AMLO: Un Orfeo en el infierno.

Vine a esta hermosa ciudad, Distrito Federal, solamente para acudir al mitin de AMO. Hice esto porque creo que es lo más que puedo hacer por el momento en esto de apoyar a AMLO en su positiva voluntad por atajar la prosecución de la gran subasta del país por parte del PRI, el PAN y las élites.

Arribé a la ciudad el viernes por la mañana para aprovechar y atender unos asuntos personales con unos amigos de esta ciudad. Para el sábado por la tarde me invadía la confusión porque fluían datos públicos contradictorios en torno al lugar en que tendría efecto el mitin. Ninguno de mis amigos pudo orientarme; primaba ahí la misma confusión. Pedí luego ayuda a los amigos de Twitter para tratar de afinar el dato y no fallar; la recibí, pero era igual de confusa. Supuse, por ello, que todos guardaban semejante estado de confusión. Así que me fui a la cama pensando que lo mejor sería acudir al centro histórico del DF y atenerme a descubrir por propia cuenta el lugar definitivo del mitin, estando ahí mismo. Y así lo hice al día siguiente.

El domingo por la mañana me puse en pie muy temprano y muy entusiasmado recordando que ya habían pasado poco más de seis años de no escuchar y ver a AMLO en vivo, de no presenciarlo en su intensa y muy vivaz interacción con la gente ordinaria de este país. Mientras me alistaba y preparaba mi cámara, me vinieron a la memoria aquellos vislumbres de recuerdos de los días de las grandes concentraciones humanas posteriores al gran fraude electoral y golpe de Estado del 2006, hasta llegar a los días del desafuero y mucho más allá: a mi época confusa en que consideraba a AMLO como uno más de los políticos, un charlatán más. Bajé al comedor del hotel tejiendo aquellos gratos recuerdos, y al poco rato ya estaba montado en el metro con dirección al Zócalo.

En el viaje por los entresijos penumbrosos de la gran capital advertí que el vagón estaba colmado de una mayoría de simpatizantes de AMLO. Eso me alivió la pena de la pesquisa porque, a partir de entonces, sabía que solo tenía que comportarme como colero y seguir a esa muchedumbre para arribar al destino final del mitin. Y fue así que arribé al lugar definitivo: Estación Bellas Artes.

Eran las 8 de la mañana cuando arribé al lugar, que ya estaba abarrotado por lo menos en dos o tres cuadras del auditorio contadas a partir del templete que se adornaba con una manta monumental que mostraba el siguiente epígrafe: "No al robo de todos los tiempos". Me pareció una expresión excelentemente bien elegida porque creo que representa un punto de adhesión de todos los inconformes en un sentimiento común que les da espíritu de cuerpo.

Me desplacé como pude hasta muy al frente del auditorio abierto hasta alcanzar casi el filo del templete. Mi intención era acercarme lo más posible al escenario donde estaría AMLO para tomarle una buena cantidad de fotos y ver su desempeño en la oratoria con la mayor claridad. Al final, y pese a mi mejor esfuerzo, quedé estacionado entre una buena cantidad de gente venida desde la bella Oaxaca, a unos 30 metros del templete.

Me sorprendió ver que, al poco tiempo, Jorge Zárate, uno de los actores de la extraordinaria joya del cine mexicano El Infierno, estuviera ahí, sobre el templete, acompañado de una bella y muy vivaz mujer a la cual no conozco, animando ambos a la gente con retazos de comentarios en torno al asunto del mitin: La subasta de la industria petrolera de los mexicanos. Pero mayor fue mi sorpresa poco tiempo después cuando vi arribar al templete al extraordinario actor Damián Alcázar, protagonista de esa película, El Infierno; un filme que, en mi opinión, es el pináculo más elaborado de la crítica inteligente y mordaz de la realidad política de nuestro tiempo.

Para entonces el lugar ya estaba abarrotado hasta las banderas. Mi percepción era que, en aquel lugar, había una multitud insospechada en su cantidad. La maestra de ceremonias anunciaba que la gente ya ocupaba el espacio público hasta el Eje, pero confieso que eso no me daba un dato objetivo para calibrar mi estimación porque yo no conozco a esta ciudad bien a bien, lo cual me imposibilita para calcular las distancias reales que median entre un punto y otro. Mas mi percepción era la misma: Éramos muchos puestos ahí por el mismo impulso de la voluntad y la fe, el sentimiento y su nicho cálido: El Corazón.

