Turner, Canales Stelzer, Guadiana: Parresía alentadora.

Nota aclaratoria: 
Leo con atención cada uno de los comentarios que los lectores vierten sobre mis apuntes en este diario. Tanto los que se dan en este espacio, como los que fluyen en Twitter. No paso por alto ninguno, ni los alentadores ni lo críticos. Los dos me sirven mucho para saber qué es lo que debo seguir haciendo y qué es lo que debo mejorar. No necesito aclarar que no soy periodista – eso es evidente –, y que, por ello, no domino la técnica telegrafiada del discurso. 


Pero tampoco pretendo ser periodista, o al menos no forma parte de mi plan consciente por el momento. Así que, si suelo irme por lo extenso, es porque tal es mi medio ideal en mi objetivo aquí: dialogar con los ciudadanos en eso de ayudarnos a entender los problemas de nuestro país y, con ello, colaborar con la vista puesta en su mejora. Creo que de esta manera retribuyo en algo lo mucho que los mexicanos de a pie hicieron por mí con eso de otorgarme con su trabajo la oportunidad de estudiar y de leer. Le debo mucho a esos mexicanos. Y cuando considero las ventajas enormes implícitas en eso de leer cuando se quiere entender al mundo, sé que nunca podré saldar mi deuda.
Y por cierto que aprovecho la ocasión para agradecer a don Federico Arreola – el “don” es por mi consideración y respeto hacia su profesionalismo, no por su edad, que además es un hombre joven - la oportunidad que me otorga con eso de abrirme espacio en su diario para manifestar mis opiniones en completa libertad, en un acto modesto de parresía de un ciudadano ordinario, como es el caso del que apunta. 
Al asunto:
La parresía es una de las muchas formas de hablar a un auditorio. Es una forma de hablar que es, ante todo, consecuente con la verdad, y es, entonces, completamente opuesta a la técnica persuasiva de la retórica clásica que solamente pretende convencer a través de las creencias en el auditorio.
El que habla con parresía acude a la honestidad antes que a la persuasión y a la manipulación de la verdad, usa de la verdad antes que de la mentira y la adulación, apela al bien de los demás antes que al bien del que habla,  y es, ante todo, el acto discursivo de un hombre consciente del riesgo en que pone su estatus y su seguridad por aquello de cumplir con el sentido del deber que le mueve al hablar. Y como este tipo de actos se realizan con una actitud crítica con respecto a una autoridad constituida de cualquier índole, están implicando también la virtud de la valentía en el que habla.
Como se puede ver, la mayor utilidad de los actos de parresía radica en su efecto orientador en torno al bien público en un grupo social determinado. Pero estos actos tienen su óptimo de utilidad cuando son realizados por personas que gozan de reconocimiento, veracidad y crédito entre los demás. Así que – y es duro decirlo -, cuando son ejecutados por hombres comunes, poco o nada conocidos en una sociedad, resultan un mal negocio: demasiado riesgo personal para tan exigua ganancia para el agregado de ciudadanos.    
Sócrates, el filósofo ateniense, fue un acto continuado de parresía en su misión educadora entre el pueblo de Atenas. En la Apología de Platón podemos constatar cómo es que este hombre, pese a ser puesto en la posibilidad de salvar su vida con una simple retractación pública, optó mejor por la muerte en un acto final y monumental de honestidad antes que poner en duda su convicción y su discurso por la verdad. Y como bien sabemos, la muerte de Sócrates fue, a la postre, un tremendo peso moral sobre la democracia restaurada ateniense que lo llevó a la cicuta. 
Pero los actos de parresía han sido asumidos por muchísimos hombres y mujeres más en la historia; personas que, en muchas ocasiones, y pese a su humanismo, no han alcanzado ni de lejos la majestuosidad de la columna de fuego que fue Sócrates. Y es que no se necesita ser un titán de la historia para hacer parresía en bien de los demás en los momentos críticos de los pueblos. En su momento lo hicieron De Gaulle, Churchill, Gandhi, Roosevelt, Nelson Mandela y Luther King…quzás J. F. Kennedy también lo pretendió. 
