Pablito Castro quiso clavar un clavito, pero fue clavado.

No sé usted, pero a mí me dejó helado paleta el joven panista Juan Pablo Castro Gamble con su actuación en la ALDF. Hubo motivos de sobra para esto. Le explico. 
De entrada, no se puede ocultar que el chavito mostró aplomo. Según consta en videos, en ningún momento tuvo algún asomo de duda cuando lanzó su retahíla de afirmaciones furibundas sobre temas humanos de alto calado. No se anduvo por las ramas y se fue duro y a la cabeza contra los seres humanos que han optado por la homosexualidad y el aborto.

La actuación de Pablo fue de tal naturaleza que cualquier ingenuo hubiera jurado que este joven panista es un gran sabio. Y digo esto porque, según consta en videos, mostró un aplomo impresionante en eso de hacer afirmaciones rotundas en torno a temas humanos borrascosos. El joven Pablo, como todo sabio de renombre, no se anduvo por las ramas, obvió todo recurso demostrativo o persuasivo en su discurso, y no dejó títere sin cabeza una vez que espetó sus máximas condenatorias. Por la autoridad de la soberana lengua de Pablo, las mujeres que optan por el aborto fueron remitidas al infierno, los homosexuales fueron devueltos al acostumbrado limbo de la hipocresía, y AMLO…bueno, AMLO, pese a sus estupendos logros en política, y diría que únicos cuando vistos contra el escenario de fondo prianista de este país, terminó en calidad de nada. 
Es mi opinión que la actuación del joven Pablo ha dibujado el más desolador cuadro de ignorancia que yo haya presenciado en los últimos tiempos. Y lo califico de desolador, no por sus consecuencias para el resto de la sociedad, sino por el cuadro francamente deplorable que ofrece respecto del estado espiritual de este joven. Se trata de un muchacho que, de seguir puesto en la carrera política en las condiciones en que se encuentra, de seguir siendo alentado en este esfuerzo por políticos perversos – como parece ser el caso -, podría convertirse en un mañana cercano en una seria amenaza. De ahí lo de helado paleta. 
Yo ya tengo mis añitos recorridos en la vida. No soy viejo tampoco. Y creo que no se me han ido en balde esos años. He aprendido mucho porque mi vida no ha sido fácil por aquello de que nací entre los miserables de este país. En ese mundo uno crece y se educa a base de golpes, de sinsabores terribles que, cuando bien tomados, cuando bien sembrados, brindan buena cosecha en sabiduría práctica. He hecho algo de lectura por vocación y dedico algún tiempo del día a día a reflexionar sobre las cosas de la vida. Pero quiero decirle que, pese a todo eso, es fecha que no logro alcanzar certezas en torno a un universo vastísimo de problemas humanos, entre los que incluyo el aborto. Y no me siento remiso o tardo en esto porque observo los mismos problemas de incertidumbre entre los de mi generación, y aun entre los que me llevan delantera en edad y experiencia. 
Como dije, una de las cosas más intrincadas e inciertas que he abordado en mis reflexiones es el aborto. Cuestión que ha quedado irresuelta en mi fuero interno hasta ahora porque, en mi opinión, se trata de un tema harto complejo y que es verdaderamente puntilloso. Fuera de los casos que, creo, ya la misma ley anticipa como forzosos – violaciones, malformaciones y cosas por el estilo -, parece que el aborto es una cuestión que siempre ofrece pros y contras que oponen mucha resistencia en eso de generar un balance claro e incuestionable ya sea a favor o en contra. 
En uno de los extremos de la discusión sobre el aborto siempre será posible argüir que todas las cualidades de la persona están ya presentes al menos en potencia al inicio de la gestación, en el umbral. En el otro extremo esta posición se derrumba toda vez que nuestra cultura científica moderna nada tiene que ver ya con esos conceptos filosóficos de potencialidad y acto. Incluso cualquier partidario de la ciencia positiva puede llevar los argumentos de la potencialidad de la persona al extremo del absurdo para derruirla aduciendo, para ello, que la persona ya está presente en el óvulo y el esperma, y que, entonces, el desperdicio de estas células es atentatorio contra la vida de millones de personas en potencia. 
