Obama y el mito de Osama

La administración Obama nos ha demostrado que es muy bisoña, remisa, lenta o poco creativa a la hora de armar teatros justificatorios ante la opinión pública. Afirmo esto comparándola contra su antecesora inmediata a cargo del tremendo dolor de cabeza llamado George W. Bush.


Si usted le da una recordada en bloque a los grandes eventos de la era Bush - para no desgastar tiempo en recontar en pormenores cosas tan absurdas y lamentables en la vida -, se dará cuenta que la administración Bush hacía un trabajo de excelencia en eso de armar sus teatros falsimedia. Las cosas las armaban tan bien, tan en un nivel de maestría teatral, que la gran mayoría de la población no tenía otra opción que brindar su apoyo al Tío Sam en medio de un gran clamoreo patriótico. Recuerdo todavía aquellos tiempos en que muchos latinos, de todos los estratos sociales, muy apoltronados en sus sillones frente a la caja loca y con una gorra de Mickey enjaretada en la testa, tremolaban jubilosos las banderolas de las barras y las estrellas para vitorear al adalid de la libertad George Bush en su cruzada personal contra Hussein. Armamento nuclear, torres derribadas, terroristas suicidas, armas químicas, amenaza global, el Diablo resucitado, el arcángel Miguel, el descubrimiento de nuevos manuscritos de Nostradamus, mensajes apocalípticos juaninos…Todo era tan perfecto, tan bien pensado, que hasta en la tipología del software Microsoft podía encontrar usted el mensaje simbólico de las famosas torres derribadas.
El teatro Bush era tan maravilloso, tan hollywoodense, tan sin objeción que, en el primer golpe de vista, hasta los más escépticos, pese a sus más vibrantes sospechas, tenían que guardar silencio por no encontrar pistas o datos a los cuales aferrarse en sus dudas. Yo me sumo a éstos. Soy un escéptico sistemático y, en cuestiones de política, siempre parto de la premisa de que el político es mentiroso por necesidad. Pero con todo y eso, le confieso que en los eventos Bush siempre me quedé con dudas francamente insatisfechas. Veía los eventos, sabía internamente que se trataba de una charada, pero no tenía datos precisos o concretos para explicarme la charada. Eso se llama maestría en la prestidigitación: vemos un acto de magia, sabemos que es un truco, pero no sabemos explicar el cómo.
El fraude electoral en los EUA que consumó el golpe de Estado republicano para el segundo periodo gubernamental de Bush fue otra muestra más de ese gran teatro bushiano. Todo indicaba que el resultado era absolutamente anormal, que no encontraba fundamentación en cualquier análisis positivo de los eventos previos durante aquella etapa; había hechos muy controvertibles y dudosos, actitudes sospechosas, cifras y posicionamientos que no encajaban. Y sin embargo, por más que la mente se esforzara en buscar datos para explicar la anormalidad, por darle sentido, estos no existían, los habían “esfumado”. Y bueno, es que ahí radica uno de los muchos objetivos de un golpe de Estado: redes de complicidad institucional para borrar los indicios del acto criminal. De eso nos pueden dar clases los prianistas.
Dije antes que tal fue la impresión de los eventos Bush. Pero también dije que eso sucedía al primer golpe de vista. Y es que, a la vuelta del tiempo, y una vez que algunas personas con suficiente voluntad indagatoria se aplicaron a seguir la pista de los asuntos, la verdad fue saliendo a la vista muy tomada de la mano de los datos “esfumados”. La película “Recount”, con Kevin Spacey, nos da claro ejemplo de cómo la verdad termina por exponer en bloque la sospechosa y franca anormalidad de la reelección de Bush. Pero se trata, en este caso, de una verdad que fue abortada al final por un interés hegemónico político-cultural nacido entre los propios afectados – el partido demócrata- : la nación antes que el partido.
En fin, el hecho es que la administración Obama no tiene ni una pizca de las cualidades de la pandilla Bush a la hora de armar teatros ante la opinión pública. Si ésta fue un don Juan consumado en eso de cautivar y sorprender al público con variadas y maravillosas empresas circenses dignas del mejor escenario mundial, aquélla, en cambio, es como un juglar pueblerino e inexperto. En poco tiempo, la administración Obama nos ha dado muestras suficientes para afirmar esto sin temor a equivocarnos. 