En México Lázaro Cárdenas fue el último hombre en nuestra historia que acudió a la parresía en el momento de la verdad. Gracias a ese acto, don Lázaro, el Tata – palabra que, en mi opinión, es perfectamente descriptiva de la real condición del México moderno frente a este hombre -, hizo posible un país. Sin embargo, hoy vemos cómo el PRI moderno ha socavado la obra de este hombre excelente, y vemos que va por más, según palabras de Enrique Peña Nieto, el Bello. Colosio quiso seguirlo – no a Enrique, sino al Tata -, pero alguien lo asesinó en su lance…¿Quién fue?...¿El mayordomo? ¿El chofer?...Luego el priista Jolopo lo hizo también, aunque con valores invertidos, cuando nos dijo que nos habían saqueado y cuando lloró prometiendo que defendería al Peso como un perro; Peso que, en verdad, su mismo partido, el PRI, había saqueado hasta derrumbarlo. Y Vicente Fox también realizó actos de parresía durante su campaña, pero lo hizo para engañar al pueblo de México – aclaro que no me cuento entre los engañados -. Así que, en este país, y desde don Lázaro Cárdenas, no volvimos a ver actos legítimos de parresía sino hasta la llegada de AMLO. 
Vimos los actos de parresía de AMLO en el desafuero – momento, por cierto, de mi convencimiento hacia él - y en los tiempos posteriores a las elecciones del 2006. Pero en esos tiempos la honestidad tan característica de AMLO se veía algo aislada en lo que toca a la compañía de figuras públicas a extramuros o más allá del mundo de la cultura, donde por cierto se ve siempre muy sólido. Y es mi opinión que esa flaqueza particular hacía muy vulnerable a AMLO en sus actos y discurso de honestidad. Y vaya que sabemos que eso le costó  mucho a AMLO en su imagen pública. No se puede ocultar que las falacias de la falsimedia mermaron en mucho la natural y todavía vigente veracidad de AMLO en la mente de muchos ciudadanos muy sugestionables. 
Si para el ciudadano analítico AMLO siempre había tenido un proyecto de nación con un claro compromiso con una de las partes más importantes de los trabajadores de este país, como son los empresarios industriosos, lo cierto es que esto no se resaltaba de manera privilegiada por lo que apunté arriba. Fue de ahí, desde esa flaqueza, que se cebó la falsimedia para construir la imagen deformada de un AMLO comunista o hasta acaparador de casas, autos y bicicletas. Y en este caso no se puede hablar de crítica irónica o de sátira en la falsimedia, al estilo de Aristófanes o Molière, porque el quid de esa caricatura fue la mentira y su cuota de terrorismo, y no así la exageración de algún vicio en AMLO. Y tome en cuenta el lector que no se exagera cuando se habla en este caso de terrorismo si entendemos que el objetivo de la falsimedia, en ese entonces, era sembrar el miedo entre la población con respecto a una opción política en el 2006. Lo cierto es que si Al Qaeda siembra el terror con bombas de verdad, la falsimedia lo siembra con mentiras que dan a luz incertidumbre y ansiedad entre la gente; en cualquier caso, el resultado es el mismo.  
Y es aquí, en este contexto que vivió AMLO, donde empieza a cobrar una importancia sobresaliente el posicionamiento público reciente de gentes como Fernando Turner, Armando Guadiana, Fernando Canales Stelzer y Alfonso Romo. Esto no nos habla de un AMLO que haya sufrido una metamorfosis, como decía el confundido Carlos Mota hace días, sino de un AMLO que supo corregir un serio descuido en su trabajo. Y esto lo vemos precisamente en la naturaleza de los posicionamientos públicos de estos empresarios. 
