchados el crudo a borbotones que rodaba hasta alcanzar el suelo. Aquella muestra de abundancia encendió  la excitación de la piara a grado tal que, al instante, los sujetos empezaron a revolcarse con movimientos caóticos y entre un mar de chillidos estridentes. El cerdo mayor, quien hasta entonces permanecía firme, guardando la compostura, terminó por ceder al seductor anzuelo y, de un salto raudo, fue a prenderse de uno de los senos de la mujer. Y ahí permaneció el gran cerdo por buen rato, sorbiendo del seno con sus jetas y atemperando cada vez más sus ansias con el hartazgo.

- ¡ Bonísimo, maese ministro ! - expresó muy satisfecho el cerdo mayor al desprenderse de aquel seno, y enjugando el líquido negro que escurría por las comisuras de sus jetas -.

- Me complace que esta mujer sea de tu agrado, amigo cerdo - dijo el rey -.

- Es hermosa - expresó el cerdo -. Si yo estuviera en tus zapatos, excelencia, me sentiría orgulloso de ser hijo de esta mujer. 

- ¿Qué tratas de decir, amigo mío? - inquirió el rey muy extrañado -.

- Hablo con justicia - respondió el cerdo -.

- ¿Justicia has dicho? - inquirió el rey -.

- ¿Y no es acaso esta mujer la madre de ustedes?
Aquellas palabras arrancaron la risa del rey y su corte. 

- Te confundes, amigo mío - corrigió el rey -. Que yo sepa, ni yo ni nadie de esta corte que me sirve con lealtad reconocemos a esta mujer como nuestra madre. Ellas es solo lo que ves: Una pobre y abandonada mujer que se te entrega en venta como vulgar mercancía.

- Déjame decirte algo que debieras saber, excelencia, puesto que tú te aplicas a la política - dijo el cerdo -.
Se hizo el silencio en la sala, y el cerdo dijo lo siguiente.

- Dime una cosa, excelencia: ¿No reconoces a esta mujer como la voluntad general del pueblo?

- La reconozco como tal - respondió el rey -. Pero ya te ha quedado claro antes que hemos renunciado a ella

- Pues bien - continúa el cerdo -, creo que debes saber, amigo mío, que el político real siempre privilegia las obligaciones que le derivan de su posición como político en la sociedad civil por encima de cualquier otro tipo de obligaciones. En democracia esto es tal como si el político renunciase a su madre biológica para ponerse en adopción de su Gran Madre, que no es sino la voluntad general del pueblo al que se debe. En el caso de ustedes, excelencia, me estoy refiriendo a esta mujer. Y ya puestas las cosas así, dime algo, excelencia: ¿No estás vendiendo a tu Gran Madre en este negocio?

- Ya tienes la respuesta - adelantó el rey -. ¿No tú mismo me has llamado tirano sabio y valiente? ¿Lo has olvidado?

- De cualquier forma, veo de buen grado que has cumplido con tu palabra, excelencia - dijo el cerdo meneando la cabeza en señal de desaprobación-. Vuestra madre es dueña de manantiales abundantes y de sabor exquisito.

- Bien, ¡ procedamos a la entrega ! - dijo el rey a la piara -.

- Tus palabras son mandato, excelencia - correspondió el cerdo -.

- ¿Cuánto tardara esta votación? - preguntó el rey a su corte -.

El ministro del libraco dio los tiempos muy puntualmente.

- ¡ Demasiado ! - gritó el cerdo al escuchar la respuesta del ministro -.

- Imposible abreviar tiempo, caballeros cerdos - fustigó el rey -. Debemos cuidar las formas. No sea que por apurar las cosas...

- ¡ A un lado protocolos y formalismos ! - interrumpió el cerdo muy irritado -.

- Insisto: Demasiado riesgo, amigo mío.

- ¡ Esto no es política, es un saqueo ! - increpó el cerdo -. ¿Importan los protocolos a estas alturas, cuando ya se han mostrado como lo que son ante el mundo?...¡ Al diablo con todo ! ¡ Ordeno que se tome el atajo !

