PAN y PRI: ¿Repulsión clasista o racismo?

Repulsión y racismo:

Entiendo a la repulsión como aversión, asco, repugnancia. Y cuando vista en sí misma, no creo que tenga nada de malo. Se trata de de un impulso humano que tiene alguna utilidad en tanto nos ayuda a responder y prevenir situaciones desagradables o peligrosas.

Las personas suelen manifestar repulsión ante cosas objetivamente peligrosas. Nadie que se tenga por cuerdo puede encontrar, por ejemplo, placer y seguridad en eso de maniobrar con las manos a una cobra bien equipada con sus municiones de toxinas; de ahí que eso de domar cobras genere muy buenas rentas profesionales. Pero también es cierto que hay muchos que reaccionan ante ciertas cosas o situaciones con una repulsión movida por cuestiones muy subjetivas, por prejuicios y nociones estéticas. Vemos a este caso, por ejemplo, a las personas que caen presas de terror y asco cuando están frente a animales inofensivos como una iguana o una rata de campo; animales que, además de ser objetivamente inofensivos, pueden ser bellos o agradables para otras personas. 
Las personas también experimentan repulsión en el ámbito de las interacciones humanas. Y estas aversiones pueden tener bases muy racionales – en lo moral - cuando se verifican, por ejemplo, frente a casos extremos de perversión humana, como puede ser un violador, un sacerdote pederasta, un sicópata o un político gacho, transa y balín – ¡buenos días! -. Pero en este ámbito hay también repulsiones que están demencialmente prejuiciadas. Nos referimos a las que se verifican contra las víctimas de ciertas enfermedades – SIDA - y especialmente contra personas cuyas costumbres y hábitos de vida, y por un legítimo acto de libertad, están en el ámbito de lo alternativo, de lo no aceptado por todos, de lo “no normal”: homosexuales, ateos, religiones emergentes, estética corporal y demás cosas. Y por supuesto que el extremo de este tipo de aversiones torcidas o infundadas es el que se verifica por cuestiones raciales, y que a veces se designa con la palabra de racismo.
También existen las repulsiones prejuiciosas entre clases sociales. Estas aversiones suelen ir especialmente desde arriba hacia abajo en la escala de las jerarquías, al modo de la aristocracia francesa de los tiempos de María Antonieta, la  Madame Déficit - ¡Buenos días! -. Y los prejuicios en este ámbito pueden ser tan fuertes que los habitantes del mundo superior – clase política oficialista y Robber Barons - pueden llegar a convencerse de que los seres del mundo subterráneo – los indígenas y los miserables - están en la condición de lo infrahumano. Esto ha sido incluso objeto de la literatura. ¿Recuerda el lector La Máquina del Tiempo?  
Todas estas repulsiones torcidas responden a una total ignorancia respecto del mundo humano, y están prohijadas, entonces, por lo irracional y brutal. 
Irracional, porque descansan en conceptos huecos. En el caso del racismo, por ejemplo, sabemos que no hay razas puras, y que por ello el concepto de raza ha dejado incluso de ser útil en la sociología y la antropología modernas. 
Irracional también porque, además de descansar en conceptos huecos, apuntan hacia el deseo insensato de jerarquizar personas en escalas únicas e ilusorias de dignidad y belleza, donde el “yo” esta en el pináculo de la dignidad y la perfección, y el “otro”, el diferente y opuesto al “yo”, está en el sótano, en lo horrible, en lo despreciable, en el nivel de lo infrahumano y  monstruoso. Se trata del “yoísmo” en su máxima expresión.
Y brutal, porque es aquí donde se muestra a plenitud la ausencia total del amor vinculante con los “otros”, con los “otros” que también forman parte de la especie humana. Y esto es algo muy propio de los brutos. Decía Aristóteles que esto es propio de las bestias; pero yo prefiero ser menos cruel y digo que es propio de los brutos.

