Vicente Fox y la fiebre de la mota.

Las grandes crisis del mundo, o de algunas culturas en particular, casi siempre han sido resueltas por la intervención de hombres con una altura moral insospechada o de gran genio. Un ejemplo fresco y reciente de esto es el de John Maynard Keynes, el marxista elitista, o el Lord marxista, como usted quiera verlo. 
Keynes fue aquel pensador genial que irrumpió en la ciencia económica de principios del siglo XX para romper con los viejos paradigmas neoclásicos y ofrecer una nueva y atrevida forma de abordar, analizar y resolver, los problemas económicos de las naciones. 

No puede haber dudas sobre el aporte de Keynes a la historia de la humanidad si consideramos que, gracias a él y a su rebeldía, fue que el mundo de entreguerras logró sortear la debacle de la Gran Depresión. A partir de ese pensador, el capitalismo encontró una cura a sus dolencias cíclicas. Aunque todavía no sabemos si fue esto una cura temporal o definitiva. 
El aporte de Keynes fue tan eficaz, que la humanidad se aferró a su paradigma durante muchos años, y prosiguió con él después de superada la gran crisis mundial. Keynes fue el padre del sueño americano de posguerra que brilló hasta bien entrada la década de los setentas del siglo pasado y, hoy en día, ante los funestos resultados del neoliberalismo, se vuelve a ver en el horizonte una luz de renacimiento keynesiano. No lo permiten los neoliberales, pero ahí está en la puja. 
Supongo que el lector imaginará lo orgullosos que estarán los británicos por haber sido cuna de un hombre de tan excelente genio. Cosa a la que los británicos, por cierto, ya están bastante acostumbrados si recordamos que aquella comunidad de países fue la patria de Newton, Francis Bacon, Adam Smith, David Hume, Shakespeare Bentham,…y me falta espacio para traer a cuentas a tantas y tan maravillosas personalidades de la historia. Y vaya que es justo reconocer que, no por otra cosa, la Gran Bretaña fue el centro del mundo durante varios siglos. 
Cierto que Gran Bretaña fue la precursora del mundo moderno. Y vaya que cerró su ciclo de manera hermosa, dando lo mejor de sí con los Beatles, Pink Floyd, Moody Blues, Genesis, y tantos otros grupos de música maravillosos. Desde luego que eso no se les escamotea. Pero el mexicano tampoco debe sentirse apocado por eso. Mire usted que nosotros también tenemos lo nuestro y no tenemos por qué sentirnos menos. Nosotros también tenemos nuestro santuario de hombres ilustres. Y para muestra, basta el botón primorosamente labrado de don Vicente Fox Quesada. 
Una vez que nos cayó encima el estrujante episodio del casino Royale, de Monterrey, donde se perdió alrededor de medio centenar de vidas por un evento más de violencia del narco, don Vicente Fox Quesada no perdió el tiempo para regalarnos su pintoresca creatividad y, con un aire recargado de magnanimidad, se nos mostró como el nuevo Lord Keynes, el gran “componedor” de la crisis de inseguridad nacional. Y nos dijo con voz tonante…
Soy “la voz que convoca a México entero a un camino de paz, armonía y no violencia”.
Y aunque se enchina el cuero, tráigase la calma al espíritu y nótese que el declarante se presiente como la misma encarnación mundana de la Voz, de aquel ser supremo que le dijo a Moisés en el Sinaí: Yo soy el que soy. Y él, pues, se revela como la palabra suprema, la Razón o el Logos…o por lo menos como la voz del oráculo de Delfos. Y agrega…
“Los tomadores de decisiones” deben preguntarse “qué no funciona, por qué no estamos avanzando, por qué la falta de sentido de urgencia en las tareas por realizar”.
Nótese ahora ahí el crítico estado de ausentismo de la realidad. Fox no cae en la cuenta de que el pueblo, sin requerir de ciencia elevada y a simples golpes de sentido común, ya sabe desde muchos años atrás qué es lo que no funciona en este país: la clase política mexicana como un todo, y empezando con él como portaestandarte de la ignominia nacional. Y sin recato alguno, luego espeta…
“Debemos analizar al más alto nivel el asunto de la regulación – léase legalización - de las drogas”…“llamar a un grupo de enlace de expertos en el tema, en el contexto internacional, que aporte ideas y soluciones, y ¿por qué no?, que convoque a los grupos violentos a una tregua, a valorar la conveniencia de una ley de amnistía y promover acciones internacionales” para llegar a soluciones efectivas.
Sobre este último párrafo aplazo todo comentario. Es el tema del apunte. No tiene chiste terminar tan pronto.
Las palabras de don Vicente dejan rotundamente demostrado que ve en la legalización de las drogas una posibilidad viable en la ruta de componer nuestros problemas de inseguridad. De eso no hay escape. Y sobre esta base, trataré de mostrarle las oleadas de verdad que se derivan de las opiniones de don Vicente. Y es que, a los mortales, no nos queda otra que interpretar lo dicho por el dios del Oráculo.
Iniciemos por decir que, los neoliberales como Fox, piensan que el libre mercado puede resolverlo todo, o por lo menos casi todo. Y cada vez que un neoliberal expresa que la solución a un problema social determinado es la “legalización”, o la privatización, o la “formalización”, lo que nos quiere decir es que dejemos de acongojarnos y que pasemos el problema al libre mercado para que éste se ocupe de resolverlo. Es así que, en cuanto a nuestro problema del narcotráfico y su violencia, cuando Fox sugiere la legalización, no está haciendo otra cosa que decirnos que formalicemos la actividad para que el mercado libre lo resuelva automáticamente. Esto es como tener una lavadora política donde usted mete todos los problemas habidos y por haber, le echa detergente, le aprieta a un botón y luego se va a echar la meme o a ver la caja loca mientras el aparato mágico resuelve todo por usted. Qué padre, ¿no?  
¿Es cierto esto? ¿El libre mercado nos liberará de la violencia del narcotráfico? Tratemos de ver si don Vicente Fox está en lo cierto. Y si está en lo cierto, hay que comprar ese aparatejo o lavadora mágica, o como se llame.  