- Pero...- atravesó el rey -.

- Tus legisladores están de acuerdo conmigo - dijo el cerdo pegando las orejas erizadas a los ruidos que provenían desde el auditorio - ¿Escuchas cómo braman por las ansias de vender a esta mujer, a su madre?...Escucha, rey...¿Ya escuchas?

Y como el dinero manda, las cosas se decidieron tal como lo instruyó el cerdo mayor. Así que el rey se retiró a su palacio no sin antes dar instrucciones para que se corriera como la pólvora entre los diputados la consigna de votar y aprobar en fast track la reforma constitucional que permitiera la venta definitiva de aquella mujer a la piara, la manada de cerdos. Acto seguido, la mujer fue tomada por dos alabarderos del rey para ser llevada al auditorio ante la presencia de los legisladores. La mujer se dejó llevar sin oponer resistencia, movida por una mansedumbre doliente montada en resignación. Y cuando la mujer ya estaba frente al auditorio en pleno, que bullía de excitación, el presidente de la cámara dio de martillazos en la mesa para llamar al orden. Y cuando el orden llegó raudo en medio de un silencio que apenas dejaba escuchar los ronquidos de una diputada, el presidente de la cámara dijo lo siguiente:

- Aquí tenéis por fin frente a vosotros a la mujerzuela que deberá ser vendida a nuestros socios los cerdos por exigencia inapelable del Gran Cerdo Negro. Como bien sabéis, y como ya se da por demostrado a priori y sin necesidad de acudir a hechos mensurables, esta venta nos garantiza trabajo y prosperidad gracias a las inversiones con que los cerdos pagarán nuestra gracia. Podríamos entrar en discusión de este asunto, pero se ha decidido por consenso totalitario y absoluto que las reformas a las leyes que permitan vender a esta mujer sean votadas sin lectura razonada, sin reflexión y de un solo golpe en lo generalísimo y en lo particularísimo, así como en todo lo que sea menester y vaya surgiendo al paso, a fin de que en un suspiro sea entregada a sus nuevos dueños, quienes esperan impacientes en esa sala adjunta. A la minoría de diputados que se oponen a estas determinaciones absolutas y arbitrarias del rey, se les comunica que de nada valen sus protestas. Antes bien, se les conmina a que comprendan que esto es por el bien de esa mujer y de ellos mismos. Dicho lo anterior, queda claro que se niega de manera rotunda y en redondo la posibilidad de consulta pública porque no hay tiempo para minucias toda vez que nos urge que esto salga a la voz de ¡ újule ! por motivos que por el momento son inexplicables. ¡ Así, pues ! - gritó el presidente dando de martillazos -, pido a los diputados se sirvan votar en este momento la reforma para vender a esta mujerzuela no rentable a la voz de ya...

Dicho lo anterior, y que iba firmado por ruidosos martillazos, se levantó un murmullo endemoniado en el auditorio que corrió desde el estrado hasta las candilejas para luego rebotar hasta el frente. Entretanto, los diputados removían sus mofletudos traseros en sus sillones.

- ¿Quién está de acuerdo con la reforma?...- preguntó el secretario de sumas, restas y divisiones de la cámara -. ¿Quién está en desacuerdo?...¡ Votado !...¡ La reforma ha sido aprobada para todos los efectos !...¡ Que se dicte, que se firme, que se selle, que se decrete y que se publique en el diario oficial del reino para que entre en vigor en el momento en que le plazca al rey por instrucciones del Gran Cerdo Negro.

Acto seguido, los diputados se pusieron en pie para ovacionar el resultado en tanto el presidente de la cámara daba las instrucciones conducentes en el siguiente tenor:

- ¡ Entréguese en el acto a esta mujerzuela a sus legítimos dueños !...¡ Alguacil, proceda ! Instruya a los alabarderos para que lleven a esta mujer a sus propietarios: ¡ los señores cerdos !

