PAN, PRI y la casa del dolor ajeno.

¿Hace ruido una tonelada de trigo al caer sobre el suelo? Sin duda. Y ¿qué pasa si cae un grano de trigo o la milésima parte de un grano? No hace ruido alguno. Mas la tonelada de trigo no está compuesta sino de granos de trigo o de partes de granos de trigo. Así, pues, si las partes no hacen ruido al caer, y si el conjunto está formado de partes, ¿cómo puede el conjunto hacer ruido?

Tales eran los términos aproximados en que Zenón de Elea exponía una de sus aporías contra el argumento de la multiplicidad de los pitagóricos. Pero mire usted lo que son las cosas. Sucede que el argumento de Zenón nos ajusta perfectamente bien para entender el fondo de nuestros problemas en México, aunque de una manera un tanto metafórica.
Buena parte del truco en la aporía de Zenón es el uso del argumento del oponente para demostrar el absurdo de éste. En el caso de esta aporía, Zenón afirma que la verdad es lo que percibimos con los sentidos y no lo que entendemos con la razón. Así que, si no percibimos el ruido que un grano de trigo hace al caer, éste simplemente no existe a pesar de que la razón diga otra cosa. ¿Y sabe? Un absurdo semejante cometemos la gran mayoría de los mexicanos a la hora de plantarnos frente a nuestra realidad y juzgarla. Y es que, aunque usted no lo crea, un grano de trigo sí hace ruido al caer. Y percibiríamos el sonido si tomáramos las precauciones para ese efecto, o si por lo menos apeláramos a la razón. 
Casi una infinitud de granos de trigo cayeron, uno tras otro, durante los setenta años en que el PRI gestó y consolidó este sistema socioeconómico y político diseñado deliberadamente para generar un club de potentados a costa del empobrecimiento de los muchos, y que es, a final de cuentas, el origen de muchos de nuestros males. Los granos siguieron cayendo con Fox, imparables; y después han caído como tormenta con el accidentado régimen de Calderón. Los granos caen a raudales, pisándose los talones, cada vez que las televisoras y demás medios oficialistas trabajan para hacerle creer a usted que un algo inerte, como Peña Nieto, será la salvación de este país. Los granos de trigo manan a borbotones por la boca de los periodistas oficialistas, porque Peña Nieto, en el ruido oculto de cada grano de trigo, no es sino el heredero alicaído de ese viejo orden que ha perpetuado al México miserable, una edición “embellecida” – con un sentido de la belleza, por cierto, desgastado y bizarro, chafa - de la gran estafa foxiana y la continuación de nuestra tragedia. Y aunque usted no lo crea, Manlio Fabio mismo ya ha dicho suficiente a este respecto, y con destinatario más que evidente: hombre sin proyecto, es otro fraude.
La violencia del narcotráfico, resultado neto e incontestable de nuestro sistema socioeconómico y político, un fenómeno que no surgió por generación espontánea, un evento con causas evidentes, se ha convertido en un hecho demasiado típico, muy del día a día. Casi vamos de su mano por el camino. Y un grano de trigo cae en cada evento de violencia, en cada uno de los casi cincuenta mil muertos que van en la cuenta. Un grano de trigo cae cada vez que usted se llena de angustia por el futuro, cada vez que se truena los dedos porque escucha las detonaciones ahogadas, las sirenas o el rugir de los helicópteros en su vecindario. Granos de trigo caen cuando usted se entera por las noticias de un enfrentamiento y del pánico de los circunstantes. Un grano cae cada vez que sabe de la desgracia ocurrida a un amigo o a un conocido.
Mas, si millones de granos de trigo han caído en la política desde tempo ha, uno tras otro, incansables, y haciendo ruido cada uno, nosotros decimos que no existe tal ruido y que menos lo escuchamos. Y decimos que no existe pese a que la razón testifica sobre la necesaria existencia del ruido de cada parte. Y es así que luego la misma razón nos acusa porque hemos escuchado, no a cada grano, pero si el estruendo de toneladas de trigo precipitándose sobre el estadio Corona. Digo esto, sobre todo, por el hecho de que apenas este lamentable evento ha sido el detonante para que muchos empiecen a abrir los ojos. Y si bien es cierto que muchos de estos despertares tardíos no abandonan del todo sus nublazones, al menos ya es algo.  
Y que no sirva lo anterior para que algunos traigan razones absurdas en el sentido de que este periódico no ha escuchado cada grano de trigo, pero si las toneladas de cereal en Torreón. No; si algo ha distinguido a este periódico digital es precisamente su vocación por escuchar a la razón desde el gran fraude electoral del 2006, aquella ruidosa caída de un mundo de granos de trigo que muchos se negaron a escuchar. 