La ciencia económica posee una teoría de mercados primorosamente elaborada, con todo y su aderezo de ecuaciones y curvas. El centro de gravedad de esa gran teoría es el modelo de competencia perfecta, aquello que los políticos como Fox suelen identificar a manera de libre mercado. Este modelo establece básicamente lo siguiente bajo un conjunto de supuestos – supuestos bastante restrictivos, por cierto -: 
Cuando los agentes económicos son dejados en libertad de elegir y actuar en el consumo y en la producción conforme al principio del interés individual, los precios de bienes y servicios serán acordados por el consentimiento voluntario entre ellos y de acuerdo a las leyes de oferta y demanda. Bajo esas condiciones, producción y consumo alcanzarán siempre un punto de equilibrio en todos los mercados, y a partir del cual se logra un óptimo de Pareto. Este óptimo de Pareto es una situación de equilibrio donde se maximiza la eficiencia en la asignación de recursos en todo el sistema. Y tómese en cuenta que, para un óptimo de Pareto, no existen criterios éticos; así que un óptimo puede ser una situación de extrema desigualdad social, o bien de perfecta igualdad. El Estado, por su parte, no interfiere en las operaciones del mercado para afectar en precios, salarios e intereses, y estará constreñido a garantizar solamente el derecho de propiedad privada y el respeto a los contratos entre los participantes del juego de mercado. 
En términos muy gruesos, éste es el dogma principal, el caballito de batalla de todos los neoliberales. Éste es el argumento que ellos siempre le atravesarán a usted para convencerlo de las bondades de privatizar los bienes públicos y la soberanía del Estado. Si usted arguye cualquier cosa medio heterodoxa o que haga ruido para este dogma, ellos siempre le refutarán con el argumento ya apuntado. Pero es menester decir que, si bien es su argumento central, no es su sueño dorado o su edén. El sueño dorado de los neoliberales es la completa distorsión de las condiciones del mercado libre para alcanzar las glorias del oligopolio o el monopolio. Pero esto nunca se lo confesarán ellos. El cebo que ellos le ponen al cliente en turno es el sueño de la competencia perfecta, y una vez que pica el pez, se lo enchufan con toda clase de monopolios perversos.  
Trataré de describirle en términos muy breves la manera en que los neoliberales como Fox estructuran, en la imaginación, el mecanismo a través del cual, según ellos, el mercado libre resolverá el problema de la violencia del narcotráfico. Es la manera en que ellos le explican a usted las cosas para venderle la idea. Es algo muy simple y rupestre; no es la gran máquina de cielos celestes de Aristóteles. Vea
El mercado de las drogas, aunque ilegal, ya existe. Todo lo que se necesita es un conjunto de reglas para ordenar el juego. La legalización por parte del Estado instituye derechos de propiedad reconocidos por la ley sobre los medios de producción y mercancías, y sanciona al consumo de la droga como legal. Con la legalización, pues, queda instituido un mercado formal de la droga y se nulifica por completo la violencia en el mercado de las drogas, así como la corrupción en la clase política - al menos en este apartado de la mercancía-droga-. Luego, como los riesgos implicados en la producción y la distribución se desploman hasta cero, el premio económico correspondiente se disipa, ya no es necesario, y luego los precios de la droga se deslizarían a la baja hasta en tanto no afecten a la tasa de ganancia de los productores. Esto último prácticamente significa la intensificación de la democracia en el consumo de drogas –no es broma-. Es de esperar que la democratización en el consumo de las drogas se intensifique aun más si consideramos dos factores: el sistema de crédito y la innovación tecnológica. El alto grado de desarrollo y la extremada liberalidad de nuestros sistemas de crédito garantizarían el acceso al consumo a todos aquellos que, por encontrarse en los niveles más bajos de ingreso, se encuentran ante restricciones presupuestarias que impiden satisfacer su utilidad por la droga con pagos al contado. Esto fue, por ejemplo, lo que democratizó e hizo viable económicamente al automóvil. El sistema de crédito para el consumo de drogas sería de alta utilidad para los más pobres, así como para todos aquellos que, por razones de adicción, mantienen una alta propensión al consumo de drogas. Ya que la naturaleza libre del mercado restringiría a los productores a competir en base a innovación tecnológica, y no así en precio – si no se ha de querer dar inicio a una destructiva guerra de precios -, a la vuelta del tiempo los consumidores se verán beneficiados con frecuentes reducciones en los precios de la droga. A su vez, y como toda demanda tiene su oferta, estaría plenamente garantizado el abasto de la droga en variados niveles de calidad, presentaciones y medidas. Y si le seguimos con el dogma de que toda oferta crea su demanda, estaría garantizado el sano equilibrio entre producción y demanda, de forma tal que, cualquier perturbación temporal en el mercado que dispare los precios hacia arriba o hacia abajo respecto de su nivel de equilibrio, automáticamente será disipada por las leyes de la oferta y la demanda. Un efecto reflejado sobre el lado de los productores es que se habrán creado muchos empleos formales. Al final, y siempre que se esté en posición de equilibrio en el mercado de la droga, se contribuye al logro de un óptimo de Pareto en el sistema y, consecuentemente, a una asignación eficiente de los recursos. Y esto de la eficiencia en la asignación de recursos no es cosa de poca monta si consideramos el enorme dispendio de recursos que se generan hoy en día en el mercado ilegal, sobre todo en materia de pérdida de vidas, compra de armamentos y flujos monetarios que alimentan a la corrupción. Incluso, sobre esto último, tome en cuenta que los precios de la droga pueden ir más hacia la baja si se consideran todos los ahorros económicos que se lograrían con la asignación eficiente de recursos que se conseguiría con la legalización de la droga. Todo lo que el productor de droga deja de pagar en corrupción y compra de armas, iría a manera de nuevas rebajas en precios. Y así, pase lo que pase, e independientemente del grado de equidad con que los precios distribuyan la droga entre los consumidores según su nivel de utilidad y su presupuesto, nadie podrá llamarse engañado, agredido o explotado. Una vez cerrado el ciclo, el mecanismo de los precios habrá hablado y resuelto nuestros problemas de violencia de manera eficiente y eficaz, dando lugar a una nueva, legal y floreciente industria de la droga en el escenario de un país en santa paz. Y todos vivieron bien motorolos y felices, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.  
Así argumentaría un neoliberal como Fox en este asunto. ¿Es esto posible? ¿Se realizan los cuentos de hadas en el mundo real?
Debemos empezar por ser realistas:
Toda continuación de la prohibición del Estado sobre el narcotráfico solamente podrá aspirar a una serie de escenarios alternativos que caerán entre dos extremos bien definidos.
El primer escenario extremo, que depende de la existencia de una clase política honesta – un mito, por el momento -, nos llevaría a una atenuación del problema, no hasta el nivel cero, sino hasta un nivel tolerable para la ciudadanía. Y por atenuación no entiendo a esa viciosa simulación acostumbrada en los “años felices del PRI”, sino a una condición tal en que sí existan una clase política y un poder judicial honestos y abocados a la tarea de prohibir, monitorear y sancionar al narcotráfico con eficiencia y eficacia, así como a combatir las causas reales del problema. Cumplir la ley, vamos. Pero como ya dije, para el logro de esto, primero tendríamos que arribar a la condición de una sociedad verdaderamente democrática; cosa que no se logra solamente con ir a votar  y creerle a la tele.