Tengo la plena certeza de que los posicionamientos de estos empresarios son también actos legítimos de parresía. Constituyen la verdad desde la perspectiva empresarial; una verdad fundamental que ha sido pasada por alto por los regímenes prianistas actuales, que exige atención, y que no puede ser ignorada si se desea tener éxito en un proyecto político de nación. Y son actos que hacen ver a AMLO más pleno, más completo, porque el reconocimiento que existe en estos empresarios abona en mucho en la confianza de la gente en esa parte del programa de origen de AMLO que fue seriamente dañada por las falacias de la falsimedia hasta hace poco. 
Es mi opinión, pues, que estos empresarios son las compuertas que se irán abriendo poco a poco, por intermedio del dialogo sectorial, para que el empresariado industrioso, auténtico, de este país, se sume al proyecto de nación de AMLO. 
Como le decía, estamos viendo en estas personas a empresarios que saben posponer sus intereses de negocio cuando es menester poner la vista en el bien público y en el futuro de la nación. Y en mi opinión, más que actos heroicos – no creo que las acciones de estos hombres tengan esta naturaleza ni siquiera en sus percepciones personales -, se trata de los actos propios de hombres sabios, que saben a qué atenerse, porque con ellos nos dejan ver que cobran plena conciencia de que si se oblitera el futuro de la nación por el simple juego de intereses particulares de especuladores y políticos oficialistas, se bloquea a su vez el futuro de su legítimo mundo de negocios y el de toda la gente que depende de ellos para vivir. 
Ahora bien, cualquiera podría decir que, en el caso de ellos, de esos empresarios, estos actos son simples, sencillos y que no implican riesgo alguno en consideración a su estatus actual. Pero yo no estaría tan de acuerdo con esto. Creo que hablar como lo hacen en estos momentos Armando Guadiana, Canales Stelzer, Turner y Romo, en contra de un poder constituido al interior de un sistema pervertido, y de manera tan llana en lo que atañe a la verdad del bien público, implica por lo menos la valentía de afrontar el riesgo de ser acosados por mil conductos por ese poder al que se denuncia tan enérgicamente, o ya por lo menos la posibilidad de ser marginados, acotados o constreñidos en sus posibilidades de negocio, de continuar las cosas como están después del 2012. Así que, en el balance, y si somos realistas, pronto entendemos que esos empresarios están apostando mucho más que cualquier mexicano de a pie en este acto de parresía.
En lo personal me resulta muy alentador el ver cómo es que empresarios mexicanos se empiezan a sumar en ese acto excelente de hablar a nombre de la verdad para cumplir con la parte más medular de su responsabilidad social y, así, retribuir a su país mucho de lo que les ha dado gracias, por supuesto, a sus talentos especiales en el mundo empresarial. Y para la fortuna de México, en ellos se suma una cualidad que le da completo poder orientador a esos actos de honestidad en el actuar y el decir: el reconocimiento público. Eso es incuestionable. 
Quiero decirle que, gracias a toda esa efervescencia empresarial en torno a AMLO, y gracias también a ese planteamiento de la política como amor vinculante o sentimiento humanista – como yo lo concibo - en su proyecto de nación, mi percepción hoy en día, en estos momentos, es que AMLO está mucho más sólido que en 2006 para caminar con paso firme hacia la presidencia de la república. No me cabe la menor duda de que, en lo sucesivo, seguiremos viendo avanzar a Peña Nieto hacia un eclipse abrumador a la sombra de un AMLO que crecerá todavía más hacia la pleamar de un político de excelencia. Y en esto no me preocupan en absoluto las encuestas de algunos medios. En otros artículos he detallado cómo es que estos datos provienen de escenarios hipotéticos, y que, en última instancia, se fundamentan en una imagen publicitaria añeja pronta ya a periclitar por su propio peso y superficialidad ante los hechos.  
Por mi parte, a título personal, no puedo sino agradecer a estos empresarios tan caro servicio que en estos momentos prestan al país en los momentos en que más es indispensable su aporte para retomar el rumbo, si es que alguna vez lo tuvimos. Gracias, en verdad.

Buen día.

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