PRI, PAN, racismo y exterminio.

El asunto de los suicidios por hambre en las comunidades indígenas de la sierra de Chihuahua lo ha anunciado el señor Ramón Gardea, del Frente Campesino Indígena – FCI -. Lo confirma también el señor Arnoldo Barrera, integrante de una comunidad indígena de aquellos lugares. Sin embargo, hasta el momento en que escribo, el gobierno priista de Chihuahua y otras entidades públicas niegan rotundamente estos sucesos. 


Las imprecisiones en las fuentes públicas son verdaderamente cómicas y no hablan sino de un gobierno atolondrado, acalambrado, conmocionado por una verdad harto oculta que por fin sale a la luz. Pareciera que, de pronto, ante el destape de una cruda realidad entre un grupo de mexicanos históricamente desamparados, todos tienen datos únicos y contradictorios. Por un lado se nos dice que hay suicidios; por el otro que no los hay, pero que sí hay hambruna. Luego otros nos dicen que sí hay suicidios – la Fiscalía de la Zona Sur de aquel Estado; y muy alta la cantidad, por cierto, cuando vista contra la población total de aquellas etnias -, pero que no es por hambre, sino por otros motivos: desintegración social, violencia de género, alcoholismo, desesperación, y etcétera. Y bueno, lo cierto es que, en este último caso, estamos asistiendo a causas de suicidio que tienen su raíz última en el estrés que generan la pobreza y la marginación; fenómenos que, a su vez, son las causas del hambre. Y por cierto que también se reportan muertes involuntarias por inanición entre niños y adultos. Así que, como sea, no tenemos escape del mundo de la realidad: una historia prianista más de carencia absoluta de sentimiento humanista con su cuota completa de injusticia.   
Según leí en los medios, el gobierno priista de aquel estado no niega el problema de hambruna, pero desmiente el asunto de los suicidios en los siguientes términos:
“Sólo el que no conoce la idiosincrasia de la raza Tarahumara, podría creer semejante versión. Su formación en la dureza de la sierra, los hace hombres y mujeres con un temple a toda prueba. El Gobierno de Chihuahua, reprueba la injerencia de gente sin escrúpulos que miente y engaña a personas de buena fe con este tipo de falsa información".
Desde luego que es muy alentador este informe del gobierno priista de Chihuahua. Me pongo de pie y le rindo una ovación clamorosa. Y es que yo ya respiro tranquilo porque, a decir de ese gobierno, los indígenas de por allá son muy fuertes, todo terreno, y el hambre les pela los dientes y están más que listos para aguantar más chingadazos del México moderno de los prianistas.
Por supuesto que hoy, en este momento, lo urgente frente a este problema es lo que están haciendo espontáneamente muchos mexicanos de buena fe por estas comunidades: colectas y más colectas. Y estoy seguro de que, gracias a esos mexicanos de buen corazón, las etnias de la sierra de Chihuahua lograrán pasar de mejor manera el drama que enfrentan en estos momentos. El hoy por lo menos ya está resuelto con modestia, aunque sea a gritos y a sombrerazos. 
Pero, ¿y mañana? ¿Qué pasará mañana con estas comunidades de mexicanos originarios?
Esta pregunta es importante porque, pese a la importancia de la ayuda humanitaria, sabemos que esto no es todo lo que necesariamente debe hacerse y que tampoco es lo mejor que podemos hacer por ellos.
Si no nos engañamos y somos consecuentes con la realidad, sabemos que, de continuar las cosas como están hoy en día, y aplacado el infierno de la hambruna por este acto humanitario, y pasadas las semanas, estas expresiones episódicas y dramáticas de una miseria sistémica pasarán al olvido en la memoria del colectivo y las cosas volverán a ser igual que antes para nosotros y para ellos. Ellos, los indígenas, y pese a nuestros mejores deseos y a nuestras plegarias a Dios, volverán a quedar en el olvido en su trampa de miseria y estarán destinados a volver a repetir este infierno a la menor oportunidad. 