Sobre el segundo escenario extremo no necesito decirle nada, pues, de hecho, ya estamos en él. Es el mundo que vivimos. Usted ya lo conoce, ya lo vive hoy en día y, como bien sabe, su premisa fundamental es una clase política corrupta y simuladora. Bueno, y sobre que éste es el peor escenario, no sé en verdad. No sé si estemos en el peor o en el mejor de los mundos posibles de la debacle.
Finalmente, en cualquier caso, toda prohibición del Estado solamente logra encarecer la mercancía-droga a niveles exorbitantes, generar cuantiosas transferencias de recursos desde consumidores a productores y de éstos a políticos y encargados de la ley, y una cuota de ineficiencia en la asignación de recursos en el sistema económica. Y para cerrar, la violencia siempre estará viva o en estado de latencia. 
Como eso de esperar que el país llegue a ser una verdadera democracia en el corto plazo es un verdadero mito, entonces no nos queda otra que elegir entre dos opciones: o resignarnos a vivir en una situación como la que vivimos, o legalizar la droga. 
Si somos realistas y nuestro interés en la vida es ser felices, y si nuestro deseo es seguir siendo entes políticos pasivos, nos queda claro que la elección más racional es proceder a la legalización de las drogas. 
Fox ha dicho la verdad en esto porque, al menos en esta parte inicial, es realista. Aunque no se atreve a decirlo, él, por su experiencia en la política, sabe que somos una bola de atenidos que gustamos de que nos resuelvan los problemas y por eso recomendó lo más racional en ese contexto de pasividad, lo que recomienda incluso el más básico sentido común: legalizar las drogas y que el mercado libre lo resuelva todo…Y vámonos, a seguirle cada quien con su pachanga.  
Say y el narcotráfico como algo inevitable:
Hubo un pensador llamado Jean Baptiste Say que nos puso de relieve la forma en que todo ese sistema de mercados ha de encontrar soluciones de equilibrio para los agentes participantes. Haya sido o no Say un simple revisionista de Adam Smith, lo dicho por este pensador ha tenido implicaciones de buen calado para la teoría económica. En palabras de Keynes, el aporte teórico de Say puede resumirse en la siguiente frase: “toda oferta crea su propia demanda”. Y si le ayuda en algo, puede ver este asunto a la inversa: no hay demanda que no tenga su oferta a la mano. 
Una de las implicaciones más importantes en la teoría de Say es la referente a la manera en que el mercado libre siempre tenderá al equilibrio entre productores y consumidores, lo cual, a su vez, asegura la eficiencia del sistema de mercado y anula la posibilidad del fenómeno de la sobreproducción en el sistema capitalista – problema muy estudiado por Keynes y los marxistas -. Pero lo que más nos importa de Say para nuestros efectos, es la poderosa y sencilla lógica inherente en sus palabras; lógica que nos demuestra la inevitabilidad del narcotráfico, en tanto persistamos en nuestra muy particular cultura. Y usted puede verificar en su día a día la fuerza con que arraiga esa lógica de Say en la realidad. Dentro de cierto cerco racional –porque no se dará usted a demandar o producir locuras o desmesuras como pegasos, efrits, un México Ganador o a un Peña Nieto como real político -, usted produce mercancías para venderlas; gana dinero, no para atesorarlo en el colchón, sino para adquirir, tarde o temprano, bienes y servicios; y todo lo que usted demande de manera efectiva será satisfecho por algún oferente, pues, inevitablemente, si usted desea algo, siempre habrá alguien que se ajuste relativamente bien a sus requerimientos de consumo.  
Es indudable que este dogma dice gran verdad sobre nuestra realidad. Desde la perspectiva de nuestra cultura, así somos, así tomamos decisiones y así operamos en el contexto de lo económico y en muchos más ámbitos de la vida. Y cuando visto el problema que nos ocupa – el narcotráfico - desde esta perspectiva, debemos aceptar que, mientras nos aferremos a nuestra cultura hedonista – algo irrenunciable por el momento, creo -, el narcotráfico habrá de constituirse en un hecho inevitable. Mientras existan los que, por satisfacer su utilidad, demandan droga en un número suficiente para hacer rentable la producción, siempre habrá otros dispuestos a ofertar dicha mercancía. Esta realidad prevalecerá así y un Estado democrático se empeñe en intervenir y prohibir la producción y el consumo ilegales de drogas con las más severas leyes y sanciones. El narcotráfico prevalecerá aunque se encarcele a los capos sin cansancio, pues, ahí donde hay demanda, no habrá espacio vacío en el lado de los oferentes; y así como se encarcela o elimina a un jefe de mafia, así surge otro que lo suple en un suspiro.
De pasada, preguntemos algo: ¿tiene sentido dedicarse exclusivamente a encarcelar a las gentes? Es un cuento de nunca acabar si no se combate el mal de raíz, en el que también juegan los consumidores Al final, no habrá cárceles suficientes y no habrá quién cierre la puerta.  
El fracaso inevitable de la guerra contra el narcotráfico:
Sigamos del lado de Say, y caeremos en la cuenta de que todo Estado democrático que se dé a la tarea de emprender una guerra urbana contra el narcotráfico, estará inevitablemente condenado a la ineficacia y al fracaso, y a costa de muchísimos sacrificios en materia de recursos, vidas, estabilidad y, fundamentalmente, gobernabilidad. Y todo esto, por la misma razón que apuntamos arriba: ahí donde hay demanda, no habrá espacio vacío en el lado de los oferentes; y así como se deja fuera de servicio a un jefe de mafia, así surge otro que lo suple en un suspiro y armado hasta los dientes. Al final, todo se resolverá en una espiral de violencia que va de más a mejor, y en la que de los rifles se pasa a los cohetes, de los cohetes a los tanques y de los tanques a…¿qué sigue?...¿Los marines?
De esta manera absurda se enfrascaban las antiguas monarquías en guerras que duraban centurias y se heredaban por generaciones y generaciones, de abuelos a padres y de éstos a hijos, y donde los ciudadanos de a pie servían de carne de cañón. ¡Hágame el favor!
