PRI, PAN, y la quiebra de la moral.

Muy loable el que miles de personas hayan salido a las calles para protestar por la acre bruma de criminalidad que cubre al país desde tiempo ha. La desquiciante cifra de muertes inhabilita ya por completo cualquier tipo de discurso que intente ocultar o justificar esa bruma que ha mutilado bestialmente el sentido de existencia de muchas gentes de buena voluntad que han visto sofocada la vida de un ser querido, un ser que, en muchas ocasiones, nada tenía que ver con este juego macabro. Hoy en día, todo discurso político o técnico encaminado a encontrarle un sentido a esta ola de muertes está muerto porque está condenado a convertirse en un elogio a la muerte. 

Con todo, mucho me temo que estas muestras de inconformidad pueden quedar atascadas en un bache por diferentes motivos. Y antes de seguir aclaro que reconozco el valor que aportan estas manifestaciones. Como primer despertar son absolutamente apreciables. Lo único que quiero indicar es que la proclama y el espíritu no son los más indicados para resolver este problema con eficacia, aunque reconozco que pueden ser también un primer paso en la ampliación de miras sobre la verdadera ruta de salvación para México.  
Antes que nada, creo que debemos preguntarnos esto: ¿qué es lo que nos mueve a protestar contra el problema de la delincuencia? Responderé primero trayendo a cuentas lo que no nos mueve.
Me atrevo a postular que no nos mueve el motor del sentimiento humanista, y mucho menos la necesidad de hacer efectivo el imperativo moral de ver a cada humano como fin, y menos incluso la necesidad de hacer efectivo a Dios como nuestro fin de existencia. Si el sentimiento humanista, la obligación moral o el influjo de Dios fueran las causas, estas oleadas de protestas hubieran brotado imparables y en cantidades abrumadoras desde que la primera persona cayó abatida por la brutalidad de esta guerra estúpida, pues, para la persona que reconoce el valor irremplazable de la vida de todo ser humano, una sola muerte es suficiente para activarse y dar y exigir una solución definitiva y enérgica al problema y llegar incluso al derribamiento completo de un gobierno que hace posible estas injusticias. Una vida humana vale todo el Estado mexicano completo…y mucho más.
Y si al principio fingimos ser ciegos y dejamos que estas cosas sucedieran, y si dejamos asimismo que crecieran al grado de ser ya un monstruo ostensiblemente irresoluble en el actual estado de cosas, fue porque a nosotros no nos mueve ninguna clase de sentimiento humanista ni tenemos conciencia clara de lo que significa el prójimo. 
¿Qué es, pues, aquel sentimiento que nos mueve hoy a salir a protestar contra el problema de la delincuencia?
Por mucho que nos pese el tener que reconocerlo, debemos aceptar que nos mueve nuestro egoísmo racional, nuestra moral utilitaria que nos lleva a optimizar nuestra felicidad personal en un ámbito de legalidad acordada. Y a estas alturas usted se ha de decir que me estoy contradiciendo al decir esto porque no se le encuentra sentido a que, siendo egoístas racionales, salgamos a protestar por esta guerra. Pues no, no hay contradicción, porque hemos salido a las calles para protestar, no por el bien de los otros, sino por el bien de cada uno de nosotros. Lo que pasa es que hemos adoptado la filosofía práctica de Monsieur Verdoux para juzgar lo que es trivial o relevante para nuestra felicidad desde el punto de vista cuantitativo. Y montados en esa visión a lo Verdoux, nos decimos: El que alguien asesine a una persona, ni es mi problema ni es un problema social, no es algo que deba preocuparme y llamar mi atención; pero asesinar a miles ya es un problema, y muy serio. Extraño razonamiento a primera vista. ¿Acaso, como decía Monsieur Verdoux, “las cantidades santifican” y dan categoría de relevancia al asesinato? No; en el fondo no hay umbrales numéricos mágicos entre lo trivial y lo importante; lo que sucede es que nuestro egoísmo racional sabe calcular nuestro ópitmo de bienestar personal, de manera tal que una cierta imaginación probabilística, como la que usamos a la hora de comprar un billete de lotería o para determinar hasta dónde acercarnos para observar un incendio, nos indica que somos más vulnerables a medida que crecen las cifras de muertes en esta guerra. Ese es en el fondo el factor que nos mueve a salir a la calle a protestar: a mayor frecuencia de asesinatos, mayor probabilidad de una desgracia sobre nuestra persona. Y las protestas crecerán en cuantía a medida que crezca el número de víctimas. Eso se lo garantizo con los ojos cerrados, como que mañana ha de salir el sol por levante.