El mal teatro de Obama empezó desde su campaña electoral. Diseñada ésta para capitalizar los aspectos desgastados del perfil de la administración Bush, lo hizo mal por el pecado capital de nuestra época: los excesos. Si Bush había terminado su gestión convertido en la misma encarnación del Diablo, a grado tal que el mundo entero festejo el inolvidable zapatazo de Irak, los asesores de campaña de Obama, en cambio, pretendieron convertir a éste en la misma realización del arcángel Miguel en versión afro para el cumplimiento de los anuncios juaninos y mayas para la renovación mundial. La misma presentación de Obama y “family” al público en aquella noche posterior al triunfo democrata fue una verdadera charada barata solamente creíble por los aficionados a las telenovelas, teletones y reality shows.    
Luego viene Honduras, y luego las “revueltas democráticas” en medio oriente en los últimos meses. En todo este escenario es absolutamente evidente que el imperio corre tras de los movimientos populares para secuestrarlos, para apaciguarlos en ese aletargamiento implicado en las “juntas democráticas” de corte militar para la preparación de la “transición democrática” tan anhelada, o bien para prender y apagar movimientos fantasmas en aquellos lugares donde es preciso derrumbar o fortalecer gobernantes peleles. El caso de Libia es rotundamente demostrativo a este respecto: sencillamente se trata de un golpe de Estado operado en campo por mercenarios y a cargo de la OTAN y del lugarteniente europeo de Obama, Napoleón Sarkozy. 
En fin, en la era Obama estamos viendo al mismo imperio que actúa para el resguardo de su hegemonía y su interés predatorio, pero en medio de un escenario teatral de absurdos, anormalidades y mentiras demasiado evidentes. Y eso es lo que marca la diferencia con la era Bush. Bueno, al menos creo que Bush se cuidaba un tantito por ser eficiente en eso de dejarnos en el corto plazo la percepción de que si nos “chingaba” bien y bonito, era solamente para redimirnos de nuestros males y pecados. Pero con Obama la imagen del imperio ante el mundo va en picada a más y mejor, pues, además de reivindicarse como el gran expoliador, se está afirmando como el más grande y chafa mentiroso del mundo.
Confieso que el balance de los eventos del medio oriente me habían dejado la idea de que estaba acudiendo al pináculo de la inoperancia de la administración Obama en materia teatral. Si bien tenía la percepción de que eso marcaba el inicio de una oleada de bandidaje sobre el planeta bajo esa nueva modalidad del absurdo o el cinismo –y sigo creyendo que así sucederá, incluso en México en el 2012 -, también creí que, en lo que restaba de administración Obama, no habría expresión mayor de absurdo y mentira que eso. Pero me equivoqué. Y vaya que la administración Obama no tardó mucho en desmentirme, pues acaba de sacar a la luz el bochornoso asunto Osama Bin Laden.
Antes de seguir quiero decir que siempre creí que Osama Bin Laden era un extraordinario montaje. Nunca creí en la existencia de la persona llamada Osama Bin Laden, pero sí creí en el personaje, en el papel. Y note que no estoy afirmando nada al respecto; solamente he dicho “nunca creí”. Y es que los datos apuntan con mucha probabilidad a la existencia del personaje, mas no de la persona concreta. Sé que eso solamente puede ser constatado por mis amigos, quienes sufrieron una y otra vez mi hipótesis sobre este hombre desde año atrás. Pero le comento esto para que matice bien el sentido de los comentarios que haré a este respecto.
Hussein, con todo su aparato militar, con todo su dinero, con todos sus medios instrumentales a la mano, fue capturado por las tropas estadounidenses apenas unas semanas después de la invasión a Irak. Hussein fue localizado, además, en un lugar muy propio en el esquema de elecciones que uno podría esperar en alguien que busca evadirse por completo y de manera definitiva de sus captores: en una fosa o alcantarilla. Y nada más apegado a razón que su pronta captura si uno juzga el asunto desde la perspectiva del afamado aparato de inteligencia de los EUA –fama que tiene, por cierto, más tintes de fantasía que de realidad -. Por supuesto que resulta imposible que un personaje se evada a la justicia norteamericana si recordamos, como dicen muchos, que el aparato de inteligencia de los EUA puede localizar una aguja en la misma boca del infierno. Pero vea usted que, con todo y ese poder de inteligencia yanqui, Osama logró evadirse durante diez años…¡Durante diez años!...Pero lo sorprendente del caso Osama no es tanto en lo referente a los años que pudo pervivir como fugitivo, sino en lo tocante a cómo lo hizo. Los norteamericanos decían buscarlo por toda la Galaxia y hasta las fronteras con el planeta X24, y mientras, ¡el tremendo Osama estaba a la vuelta de la esquina!