Si usted revisa, se dará cuenta de que, en el seno de sociedades con regímenes totalitarios, el Estado sí que controla con brillante eficacia, y a base de brutal fuerza y represión, problemas o fenómenos sociales como el narcotráfico y que atentan contra el orden vigente. Y a veces incluso llegamos a ver casos de sociedades conservadoras que legitiman con su apoyo este tipo de actitudes totalitarias, sobre todo en culturas de aire muy conservador – lo cual no es criticable por sí -. Pero, en estos casos, el Estado solamente está dejando en latencia un problema para facilitarse la tarea; problema que luego ha de brotar a la menor oportunidad. 
Sabemos también que, en el seno de sociedades poco democráticas, como la nuestra, a ningún político le resulta despreciable el atractivo de la solución totalitaria. ¿Qué político ranflo y furriel, como los nuestros, no quiere facilitarse la chamba? 
Así, si suponemos que los gobernantes siempre obran, no ya racionalmente, sino al menos con sentido común, cabe preguntarnos algo: ¿cómo puede un Estado medianamente democrático, como el mexicano, obstinarse en continuar una guerra contra el narco? ¿Acaso quieren fracasar?
Definitivamente, me resisto a creer que exista un político deseoso de fracasar en sus proyectos, por más ranflo que sea.  Hasta el más humilde lustrador de calzado quiere triunfar en su oficio. Y establecida ésta verdad de oro, solamente nos queda una explicación razonable a esta obsesión por la guerra: el Estado está caminando deliberadamente al totalitarismo para resolver el problema. 
¿Tiene usted otra explicación relativamente lógica? Si la tiene, regálela a la gente escribiendo un artículo, que será de gran ayuda.
Pero si así es la cosa, ¿vale la pena el hundimiento de toda la estructura cultural y social en el oscurantismo y el atraso por una guerra contra el narco? ¿No parece demasiado costoso esto? Esto es como construir una bomba atómica para tratar de pulverizar un panal de abejas africanas en la esquina del barrio.  
Hay cosas que no encajan para la razón. Pero bueno, en este momento recuerdo algo que decía Mark Twain, y que puede aplicar excelentemente bien a esto: "El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse en un monstruo”.
El sueño Foxiano:
Si usted piensa con sentido práctico, terminará concluyendo que lo mejor es la legalización de las drogas. Y creo que, si Say estuviera en nuestro lugar, diría lo mismo. Y hasta aquí, y por mucho que nos pese, Fox tiene razón. El cuento de hadas de la propuesta foxiana tiene patitas y se va cumpliendo. 
Pero déjeme desilusionar a los optimistas de una buena vez. 
La vida real no es tan simple como le parece a los neoliberales como Fox. Cierto que ellos nos quieren hacer creer que sí es simple, tal como ellos la pintan, porque quieren vendernos la acción tóxica del libre mercado como mecanismo para la paz. Y es que, en la vida real, ni los mercados son tan competitivos y perfectos, ni nos resuelven todos los problemas, y ni el consumo de drogas es un asunto tan sencillo como echarse un refresco embotellado. Y lo más importante es que, nos guste o no, y por más liberal y “moderno” que uno quiera parecer, la cuestión de la droga tiene implicaciones éticas muy problemáticas, de hondo calado y que no pueden ser pasadas por alto tan fácilmente, si es que no se quiere pasar por un mercader irresponsable, como los neoliberales.
Cuando usted empieza a analizar el asunto de la legalización de las dogas a detalle, se da cuenta que los problemas, los absurdos y las contradicciones empiezan a surgir por todos lados y en muy buena copia. 
Pero vayamos revisando los obstáculos, a veces infranqueables, que enfrenta el sueño foxiano. 
Un nuevo orden internacional foxiano:
Si las contribuciones de Keynes debieron dar lugar a un nuevo orden económico internacional a fin de poder dar resultados, la propuesta foxiana requiere también de un nuevo orden internacional para surtir efecto. Y esto no es botana ni ironía ni guasa chabacana. Es en serio. Y vea por qué le digo esto.
Como dijimos antes, el mercado de la droga ya existe. Es ya un mundo bien definido. Tiene sus productores, consumidores y redes financieras y de distribución. Es más, yo le aseguro que, si tuviéramos la oportunidad de conocer a detalle la estructura productora de ese mundo, constataríamos que es una estructura con igual o mayor capacidad empresarial que la de cualquier multinacional. Sin embargo, el sesgo legal nos ayuda a perder eso de vista. A final de cuentas, el mercado existe y su único problema es la ilegalidad. 
Pero en virtud de que ya existe, el mercado mismo se ha desarrollado y consolidado a través de determinadas economías de escala que ya le son indispensables para operar. Y cuando hablamos de escalas requeridas en la operación del narcotráfico, nos referimos a escalas globales, o por lo menos continentales o de grandes regiones de países. Existe ahí ya, pues, para los empresarios del ramo, un orden económico de escala gigantesca que trasciende fronteras nacionales, aunque ilegal. Y en esos requerimientos de escala gigante, los Estados Unidos, el mayor consumidor del planeta, representa el punto definitorio. De esta forma, en tanto las drogas no se legalicen por lo menos en los Estados Unidos, la industria de la droga no sería rentable en México por más legal que fuera. 
Suponga ahora que solamente México legaliza la droga, y que se pone fe en que la industria del narcotráfico encontrará la forma de seguir surtiendo a los demás países, aunque sea de manera ilegal. ¿No estaríamos ya en el umbral de que la sociedad de naciones tenga al Estado mexicano como un Estado delincuente o ilegal? 
Definitivamente, la propuesta foxiana por la legalización de las drogas no prosperará de no lograrse un nuevo orden internacional legal a ese respecto. 
Pero pasemos por alto este obstáculo para seguir argumentando y agotar. 
Adicciones y la derrota del sistema de precios:
Créame que el mecanismo de los precios tiene una forma genial de operar, en verdad; no por algo los chinos lo usan a pesar de ser una economía socialista. 
Sucede que, en ese mecanismo, usted siempre demandará un producto por el que tiene un sentido de utilidad. Usted demanda el producto porque le es útil. Y seguirá demandando hasta en tanto el precio de mercado se ajuste bien a su presupuesto, aun en el caso de que compre a crédito - si usted es persona bien planeada, por supuesto -. Cuando el producto va a la alza en el precio, puede llegar el momento en que usted ya no pueda comprarlo dentro de su restricción de presupuesto. Digamos que llega ese momento. Y cuando usted ve que el bien ya se salió de sus posibilidades presupuestarias, usted deja de consumirlo. Y aun cuando deje de consumirlo, usted bien puede acudir a un sustituto cercano más barato. Pero digamos que no hay sustitutos y su renuncia al producto es simplemente una abstención. Sí, llega el momento en que, lo alto del precio, lo lleva a decidir que ya no consumirá ese producto y se sacrifica al no poder ya dar satisfacción al sentido de utilidad que usted tiene por ese producto. Quizás se consolará con caminar frente a los escaparates y soñar que lo disfruta. A la vuelta del tiempo, si el precio del bien entra de nuevo en su restricción presupuestaria, usted volverá a consumir el producto, retornará a los tiempos felices y dejará de soñar frente a los escaparates.