Pronto los alabarderos del rey se acercaran a la mujer y la instaron a seguirlos con la premura del caso. Pero la mujer se resistió por primera vez. Si, no se movía de su lugar, no deseaba colaborar para consumar el escandaloso acto de venta. Los alabarderos insistieron varias veces más empeñando en cada lance cada vez más fuerza, pero sin lograr resultado alguno: La mujer desnuda seguía clavada a su lugar. Mientras tanto, los legisladores se limitaban a presenciar en silencio los intentos fallidos de los guardias por llevar prendida a la mujer. Mas la resistencia de la mujer estuvo pronta a ceder cuando el presidente de la cámara, furioso por aquel acto de rebeldía mujeril, instruyó al uso desenfrenado y frenético de la fuerza.

Y dado el banderazo para el ejercicio de la violencia, el principal de los alabarderos soltó su alabarda y tomó a la mujer de los cabellos para luego doblarla sobre su espalda hasta derribarla al suelo lastimosamente. Y fue ahí cuando los diques de la voluntad de la mujer se rompieron para dar paso a una tormenta de gritos desgarrados de dolor que manaban de su pecho y que hicieron retemblar al auditorio hasta las candilejas. Al poco rato, y después de varios forcejeos, la mujer ya era llevada a rastras y de los pelos por el fornido guardia ante el silencio sepulcral de los legisladores. Nadie pasaba por alto la feroz resistencia de la mujer, quien entre gritos desgarrados y llantos, se aferraba con sus uñas de las manazas de su captor como tratando de arrancarlas de sus cabellos. Pataleaba, gemía, lloraba, sollozaba, daba de giros lastimosos sobre sí misma como serpiente herida, pero sin poder evitar el resultado nefasto que ya se ponía a la vita de todos: Ser conducida irremisiblemente a las manos de sus nuevos dueños, los cerdos.

En ese momento, uno de los líderes camarales del partido del rey, ya temeroso de que la lastimosa escena bajara la excitación de sus camaradas de negocios y los arredrara en el lance, se puso en pie y empezó a aplaudir las acciones de los alabarderos. Al instante el resto de legisladores se le adhirieron para luego gritar en coro estridente el nombre de aquella mujer vejada, de su propia madre, que era llevada a rastras ante la vista de todos:

- ¡ México...México...México...México...! - gritaban los legisladores el nombre de su madre tan humillada por aquellos alabarderos del rey -.

- ¡ Malditos !...¡ Monstruos !...¡ Criminales !...¡ Proxenetas de su propia madre !..- eran los gritos desgarrados de aquella mujer mientras era arrastrada por los alabarderos -.

No se puede ocultar que los planes del líder camaral fueron eficaces porque los bramidos y aplausos de los legisladores cobraron vida hasta sofocar los gritos desgarrados de la mujer, quien no dejaba de resistirse inútilmente a sus captores. Y una vez que ésta fue metida a la fuerza, a rastras y de los pelos en la sala de los cerdos al grito de "¡ México...México...México...México...!, la batahola creció a más y mejor cuando desde ahí mismo, desde esa puerta, emergieron diez cerdos vestidos de pajes y que portaban ingentes canastas rebosantes de monedas. Y es que ya se sabía lo que venía. Cierto, cuando los cerdos alcanzaron el lugar de los diputados empezaron a lanzar puños de monedas por doquier, mientras uno de ellos, el que parecía de más autoridad, decía lo siguiente a grito en cuello...

- ¡ Tomad esto como obsequio a vuestro diligente y honesto trabajo, sabios legisladores !...¡ Habéis vendido a vuestra madre sin reparar en falsos y extraños escrúpulos !...¡ Los cerdos os agradecen de esta forma que hayáis entregado a vuestra propia madre sin reparos !...¡ Tomad, ilustres legisladores, que bien lo merecéis en pago a vuestras virtudes notables !...¡ Tomad este exorcismo, y hartar vuestras manos ansiosas de codicia !...¡ Y esto es solo el principio, honestos legisladores !...¡ Tomad esto en agradecimiento de los cerdos !