Creo que este desquiciante episodio con aires medievales debiera servir a los mexicanos de acicate moral para atreverse a reflexionar de una buena vez sobre lo que está funcionando mal en nuestra sociedad y actuar en consecuencia. Digo, si es que deseamos que estas cosas ya no se vuelvan a repetir y que las comunidades indígenas todas, no solamente las de Chihuahua, puedan empezar a caminar por sí solas hacia una vida digna y estable.    
Lo primero que debemos hacer es abandonar todo intento fútil e idiota por tratar de argüir que este asunto de la hambruna de los indígenas es resultado de situaciones accidentales como el clima para luego tratar de persuadirnos de que las cosas marchan bien en nuestro país. Honestamente, estimado lector: ya no nos podemos engañar de esta manera si deseamos guardar algún respeto por nosotros mismos y, sobre todo, por esos mexicanos valientes y sencillos de la sierra de Chihuahua. Y es que la verdad sobre estos asuntos es otra, pero pocos ponen el dedo en esa llaga porque es doloroso. Y a veces, cuando alguien lo pone, los otros ven el dedo y no la llaga. 
De entrada, reconozcamos que estas cosas no sucederían si los gobiernos prianistas se hubieran ocupado desde mucho tiempo atrás en aquello de hacer gestión pública para garantizar la prosecución y el fomento de la economía propia y original de estas culturas  – incluyendo en este paquete a los valiosos recursos naturales de estas comunidades que son tan caros para la avaricia de los consorcios industriales – y en proveerles de todas las bondades de un estado de bienestar al menos mínimamente modesto. Sin embargo, sabemos que esto jamás ha sucedido y que por ello esas comunidades han sido condenadas al infierno que hoy vemos: precariedad social y económica, discriminación y racismo. Y como vimos, las declaraciones frívolas y torpes de las entidades públicas no hacen sino confirmar esa brutal ausencia de cualquier sentimiento humanista en nuestra clase política prianista en este tema como en otros tantos.  
Tenga por cierto el lector que esta dolorosa vulnerabilidad de los tarahumaras ante el clima no es algo propio de una cultura que se precie de ser fuerte, sana y vigorosa. Al contrario, todo eso solamente habla de culturas debilitadas  en extremo, casi al grado de muerte, con el consecuente fracaso económico y social, y todo por el acoso brutal del mundo moderno y su clase política. Pareciera, en verdad, que esos pueblos milenarios están escenificando ante nuestros ojos el mismo destino final que sufrieron las culturas indígenas de EUA una vez que fueron diezmadas y arrinconadas en reservas inhumanas: miseria económica, alcoholismo, confusión, desintegración, desarraigo; situaciones todas que, a la postre, estresan al espíritu del hombre y suelen desembocar en la degradación moral, la pérdida de la dignidad y hasta en el suicidio. 
Le recomiendo al lector que vea una película del año 1970 del director Arthur Penn, titulada “Little big man”, y protagonizada por Dustin Hoffman. Un niño – Jack Crabb - raptado por una banda de cheyenes, de indios norteamericanos, y que luego es asimilado a la cultura de sus captores. La historia del filme da para mucho más allá de nuestro tema, pero creo que ahí podrá ver el lector los efectos degenerativos y mortales que se siguieron con el fracaso económico y social de las culturas nativas norteamericanas por el influjo del modernismo occidental con todas sus cuotas de utilitarismo vulgar, avaricia, voracidad, violencia y perversión ética. Y usted verá ahí que la trama del filme reproduce muy de cerca lo que ocurre en estos momentos con los tarahumaras. Al final, el fracaso cultural responde al acoso del mundo de los blancos y mestizos, y lo cual luego termina por hundir a Pequeño Gran Hombre en episodios de estrés, alcoholismo y abandono de su antigua dignidad. Y por cierto que también el gran jefe cheyene intenta morir para escapar de aquella debacle cultural.
- A veces la magia no funciona – dice el gran jefe, en una pincelada humorística, cuando los espíritus no escuchan sus plegarias.