A esas alturas el ambiente ya era animado por una serie de grupos musicales. AMLO arribó precisamente en el momento en que ya se disponía a tocar una banda de música de chiquillos de Oaxaca que, a mi parecer, y según es mi sentido del buen gusto, fue la mejor. 

El arribo de AMLO al escenario despertó la ovación de la gente sencilla del pueblo que ya abarrotaba el lugar y que no dejaba de concurrir por todos los flancos: Desde Balderas, desde los jardines más distantes de la Alameda, desde el Eje, desde las calles que entroncan a la avenida Juárez. Y confieso que aquella ovación atronadora me estremeció hasta los huesos con el rayo de una viva emoción porque, de nueva cuenta, tenía constancia palmaria que los incrédulo de este país, que los inconformes, que los expoliados, tenían una fe en determinados ideales que les daban adhesión como cuerpo vivo, y que se encarnan transitoriamente en el logos o pensamiento de una persona muy especial: AMLO.

- He aquí al pueblo mortificado por los dueños del infierno - PRI, PAN y élites -, y al Orfeo que viene a hablar por los deseos de ese pueblo por retornar a la superficie, al mundo - me dije en ese instante muy pasmado gratamente -.

Por un golpe de buena fortuna, y gracias a la colaboración de los amigos de Oaxaca, pude moverme del lugar que ocupaba para recorrer un poco el escenario por su periferia. Eso me permitió realizar una suerte de muestreo a mano alzada del estado de ánimo aparente entre la gente. Puedo decir, así, de  momento, que ahí primaba lo siguiente: Voluntad; efervescencia; decepción e irritación; mucha adhesión al líder; y sobre todo ansiedad. Sí, y todo eso se traducía en una voluntad muy combativa que, creo, definió el punto principal del evento, como verá más adelante.

El discurso de AMLO fue muy bueno. Claro, sencillo y muy bien estructurado: Su exordio, sus principios, su desarrollo del tema, un ligero paréntesis, y su conclusión rotunda: La necesidad de movilizarse pacíficamente para frenar las reformas y un vislumbre de esperanza en ese sentido: Sí podemos hacerlo. En cuanto al contenido del discurso, no fue sino una síntesis rápida de lo que ya nos ha dicho AMLO en torno a las reformas energética y fiscal. En cuanto al fin, que no es sino persuadir y motivar al auditorio invariablemente, simplemente excelente, impecable. En breve, todo me confirma que, pese a su evidente desventaja de voz aguda, AMLO es hoy por hoy el mejor orador en la política mexicana. Y su calidad de bonísimo le da enorme brecha de ventaja con respecto al resto, que es como un apelotonamiento de mediocres en este ámbito. 

En cuanto al liderazgo de AMLO solo hay una palabra para calificarlo: Excelente, y creciendo a más y mejor en su poder. Se trata de un líder nato que posee lo esencial para esto: Legitimidad carismática y moral. Y es esa legitimidad la que le da una autoridad indiscutible sobre la gente que le sigue. Diría que ejerce sobre la multitud una suerte de patriarcado noble soportado por esa misma legitimidad carismática y moral. Creo, sinceramente, que es el único político en este país que tiene liderazgo y autoridad moral sobre una buena cantidad de mexicanos, tantos como suman casi 17 millones de mexicanos en las urnas sin contar el descuento ilegal ejercido por la compra de votos entre los miserables por el PRI.

Creo que lo más importante del mitin fue el episodio en que entraron en colisión por un momento la voluntad del líder y la voluntad de la multitud reunida. Y es que cuando AMLO convocaba a dar inicio a las protestas el 22 de septiembre con una megamarcha del Ángel al Zócalo, cayó un rayo espontáneo en la multitud que la impulsó a corear atronadoramente lo siguiente apuntando los dedos índices al cielo:

- ¡ Hoy...Hoy...Hoy...Hoy...!...¡ A los Pinos...A los Pinos...A los Pinos...!...¡ Hoy...Hoy...Hoy...Hoy...!