En términos muy gruesos, lo anterior describe lo que se conoce por soberanía del consumidor. Y con esto no se dice otra cosa que esto: la voluntad del consumidor es libre y, en atención a su utilidad, determina y decide por sí misma qué productos consumir y cuánto de cada uno de ellos. Sin embargo, esto es teoría, parte importante de un modelo, nada más.
En la vida real, la soberanía del consumidor se ve seriamente mermada por muy diversos factores externos. Cuente entre ellos a la publicidad y a la moda, por citar dos casos típicos. Advierto de paso que estos asuntos se problematizan en la medida en que alguien podría argumentar que ir a la moda, aunque conducta inducida, al final es un placer. Así, para facilitarnos la tarea, digamos, pues, que la soberanía del consumidor se merma por factores externos que inhabilitan a la voluntad para decidir libremente.  
No tengo la menor duda en torno a que existirán casos de personas con extraordinarias biología y fortaleza de voluntad, como para usar drogas y no caer reos de adicción. También reconozco que abundan como hormigas los fanfarrones que, pese a ser adictos hasta los talones, dicen ser muy controlados. 
- Eshtoy bien, compadre…eshtoy bien…Ya me aliviané…Yo shoy controlao…Yo no shoy vishiosho…-diría el adicto una vez que es levantado del piso.
Sin embargo, esos grupos de alta resistencia a la adicción son una escasa y selecta minoría y, en ese sentido, son una excepción a la regla. Bien que pueden servir de ejemplo a seguir o de laboratorios ambulantes para estudiar técnicas a ese respecto. Mas, siendo ellos una situación de excepción, no son de interés para este caso que nos ocupa. 
La experiencia nos demuestra que la mayoría de los que consumen drogas tienden a ir generando cierto grado de adicción. Y no se tome a la ligera esto. La adicción no necesariamente es aquel ritmo de consumo que tumba al suelo en completo estado de anestesia. La adicción, en mi opinión, es aquel consumo que ya formó hábito y dependencia, por mínimos que sean.
En el ámbito del consumo de productos como las drogas, el alcohol y el cigarro, las consecuencias de la adicción son francamente devastadoras por el grado de esclavitud que meten en la voluntad. El que sufre una adicción, no es capaz de reconocer la verdad de su esclavitud a pesar de que esa verdad se le haga patente por todas las vías. Quien sufre una adicción, con tal de proseguir en ese camino, es capaz de creer que la verdad en torno a la muerte que le espera es una fantasía, una paparrucha mental en boca de los otros que le instan a abandonar su adicción. 
Para nuestros efectos, el hecho rotundo es que, en la mayoría de los casos, las drogas representan un serio problema de adicción. Pero en condiciones de adicción, el consumidor simplemente no es capaz de abstenerse y de hacer una suspensión del placer. El adicto es altamente sensible a las expansiones reales de su presupuesto – demanda más y más ante aumentos de ingreso o bajas de precio -, pero altamente insensible a las bajas reales del mismo –sigue demandando pese a disminución de los ingresos o subidas de precio -. Y todo esto, estimado lector, es condición suficiente para aniquilar por completo aquello que conocemos como soberanía del consumidor. Y pulverizada la soberanía en el consumo, el mecanismo de los precios deja de ser eficaz en su tarea de racionar. En pocas palabras, el adicto es la némesis del sistema de precios.
Para finalizar, he de decirle que una prueba irrefutable indirecta en torno a la imposibilidad de abstención en el consumo por parte del adicto, es la fuerte correlación positiva entre adicción y propensión a dilapidar patrimonios y a romper la ley. Cuando el presupuesto propio ya no alcanza, la adicción obliga a despilfarrar la riqueza acumulada por la persona, y cuando ésta se esfuma, se empieza a complementar con presupuestos ajenos. 
Todo esto tiene importancia en el contexto de lo que veremos a continuación.   
Las distorsiones del mercado y la competencia imperfecta:
Keynes y economistas posteriores, como Joan Robinson, demostraron rotundamente que, en el mundo real, conceptos como “competencia perfecta” y “equilibrio de mercado” son situaciones de excepción, y no así la regla más socorrida. También en ese aire de excepcionalidad y divorcio de la teoría neoclásica con respecto a la realidad, hubo esfuerzos teóricos posteriores en el sentido de generar modelos para soluciones de mercado en desequilibrio llamados “Teorías del segundo mejor”. Si bien todo esto ya de por sí debería llamar la atención de los economistas coetáneos para entregarse de lleno a la tarea de revisar a fondo los fundamentos de su ciencia – ajustar supuestos a la realidad y poder descriptivo y predictivo -, me limitaré por el momento a decir que, bajo esas premisas, sueño descabellado sería esperar que la legalización de las drogas en México diera lugar a un mercado competitivo – mercado libre - en ese ámbito. Y esto ya es una dificultad adicional para el sueño foxista. 
Si nos constreñimos al mundo real, si atendemos a la actual estructura del mercado ilegal de la droga y a la escala de operación de las empresas o grupos, tendremos que conceder con el hecho de que toda legalización tendrá que dar lugar a un mercado oligopólico, si no es que a un gran club de productores con todos los tintes de monopolio. Y si las cosas han de ser así, la solución de mercado libre imaginada por los neoliberales como Fox, se nos empieza a descomponer y se disipan sus virtudes y bondades. 
Bajo estas condiciones más realistas del mercado de drogas, ¿qué se puede esperar?
De entrada, como hablamos de soluciones de corte oligopólico, estaríamos frente a un mercado de droga donde los precios están bajo el control de los productores. ¿Qué grado de control? Enorme; y diría que casi completo. Y este problema se encrespa si usted añade la realidad inocultable de la adicción del consumidor habitual respecto de la mercancía-droga. En estas condiciones, prácticamente se tiene la fórmula perfecta para la formación de un mercado de droga donde la soberanía del consumidor está extinta y, en consecuencia, los productores tendrían completa soberanía sobre el precio y contarían con un amplio margen de libertad para ajustar siempre a la alza. 
Tampoco cabría esperar ajustes de precios a la baja por mejoras tecnológicas, pues, como bien se ha demostrado empíricamente, los mercados son menos propensos a la innovación técnica entre menos competitivos son; al desaparecer la competencia, prácticamente cesa la innovación. 