Y vuelvo a decir que los hechos hablan en nuestra contra, nos acusan, porque apenas actuamos marginalmente (una minoría se manifestó en estos días y el resto permanece en sus casas) y poco eficazmente cuando ya el problema adquiere tintes dramáticos y cuando ya es prácticamente irresoluble. Y esto no se llama irresponsabilidad. No, más bien es un sentido de responsabilidad acotado, individualista pero insuficiente, y surgido de nuestro principio de egoísmo racional.
Pero el egoísmo racional, como motor de la movilización ciudadana y como eje de referencia para la solución de los problemas de seguridad, está condenado al fracaso por muchas y muy variadas causas; y cuando encendido, también puede resultar más peligroso que la misma delincuencia o que la clase política más corrupta.
Desde la óptica del egoísmo racional, ¿cuántas muertes son necesarias para que la sociedad mexicana decida por fin moverse como un todo para cambiar las cosas: cien mil, trescientas mil, un millón de muertes? ¿Despertará la sociedad mexicana cuando la probabilidad real de morir para cada persona sea del 50 por ciento o al menos del 30? Créame que, a como van las cosas, es probable que este escenario se dé así y para satisfacción de los planes de largo plazo de García Luna, pues éste ya anunciaba que el problema seguiría a lo largo de los siguientes siete años por lo menos.
Y cuando decida moverse la sociedad una vez que se alcance el umbral de probabilidad del miedo, ¿hasta dónde luchará para resolver el problema? Lo más probable es que luche hasta donde la probabilidad de morir sea tolerable o imperceptible para su felicidad. Pero al final, el problema quedará vivo y latente, listo para eclosionar de nuevo a la vuelta del tiempo. Y queda vivo porque el motor queda operante: nuestra moralidad utilitarista.
Nuestro egoísmo racional nos predispone a adoptar una máxima siniestra para definir lo trivial y lo importante para nuestra vida: “Yo soy primero y merezco todo para mí”. Y es así que nosotros ya tenemos una respuesta para la pregunta inmortal de Iván Karamazov en su diálogo con su hermano Alyosha. 
- Respóndeme con franqueza –dijo Iván a su hermano Alyosha-. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo,…a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura de todos, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente. 
- No, no me prestaría –respondió Alyosha -.
- Eso significa que no admites que los hombres acepten la felicidad pagada con la sangre de un pequeño mártir –añadió Iván. 
Pero si Alyosha no admitía esto, Iván sí que lo admitía y lo puso en obra al influir emocionalmente en Smerdiakov para que éste matara a su padre (el padre de Iván) por considerarlo un obstáculo para su felicidad.
Por supuesto que Alyosha está respondiendo a esto con una ética cristiana, con una ética de los fines fundada en Dios como fin último de la conducta humana. Y no tiene esto nada de reprochable y de extraño, pues sería también la respuesta que usted podría esperar en un hombre que rija su conducta con el principio del sentimiento de humanidad de los filósofos morales ingleses del siglo XVIII o con el imperativo categórico kantiano. Seguramente sería también la respuesta tajante y determinada que encontraría en un hombre moral como Gandhi.
Pero un utilitarista, un egoísta racional respondería a la pregunta de Iván con un sí. Diría que sí es justo, no solamente torturar a ese ser, sino matarlo diez mil veces o más, y todo porque, en el balance, es mucho mayor la felicidad lograda que el dolor generado. 
Es precisamente el egoísmo racional de mucha gente de este país el que permite definir a los casi 40 mil muertos de esta guerra como “costos colaterlaes”, como “residuos despreciables” de una guerra justa y maximizadora del placer comunitario. ¿Cuántos muertos serán necesarios para lograr la felicidad comunitaria a la que se refiere Iván: un millón de muertos? Una actitud inmoral así, una política inhumana así, son equivalentes a la política que Vlad Tepes efectuó contra la pobreza de su reino: aniquilar a todos los pobres. Brillante, ¿no? Efectivista, pero completamente inhumano. Y ese es el peligro del egoísmo racional moviendo a la conciencia de una sociedad. 