Ya imaginará el lector la locura de bulla y caos que se disparó entre los legisladores una vez que iban cayendo las monedas al suelo. Aquello se convirtió en una ruidosa turbamulta donde todos competían contra todos emulándose en la avaricia que los impulsó hasta el grado de tirarse al suelo tratando de acaparar la mayor cantidad de monedas con los brazos. Y en el paroxismo de la batalla por las monedas surgieron las reyertas, las disputas, los puñetazos y...

- ¿Adónde vas con eso, pequeña zorra ambiciosa? - gritó uno de los líderes camarales del rey al cerrar el paso a una diputada de su propia partido que ya huía del lugar habiéndose llenado los senos con monedas -.

- ¡ Moviendo a México, mi líder ! - respondió la diputadaza tratando de esquivar a su líder -.

- ¡ Daca las monedas, maldita zorra ! - gritó el líder al tiempo que rompía con ambas manos el escote de la diputada -.

Y mientras las monedas de la diputada rodaban desde sus senos al aire hasta el suelo para contento de los legisladores remisos en la arrebatada, en la sala de los cerdos se cierra el trato en los términos que son propios a una venta ordinaria. Y cuando ya habían sido cubiertos los formalismos con el ministro del libraco, los cerdos se dispusieron a partir llevando consigo a la vapuleada y vejada mujer como botín. Pero antes de traspasar la puerta de la salida trasera, el cerdo mayor giró pesadamente sobre sus talones y dijo lo siguiente a los ministros y legisladores principales del rey:

- ¿Puedo confesarles algo, caballeros?

- Por supuesto, señor - dijo el ministro del libraco, quien en lo sucesivo llevaría la voz cantante en el diálogo -.

- Sinceramente, jamás creí que llegaríamos a esto.

- ¿Por qué lo dices, señor?

- No sé - dijo el cerdo encogiendo los hombros -. Pero creo que todo fue ridículamente fácil

- ¿Y acaso no es de tu agrado la economía de esfuerzo?

- ¡ Por Dios que sí, caballeros !

- ¿Luego?

- Confieso que apostaba a que esto tendría que llegar a escenarios más dramáticos y dolorosos para ustedes.

- Me complace saber que nuestras habilidades han rebasado tus expectativas, señor.

- No, no me refiero a eso. Lo que he querido decir, amigo mío, es que nunca creí que fueran capaces de vender a su propia madre.

La corte del rey se ríe con ligereza.

- No es nuestra madre - aclara el ministro -. Ya te lo ha dicho mi rey, excelencia. Somos una tiranía ¿Lo has olvidado?

- Sí, son tiranos, y de la peor calaña, amigo mío - atajó el cerdo -. Nos han vendido a su madre, a esta mujer que ahora llevo conmigo por la fuerza y para gozo del Gran Cerdo Negro, puesto que es claro que ella nunca ha concedido a ser vendida a nosotros. Ustedes la han traído a la fuerza y con engaños a esta bochornosa situación, para luego vejarla y vencer su resistencia. No la han entregado con engaños y llevándola a rastras de los pelos. Y de nada vale que intenten negar esa realidad. Ten por cierto que, desde el momento en que tú y tu rey se aplicaron a la política, tomaron a esta mujer como su Gran Madre, porque ella es la voluntad de tu pueblo. De nada te adelanta que lo niegues. Esa la verdad.

Se renuevan las risas de la corte del rey.