Sí, la gente deseaba iniciar en ese mismo instante las protestas dirigiéndose en el acto a Los Pinos o al Congreso, y lo cual era resultado de aquello que mencioné más arriba: La ansiedad y la combatividad que impregnaba a la gente. Sin embargo, aquí fue donde presencié de nuevo la autoridad moral del liderazgo de AMLO porque, con el solo uso de un par de giros de retórica, el hombre pudo aplacar esa ansiedad de la multitud por poner en vías de hecho y al instante su rebelión pacífica. Y no obstante que lo anterior abona en mi noción de AMLO como un hombre prudente, creo que este episodio lo ha puesto en el filo de la navaja.

Digo lo anterior porque me queda claro que la gente que sigue a AMLO está ansiosa por entrar en acción en su rebelión pacífica. Creo que esta gente guarda la percepción de que es la última oportunidad de salvar al país del saqueo histórico que se viene dando desde el salinato y que el tiempo apremia en esto, que no es oportuno ni útil ya darle más tiempo al PRI, al PAN y a las élites, que cada día avanzan más y más en dicho saqueo, ahora muy "reformatorio". Y aunque AMLO puede tener razón en lo que toca a los tiempos que marcó en virtud de su expertise en estos afanes y porque tiene más acceso a información privilegiada, lo cierto es que esa espera, esa suspensión de los ánimos para fecha posterior, puede ser contraproducente para su movimiento por la simple y sencilla razón de que la gente se puede desinflar. Y el desinfle puede venir por dos vías: Por efecto del desencanto porque pensarán algunos que AMLO no quiere traspasar la institucionalidad, y por efecto del costo del tiempo. Y vaya que el efecto del costo del tiempo es grande en sus efectos.

Cierto, el tiempo tiene un costo de oportunidad para todos, y por más disposición y voluntad positiva que un ciudadano guarde respecto de un proyecto político, hay un límite más allá del cual ese ciudadano ya no estará dispuesto a entregar más de su tiempo al proyecto porque le resulta más costoso que otras alternativas, y más si no ve resultados plausibles a la mano.

Al finalizar el evento de AMLO me dirigí al Zócalo para constatar el estado en que se encontraba aquel lugar por aquello de la ocupación de la CNTE. Tenía en mis planes tomar algunas fotos del lugar. Sin embargo, al arribar al lugar, y una vez atestigué la situación, me di cuenta que estaba asumiendo la actitud frívola de un turista gringo. Y es que los maestros están ahí pasando un trance de permanencia que es insufrible hasta para un hombre del pleistoceno. Créame, sinceramente se lo digo: Si me atengo a las condiciones en que están ahí los maestros, no me atrevo a creer que estén ahí por placer o por negocio turbio. De cierto que debe haber razones poderosas y justas, al menos para ellos, que los mantienen ahí en pie de lucha.

Me di tiempo para visitar las ruinas del templo mayor. Hace muchos años que no estaba por ahí. Y mientras caminaba por aquellos andenes de metal no dejaba de construir una grande ironía en mi imaginación: Alguna vez ese pueblo Azteca conquistó el pináculo de la gloria y el poder gracias a sus clases gobernantes, a sus élites, a su aristocracia. Era natural el resultado para los Aztecas tratándose de una aristocracia de la virtud y la sabiduría. Más, no obstante ese pasado de gloria en nuestra historia, hoy en día los herederos de esa raza, los mexicas de hoy, nosotros, somos gobernados por una aristocracia criolla cuyos méritos son los vicios y el mal, y que en su mayor exceso ha puesto en subasta a su propia nación. El resultado es también natural, y está ya a la vista: Un país punto menos que mediocre, ruinoso, decadente, y colmado de miserables e injusticia...un país perdido en un mundo perdido.

Posdata: Estaré aquí de nueva cuenta el 22 de septiembre para sumarme a la marcha a la que ha convocado AMLO. Pero espero que, para entonces, AMLO no dilate más las cosas. Es tiempo de entrar en acción.

Buen día.

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