Para Enrique Peña Nieto los mexicanos son cosas.

Avanzaba la jornada electoral pasada y ya empezaban a manar por doquier las irregularidades mayúsculas con la más tradicional marca del PRI. Y no fueron irregularidades de poca monta. Fueron asuntos capaces de torcer el resultado de una elección de manera significativa.

Encuestas de salida investidas en el habitual y demostrado sesgo sistemático que da un premio gratuito a Peña Nieto y un castigo gratuito a AMLO. Compra de votos a más y mejor. Incautación de credenciales de elector a cambio de bonos o tarjetas de consumo balines – ya noticia mundial -. Boletas electorales clonadas por miles, o por decenas de miles según se va viendo ya. Acarreos. Adulteración de cifras en actas que, por supuesto, abonan en favor de Peña y en contra de AMLO. El eco apagado de una supuesta incautación, por parte del FBI, de 3 millones de boletas electorales clonadas y marcadas a favor del PRI en Texas  - me reservo en esto, porque es un rumor hasta ahora no verificado y no difundido por los medios locales -. Pronunciamientos de candidatos – Josefina y Quadri -, autoridades políticas – Calderón -, y medios oficialistas, que, debiendo privilegiar la certidumbre por sobre lo probable o verosímil, toda vez que la materia lo permite y así lo exige, optaban mejor por declarar el triunfo de Peña Nieto con el solo fundamento de unas encuestas con un ya clarísimo sesgo sistemático a favor de Peña Nieto.
Por supuesto que todo esto solo vino a poner en franca evidencia lo que ya todos damos por sabido: la existencia de un grupo social minoritario y privilegiado que persiste en su ambición de adueñarse de la nación por completo –los Robber Barons o la Oligarquía de los Treinta, como usted quiera llamarlos -, y la legendaria perversión moral del PRI. No trataré de describir o explicar este asunto expoliador porque tal cosa resultaría una verdad de perogrullo, toda vez que este fenómeno es ya dado por cierto por toda persona juiciosa.

Un México decadente:

San Agustín de Hipona vivió una época que marcaba el ocaso lento y agónico del imperio romano. Esta situación hacía prevalecer un ambiente de decadencia. A su vez, la política constituía un eje de gravedad de ese ambiente, de tal forma que el santo presenció con sus propios ojos la realidad de una política completamente pervertida en lo moral. 
Es así que las ideas políticas de san Agustín tienen un enorme poder para describir nuestra realidad, porque nosotros, al igual que el santo, también estamos insertos en un mundo decadente en todos los órdenes. Decadencia en que PRI, PAN y Robber Barons, se abisman en una furiosa e irreversible perversión moral asidos de la cola hirsuta de un viejo orden mundial neoliberal que está en sus últimos estertores de muerte. 
Cuando se leen los textos de san Agustín uno para mientes de inmediato en un hecho relevante para nosotros: políticos del imperio romano – ya de la metrópolis o de las colonias avasalladas - y políticos mexicanos oficialistas, prácticamente son la misma moneda corriente en lo que toca a perversión moral. 
Bien, le regalo un texto de san Agustín correspondiente a su obra capital, La Ciudad de Dios. Este libro, considerado el segundo más importante en la literatura cristiana después de la Biblia, contiene, entre otras muchas cosas de inestimable valor, la filosofía de la historia de este hombre. 
“Lo que nos interesa – pone san Agustín en boca de los orgullosos y vanidosos gobernantes romanos -, es que todo hombre sea capaz de aumentar su riqueza para satisfacer sus diarias prodigalidades, y que el poderoso pueda someter al débil a sus propósitos. Que el pobre corteje al rico para conseguir su subsistencia, que bajo su protección goce de una perezosa tranquilidad; y que el rico abuse de los pobres como dependientes suyos para que rindan culto a su orgullo – donde el prestigio que da el poder político es parte importante, por supuesto -. Que el pueblo aplauda –y alce al poder -, no a quienes protegen sus intereses, sino a quienes les proporcionan placeres…Que las leyes tomen conocimiento más bien del daño hecho a la propiedad ajena, que del que se realiza en la propia persona…Que exista abundancia de prostitutas…mansiones…banquetes suntuosos…placeres crueles y voluptuosos. Y si semejante felicidad le desagrada a alguno, que éste sea estigmatizado como enemigo público, y que si otro intenta modificarla o ponerle fin, que sea silenciado, desterrado o muerto…Y fue así, entonces, que la “pompa más insensata de la gloria humana –la de Roma – hizo una burla cruel de la Justicia.”
Creo que el lector puede dar cuenta de cómo los hermosos tejidos verbales de san Agustín se van empalmando perfectamente bien con nuestra cruda realidad como país bajo el primado decadente del PRI, el PAN y los Robber Barons. 
Neoliberalismo, y su egoísmo y utilitarismo vulgar consecuentes, como fines supremos del Estado. Los Robber Barons como expoliadores de la fuerza de trabajo, pero traducidos en la ideología dominante en calidad de santos dispensadores de la gracia de un pobre empleo para el pueblo. El pueblo raso en calidad de esclavo apatronado, abismado en la pereza intelectual, despojado de toda conciencia social, y, por ello, preso de la ideología de los Robber Barons. La política fundada, no en la verdad, sino en la retórica, en agradar al oyente diciéndole lo que desea escuchar. Clientelismo político – compra de votos – y manipulación de la verdad sobre los asuntos públicos – encuestas sesgadas, etc. -. La indiferencia del IFE y demás instituciones sobre el gravísimo daño moral que deviene con el clientelismo político y la mentira mediática. La estigmatización mediática de AMLO como peligro para la nación y del 132 como movimiento manipulado, y estamos por ver si las cosas en este terreno llegan al nivel de los actos de fuerza. Y finalmente, hemos constatado cómo todo lo anterior ha terminado por dar lugar a un Estado mexicano de facto colmado de injusticia, de lo cual dan fe palmaria el saqueo de la nación por los Robber Barons, la miseria económica de millones de mexicanos, y el escamoteo de nuestra libertad.    
Y a propósito de Estado colmado de injusticia, san Agustín se pregunta lo siguiente:
“¿Qué son los reinos sin la justicia, sino grandes bandas de ladrones, y qué es una banda de ladrones sino un pequeño reino?”
¿Ya tiene usted idea de cómo debe definir en rigor a esa liga del poder conformada por PRI, PAN y Robber Barons?

Profanando a san Agustín para entender al PRI: 