Y si el señor don Dinero ha puesto en huída a los mismos espíritus, en el terreno de lo político ¿qué podemos decir? ¿Cómo podemos justificar a una nación donde niños indígenas mueren de hambre mientras la clase política y las élites se regodean en sus opulencias? ¿Cómo justificar estos episodios de miseria con aires medievales frente a un mundo de políticos y jueces con salario triple A y con millonarios de clase mundial? ¿Se pueden racionalizar estas cosas para creer en nuestra política? Por cierto que se necesitaría estar completamente loco para pretender racionalizar y justificar eso.
Es mi opinión que, lo que vemos hoy en el caso de estos indígenas, no es sino una expresión mas del sistema económico del derroche a ultranza promovido por los regímenes prianistas desde mucho tiempo atrás. Se trata de un sistema que, habiendo derrumbado el estado de bienestar, no tiene límites en su tarea de poner precio cero o hasta de convertir en un disvalor a todo aquello que no puede ser aprovechado - o que se resiste a ser aprovechado - como recurso económico, y que, además, derrocha recursos irracionalmente en beneficio de unos cuantos. Y el aspecto más infernal de ese espíritu de derroche lo vemos en toda esa masa de hombres y mujeres expulsados del mundo económico en la forma de desempleados, subempleados y miserables sistémicos. Y de cierto que las culturas nativas de este país han sido las principales víctimas de ese sistema voraz y estúpido del derroche. 
En efecto, en las garras de ese sistema, los indígenas han terminado convertidos en simples cosas sin valor, equivalentes a una piedra o a un montón de broza de sus hermosos bosques, pues, más allá del tonto mundo de los turistas curiosos en que los indígenas son vistos como animales en un zoológico mágico al natural, ellos no reportan utilidad alguna como recurso aprovechable para la economía del derroche. Y es así que, cuando puestos como simples “cosas” sin valor frente al enorme caudal monetario que significan sus recursos naturales – en especial para la industria forestal y minera -, ellos se han visto prácticamente condenados a sufrir una muerte lenta y silenciosa por acoso y marginación. Podría decirse que nuestra clase política, y su amo el señor Dinero, han actuado en este caso como un imperio yanqui en miniatura que se ha creado una Cuba en cada comunidad indígena del país, donde el objetivo oculto y silencioso es arrasar con todo vestigio de esas culturas por medio del abandono, el aislamiento, el hambre y la muerte.
- ¿Quién mató de pobreza a este pobre indígena? – pegunta uno.
- No, pos quién sabe – responde el otro.
- Es que no trabajaba, era flojo – responde un imbécil acudiendo a las condiciones autojustificantes de su propio racismo oculto.
En efecto, tome en cuenta el lector, además, que en esto de la expulsión de los indígenas del mundo del derroche hay también ángulos escalofriantes que rayan en un brutal racismo oculto. Y es que lo cierto es que esos indígenas han sido desechados por ese sistema en tanto que, por su cultura diferente, se convierten en un estorbo para el señor Dinero. Para él, para el señor Dinero, ellos, los indígenas, son simples, son “ignorantes”, no son competitivos, no son lo suficientemente ambiciosos, son refractarios al pragmatismo vulgar y, por tanto, no son adaptables al mundo moderno. Luego el señor Dinero y sus siervos políticos ponen con estos factores discriminantes las condiciones económicas y sociales que cifran el fracaso final de estas culturas. Y al final nadie es culpable y todos se sacuden las manos, porque el culpable es solamente el indígena que se “abandonó a sí mismo”…y el clima…y la voluntad de Dios…Vamos, pretextos sobran. 
Por cierto que algo así hacían los norteamericanos racistas con los afroamericanos. El hombre blanco condiciona social y económicamente a los afroamericanos para el fracaso automático y para que ellos mismos aparezcan como responsables de su propio destino miserable, y así esté fracaso “demuestra” su inferioridad y ya pone las bases para “racionalizar” el racismo. Padre, ¿no?   
