Dalai Lama, México, y el callejón sin salida

El budismo tiene vertientes de flujo. Se le puede abordar ya bien desde sus diferenciaciones culturales o desde sus contenidos. Con todo, y a pesar de que es un asunto extenso y muy escabroso, enseguida trataré de darle una descripción muy breve de su común significado. Esto es importante para entender el sentido de mis comentarios en este apunte.

Sobre el budismo:

El budismo deviene de la heterodoxia de la filosofía india pero, en estricto sentido, es una religión. Cierto que contiene elementos doctrinarios y "conceptuables" que pueden ser susceptibles y han sido objeto de discusión filosófica, pero, en esencia, el budismo es religión y, como tal, puede ser asumida con riesgosa simpleza - y asumo el riesgo - como un conjunto de recomendaciones sobre la mejor forma de vida para el hombre, y según son los conceptos de hombre y mundo para las culturas que profesan el budismo.

Como en casi toda religión, el fin del budismo es la salvación del individuo, donde ésta es entendida como liberación de la servidumbre que ocasiona el deseo o el querer del individuo volcados en la existencia como objeto y todas sus salientes conductuales. Toda cuestión que no sea de utilidad para este fin de salvación es despreciada por el budismo bajo titulo de incierta, y solo se asume como útil y cierto lo que aporte algo en el mismo plan de salvación. Es así que el budismo elude la tradición intelectiva occidental por considerarla especulación, incertidumbre, lo cual dota al budismo de cierto aire pragmatista, y se centra casi exclusivamente en la meditación en torno al mejor camino para la salvación y  las cuatro verdades sagradas que han derivado de su personaje principal, Gautama, Buda: Primera, la vida es dolor, sufrimiento y dolencia, porque es carencia de lo que se desea y posesión de lo que no se desea. Segunda, la causa última del dolor es la necesidad de existir. Tercera, sólo la cesación o extinción completa de la necesidad de existir suprime el dolor y abre el camino a la salvación. Cuarta, hay solo un camino para salvarse que posee ocho estadios de rectitud en las siguientes actividades humanas: conocimiento, intención, habla, conducta, vida, esfuerzo, pensamiento y concentración. 

En el budismo, liberarse es el abismarse en el Nirvana, que, contra lo que se cree comúnmente, no es supresión del ser, la nada, sino transición al verdadero ser activo, el cual surge solamente cuando se ha logrado apartar y destruir el engaño de la individualidad, que es la causa del dolor y de la cadena de la reencarnación. No se trata, pues, de una desaparición de la individualidad, sino del reconocimiento de que ésta es un engaño. En efecto, lo que para todos es un individuo o un alma, para el budismo no es una realidad permanente, sino una creencia - falsa apariencia -, pues la individualidad carece de existencia auténtica. Y esta transitoriedad y engaño del individuo son, por lo demás, paralelos a la transitoriedad de toda existencia: Todo es efímero o, para algunas vertientes del budismo, hasta momentáneo, de tal manera que lo único que permanece para el budismo es la ley universal del cambio, lo que nos retrae a los occidentales, y en cierto modo, a la vieja escuela de Heráclito en la Grecia clásica y a un pensador moderno como Bergson.  

Una vez que se ha suprimido la individualidad y, con ella, el estado que ellos llaman de "lo hinchado", y ya en el estado de Sola-Conciencia, desaparecen todas las dificultades y las contradicciones lógicas que enfrentaba la individualidad del hombre.

Los hilos culturales:

Budistas tibetanos - vertiente mágica del budismo - y mexicanos tenemos hilos culturales diferentes. Tal vez el hilo tibetano alcance el cielo, al nivel de los viejos místicos cristianos, pero carece de otras cualidades que el hilo mexicano posee, pese a que éste apenas despegue de la tierra para alcanzar la mitad de la distancia al cielo. Y para valorar las grandes diferencias entre los dos hilos, solo tiene que remitirse a la noción de individuo en ambos casos. Cierto, nada es tan contrario a nuestra noción de individuo y sus cualidades conectadas como la noción respectiva en el budismo. Si esta religión identifica a la individualidad como una creencia falsa que obra como obstáculo a la liberación del hombre - supremo bien, si así se puede llamar -, nosotros encontramos en la individualidad nuestra suprema realidad. Si el budismo localiza el fin último en la liberación de la individualidad, nuestro fin hinca raíces en el aferramiento a la felicidad individual y mundana. En efecto, nuestro concepto utilitarista de felicidad es precisamente lo que el budismo pretende aniquilar en el hombre teniéndolo como fuente inagotable de dolor: La pretensión de maximizar el placer y minimizar el dolor. Y es fuente de dolor puesto que el deseo es infinito en actividad, nunca cesa de estar activo, de tal forma que el hombre vive en una proceso permanente de dolor por los deseos insatisfechos.