Ahora bien, si el resorte de la producción de mercancías es la maximización de ganancias, ¿habría motivo alguno para no subir los precios al máximo ante una demanda inelástica o insensible en ese sentido? En todo este contexto, ¿tendría sentido económico el innovar para bajar precios?
Una de las principales críticas a las soluciones de competencia imperfecta en los mercados estriba en las cuantiosas e ineficientes transferencias de recursos desde consumidores a productores a manera de excedentes; situación que impacta horriblemente en la distribución de la riqueza de una nación a favor de los empresarios –y si no me cree, pregúntele a Slim y a Televisa sobre las bondades del poder monopólico -. Este ha sido un motivo de verdaderos quebraderos de cabeza para muchos genios en la economía. Y como ya vimos arriba, la legalización de las drogas en México nos llevaría a este escenario. Pero en el caso de la droga esto adquiría ya tintes dramáticos y de gran catástrofe. Y no se crea que exagero, pues, si nos atenemos a las particularidades del caso – ya vistas antes -, prácticamente se estaría dando paso a una novedosa y cruel modalidad de explotación del consumidor, y donde éste no posee punto de negociación al cual aferrarse. Además, en virtud de que esa extremada dependencia en el consumo de droga anula por completo el supuesto de elecciones racionales en el consumidor, se empezaría a generar luego una gravísima distorsión en la asignación de recursos en la economía, yendo éstos desde actividades altamente productivas, hacia otras que, pese a ser muy placenteras, no ofrecen gran potencial para el futuro de la nación. 
Mire, para ponerle en términos claros esto, le digo lo siguiente: los efectos negativos de una legalización de las drogas sobre el bienestar social y la eficiencia económica, serían más colosales que si el Banco de México abaratara el crédito para luego soltar por el país a legiones furiosas de corredores financieros altamente especializados en el arte del engaño…digo, de la especulación.   
Si una crisis de especulación nos dejaría en la bancarrota económica – como ya lo vemos en estos tiempos -, una crisis de la legalización de drogas, además de bancarrota económica, nos regalaría una tremenda agudización de la pobreza y, lo que es más, una bancarrota moral con un ejército de adictos en la espalda.
¿Hay soluciones a todo esto? ¿Hay maneras de evitar que las imperfecciones del mercado generen estos problemas? Sí, las hay. Pero al caso de un mercado de las drogas, tales remedios suenan tan descabellados y jalados de los pelos, que simplemente mueven a risa.
Lo más prudente sería formar una comisión antimonopolio para que cuide de que los precios sean competitivos. Otra opción sería meter las drogas a la canasta básica. ¿Funcionaría esto en nuestro estado de corrupción generalizada? ¿Quién vigilaría el correcto cumplimiento de la ley? No, no funcionaría.
Podría experimentarse también la posibilidad de que el Estado mexicano proceda a fomentar la creación de tantas empresas del ramo como sean necesarias a fin de garantizar la existencia de, al menos, un aproximado de mercado de competencia perfecta. ¿Se podría esto? Aunque se antoja imposible por las escalas en que ya operan las empresas del mercado ilegal, supongamos que sí se puede solamente por intención de ensayar. En este caso, entonces, el reto sería el que ya mencionamos: formar tantas empresas como sea necesario para que ninguna de ellas pueda influir sobre el precio por separado ni a través de acuerdos. Y de gran ayuda en esto de la atomización de la oferta sería un programa gubernamental para el fomento a la producción de subsistencia en los hogares. Para esto último bastaría con la apertura de líneas de crédito para hidroponía y laboratorios caseros…y ¿por qué no?, hasta para alambiques, en caso de que las familias pretendiesen producir vinos y licores para autoconsumo. 
Ahora bien. Vale otra pregunta, porque hay otro reto: ¿puede el Estado lograr que la soberanía del consumidor se restituya? Sí, sí se puede. Para eso, tendría que asegurarse de que ninguna droga genere adicción; como quien dice, autorizar solamente la venta de drogas light.
Como puede usted ver, el asunto no es tan fácil. Los mercados no son tan perfectos como lo delinea el sueño foxista. Además, en el caso de la droga, resolver esas imperfecciones en los mercados puede resultar más costoso y absurdo que el propio mal de origen. 
Los locos años de la mota:
Alguien pudiera decir que, pese a imperfecciones e ineficiencias ligadas, la propuesta foxiana es viable para el país en virtud de que el fenómeno de las drogas abarca a una minoría de mexicanos. Quien opine así, seguramente pensará que los impactos de las distorsiones sobre el sistema económico integral podrían ser despreciables.
Esta opinión suena razonable, pues, a saber, es una minoría de mexicanos la que tiene algún hábito de consumo en este apartado. Sin embargo, esta línea de argumentación se sostendría solamente en el caso de que la legalización de las drogas no sea, por sí misma, un estímulo en la demanda. Desgraciadamente no contamos con estudios en este sentido; así que no podemos formarnos ni una idea aproximada de lo que pudiera suceder. Con todo, podemos acudir al sentido común para imaginar escenarios posibles. 
En lo personal, me inclino a creer que muchos mexicanos no consumen drogas, al menos al nivel de experiencia ocasional o única, por el simple hecho de la sanción moral negativa que pesa sobre las mismas. De ahí que también crea que la legalización de las drogas, de darse, traería un importante estímulo en la demanda de la nueva mercancía legal. Y entiendo que esto sucedería a tasa creciente y tras un periodo de tiempo suficiente largo como para que la nueva mercancía legal se sacuda la sanción negativa del pasado, no ya de la ley, sino de la tradición, y se “normalice” hasta convertirse en un nuevo hábito permisible. A la larga, y en mi opinión, las drogas adquirirían el mismo estatus que el alcohol y el cigarro ante la moral. Al final, creo, la prudencia y la sabiduría popular asumirían frente a ellas la posición que se adopta frente al alcohol: abstención; y de no poderse esto, moderación.
Yo no fumo ni tomo alcohol, y menos he consumido drogas alguna vez en mi vida. Así que le aclaro que he dicho lo anterior siendo víctima, quizás, de cierta ignorancia empírica. De cierto que no me atrevería a consumir drogas, ni aunque me las regalaran. 
Pero además de la influencia directa de la misma legalización sobre la demanda – hábito permisible -, cuente también los posibles efectos derivados del efecto imitación y moda. La experiencia nos demuestra que estos factores determinan poderosamente los hábitos de consumo de las gentes.