Ese “egoísmo racional” que nos posee como un demonio es el responsable de que las categorías de lo social se contraigan y se deterioren al grado de empatarse por completo con el plano de la vida individual, y a partir de ahí, la persona define su sentido de responsabilidad social identificándola por completo con su interés personal y determina, así, un criterio único de acción para la voluntad política: si algo afecta mi vida, es un problema a resolver; si no afecta mi vida, no es un problema. Y si me doy un grado más de libertad para ser un poco más crítico, me atrevo a decir que, en nuestro estado actual de conciencia, no hay tales cosas como la idea y el fenómeno del “problema social”. En nuestro universo de egoísmo racional, esas cosas no existen para nosotros, son ficciones, y las hacemos aparecer como por arte de magia solamente cuando tenemos un problema personal que nos parece intolerable e irresoluble y necesitamos, ahora sí, la ayuda de los “demás”. En pocas palabras, somos políticos por conveniencia: salimos a la calle si nos pegan en el bolsillo, votamos por el que nos prometa más milagros, si a los colonos de al lado los despojan, pues que se rasquen con sus uñas.
Esta asimilación de lo social en lo individual nos ha hecho perder todo punto de referencia para entender la importancia de lo social y hemos terminado por restar importancia a entidades como el Estado, la política y la comunidad. Y esto es muy peligroso en el posible escenario de una desesperación y de un hartazgo con el problema de la inseguridad que nos rebasen. En un escenario así, podemos poner en vías de hechos cosas de las cuales nos arrepentiremos después, como abogar por una intervención norteamericana en aras de restituir la paz, o como presionar al Estado para que se proceda a una negociación con los grupos de la delincuencia.
Quiero invitarle a que dirija su mirada a lo que sucede hoy en día en Libia para enterarse de las consecuencias dramáticas que pueden venir sobre nosotros si un día nos gana la desesperación y el hartazgo y persistimos en nuestro egoísmo racional. ¿Cree usted que Estados Unidos va a rechazar la oportunidad de convertirnos en un protectorado? Y si Estados Unidos pudo inventar matanzas de Gadafi en Libia para intervenir en aquel país, ¿no le bastarán los 40 mil muertos en México para pretextar motivos de seguridad regional y vulnerar nuestra soberanía nacional por sus reales?
El egoísmo racional es también estéril como mecanismo de apremio o exhortación moral contra quienes han roto la racionalidad para imponer su deseo a los demás. Por principio de cuentas, nuestra moral utilitaria es, en esencia, la misma que mueve a los dos actores directos de este escenario trágico de muerte en el país, la clase política y la delincuencia. Y son dos visiones diferentes en virtud sólo de cualidades secundarias. Nosotros, la sociedad civil, estamos inmersos en un egoísmo contenido en las frágiles fronteras de la racionalidad, en un egoísmo legal, en tanto que ellos, la clase política y la delincuencia, son dos realidades que ya saltaron las fronteras para plantarse en la más completa irracionalidad en virtud de su natural disposición al exceso. Somos, en suma, dos grupos de mexicanos que se diferencian por una sola cualidad: el valor y el atrevimiento para renunciar a la razón y vivir con la máxima de Iván Karamazov del “Todo está permitido”. Ellos, la clase política mexicana y la delincuencia, sí se atrevieron; nosotros, los que quedamos en la masa trémula y al otro lado de la frágil verja de la razón, no nos atrevimos. En sentido estricto, caminamos en el mismo sentido y paralelamente a la clase política y a los delincuentes y hablamos casi su mismo lenguaje. ¿Qué vamos a hacer: decirles que salten la verja hacia la legalidad para que caminen en el mismo rumbo de antes, un rumbo que ya recorrieron aunque al otro lado? De cierto que, en ese estado de cosas, es más factible que ellos nos persuadan de saltar a la tierra de Iván Karamazov, y de ello nos da muestra, por ejemplo, la inquietud que ya hay en torno a la legalización de las drogas. Y lo más importante: ¿cómo habremos de apelar a la racionalidad si nuestra cultura utilitaria se ha desentendido de todo ideal de la moderación? ¿Cuál será el punto de referencia en ese sentido? Así, toda posible acción reformadora que parta de nuestra propia moralidad utilitaria será una batalla perdida por anticipado; y cuando se logre algo positivo, serán resultados endebles, precarios, porque siempre estará abierta la puerta de la presión sobre la sociedad para ampliar o cambiar las fronteras de lo legal y satisfacer las nuevas oleadas de inclinación por el exceso. 