Hay diferencias abismales entre ambos hilos. Y eso nos debe prevenir de andar con cuidado a la hora de abordar al budismo. Digo esto porque es fácil caer víctima de una falsa pasión por el budismo cuando estamos en las redes del esnobismo o la desesperación y la decepción que son propias de una crisis social general como la que padecemos. Absorberse en el budismo en estas circunstancias, esnobismo o desesperación, solo nos lleva a la inconsecuencia; situación absurda que deviene por el acto de adoptar una religión que colisiona con nuestra forma de vida. No hay mayor inconsecuencia, por ejemplo, que un empresario exitoso que ha decidido adoptar el budismo sin dejar de lado su actividad empresarial. Si el budismo le exige la renuncia a la falsa apariencia de la individualidad, sucede que su quid de existencia como empresario lo clava en esa individualidad, su querer de caudal de riqueza creciente y el prestigio personal que ello procura. 

Pero también debe evitarse el otro extremo, el de considerar a los dos hilos culturales como mutuamente excluyentes, sin posibilidad de emularse parcialmente para mutuo beneficio. Tal vez el hilo tibetano pudiera incurrir en esta exclusión en virtud de algunas de sus exigencias doctrinarias, pero lo cierto es que esta exclusión no debería ser patrimonio de nosotros los mexicanos porque, dentro de nuestro más acentuado pragmatismo, tenemos mucho por espigar de utilidad en el budismo.

La transliteración del budismo:

Para nuestra desgracia, nuestra cultura económica ha terminado por primar de manera casi absoluta sobre la ética cristiana despojando luego a ésta de su papel de genio tutelar de la sociedad para poner en su lugar al utilitarismo vulgar y su divisa principal: El individuo y su egoísmo. Esto nos ha llevado a una situación tal donde ya no es posible fluir como sociedad porque los lazos entre los hombres se han roto. Y por si fuera poco, añada a esto que hemos estimado esa ruptura con la ética cristiana como inevitable porque nuestras jerarquías religiosas, al no dar testimonio de esa ética cristiana como forma de vida posible, nos han persuadido de que el cristianismo está preñado de una ética de lo imposible para el hombre. Y como nos inclinamos a pensar como el nihilista Pizárev, en el sentido de que si algo no aguanta el golpe de la realidad, entonces no sirve, no es útil, luego hemos asumido esa tremenda pérdida como efímera, como algo sin importancia.

Pero a resultas de lo anterior, vienen luego el pesimismo, el fatalismo, el nihilismo, y hasta el cinismo descarnado: 

- Si hay caos - decimos -, es porque así lo merecemos...Si vamos a la aniquilación, allá iremos y no importa porque es inevitable...Si hay malestar social, es porque somos malos...La pobreza de muchos es justa, la riqueza de pocos es justa...

Y es aquí donde el budismo puede sernos de gran utilidad para salir de este abismo. De entrada, la activa renuncia de la individualidad en el budismo, reflejada en su reconocida vida monástica que aspira a la santidad, nos debe llevar a comprender que la preeminencia de la individualidad, tan propia de nuestra cultura, no es una verdad absoluta que deba ponerse en acto necesariamente, sino que es un hábito producto de circunstancias sociales determinadas y que, como tal, es susceptible de ser corregida por el hombre.