En definitiva, si me apoyo en el sentido común, yo me iría por el lado de afirmar la hipótesis que establece que la legalización de las drogas, tras un periodo de tiempo de ajuste, traería un incremento significativo en la demanda. Así que, si me atengo a esa posición hipotética, creo que cabría esperar que las distorsiones del mercado de la droga sí tengan serías y negativas implicaciones sobre el sistema económico como un todo, tal como hemos visto a lo largo de este apunte. 
En los programas de estudio de las escuelas de economía suele existir una materia llamada “Historia económica”. Cuando vista como se debe – no como machete -, esta materia trae a cuentas la forma en que los diferentes pueblos han aplicado los dogmas de la ciencia económica, y el grado de éxito que han alcanzado en esa empresa. Se trata, pues, de una suerte de gran laboratorio del pasado. Nada mejor para un político que impregnarse de la historia económica del mundo, si es que quiere ser eficaz en su trabajo. Y me voy a permitir extraer una de esas experiencias del pasado para que vea que no está tan fuera de lugar lo que he dicho arriba sobre los impactos posibles en la demanda y el bienestar. 
Guillermo III de Orange, rey de Inglaterra entre 1689 y 1702, vivió su reinado en una casi continua pugna bélica y comercial con Francia. Por aquellos años, el gobierno británico veía a la industria nacional de la destilería como un sector estratégico en el comercio internacional del imperio. Esto, más la pugna con Francia – un país importante en la industria de la destilería -, llevó a Guillermo III a tomar la decisión de establecer una política fiscal y de licencias para desincentivar la importación de brandy y vinos franceses, y estimular la producción nacional de ginebra a muy bajos precios. Esta política fiscal en pro de la ginebra, una bebida poco habitual en la isla hasta ese entonces, también buscaba democratizar esa bebida para incrementar el precio del grano y estimular a la agricultura, que para ese entonces estaba un tanto alicaída. Por supuesto que la política fiscal y de licencias de producción de Guillermo III surtió los efectos deseados, pues, al poco tiempo, se masificó la producción de ginebra, el precio del grano subió y la agricultura se reavivó sensiblemente. La ginebra también pasó a formar parte importante en los inventarios del comercio del imperio con las colonias. Sin embargo, al final se empezó a dar un efecto no planeado. Y es que sucedió que, andando el tiempo, y al convertirse la ginebra en un producto tan asequible para el presupuesto de los pobres - que por entonces eran una mayoría verdaderamente pobre -, en un suspiro el reino ya tenía un serio problema de embriaguez masiva. Y no crea que esto es una exageración. Las crónicas históricas reportan que este problema de alcoholismo y afición excesiva por la ginebra entre el pueblo llegaron a ser verdaderamente escandalosos. Fue tan severo y grave este problema que ha quedado registrado para la historia como “La locura londinense por la ginebra”. El episodio fue registrado por el pintor William Hogarth a manera de una caricatura política o de crítica social – La calle de la ginebra - que habla de los horrores de la adicción al alcohol, pero también de la pobreza. El escritor Henry Fielding, coetáneo y amigo de Hogarth, y autor de la novela universal Tom Jones - un tremendo pícaro de la literatura -, también escribió críticamente – “Investigación sobre el incremento reciente de los ladrones” - sobre el nivel de epidemia que había adquirido este vicio por la ginebra entre el pueblo inglés. Fielding dejó claro en sus apuntes cómo fue que esta epidemia de adicción por la ginebra había brotado por la repentina accesibilidad de la bebida y a un precio de regalo. Fielding también nos habla de cómo esta epidemia terminó por estimular a la pobreza y la delincuencia – efectos evidentes de la propagación de la adicción -. Para cuando los efectos negativos de “La locura por la ginebra” sobre el bienestar de la población eran ya de escándalo, el gobierno modificó la política fiscal y de licencias a fin de encarecer la ginebra. Sin embargo, y como era de esperar, esto sólo sirvió para estimular una economía informal que generaba una ginebra de malísima calidad y de un poder alcohólico letal. El imperio no logró liberarse de esto sino hasta que fue concretando a golpes de martillo una política fiscal y de licencias que permitieron un razonamiento eficiente por la vía de los precios. Los ebrios eran difíciles de persuadir desde el púlpito sobre los inconvenientes de su afición excesiva a la ginebra; tuvo que entrar a jugar el mecanismo de precios.
No necesito decirle nada más. El episodio de “La locura londinense por la ginebra” deja muy en claro cómo es que, en un entorno de pobreza material, educativa y cultural –como la que prevalecía entre los británicos pobres de entonces -, un producto barato con alto potencial adictivo puede convertirse en una epidemia deprimente del bienestar social con proporciones épicas y muy difícil de remediar.
Aunque usted no lo crea, en el México de los tiempos que corren,  las condiciones de existencia de millones de pobres son muy semejantes a la de los británicos pobres de los tiempos de Guillermo III. En esas condiciones, ¿podríamos tener buenas esperanzas en torno a la legalización de las drogas?
Créame que, de darse una legalización de las drogas, tal como plantea Fox, en un suspiro estaríamos protagonizando un lamentable episodio que sería recordado por las generaciones futuras de mexicanos como “Los locos años de la mota”.
La violencia no se destruye, solamente se transforma:
Dicen los neoliberales como Fox que el actual problema de violencia en México será anulado con la legalización de las drogas.
Nada más simplista y alejado de la realidad que la anterior afirmación. Afirmación falsa y cuajada de fetichismos que pretenden ocultar, a través de la mercancía droga, las verdaderas causas de la violencia en México. En un siguiente artículo abordaremos este problema.  
A nuestro caso, me basta con decir por el momento que, en la medida en que el Estado mexicano use de una regla práctica de decisión para legitimar actividades ilícitas en función del nivel de violencia que éstas ejerzan sobre la sociedad, se estará dando lugar a una ruta de viabilidad muy espaciosa a la violencia misma. Es así que, toda legalización de las drogas bajo estas circunstancias, solamente pondrá en latencia a la violencia para que luego, en el momento propicio, emerja con aire renovado en otros ámbitos. Más tardaría en dar inicio el mercado formal de las drogas en México, que el surgir de una nueva veta de ilegalidad para las ganancias extraordinarias con su correspondiente y fortalecida ola de violencia. En otras palabras, y usando un tanto lo dicho por un famoso químico: en nuestras circunstancias políticas actuales, la legalización de las drogas no destruye a la violencia, solamente la transforma…y hasta la puede encrespar a la vuelta del tiempo.