Con todo, estas primeras movilizaciones son una excelente alborada para otro mejor amanecer. Pueden ser el anuncio  esperanzador de un futuro mejor. Esperemos a ver lo que pasa.
¿Por qué llegamos a este difícil dilema?
Hubo un tiempo en que los mexicanos sabíamos controlar y acotar este egoísmo natural con el valioso apoyo de principios morales más universales como la noción de Dios, la obligación moral kantiana, o hasta los sentimientos de humanismo que pervivían en las doctrinas socialistas. Pero hubo otro tiempo en que arrojamos todo eso a un lado y prestamos oídos a los profetas del Diablo, a los mensajeros del gran inquisidor de Dostoievsky: los tecnócratas neoliberales prianistas. Y éstos, sabiéndose escuchados y votados en las urnas, empezaron a contaminar al país con su moral utilitaria anglosajona a través del artilugio de la “modernidad”, y lograron embebernos de eso y convencernos amoldando la cultura y la educación para ese efecto. Y nuestro pecado fue renunciar a nuestra capacidad natural de usar la inteligencia y la razón sin la guía de otros; no tuvimos el valor de usar nuestra razón por nosotros mismos para atravesar la verdad y decir un “No”. Y en el pecado de entregar nuestra libertad terminamos por creer y conceder. Los devastadores resultados ya los tenemos a la vista: un sistema económico fundado en la depredación, una soberanía nacional pendiendo de un hilo, recursos nacionales expoliados por multinacionales, delincuencia exacerbada, una clase política absolutamente corrompida y una sociedad civil fantasmagórica, pulverizada en miles y miles de mundos individuales, que no sabe qué hacer con una comunidad nacional que se derrumba estrepitosamente.
Y cuando escucho proclamas como “Debemos negociar” o “Pidamos ayuda a los gringos”, me queda la amarga sospecha de que los tecnócratas neoliberales han logrado su encomienda: desbaratar y vender a todo el país.
¿Podemos hacer algo los mexicanos para salvar a este país?
Yo creo que sí podemos hacer mucho, y tengo la clara percepción de que todo depende de voluntad política franca y honesta, pero sobre todo de un cambio radical en nuestro esquema de valores. 
En primer lugar, debemos iniciar por aceptar que la moral utilitaria que nos han impuesto durante los regímenes prianistas, y a la cual nosotros hemos dado la bienvenida sin oponer resistencia movidos por nuestro natural egoísmo, es lo que está en la raíz de todos nuestros males. Es esa moral utilitaria, con su exclusivo enfoque al exceso y al individualismo, al dinero y al éxito a costa de lo que sea, con su descuido de la educación humanista, la que ha dado origen a los graves problemas que hoy padecemos. 
Desde esa perspectiva, debemos también empezar por aceptar que delincuencia, clase política corrupta y multinacionales depredadoras, son todos nuestros hijos, la obra de nuestra incapacidad culpable. Incapacidad culpable, porque no es una incapacidad fundada en alguna imposibilidad natural para hacer uso de la razón para acceder a la verdad y poner en vías de hechos las soluciones pertinentes. No nos han engañado; nosotros nos hemos engañado porque así nos convino y porque a otros les faltó valor para decir “No”. 
La tremenda efectividad del ecumenismo gandhiano nos da un bofetón en el rostro cada vez que atravesamos el falso argumento o pretexto de que la clase política actual está ahí, en el poder, por su soberana y unilateral voluntad. La clase política actual está ahí, donde está, con todos sus costes monumentales añadidos, como la injusticia y la delincuencia exacerbada, porque nosotros lo hemos permitido. El día que México se ciña con todo su vigor al extremismo gandhiano para liberarse de sus opresores nativos y extranjeros, ese día derrumbaremos a los tiranos por completo.  
Reconocido esto, debemos empezar a replantear nuestro esquema de valores a través de una crítica racional sobre el utilitarismo caduco y disfuncional para conservar lo bueno de él y enriquecerlo o acotarlo con una restitución de lo social de largo aliento. Y esto no se puede lograr si no empezamos por abrirle la puerta a un ideal de moderación en la educación de los mexicanos y a una visión moral más universal, llámese obligación moral, o principios cristianos o humanistas.