En el caso de Osama yo hubiera esperado de él una estrategia de evasión similar a la de Hussein: ocultamiento completo. Opciones para ese efecto las hay de sobra por aquellos lares donde él hacía sus empresas, en especial sobre la cadena montañosa asiática. Y partiendo de esa premisa que va de la mano con el sentido común, cualquiera que se pusiera a pensar en el asunto iría a considerar que este tipo se estaba escondiendo en algún bunker cavernario de las montañas especialmente diseñado y acondicionado para no ser alcanzado por el brazo de inteligencia de los EUA. Pero contra todo principio de sentido común, no ya de razón, resulta ahora que este hombre residía pacíficamente en una comunidad de Pakistán donde contaba con vecinos numerosos que, por mágicas razones, nunca se vieron tentados con denunciarlo a cambio de la jugosa recompensa que se ofrecía por él. 
Si usted fuera el asesino más buscado de todo el planeta y pendiera sobre su cabeza una recompensa multimillonaria cifrada en dólares, no en devaluados pesos mexicanos, y si además usted contará con suficientes recursos financieros y aliados para evadirse por completo del mundo, ¿se ocultaría en una triste vivienda en un centro de población? ¿No elegiría construirse un bunker montañés completamente inexpugnable y difícilmente localizable? Pero resulta ahora que Osama vivía en un barrio de una comunidad semirural de Pakistán. Y hasta es probable que fuera el presidente de la junta de mejoras y el juez auxiliar con todo y credencial de afiliación a la estructura territorial del PRI. 
Y como hasta el más simple sentido común se pelea con este escandaloso dato de que Osama vivía en Abbottabad, un centro de población, ahora sale filtrada una nota de un geógrafo de UCLA, Thomas Gillespie, quien, junto con su colega John Agnew y una clase de estudiantes, dicen que predijeron en 2009 el paradero de Osama con cierta exactitud. Según la revista Science Insider, el equipo de investigadores no iba mal encaminado porque determinaron con una probabilidad cercana al 88.9 porciento que Osama residía en un poblado ubicado a 300 kilómetros de Abbottabad, lugar donde supuestamente fue ejecutado el terrorista. Le cito los detalles de la investigación porque son demasiado chuscos. Según ellos, trabajaron bajo la teoría de la “biogeografía de islas” – términos apantalladores muy socorridos por las focas aplaudidoras para ocultar su pendejez - que establece que una especie en una gran isla es mucho menos probable que se extinga tras un evento catastrófico, que una especie en una isla pequeña. Y agrega Gillespie: “Básicamente, la teoría consiste en que si uno trata de sobrevivir generalmente busca una región con una tasa de extinción baja: una gran ciudad…Nuestra hipótesis era que él – Osama - no estaría en una pequeña ciudad, donde la gente podía informar sobre su ubicación fácilmente". 
¿Puede haber una declaración más estúpida que la de éste señor Gillespie? Si fuera el caso, entonces, en el colmo del absurdo, Osama debió ir a vivir a la quinta avenida de Nueva York. Por supuesto que la nota de estos investigadores pretende disipar el absurdo de un personaje Osama eligiendo un centro de población para ocultarse. Es decir, ellos buscan decirle a la opinión pública algo como esto: ¡No, no es tan absurdo que un terrorista famoso elija un centro de población para ocultarse!...¡Es más, el instinto lo ha de llevar a un centro de población mayúsculo, a una megaciudad!
El problema con los geógrafos de UCLA es que su pobre, burda y deficiente investigación está sesgda de origen, pues parte del supuesto de que el terrorista Osama actuará de igual manera que hace un pato, un oso o un mapache prianista ante una catástrofe natural. Pero sucede que los escenarios son completamente diferentes. Osama no era un pato –aunque hubiera alguno haciéndose pato diciendo que era Osama -, no había una catástrofe natural que le amenazara, pero sobre todo, el único riesgo que pendía sobre él estaba relacionado negativamente con la presencia de personas en su entorno y de manera discreta: hay gentes alrededor, hay riesgo; no hay gentes, no hay riesgo…como un interruptor de luz, y punto. Por el contrario, para la teoría de los de UCLA, la relación entre probabilidad de extinción y población es positiva: a mayor población, más probabilidad de éxito, y viceversa. 