Para la ciencia moderna lo que importa es el hecho, no la esencia de las cosas. Importa el cómo y no el qué. Pero luego sucede que, con todo y su rigor factual, la misma ciencia encuentra serias dificultades para establecer cuándo o a partir de qué momento ese ser en el vientre es ya una persona con dignidad que debe ser respetada en su derecho básico a la vida. Difícil determinar objetivamente este asunto, de ahí que se acuda a normas acordadas a criterio de los especialistas, pero que no logran anular la eterna controversia movida por cuestiones estrictamente subjetivas.  
Para la ética es también asunto muy controversial este asunto del aborto. Cuando visto por el lado de la ética de los principios, se corre el riesgo de caer en los absurdos de los partidarios de la persona en potencia y tampoco se sortean las limitaciones de la ciencia positiva ya señaladas. Cuando visto por el lado de la ética de las consecuencias se corre el riesgo de caer en los extremos de justificar prácticas inhumanas por un principio de utilitarismo vulgar. 
A final de cuentas, parece que en esa cuestión del aborto vivimos una suerte de conflicto en el seno de nuestra cultura radicado en el choque entre nuestras concepciones de la vida y nuestras consideraciones morales sobre la persona. Conflicto bastante complejo y que, como dije, ha sido arena de soluciones provisionales que, por no alcanzar a resolver satisfactoriamente el asunto, siempre van cargadas de un espíritu polémico.
En suma, creo que el instrumental científico y ético a la mano, por sus mismas limitaciones actuales, siempre llevarán a un balance final precario en torno a la cuestión del aborto. Y parece, pues, que mientras no contemos con suficiente información para decidir objetivamente sobre esto, tendremos que ceñirnos lo más posible a un enfoque utilitario con un alto sentido de responsabilidad, al estilo del filósofo Pierce. Con esto no quiero sino decir que las decisiones políticas sobre el aborto debieran ser tomadas en atención a lo que más le conviene a la sociedad como un todo, pero considerando un enfoque más allá de lo estrictamente económico. Como quiera, el asunto es debatible.
Honestamente, le confieso que si en este momento me preguntaran mi opinión sobre el tema del aborto, si a favor o en contra, tal vez no sabría qué diablos responder, pese a mi experiencia de vida. Y creo que al lector le queda claro que mi suspensión de opinión no sería tanto por falta de elementos para formar un juicio relativamente sólido, sino por la imposibilidad en que me encuentro para formar juicios incontrovertibles. Y a decir verdad, no sé con solidez si la ciencia es la que esté equivocada o si el error esté en las nociones de nuestra tradición cultural, de las cuales, como todo mexicano, no estoy ausente. Sin embargo, creo que si yo fuera un gobernante y tuviera que definirme por una opción de manera provisional, ya bien permitir el aborto o no, tal vez, y digo tal vez, me inclinaría por el criterio “utilitario responsable”; es decir, aprobaría el aborto si éste va a reportar beneficios sociales tangibles y de hondo calado.  
Otro tema candente es el de los homosexuales. Y digo candente en atención exclusiva a la gran multitud de mexicanos que todavía perviven en una triste y lamentable fobia contra éstos, como es el caso de Pablo, no porque sea tema controversial. Lo cierto es que en este tema yo no guardo dudas respecto a que los homosexuales deben ser respetados en su libertad de elección en lo que toca a las preferencias sexuales, por mucho que les pese a algunos en virtud de sus cuadros de valores en lo que toca a placer y belleza. 
Placer y belleza son conceptos relativos a la persona que los experimenta, de forma tal que, si no se desea ir contra la razón, no es posible establecer valores absolutos en estos ámbitos a los cuales deban apegarse todos sin excepción y en todo momento. Cierto que se establecen en estos campos ciertas normas que definen lo que suele llamarse “el buen y recto gusto”. Y de hecho así funciona la tradición en la cultura hasta ahora. A los hombres se nos enseña a apreciar la belleza y el placer que manan de una mujer, y a las mujeres lo inverso. Y si bien es cierto que esto tiene una utilidad social importante toda vez que fomentan el emparejamiento entre heterosexuales y aseguran la descendencia, de lo cual se nutre la continuidad de la sociedad, tampoco puede decirse que son normas con una verdad de razón o de hecho por lo que ya dije arriba. Así que en estas normas del “buen y recto gusto” no encontraremos jamás argumentos irrebatibles para descalificar al mundo de los homosexuales con juicios condenatorios.