Debemos terminar por reconocer que la delincuencia tiene mucha razón de ser en la legalidad y en la moralidad muy a la mexicana, en esas hijas legítimas del PRI y el PAN que se comportan como putas mudables y pretenciosas que se cobijan sin escrúpulos al lado del poderoso. Eso ha dañado inmisericordemente la dignidad de muchos mexicanos en la escala social más baja, y es a partir de ahí, de esos lastimados y olvidados, de donde se nutre el mundo de la delincuencia.   
Si no hacemos esto ya, pronto, inexcusablemente, estaremos condenados a la extinción como país tarde que temprano. Y después de eso, ya no habrá nación ni futuro por defender.  
¿Quién puede asumir el reto de dirigir a la nación hacia la verdad?
Por supuesto que un proyecto para la refundación moral de la nación requiere de un Estado comprometido en esto. Los esfuerzos que todos nosotros podemos hacer en lo particular, en nuestros núcleos familiares inmediatos, son irrenunciables pero insuficientes para tal efecto. Algo de esta envergadura requiere de un Estado comprometido en un proyecto dinámico para la refundación insitucional y con miras de largo aliento. 
Pero ¿quién puede hacer esto? ¿Quién puede tener la entereza moral para un reto semejante? Antes de responder a esto, déjeme traerle una reflexión muy trascendental de San Agustín para ayudarnos a encontrar la ruta en esta nueva pregunta:
San Agustín nos ha heredado una de las visiones más certeras del significado de toda la historia humana, desde los albores de la civilización y hasta los tiempos por venir. Esa filosofía de la historia se resume, en parte, en los capítulos cuatro y cinco del libro cuatro de La Ciudad de Dios. Le traigo solamente unas frases:    
“Sin la virtud de la justicia, ¿no son los reinos grandes bandas de ladrones? Y éstas (las bandas de ladrones), ¿no son unos reducidos reinos? Estos son ciertamente una junta de hombres gobernada por su príncipe la que está unida entre sí con pacto de sociedad, distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que mutuamente establecieron”. 
Tomando a San Agustín en un contexto ético amplio, no solamente cristiano, podemos entender que el sentido de la historia humana está definido por una lucha entre dos principios: el amor a sí mismo (egoísmo puro) y el amor a la justicia (Dios y su ley, sentimiento humanitario, imperativo categórico, Vivir para los demás, sentido moral) Y de ahí puede concluirse, con este pensador, que todo gobierno que no gestione a su Estado en el amor y el respeto a la justicia por conducto del recto hacer en la política, es solamente una gran banda de ladrones.
Y esa es la definición a la que yo quería llegar para la identificación del PRI y el PAN, a juzgar por el lamentable estado de injusticia a que nos han llevado: es una gran banda de ladrones. Y no lo digo yo, lo dice San Agustín. 
Y visto lo anterior, es claro que el proyecto de la refundación moral del país no puede ser puesto en manos del PRI y el PAN. Estos dos partidos, estos utilitaristas de siempre, son los responsables del fracaso moral de la nación; ellos son los responsables de esta tragedia nacional que vivimos. Necio sería poner un proyecto tan trascendente y vital para la nación en manos de dos partidos que, en su natural proclividad al exceso, son capaces de toda inmoralidad para hacerse del poder. 
Para que un Estado pueda cumplir esta tarea en condiciones de justicia, necesita ser gestionado por un político honesto, transparente, que esté libre de los anclajes del “egoísmo racional” para que pueda poner la vista y la voluntad política en el horizonte de un bienestar para todos a costa de lo que sea, y no para unos cuantos privilegiados. Se necesita de un político cuya aspiración de trascendencia en la vida esté puesta en esa progenie verdaderamente eterna: el bien de la nación y sus hijos. 
Pero el proyecto también necesita de todos nosotros. Y en lo personal, creo que el primer paso del Estado para la refundación moral de este país empieza con el voto para Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del 2012 para la presidencia de la república; y el segundo paso es la defensa del voto, pues de cierto que los enemigos de la nación, el PRI y el PAN y sus potentados, la más grande banda de ladrones en la historia de esta nación, harán todo lo posible por robarse de nueva cuenta la presidencia de esta castigada república. Para ellos hay mucho dinero en juego, y son como el barril cuarteado de Calicles en el Gorgias de Platón: no se llenan jamás. Sobre esta avidez de los prianistas, yo sé de lo que le hablo.

Buen día.

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