Mucho de los que nos obsequia la ética budista en lo que toca a la mejor forma de vida del hombre en su camino a la salvación y en torno a la meditación sobre las cuatro verdades sagradas, tiene múltiples puntos de contacto con la ética del cristianismo. Toda esa unidad en la vía ética entre las dos religiones se centra en la noción del hombre recto que renuncia a la "mundano" como simple apariencia y engaño de los sentidos. No debe extrañarnos, pues, que muchos de los aforismos que Tenzin Gyatso, Dalai Lama del Tíbet, utiliza en sus expresiones públicas estén en perfecta consonancia con las enseñanzas evangélicas de Cristo. El correlato del imperativo del amor al prójimo en la ética cristiana lo tenemos, por ejemplo, en la superación de la individualidad, la búsqueda de la salvación de uno mismo y los otros, y la promoción de la vida en el budismo. Desde esta perspectiva, puede decirse que en el budismo no hay nada nuevo bajo el sol para nosotros. Sin embargo, y a diferencia de nuestra jerarquía religiosa, los budistas tibetanos sí que han dado testimonio de la verdad de su religión en su forma de vida. Y esta consecuencia religiosa nos pone en evidencia palmaria que la noción de hombre recto en el budismo, que es casi equivalente a la noción del hombre recto en el cristianismo, como hemos visto antes, no es un imposible para el hombre ordinario, que es algo que puede sostenerse en los hechos. En efecto, si algo nos enseña el budismo tibetano por vía de la reflexión, es que la ética cristiana no es una ética de lo imposible. Hemos creído esta falsedad, que es un imposible, porque así nos han educado y así hemos deseado creerlo. 

Finalmente, la pervivencia hasta nuestros días de las antiquísimas comunidades humanas adheridas al budismo tibetano nos da muestra fehaciente de que siempre es posible persistir en el conato de estar aquí y ahora pese a haber renunciado a la individualidad por completo. Cierto que su hilo cultural los despoja de ciertas cosas de las que nosotros gozamos, como puede ser la engañosa idea de expansión en lo terreno, pero a cambio los ha dotado de grandes ventajas que nosotros no tenemos y que nos generan deficiencias que obsequian grandes dolores de cabeza a nuestro mundo: Sed insaciable, deshonestidad, desconfianza, inestabilidad, incertidumbre, avaricia, angustia y violencia.      

En suma, el budismo nos ayuda a comprender que el individualismo rampante, lejos de ser una necesidad, una condición humana inevitable y fatal, es más bien un invento falaz de nuestra cultura económica y un producto de las circunstancias. Desde aquí, nos pone en evidencia que es posible renunciar al individualismo en cierta medida sin que ello implique una catástrofe para todos. Y el budismo nos indica, sobre todo, que siempre es posible poner en acto la ética cristiana para instalarla de nuevo como el genio tutelar de nuestra sociedad. 

Por supuesto que cualquier intento de transliteración parcial y útil del budismo hacia nuestra cultura no tiene que estar perfilada a un fin religioso de salvación. Aunque no se oculta que la presencia de la sanción divina siempre aporta poder persuasivo a la obligación moral, no es necesario que así sea. La transliteración o adopción de esos elementos de cultura religiosa bien pueden estar provistos de un espíritu agnóstico, o hasta ateísta, y seguir siendo perfectamente útiles en el sentido de ayudarnos a comprender lo esencial a este caso: Que la moderación del individualismo es posible y que su fruto más preciado se refleja en una sociedad más estable, serena, pacificada y humana. 

¿Hasta dónde es posible y conveniente esta transliteración selectiva del budismo en nuestro cuadro de valores, ya bien directamente o como estímulo para la revitalización de la ética cristiana? Bueno, eso deben resolverlo los mexicanos sopesando las exigencias de nuestras nociones de individuo, sociedad y progreso contra la necesidad irrenunciable de una vida en sociedad que se haga posible como sano y perpetuo fluir, de una vida en sociedad que no se quebrante en sus lazos internos hasta llevarnos a una situación como la que sufrimos ahora en este país, una turba de rupturas y egoísmos exacerbados que nos coloca en los entresijos de un desgraciado, umbroso y pestilente callejón sin salida.

Pero como dije antes, no nos dejemos llevar por el entusiasmo desentendido frente al budismo tibetano. Así como la transliteración parcial y selectiva del budismo hacia nuestra cultura puede aportar buenas cosas, en ciertos casos puede ser un arma de dos filos para nuestra noción de bienestar social. Mas eso lo veremos en el siguiente artículo.

Pese a que profeso un gran respeto y admiración sobrada a China por su portento incuestionable como nación y cultura, portento que me arraiga en esperanza de un mundo más libre, lejos de la tiranía de EUA, no puedo evitar ceder a las exigencias de la cordialidad y la amistad para desearle a Dalai Lama una feliz estancia en nuestro país: Bienvenido.

Buen día.

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