La teoría moral de san Agustín está centrada en Dios, donde éste es el principio y el fin de la moralidad. El hombre es visto como incapaz de acceder a la moralidad con el solo instrumento de su razón y con independencia de Dios. Y nos dice san Agustín lo siguiente: El hombre camina en derechura al bien en la medida en que ama a Dios por sobre sí mismo y con ayuda de la gracia de éste, para convertirse así en parte de la Ciudad de Dios. Pero el hombre que se ama a sí mismo antes que a cualquier otra cosa, se aleja de Dios y, con ello, se perfila hacia el mal – la privación del bien en la visión de san Agustín –, para así convertirse en ciudadano de Babilonia. 
Pero para san Agustín la moralidad cristiana es dinámica, actuante, de tal manera que el hombre que realmente busca el bien debe ceñir su voluntad libre a Dios y a sus ordenamientos y ponerlos en vías de hechos. Y desde la perspectiva de él, uno de los ordenamientos más importantes para el hombre moral es aquel que manifiesta el evangelio de san Mateo – 22:37 -: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” 
Si acomodamos la teoría moral de san Agustín en una visión autónoma, centrada en el hombre que puede normar su conducta con su sola razón y con independencia de Dios y su gracia, encontraremos que la misma se convierte en un aparato muy semejante a la ética del deber por el deber. Hagamos esto, pues, poniendo al hombre en lugar de Dios como principio y fin de la moralidad, para luego valorar la situación del PRI en este escabroso terreno. Y para este efecto, tomemos tan solo la máxima de san Mateo en su versión mundana, sin Dios en el fondo.  
Cuando traducida a su versión mundana, la máxima del “ama a tu prójimo como a ti mismo” implica el reconocimiento franco y honesto de que “el otro”, el prójimo, es un igual a nosotros, un ser que posee personalidad moral y dignidad humana, y que por ello debe ser considerado como un medio y como un fin en sí mismo al mismo tiempo. Así las cosas, hace el mal quien actúa en su vida viendo a los otros como simples medios útiles para la realización de sus fines propios. Por el contrario, hace el bien el que reconoce en los otros la condición de fines en sí mismos, aun y cuando se sirva de ellos como medios útiles para su felicidad. Y por supuesto que, en esta segunda situación, se asume que ese alguien que usa de los otros como medios útiles, está contribuyendo con reciprocidad a la realización de los fines de éstos, o que al menos no estorba para ese efecto o no contribuye a su infelicidad. Y debemos aclarar que cuando hablamos de “medio útil” no estamos haciendo referencia a nuestra noción vulgar de utilidad neoliberal, sino a una más simétrica y con más sentido humano, muy al estilo de John Stuart Mill.
Para entender lo anterior en llano, basta decir que se obra bien, por ejemplo, cuando usted paga lo justo a un trabajador, o cuando vende su producto al precio justo. Se obra mal, en cambio, cuando se escamotea el salario a un trabajador o cuando se pretende extraer una ganancia indebida en un acto de venta.
Luego, es muy fácil ver cómo es que la máxima de san Mateo, cuando puesta en este nuevo contexto, se convierte en uno de los pilares fundamentales de toda política moderna que se precie de buscar construir una sociedad entre iguales  – una democracia integral -. 

La condición moral del PRI:

Creo que si el lector repasa los vergonzosos hechos de la jornada electoral que abordamos al abrir este apunte, podrá apreciar con toda claridad la manera en que nuestra versión mundana de la moral de san Agustín reverbera poderosamente en cada uno de estos bochornosos capítulos. 
En efecto, hablamos de un PRI pervirtiendo el fin legítimo de un parido político en una democracia porque, con la vista puesta exclusivamente en sus fines propios – el poder, y el dinero y el prestigio que él conlleva -, ha asumido a los mexicanos rasos como simples medios útiles que pueden ser usados a su antojo. De eso nos habla la compra de votos, la incautación de credenciales de elector a cambio de bonos o tarjetas Soriana, la coacción y los acarreos. Y se trata, además, de una perversión moral furiosa toda vez que comercia vilmente con la necesidad de los mexicanos más miserables de este país, y que se cuentan por decenas de millones.

- Dame de comer y seré tu esclavo.

Dicen muchos de esos mexicanos hundidos en la miseria por obra y gracia del Estado de facto, recordando los pasajes más estremecedores de Los hermanos Karamazov. Y como el gran inquisidor de Fiodor, el PRI también sabe de este punto de quiebre en la voluntad de los que padecen hambre, y sabe sacar provecho vil de ello con su comercio de votos a cambio de víveres.
Pero lo peor viene cuando pretenden engañarnos con sus mentiras mediáticas - encuestas sesgadas sistemáticamente y pronunciamientos espurios – encaminadas a desarticular a la inteligencia y el buen juicio con la incertidumbre, con la duda y con el estigma. Y es que es en ese momento cuando ellos nos asumen como una horda de idiotas que han de traspasar el umbral de lo humano a empellones de la información distorsionada hasta convertirnos en un conjunto de simples cosas útiles, despojadas de inteligencia y, por ende, de alma.
Y para culminar, en el pináculo de esa enorme montaña de perversión moral, descansan muy ufanos los Robber Barons, usando a los mexicanos todos como cosas útiles, desde su flamante cosa llamada “gerente del país”, hasta sus cosas más opacas y enjutas recluidas en el fondo de la pirámide: los miserables.
¿No es ésta la misma condición moral que acusaban los políticos romanos en palabras de san Agustín? ¿Y no es ésta una condición moral completamente pervertida?