Debo reconocer que, aunque es evidente que los geógrafos de la UCLA se hacen patos, su teoría es interesante y creo que puede ser aplicada al caso de un asesino solitario y desconocido; pero en el caso de Osama no sirve sino para limpiar el piso. Yo le aseguro que un pato terrorista superconocido y con recompensa sobre su cabeza, como Donald, también eligiría el ocultamiento total como alternativa de salvación, y no así el residir entre una gran parvada. 
Pero los grandes y lamentables absurdos siguen y siguen y siguen.
Resulta que no se ponen de acuerdo en torno a si hubo refriega o no con Osama. Que no estaba armado, que se defendió tirando de balazos con los índices de ambas manos, que hizo como Austin Powers y tomó como escudo humano a su vieja en la caída, que la mujer sirvió de escudo pero que está ilesa, que mejor la mujer lo tomó de escudo a él, que mejor no la tomó, que Osama murió en combate en el pasillo que daba al “guater”, que mejor lo ejecutaron con un tiro en la cabeza.
Luego nos dicen que no es posible mostrar el cuerpo que porque lo tiraron veinticuatro horas después en mar abierto y que ya no hay devolución porque lo mandaron hasta el fondo a pasarla con el capitán Nemo. Y aunque la historia trata de emparejarse en esta parte en la medida en que se van involucrando personajes de ficción por todos lados, resulta que no deja de ser el tramo más absurdo de todos. Por simple intuición me atrevo a decir que el cadáver del peor matón de la historia de la humanidad debió ser conservado el mayor tiempo posible para todos los efectos. No se trataba de un trofeo ni nada de eso, tal como declara Obama en estos momentos, sino de la prueba rotunda de una misión cumplida por parte de un gobierno en servicio de su pueblo. Es más, creo que Osama debió ser capturado vivo para mayor efecto polítco y de justicia. Pero bueno, estoy diciendo esto en el caso de que la historia hubiera sido real; pero como ya sabemos, en la versión Disney focalera sucedió que los señores yanquis arrojan a Osama al mar como de rayo y sin previo aviso a la comunidad internacional…Así como llegó, se fue…Nadie sabe y nadie supo. 
Contra las aspiraciones indagatorias de los aficionados a las expediciones submarinas y de todo descendiente arborícola de Cousteau, la administración Obama también declara que el cuerpo fue amortajado y ceñido a pesadas plomadas que lo hundieron a chorrocientas mil leguas en el fondo del mar por los siglos de los siglos y amén. Y para confundir más a los curiosos en este punto, no se da ubicación del lugar del sepulcro en altamar. Ya nada más falta que salga el almirante al mando del portaaviones Carl Vinson a decirnos que se tragó el plano de las coordenadas.
Luego sale el fenomenal portavoz presidencial, Jay Carney, diciendo que las fotos del cadáver de Osama no se pueden mostrar a la opinión pública mundial por motivos de seguridad nacional. Esos temores, dice el portavoz, se fundan en la percepción de que las “truculentas” imágenes pudieran despertar protestas en el medio oriente. Y para explicar esto, el brillante señor Carney se da a la tarea de hacer una descripción muy viva del estado del cadáver en sus declaraciones para que los reporteros asistentes a la rueda de prensa se puedan dar una idea de lo que significa la palabra “truculentas” que ha citado él mismo: un ojo perforado, sangre a borbotones, un balazo en la barba –no sé en verdad si Carney se refería a la barba o al mentón -, masa encefálica expuesta… ¡Por Dios! Si el motivo de no mostrar las fotos de Osama era realmente no exaltar ánimos musulmanes, ¡este señor ya lo hubiera logrado sólo con su narrativa!