El mundo de los homosexuales ni siquiera puede ser visto como una cultura alternativa bajo prueba en virtud de que es tan antiguo como la humanidad y se encuentra ampliamente difundido desde siempre, aunque condenado injustamente a la subversión. Ese mundo especial ha estado siempre con nosotros, en el corazón de la misma cultura, pero siempre despreciado y perseguido por aquello de no encajar en las normas del “buen y recto gusto” que nos ha dictado, sobre todo, nuestra hipócrita visión del cristianismo. Y aclaro a todo cristiano que no estoy despreciando a la fe en Cristo, la cual creo profesar, sino a su aplicación y a su difusión perniciosa por parte de todas las religiones.
Cierro el tema de los homosexuales hablando de su brillantez ya tan acostumbrada. En efecto, parece que ese añejo y tradicional acoso social contra los homosexuales termina por convertirlos en seres muy eficientes y, a veces, excepcionalmente brillantes. Y nada más natural que los homosexuales suelan terminar en condición de excelencia en los roles sociales que les toca desempeñar porque ese acoso social, creo, los exige a entregar siempre un extra en su desempeño con relación a los otros, a los heteros. Parece que nosotros los heterosexuales nos hemos encargado de hacer de ellos personas más eficientes que el promedio con el martillo de los prejuicios. Y hablo de esta excelencia con hechos, porque a lo largo de mi vida he conocido a muchos homosexuales que destacan entre todos los demás por su mayor eficiencia profesional, y de ahí que muchos de ellos sean parte de ese mi universo de buenos y entrañables amigos. Y si nos remitimos a la historia, los saldos pueden ser desoladores para los heteros porque encontramos ahí un universo de homosexuales con talentos de excepción, gente brillante que regaló a la humanidad la más refinada de las descendencias, no de carne y hueso, sino una progenie divina: joyas de la cultura en política, letras y ciencias.
Así las cosas, creo que para el lector queda absolutamente claro que la postura general del joven Pablo en la ALDF es un síntoma evidente de al menos dos graves problemas: ignorancia rebosante e intolerancia brutal. Problemas que, de suyo, suelen ir de la mano en una persona.  
Cuando una persona condena sin más a los seres humanos que han optado por el “sí” en un tema borrascoso como el aborto, sin mediar argumentos bien fundados, acudiendo solo a dogmas de fe para anatemizar, sin considerar los pros y los contras del tema, sin reconocer lo precario de las posiciones en choque, deja claro que es un grandísimo ignorante. Peor es la ignorancia de este tipo de personas cuando se dan a la tarea de condenar al incivismo a los homosexuales siendo que no existen elementos objetivos que puedan soportar la posición dicha. Y este es el caso del joven Pablo en ambos temas. Se trata, pues, de un joven muy pero muy ignorante. Y no necesito atravesar argumentos en esta parte porque creo que con lo que ya he dicho arriba queda claro el punto. Pero hay algo peor. 
Cuando una persona se yergue ante los demás como modelo de moral para pretender que algunos sean encarcelados, discriminados, despojados de sus derechos, marginados del mundo cívico, por el simple hecho accidental de haber optado por el aborto o por la homosexualidad, acude a una conducta completamente inmoral toda vez que está radicando su bien personal en el uso de los demás – homosexuales y personas pro-aborto - como medios, como vehículos para la felicidad personal; una sentido de felicidad pervertido y egoísta que siembra su quid en la siguiente máxima: “Los demás deben pensar como yo quiero”. Y no hay nada más hipócrita y reprochable que esta posición en una persona que se dice “panista democrático” porque, en el fondo, se muestra como un perfecto intolerante. Intolerancia perfecta, porque se trata de una persona que usa a los demás como vehículos de sus placeres y que, en ese sentido, está dispuesta a pisotear y a coartar la libertad de los otros toda vez que los ve como simples medios para su propios fines.