El mundo de los Talavera:

No me sorprenden de manera alguna las muestras de repulsión del panista Carlos Talavera hacia las mujeres indígenas. Y no me sorprenden porque, por experiencia personal y por simple inferencia, sé que la posición de Carlos Talavera con respecto al mundo de los indígenas es la misma que guarda la mayoría de los integrantes de nuestra brillante clase política oficialista. Y note el lector que no hago una generalización; más bien me refiero a una tendencia dominante en esa clase, porque de cierto que hay excepciones ahí.
No soy servidor público, así que cuando apelo a mi experiencia personal para afirmar lo anterior, es porque he estado siempre, desde muchos años atrás, en contacto cercano con muchos integrantes, de alto y bajo rango, de esa clase política, ya bien por cuestiones de profesión, o ya bien por cuestiones de amistad. Y mis sentidos y mi memoria atestiguan para mí esa monstruosa actitud de repulsión clasista de muchos políticos oficialistas hacia el mundo de los indígenas.
Nunca faltan los que rebozan de fragancias artificiales la oficina una vez que sale de ésta alguna comisión de indígenas. Tampoco son extraños los que se lavan las manos con asco y desesperada obsesión una vez que saludan a un indígena, ni los que ordenan la desinfección del baño cuando a los muchachos de alguna madre indígena se les ha ocurrido hacer uso del mismo. ¿Y qué decir de aquellos políticos que se dan a la chacota en el círculo íntimo imitando los modos y costumbres de los indígenas en su trato?
Carlos Talavera es un genuino representante de una gran mayoría de políticos oficialistas que están confundidos, entre otras muchas causas, por esa repulsión prejuiciosa hacia el mundo de los indígenas. Y si Carlos Talavera cayó de su cómoda y rentable hornacina burocrática, fue solamente porque, a diferencia de los demás de su clase, cometió la torpeza de manifestar su aversión más allá del círculo íntimo, en público. Y es que para esto del cinismo se necesita la autoridad moral de un Diógenes, quien era el maestro de hacer en público lo que ni en privado se hace y sin el menor riesgo de ser reprochado por la opinión pública.
Hablo, asimismo, de inferencia, porque cuando uno se atiene a los hechos en la relación entre gestión del Estado mexicano y condición material y espiritual de las comunidades indígenas, no se puede llegar a otra conclusión que la repulsión como fenómeno dominante de la clase política oficialista. Sabemos, por los datos duros, que todo el accionar programático de esa clase ha estado histórica y deliberadamente apuntado a dejar en el olvido al mundo de los indígenas, tal como si se tratara de una estrategia consciente para extirpar un algo despreciable del cuerpo social a golpes de pobreza y hambruna, un algo que debe ser borrado porque su sola presencia parece abismar en la pesadilla del recuerdo de una herencia “vergonzosa” o al menos despreciable. 
De hecho, la misma presencia de este señor Talavera en un sector neurálgico del gobierno dirigido al servicio a los indígenas es bastante elocuente en torno a esa brutal repulsión de la clase política oficialista. Desde luego que no se puede creer que el caso de Talavera sea un error administrativo. Estamos hablando de una persona que desempeñaba un cargo importante en esa área del servicio público, y esto ya nos da indicios sobre la laxitud moral e intelectual que prevalece en ese ámbito respecto a los indígenas mexicanos; y de cierto que es laxitud que hace regla, norma. 
Los hechos nos indican que nuestra clase política oficialista ve al indígena como una cosa que cobra valor solamente cada tres años, en épocas electorales, y cuyo valor reside en el voto que representa y que se mide en términos de despensas, cobijas y láminas. Eso es un indígena para la clase política oficialista: un voto que vale una despensa. 
El diálogo de los graciosos señoritos panistas de Coahuila en torno a las maniobras de los recursos públicos para el otorgamiento de placebos a los pobres a cambio de votos, no es sino expresión de esa brutal subcultura de la clase política oficialista que ya hemos definido arriba. Tampoco es sorprendente la manera en que definen a los pobres de este país: “Muertos de hambre”. Y es que, de igual forma que en el caso del señor Talavera, esta expresión define fielmente la actitud de repulsión de toda la clase política con respecto a los pobres; mundo que, por cierto, suele empalmarse perfectamente bien con el mundo de los indígenas. Así que todo lo que hemos dicho antes aplica igualmente a los miserables. Y ya podrá entonces imaginar el lector la pesada carga que lleva encima el indígena por aquello de que, además de su origen étnico, también le ha tocado llevar el pecado de su humilde condición económica.  
El hombre ético no actúa al modo de la Medea de Ovidio para ver lo correcto en su mente, pero inclinándose por lo incorrecto. El hombre ético, pues, no se circunscribe a lo formal, al solo mantenimiento de los principios y las intenciones, sino que trasciende desde ahí hasta los resultados. Así que, en nuestro caso, la repulsión de la clase política oficialista hacia los indígenas y miserables, reflejada inevitablemente en los resultados de gestión política, no puede ser borrada con dulces panegíricos a los aztecas y a los pobres, ni con puestos de elección popular pasajeros, ni con inútiles actos de expiación concretados en limosnas o placebos, ni con la quema publica de miembros torpes de la “Gran Hermandad de la Repulsión”, como se ve ahora con las declaraciones de la alta dirigencia panista. Tal vez el ciudadano ingenuo se trague la píldora para creer en estos recursos retóricos artificiales; pero lo cierto es que la razón es inmune a esos artificios y la verdad queda en pie, hagan lo que hagan y así tiren de coces.
¿Hay hechos que puedan objetar todo lo anterior? Si alguien los tiene, que los ponga en la mesa contra la historia.
El lector tiene la palabra en torno a si lo del señor Carlos Talavera es una repulsión clasista o un franco racismo. Difícil decidir, porque en esto las fronteras se confunden fácilmente, de tal forma que no sabemos dónde empieza el racismo y dónde la repulsión. Y lo que concluya el lector a este respecto, lo podrá aplicar a la clase política oficialista como conducta dominante, porque ya hemos visto que el señor Carlos Talavera no es más que un representante genuino de esa Gran Hermandad de la Repulsión.
En todo caso, nos queda clara la causa por la cual este señor Talavera y demás miembros de la Gran Hermandad de la Repulsión, jamás han respondido ante la ostensible miseria de los indígenas mexicanos con lo actos propios de un hombre ético, con un amor vinculante hacia ellos para tratar de aliviar su miseria de manera objetiva y eficaz, o cuando menos ya rompiendo sus cheques de paga ante los medios como un acto de protesta por la repulsión bárbara hacia los indígenas por parte del sistema político oficialista al que sirven.   