No se crea el lector tampoco que lo de los suicidios entre los indígenas de Chihuahua es un fenómeno único y privativo de ellos. Yo le puedo asegurar que hay miles de mexicanos que, viéndose hundidos en una trampa insuperable de miseria, por lo menos viven el día a día con un expediente bajo el brazo cuyo título único reza: “Decepción con la vida”. Y si no vemos boyante en esos mexicanos una ola de renuncia voluntaria a la vida, seguramente es porque su pragmatismo le resta atractivo a la apuesta por una mejor vida después de la muerte. 
Pero si vivimos en una democracia que, pese a sus grandes imperfecciones, no deja de privilegiar en alguna medida la libertad de pensar y hacer en cada ciudadano, ¿cómo es que hemos llegado a estos escenarios? ¿Cómo es que apenas podemos sorprendernos hasta cuando se verifican los resultados tangibles y dolorosos de una gestión política apuntada al abandono deliberado e inhumano de muchos mexicanos humildes como son los tarahumaras?
- ¿Qué pensarán estos muchachos con eso de ir con toda temeridad a los tugurios? – me decía mi amigo Fernando cuando vio salir a un grupo de muchachos de un centro nocturno de muy baja estofa, por aquello de la inseguridad. 
- A veces apelamos a nuestro instinto animal para comportarnos como un rebaño – le respondí -. El placer es parte de nuestra vida. Y para disfrutar de los placeres de la dehesa, apostamos a la seguridad de los grandes números en el rebaño. Voy al tugurio pensando que, entre tantos asistentes al lugar, a mí no me tocará esta vez enfrentar al lobo. Y eso es confiarse a la seguridad de los grandes números del rebaño. Y es por ello que solamente nos escandalizamos cuando suceden tragedias masivas o cuando los problemas están en la puerta de nuestra casa; porque solamente hasta entonces se pone en alerta nuestro sentido de seguridad, cuando creemos que los grandes números pueden fallar o ya fallaron…¿Recuerdas lo del casino Royale?
Fernando asintió.
- Sin embargo, todos los días hay al menos una víctima mortal por esta ola de violencia y nadie se escandaliza como en aquel episodio. ¿No te parece absurdo que necesitemos decenas o cientos de muertes para despertar?
- Sí, tienes razón. Pero entonces somos una manada muy suicida - me dijo Fernando.
- ¿Por qué?
- Hay más de cincuenta millones de pobres en este país – me respondió Fernando -. Eso significa que el lobo ya se comió a la mitad de la población, y nosotros no despertamos.
En efecto, gran verdad la de Fernando. Debemos reconocer que, si nuestra clase política se regodea en este vacío de sentimiento de humanidad, en este vacío de amor vinculante hacia los demás, es porque nosotros lo hemos permitido: unos por complacencia abierta, otros por omisión y otros por no tener tiempo para “cosas sin importancia” como es la sociedad y sus asuntos públicos. 
En realidad, solo es una fracción de mexicanos, por lo menos no mayoritaria, la que se ha ocupado en señalar todas estas faltas éticas en nuestra clase dirigente desde tiempo atrás. Me queda clara constancia, por ejemplo, de que la enorme mayoría de lectores de este diario forman parte de esa fracción de mexicanos despiertos que protestan y que levantan su voz de inconformidad contra esos problemas. Pero creo que no sale sobrando para nada eso de invitar a la gente para tomar estos lamentables eventos de Chihuahua como un acicate moral para motivarnos a reflexionar en torno a lo que está mal en nuestra organización social y para actuar ya en consecuencia. 
Reconozcamos que, en lo esencial, nada lograremos si como sociedad civil no trascendemos desde ayudar humanitariamente hasta obligar a la clase política para que actúe con sentido ético, con sentido de humanidad, a fin de hacer posible una vida digna y autónoma para las comunidades indígenas y para los millones de mexicanos “modernos” en condición de pobreza. 