- De nada sirve esa risa, amigos míos. No borra vuestro gran pecado. Cierto, ustedes son los hombres que ayer, en campaña, se postraban llorosos y suplicantes a los pies de esta mujer, su Gran Madre, solicitando amparo y adopción, y jurando a cambio lealtad y obediencia absolutas que se firmaban con besos en los pies descalzos y llagados de esta crédula mujer que hoy me entregan. Ustedes son los mismos hombres a los que esta mujer parió en el mundo civil una vez que confío en sus palabras adulcoradas que a la postre resultarían engañosas y traicioneras. Son los mismos hijos ingratos que, una vez dados a luz, una vez paridos entre los dolores inmensos que infligen el delito y el pecado de la ilegitimidad electiva, de la trampa electoral, y como corresponde a un monstruo repugnante que se abre camino a la vida desgarrando el vientre de su Gran Madre, volvieron a jurar lealtad y obediencia absoluta a ésta cuando tomaron protesta como presidente de la república, legisladores y ministros del Estado. Y no obstante que esta Gran Madre que ahora llevo conmigo les mostró nobleza al depositar la confianza en sus palabras, no obstante que suspendió sus sospechas y horrores al ver que había parido a una junta de monstruos ilegítimos, no obstante que no los arrojó al precipicio movida por el sentido de utilidad para mejor acogerlos en sus brazos a pesar de su repugnancia, hoy esos hijos ingratos y traidores, que son ustedes, no la han vendido a cambio de una suma de dinero. Cierto, en lugar de obedecer y fomentar a esta Gran Madre que les creyó, que los parió y que los amparó pese a su monstruosidad, la han puesto en remate para su propia utilidad. Y esto, amigo mío, los aleja de la democracia para instalarlos en la condición de una junta de vasallos al mando de un tirano que gobierna a un país de esclavos egoístas y sumisos.

Dicho lo anterior, el cerdo escupió el suelo en señal de desprecio.

- Extraña repugnancia la tuya, maese cerdo - atravesó el ministro con malicia - Los hechos consumados solo demuestran que somos iguales.

- No vayas tan rápido, amigo mío - replicó el cerdo mayor -. No porque yo sea un cerdo anticipes juicios respecto de mi condición moral. Soy un cerdo, lo acepto, lo asumo sin ambages, pero de cierto te digo que jamás sería capaz de vender a mi Gran Madre y menos valiéndome de engaños cobardes. Y si no me atrevo a poner en acto semejante acto de inmoralidad en mi condición de ciudadano ordinario en mi país, tal cual soy en estos tiempos que corren, menos todavía me atrevería si guardara la condición ilustre que ustedes creen guardar: La del Político. Y eso, amigo mío, nos hace muy diferentes: Ustedes han perdido toda noción de valor por el apremio de su esclavitud, de su codicia, de su cobardía; nosotros, en cambio, todavía pensamos en los valores para el provecho general de nuestra sociedad. Respecto a quién es mejor y quién es peor de entre los dos grupos, ustedes los políticos corrompidos de este reino vil o nosotros los cerdos, todo se juzga desde los hechos. Nosotros hemos estado cerca de la mente de Dios por estar en pos de una historia ideal del comercio y el dinero; en cambio, ustedes, son una sociedad decadente del robo y el bandidaje por obra y gracia de ustedes, los políticos. Y vaya que corren presurosos al abismo en pos de encontrar la mente del Diablo, que es una pura Nada. Nosotros los cerdos llevamos ventaja sobre ustedes, amigo mío, que no te quepa duda. Los hechos son rotundos a este respecto. Y la muestra la da este acto ignominioso que consuman sin escrúpulos este día: Hoy, ustedes, apremiados por la codicia, se abisman más en el abismo del Diablo al vendernos a su propia madre.

- No pases por alto que cargas culpa a cuestas al comprarla, excelencia - atravesó esta vez el ministro -.

- Esta mujer no es mi madre. No tengo responsabilidad moral alguna sobre ella. Yo solo hago negocios donde no caben ni agua bendita ni exorcismos - contestó el cerdo -: Ustedes venden a su madre como vil mercancía, pese a tener una responsabilidad moral con ella, y yo, amigo mío, solo la he comprado como tal y a precio más que justo. 

Se hizo un silencio abismal en aquella sala. El cerdo mayor giró sobre sus talones apurando a la mujer a seguirlo. Aquella mujer obedeció silente, cabizbaja y maltrecha.  

- Buenos días, caballeros. Saludos al rey, y que les aproveche su muy generosa paga - dijo el cerdo antes de cerrar la puerta tras su anchurosa espalda con una fuerza descomunal que hizo caer el polvo por los resquicios -.

Buen día.

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