¿Por qué contravenimos a la razón para, en la vida política, no escuchar a cada grano pero sí al gran bulto? ¿Estamos sordos? ¿Hemos renunciado a la razón? ¿Nos conviene pasar por sordos? Yo creo que sí escuchamos  a cada grano y que no hemos renunciado a la razón, pero sí que la hemos acallado porque nos conviene. Nos conviene persuadirnos de la mentira de que no escuchamos pese a los costos que hoy tenemos a la vista. Y nos conviene porque no podemos parar ya en nuestro culto devoto al mundo individual, y mientras el destino no nos alcance.
En anteriores artículos le he dicho que en nuestro país no existe un pueblo. El pueblo mexicano es un mito, un invento, un concepto vacío. Los mexicanos somos una suerte de multitud dispersa, desorganizada, inconexa en sus partes en virtud de un exacerbado individualismo. Vivimos relativamente tranquilos sumergidos en las entrañas de esa gran multitud gracias a una suerte de instinto gregario, confiados en la seguridad de los grandes números, en la muy baja o casi nula probabilidad de que la desgracia caiga sobre nuestro mundo individual. Y esa cultura de individualismo y dispersión es nuestra culpa, cierto; pero también es cierto que nos ha sido inculcada, en buena medida, por esa minoría selecta que es dueña del Estado, y por así convenir a sus intereses, a su concepción del mundo, y por una simple e ingeniosa aplicación del principio de estrategia del “divide y vencerás”. De cierto que, para esa minoría selecta, para la clase política y para esa oligarquía, nada hay más peligroso y letal que la posibilidad de que, un día, esa gran multitud de mexicanos atenúe ese individualismo para cobrar una cuota de capacidad para pensar y actuar como un solo organismo y en aras de su interés colectivo. 
Ayer tuve la suerte mezclada de desgracia de estar en el estadio Corona. Y digo “suerte mezclada de desgracia”, porque, pese a que no estuve ausente del estado de ansiedad general que reinó por aquel lugar, tuve en recompensa la ocasión de acceder a un mayor grado de entendimiento de nuestro gran problema nacional. 
Es por demás extraño ver la manera en que mucha gente apenas sí cobra conciencia de los graves costos de nuestra dispersión individualista hasta que la vida misma se ve en inminente riesgo. Parece que es hasta ese momento que la gente logra enterarse de que no bastó con ser parte de una multitud, que no bastó con pasar desapercibido. Sí; es que sucede que mucha gente, hasta cuando se ve abandonada a la más terrible indefensión y cuando ve a las probabilidades en contra incrementarse dramáticamente, digo que es hasta ese momento en que la gente se llena de furia y empieza a exclamar cosas como…
- “¡Chingado, a nadie le interesa lo que le pase a uno!”
- “¡Maldito gobierno de mierda!” 
- “¡Qué pendejo he sido al creer en la televisión!”
Y me pregunto algunas cosas de una sencillez incontestable: ¿Es necesario cruzar el drama de Pablo y ser estrujados por Dios hasta caer al suelo para aceptar, por fin, que sí escuchamos la caída de cada grano de trigo? ¿Es indispensable el drama individual para entender que debemos ser más conscientes de los demás para empezar a poner orden en casa? 
Lo cierto es que, si escucháramos a la razón, si no la enmudeciéramos y actuáramos en consecuencia, sí que escucharíamos el ruido de cada grano de trigo y nos evitaríamos la carga de esta clase política corrompida, de esta oligarquía voraz e inútil y de todos estos problemas que hoy en día vivimos. Si escucháramos a la razón, de cierto que seríamos un pueblo soberano y no lo que somos hoy: una multitud dispersa y rebosante de pánico. 
En mi muy personal forma de percibir las cosas, los eventos del estadio Corona bien pueden ser tomados como una representación dramática y lamentable de nuestra débil condición de multitud dispersa a nivel nacional. La enorme mayoría de mexicanos, siendo gente de paz y de pujanza, siendo gente sencilla y completamente abismada en la dura epopeya diaria de luchar para llevarse un pan a la boca, se ha tornado, por su individualismo y por el autoritarismo de nuestras minorías dominantes, en una multitud nerviosa, indefensa, fácil de manipular y de poner en pánico. Así como ayer los concurrentes al estadio Corona fueron abismados al caos por una serie de ráfagas – y este caos con sobradas y muy entendibles razones -, así también la multitud de mexicanos es puesta en pánico, en estampida y confusión, por las ostentaciones de poder y de terrorismo de esas minorías y sus medios de difusión. 
Grande ironía el que la casa del dolor ajeno - como es conocido aquel estadio - se hubiera tornado de pronto en la casa del dolor propio en condiciones tan funestas. En semejante ironía pensaba ayer mientras buscaba lugar seguro, mientras veía correr a las mujeres inundadas de terror, mientras escuchaba a los niños cuajados de espanto y gritando un “nos van a matar”, y mientras veía el terror de muchos padres que cubrían a sus retoños. Pero le confieso que también, en mis adentros, no paraba de recordar a esa minoría de privilegiados que, por sus reales, han creado este infierno en la Tierra.

Buen día.

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