Un ejercicio mental:

Trate de hacer un ejercicio mental. Imagine por un momento a miles y miles de Talavera esparcidos en el mundo de la política nacional del PAN y el PRI. Le aseguro que llegará a un escenario imaginario escalofriante, pero muy cercano a la realidad. Imagínelos ahora trabajando todos los días con sus locas ideas en diferentes niveles, desde altos rangos en la burocracia, hasta senadores, diputados y regidores.
Imagínelos, sobre todo, ejerciendo los recursos del Estado, especialmente la renta del petróleo, la renta de un recurso no renovable y que está a punto de periclitar en unos cuantos años. Imagine también cómo es que esa renta petrolera ha ido en beneficio casi exclusivo de esa clase política y de los Robber Barons – la oligarquía local, los señores de los grandes contratos públicos -. Y ahora tome el dato inapelable de que, una vez terminada la renta petrolera, se acabó todo para nosotros y el destino nos habrá alcanzado con consecuencias que pueden socavar los mismos cimientos de nuestra cultura hasta hacerla inoperante. Por supuesto que, en su diseño imaginario, debe tomar muy en cuenta que, ya para cuando el destino nos alcance, los políticos oficialistas y los Robber Barons estarán muy contentos en las playas de Miami disfrutando sus ahorros producto de la renta del petróleo, y bajo protección especial que los hará inmunes a sus rabietas. Así que poco valdrá que usted se rompa la garganta gritando al cielo para llamarse engañado, porque siempre será visto como un hombre que clama en el desierto.
¿Ya lo imaginó? Y si ya lo imaginó, ¿tiene usted idea de a dónde vamos a llegar así?
Una evidencia más sobre la verdad de la República amorosa:
Al final de cuentas, este asunto nos ha traído a la memoria la repulsión - ¿racismo? - de la clase política oficialista hacia indígenas y pobres. Y con ello nos recuerda que hay evidencias rotundas sobre la gran verdad del proyecto de “República amorosa” de AMLO: necesitamos trascender todos a una política que conozca y practique el amor vinculante entre los hombres. No hay otro camino que éste si queremos darnos un futuro posible con justicia, paz, estabilidad y abundancia para todos…¡El tiempo apremia!

Buen día.

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