La negación de la realidad:

Y mire usted lo que son las cosas. En estos momentos el PRI y sus camaradas de aventuras, los Robber Barons y los medios oficialistas, se empeñan en negar lo evidente, en negar hasta el nivel de la necedad la copiosa y clamorosa cascada de hechos que van mostrando palmariamente un nuevo golpe a la nación. Y se trata de un acto de negación que nos pone a nosotros, los mexicanos agraviados, en calidad de seres desprovistos de inteligencia, incapaces siquiera de distinguir la verdad de la mentira, y, por ende, sin alma. En otras palabras, se trata de una negación absurda de la verdad que nos da a nosotros, los mexicanos de a pie, la condición de cosas útiles. 

Los mexicanos son cosas:

A la luz de lo apuntado, es claro que Enrique Peña Nieto carece completamente de la mínima cuota de legitimidad moral para aspirar a gobernar a este país. Y esto se sostiene pese a la necia postura de su partido, y de los medios de información asociados, por negar la realidad. Y lo cierto es que el solo relámpago de perversión moral en la jornada electoral ya le hubiera valido a este hombre el ser echado atrás hoy mismo en sus pretensiones si nuestra sociedad fuera dueña de la sabiduría necesaria para obrar conforme a la verdad que conviene a la moral y al bien público.   
Pero ¿sabe algo? En este país muchos no tienen la voluntad ni la valentía para atajar el paso a estas fuerzas políticas pervertidas de manera pacífica y afirmar, así, su libertad y su condición de seres dotados de personalidad moral y de dignidad para abandonar su condición actual de cosas útiles. Y ellos, el PRI y sus camaradas de aventuras, como el gran inquisidor de Fiodor, saben de esta flaqueza del “nervio” y por ello se atreven a tanto, a lo indecible, a lo que rebasa los diques de la dignidad hasta rebosar en lo humillante. En efecto, hay muchos que prefieren cortejar al poderoso inmoral para poder subsistir en pereza intelectual y moral, y aun y cuando ello les cueste el abuso de ese poderoso.    
Ahora bien, si a la luz de los hechos los mexicanos hemos sido asumidos como simples cosas útiles, sin personalidad moral, sin dignidad, sin alma, en las entrañas de la tremenda perversión moral del “Nuevo PRI”, vale hacerse unas preguntas muy importantes:
Supuesto el caso de que Enrique Peña Nieto asuma la presidencia de la república – algo que es ya virtualmente un hecho dada la apatía o hasta la complicidad de muchos mexicanos ante la inmoralidad del PRI -, ¿cuál cree usted que vaya a ser la postura de este partido de frente a los mexicanos una vez que esté en la gestión del Estado de facto? ¿Cree usted que seguirá viéndonos como cosas útiles como hasta ahora, o cree que pasará a tratarnos, por fin, y después de más de ocho décadas, como seres dotados de personalidad moral y dignidad humana?
Lo invito a que responda esto con buen juicio, sin apasionamientos, atenido a razón y a la experiencia, y de la manera más exacta posible, tal como lo haría un hombre prudente y sabio en estos casos. 
Por lo pronto, le voy a dar mi respuesta en esa tónica: El PRI arrasará con los últimos vestigios del patrimonio de la nación, y a partir de ahí las calamidades tocarán a la puerta de cada mexicano tarde que temprano. Y si le fuera posible – parece que no es posible -, ese partido nos vendería a nosotros, los mexicanos de a pie, en calidad de esclavos. Y lo harían, porque la historia, incluida la jornada electoral recién concluida, demuestra que eso hemos sido siempre para ellos: cosas útiles.
Fue la negativa sistemática de ellos – de los romanos – para aprender de las calamidades y de los errores del pasado, lo que ocasionó el derrumbe del viejo imperio romano. Por su orgullo y su vanidad, por su ceguera, los romanos obraron imprudentemente y no supieron frenar la perversión moral de sus gobernantes. Y creo que ésta ha sido la causa fundamental en el derrumbe de las más esplendorosas culturas y de los pueblos más modestos en la historia.

Buen día. 

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