Como dije al principio de este apunte, las fuentes públicas por lo menos han aceptado ya que sí hay suicidios entre aquellas comunidades indígenas de la sierra de Chihuahua, aunque por motivos - dicen ellas - no relacionados al hambre. Sin embargo, sabemos que es una tasa de suicidios alta y que, en última instancia, viene respondiendo al problema del estrés ligado a la miseria económica. Dije también que se ha reportado la existencia de muertes por inanición entre niños y adultos. Y bueno, solamente quiero decir que estos indígenas que se han suicidado – ya por hambre o por otros factores -, o que han muerto por inanición, han dado un terrible bofetón en el rostro de nuestra endeble cultura moderna. Bofetón, porque nos recuerdan lo descuidado que hemos sido en aquello de no tomar el control de la cosa pública para dejarla en manos de una clase política prianista pervertida que abre el paso a este tipo de brutalidades medievales. Bofetón, porque estamos hablando de gente que ha preferido morir de hambre, voluntaria o involuntariamente, antes que acudir a acciones antisociales para hacer posible su sobrevivencia. Y esto último, estimado lector, es el mayor peso del bofetón, porque estamos hablando de mexicanos sencillos y humildes, muy pobres, pero con una enorme riqueza moral y con una altísima dignidad humana; cosas espirituales éstas que, por cierto, en nuestra cultura son tan escasas como las gemas de la diadema de Atenea.  
Créame que si comparamos a nuestra cultura moderna con esas culturas amerindias sobrevivientes en la escala de tiempo en que ellas han pervivido de manera exitosa y armoniosa, nos daremos cuenta que estamos en pañales frente a ellas en eso de saber vivir bien y con sabiduría. En realidad, las únicas ventajas de nuestra cultura “moderna”, frente a ellas, estriba en sus incuestionables capacidades para derrochar idiotamente y para matar a nombre de la avaricia. Y si de gran ayuda nos puede ser el volver los ojos hacia los sistemas morales de esas viejas culturas para aprender lo que es verdadera política, una política de amor vinculante hacia el resto del grupo social, antes bien hemos permitido que un sistema político perverso y corrompido las haga periclitar irremediablemente. Así que cada vez que permitimos estos golpes de miseria humana sobre estas viejas culturas nos cerramos la oportunidad de aprender grandes y valiosas cosas de ellas. 
En estos momentos tengo muy presente en mi memoria dos datos. Cierro con ellos.
Primero, recuerdo con mucha insistencia el artículo que dediqué a los tres genios, Silva Herzog, Sheridan y Jorge Castañeda, en virtud de su pretensión de usar el argumento del hambre en Corea del Norte para enredar en sus falacias a AMLO. En aquel artículo yo señalaba las laxitudes morales de estos tres genios frente a la pobreza de los mexicanos. Y bueno, mire usted lo que son las cosas, sucede que aquí, muy cerca, en la sierra de Chihuahua, los tres genios ya tienen a una Corea del Norte engendrada por el PRIAN. ¿Qué dirán ahora sobre este asunto los tres genios? ¿Se atreverán ahora los tres genios a preguntarle al PRIAN los motivos por los cuales está llevando a México por la ruta de Corea del Norte?
Segundo, no puedo quitar de mi imaginación los escenarios dramáticos que estarán viviendo muchas indígenas en la sierra de Chihuahua. No puedo despejar de mi mente las imágenes de niños y ancianos sufriendo por el anhelo insatisfecho de una vida humana libre y digna. No puedo tampoco disipar de mi imaginación la escena de algún indígena completamente abatido que, creyendo haber encontrado la suerte del jugador, decide correr la apuesta por una mejor vida para colgarse del cuello de las ramas de un alto oyamel. Y cuando imagino todo eso, también imagino la cómoda y lujosa oficina de un político mexicano de alto vuelo, su residencia palaciega, sus opulencias, sus dietas, sus salarios nutridos, sus comidas regias, sus amantes…Caray…¿Y sabe algo, estimado lector? Cuando imagino todo eso, solamente me atrevo a mascullar unas palabras:
¿Este es el nuevo PRI que tanto se publicita por todos lados? ¿Es hambre, miseria y vacío de sentimiento humanista? ¿Esto es lo que nos van a demostrar los priistas gobernando?...¡Qué poca…!

Buen día.

Comentarios