Y no debe quedar duda alguna sobre la completa disposición de Pablo para usar la libertad de los otros como papel sanitario. Para eso, basta solo ver la ferocidad con que se ha conducido en el estrado de la ALDF. Y si no poseyendo en este momento de poder soberano alguno, si siendo apenas un mozo sin importancia, Pablo adopta la postura de un Roberto Belarmino para estigmatizar y marcar a los homosexuales con el hierro candente de la palabra “Jotos”, ¿imagina usted de lo que sería capaz este muchacho si un día tuviera poder público? ¿Se imagina a este muchacho en el gabinete de Josefina, un dominico medieval bajo las órdenes de una pinochetista a ultranza?...¡Que Dios nos agarre confesados!
Mal se ha visto, pues, Pablo, al faltarle el respeto a un político de excelencia como AMLO. Debiera darse cuenta el joven que sus palabras con respecto a este político definen más bien su propia condición general de espíritu: ignorancia e intolerancia. Problemas de los cuales, por supuesto, no podemos hacer responsables a las instituciones educativas en las que ha cursado sus inútiles estudios este joven, porque, a final de cuentas, él es el arquitecto de su propia condición.   
Y lo más lamentable es que a Pablo le esté sucediendo esto en su juventud, en el momento en que el amor a la libertad y al espíritu crítico debieran primar en su corazón. Parece que Pablo, contra la naturaleza, y muy a destiempo, se está convirtiendo en una suerte de anciano egoísta al estilo del Ebenezer Scrooge de Charles Dickens. 
Lo cierto es que alguien o algunas personas han influido mal en el joven Juan Pablo Castro. De eso no hay duda. Algunos de estos agentes serán los panistas adultos y mañosos que lo están encaminando en la ruta de convertirse en un neofascista completo y enconoso, y que son seguramente quienes lo habrán puesto en ese evento de la ALDF. Y digo esto porque es evidente que a Pablo lo pusieron en ese escenario algunos adultos que tenían la vista puesta en que este muchacho clavara un clavito en el mundo de AMLO.
Seguramente esos adultos panistas que incitan a Pablo no habrán batallado mucho para decidirlo a realizar esta tarea de clavar clavitos. Ambición ciega le sobra al muchacho, así que no le habrán terqueado mucho para llevarle a ese espacio. Capacidades para cometer errores tampoco le faltan, y supongo por ello que las instrucciones giradas al muchacho habrán girado solamente en este tenor: “Sé como eres; sé tú mismo.” Y bueno, usted ya tiene a la vista los nefandos resultados.   
No dudo ni tantito que al joven Pablo pudiera irle bien en su carrera política. Como dije, ya está bien encaminado al lado del éxito en el sentido moderno, al mundo neofascista. Pero además, se encuentra en los lugares indicados para esos menesteres: el PAN y el proyecto pinochetista de Josefina. Es más, no descartaría la posibilidad de que le vaya muy bien si es que un día decide irse a hacer un posgrado patito a alguna universidad de los EUA. Teniendo madera y buenos tutores políticos, como parece ser ya el caso, estoy cierto de que, si hace eso, es muy posible que termine en su madurez política convertido en un brillante neocon, que no es otra cosa que un filibustero con bandera de patriota.
Con todo, si la vida del joven Pablo se decanta por ahí, le puedo asegurar que un día, cuando sea hombre maduro, le llegará el infierno del arrepentimiento así y cuente con una vida de éxitos y con recursos abundantes. Llegará el día en que encontrará que nada de lo que obtuvo en recompensa por sus servicios políticos podrá disipar el terrible dolor que reporta el cargar con la conciencia de una vida de injusticias y mentiras. Y lo que es más, le aseguro que al final encontrará que no habrá juventud que valga de pretexto, porque ésta, la juventud, jamás ha sido obstáculo para acceder a la verdad. 
Le recomiendo a Pablo que lea el cuento de Charles Dickens “Cuento de navidad”. Es un libro de lectura accesible para él y para todo panista fundamentalista. Ahí podrá dar cuenta de que el señor Scrooge, pese a ser un anciano gárrulo, egoísta, se reformó para bien. Y eso le servirá a él para enterarse de que el cambio para bien en un joven no es imposible, y menos cuando recibe lecciones dolorosas como la que él experimentó recién en la ALDF, porque ahí, en ese evento… 
Pablito quiso clavar un clavito…pero salió clavado.

Buen día. 

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