Conclusiones:
Hemos visto que la propuesta foxiana por la legalización de las drogas es un sueño irrealizable cuando visto frente a las características operativas del mercado actual de las drogas. Los requerimientos - digamos “técnicos” - de una posible legalización superan con mucho las posibilidades de gestión del Estado mexicano en tanto apuntan incluso a cuestiones de orden internacional; cuestiones que, creo, deben estar absolutamente ausentes en la agenda de los gobiernos del primer mundo, los principales consumidores. Y aun en el caso de que dicho sueño de orden global fuera milagrosamente satisfecho, hemos visto también cómo es que la solución foxiana nos llevaría a resultados que, al tiempo de no remediar el problema de la violencia de manera eficaz, nos podría reportar costos económicos y sociales de proporciones épicas. 
En suma, la propuesta foxiana es una propuesta irracional, una propuesta para el fracaso, y cuyo resultado final podría apuntar a una nueva época que, luego, en el futuro, podría ser recordada como “Los locos años de la mota”. Título que, para las generaciones del futuro, resumiría aquella epopeya foxiana que habría hundido a la sociedad mexicana en la confusión, la miseria y el valemadrismo más elaborado.  
Pero si hasta el más leve análisis – como el presente – nos hace ver que la propuesta foxiana es un completo despropósito, la pregunta es: ¿cómo es posible que Fox se atreva a deslizarla ante la opinión pública?
La verdad es que Fox ignora lo que dice. En este caso Fox no se ha portado ni a la altura del esclavo de Menón –en el diálogo del mismo nombre de Platón -, pues, sin reconocer que no sabe de un tema, ha querido dar razón del mismo por sí solo, sin ayuda de un sabio. Y me refiero más que todo al problema de la violencia, no tanto al narcotráfico, pues, vistas bien las cosas, el segundo es meramente incidental en el contexto más global de la violencia. Muestra irrefutable e inocultable de su ignorancia en este tema es la ineficacia de su gobierno en el tratamiento del mismo. Tanto el narcotráfico como la violencia son problemas sistémicos que él, Fox, al igual que el PRI durante decenios, ni atendió ni atenuó, y sí solamente alentó con sus conductas omisas y erróneas. 
Pero no se crea que Fox opinó lo que opinó solamente porque ignora. No, ahí también hay otras motivaciones muy deliberadas, y que tienen que ver más con ansiedades dogmáticas y al estilo Hollywood. 
Fox opinó erróneamente porque él también es parte de esa generación de neoliberales cuyo único instrumento de trabajo es el libre mercado. Y como estas gentes están supeditadas a solamente ese instrumento, siempre tratan de ajustar toda realidad al mismo y de resolverlo todo con él, como si fuera un fetiche, un maravilloso ser con poderes mágicos. Pero si el truco o la prestidigitación les funciona bien con los ingenuos, con aquellos que están predispuestos a comprarles sus acciones tóxicas, siempre se derrumban hasta caer en absurdos y contradicciones en cuanto quieren cargar contra la razón. Y es que la razón no les da tregua ni espacio, ni paso, y termina carcajeándose sobre ellos. 
Aunque no debemos ser tan duros con los neoliberales en este punto. Quizás eso del fetiche del libre mercado no lo hagan con maña y también ellos creen que sí es un pequeño ser con poderes mágicos. Es que si la única herramienta que usted tiene para trabajar es un martillo, llegará el tiempo en que creerá que cada problema que surge es un clavo.
Fox también opinó movido por afanes de protagonismo, por el deseo de refrescar su imagen, de llamar la atención y montarse en la ola de la noticia. De cierto que en esta ocasión se mostró como un experto en el surf político; eligió la mejor ola del momento. Además, sabiendo que ya lo perdió todo en política, apostó fuerte a la polémica, al show mediático y a la estridencia noticiosa.
Pero Fox también opinó así, porque su propuesta del mercado libre es un fetiche para tratar de ocultar la verdad en torno a las causas del mayor problema en todo esto: la violencia. La violencia tiene causas muy arraigadas en quiebres estructurales en el orden vigente, y el que haya brotado en el ámbito del narcotráfico es mero accidente. De ahí también la ineficacia de la propuesta foxiana, y que ha de concluir siempre con una realidad que se resume en el dicho que mencionamos antes: la violencia no se destruye, solamente se transforma.  
Es manía proverbial en los políticos aquello de querer engañarnos y ocultar su ignorancia e impericia con un sombrero mágico del cual sacan conejos y más conejos. Para algunos, esto de ver sacar conejos de un sombrero podrá ser un espectáculo prodigioso; para mí, la verdad, como conozco a los políticos de toda la vida y desde muy cerca, son trucos baratos que hablan de juglares inexpertos que no conocen su oficio. Y esto de los sombreros mágicos es un problema de todos los tiempos. Lo vimos ayer, con el PRI, con el nacionalismo y el Estado de derecho. Hoy, con el Prianismo, lo vemos con el libre mercado.
Y como dijimos antes: como la única herramienta con la que cuentan los políticos es un sombrero mágico, han terminado por creer que todos los problemas y todas las cosas son sombreros y conejos.
¿Cómo vamos a resolver el problema de la violencia del narcotráfico?:
Cierro con este breve comentario porque no quiero que el lector piense que solamente me he limitado a criticar la propuesta Fox. No es malo ser crítico. Si la prudencia indica que es bueno ser crítico hasta cuando uno se encuentra entre hombres de buena fe, más ha de exigir a la crítica en estos tiempos de “Grandes mentiras” a nivel global. Pero cierto que siempre es mucho más deseable que se aporte algo para la reconstrucción de las cosas. Después de todo, no deja de ser gacho eso de destruir el castillo de arena de alguien y luego dejarlo parado a mitad de la playa con su obra en ruinas. Lo mejor que podemos hacer es seguir el ejemplo de Sócrates: ayudarnos mutuamente en eso de encontrar la verdad de las cosas.  
Por lo que he apuntado, algunos pensarán que no veo solución al problema de la violencia del narcotráfico. No, no es el caso. Solamente he tratado de hacer ver que la propuesta foxiana no funciona, no opera, que es un nuevo intento de engaño. Pero yo creo que sí hay soluciones viables, aunque muy difíciles de implementar. Y aclaro que, para mí, la solución eficiente y eficaz para este complejo problema debe empezar con un cambio político de tan hondo calado que, en esencia, implica una verdadera revolución cultural. 
Pero antes de proceder a cualquier cosa, y si no queremos andar a palos de ciego, debemos iniciar por entender a carta cabal la naturaleza real del problema de la violencia en el narcotráfico. Una vez logrado eso, podremos resolverlo. Y en esto de entender la naturaleza del problema nos sería de gran utilidad el ponernos en el lugar de Jean Baptiste Say. Algo dijimos a ese respecto al principio de este apunte. Sin embargo, dejaremos este asunto para el siguiente artículo.

Buen día.

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