Si a Osama le dieron musulmana sepultura y le tomaron muestras de ADN, ¿acaso no sometieron antes al cuerpo a una limpieza y a un arreglo decoroso? Y si lo hicieron, ¿por qué no tomaron fotos del cadáver ya debidamente arreglado a fin de que no fueran tan “truculentas” y pudieran ser mostradas? No sé, en fin, creo que un buen maquillaje al cuerpo puede mejorar el aspecto de un cadáver marcadamente a grado tal que se puede afirmar que murió de amor. Y si no arreglaron el cadáver en el portaaviones Carl Vinson, ¿entonces por qué sí se dieron tiempo de rendirle honores ceremoniosos a lo musulmán? Como puede ver, todo lo declarado por los yanquis es una bola de contradicciones estúpidas que no aguantan ni el formato del más vulgar y estrambótico acto de vodevil.
En este momento la administración Obama está en un verdadero aprieto de credibilidad. La mayoria de los pobladores de este planeta no cree que Osama haya muerto en la operación de las focas (Seals) Y pese a ese aprieto, pese a ese problema, hoy mismo Obama ha declarado que las fotos de Osama no serán mostradas jamás, y que los curiosos y escépticos le pueden hacer como quieran, así crean o no crean, y así griten “faul”. El hecho es que, para la administración Obama, el cuento así estuvo y usted tiene que creerlo le guste o no, le parezca descabellado o no, le resulte una fantasía o no. Al fin, como le dije al principio de este apunte, tal es el estilo de la administración actual en los EUA.
Creo que la inteligencia más simple puede determinar con toda facilidad que resulta más conveniente en este momento mostrar las pruebas del cadáver de Osama que no mostrarlas. Mostrarlas solamente añadiría un aire adicional y despreciable de truculencia a las palabaras ya expresadas por Carney; no mostrarlas, en cambio, confirma a la administración Obama en una crisis de credibilidad tremenda, como la más grande fuente de mentiras descaradas.  
Con todo, ya le he dicho al principio de este apunte cuál es mi hipótesis en todo este cuento burdo de los Osamas: siempre, desde el 11 de septiembre de 2001, fue un perfecto montaje teatral de la administración Bush para justificar toda la cruzada contra medio oriente. Logrados los triunfos planeados, conquistado el petróleo de Irak, invadida Afganistán, copada Irán –punto álgido del movimiento musulmán antiyanqui-, la administración estadounidense dejó de lado el asunto Osama para que se enfriara en el olvido poco a poco. A la larga dicho olvido llegó, claro; pero el recuerdo de este hombre siempre persistió en la memoria de dos grupos de gentes muy localizados: quienes perdieron a algún ser querido en el “atentado” de las torres gemelas, y quienes por su espíritu curioso de continuo se preguntaban “¿Por qué no han atrapado a Bin Laden?” Pregunta que ponía en entredicho muchas cosas, desde la capacidad de la estructura de inteligencia de los EUA para los más bien pensados, hasta la propia existencia de Osama para los de mente sucia.  
Es mi opinión que el asunto Osama Bin Laden fue un expediente teatral que la administración Bush dejó abierto, sin resolver; fue un montaje que no se cerró y que heredó la administración actual en el país del norte. Por supuesto que la administración Obama ha cerrado el caso de la única manera en que se podía resolver un caso como éste, contra todo sentido común: matando y sepultando a un fantasma, alguien que llegó y se fue en medio del misterio más profundo. Y no pierda de vista que Obama, además, realizó dicha acción con todo sentido de oportunidad electoral. No olvide que este año hay elecciones presidenciales en los EUA y la popularidad de Obama está seriamente lastimada por aquellas latitudes, así que Osama fue un cierre de proyecto diseñado para matar dos pájaros de un tiro: un favor al Estado y más votos para la alforja del gobierno en turno.
Si usted revisa los hechos a la vista, lo público, le aseguro que los mismos encontrarán más sentido y consistencia desde la hipótesis de Osama como pasaje teatral. Por el contrario, tratar de explicar las cosas a la vista a través de los posicionamientos públicos es adentrarse en el mundo de los mayores absurdos.
El mundo de la política oficial en los EUA, como en México, es un tremendo y soberbio acto teatral, una gran mentira, un fraude colosal de todos los días. Barack Obama, como Bush, han sido dos actores más en el reparto. Están ahí para desempeñar su papel conforme a un guión prediseñado; es un mundo artificial, y quizás por eso la única diferencia importante entre el presidente de los EUA y el líder terrorista ejecutado recién, es la referente a la vigesimosegunda letra del abecedario: la ese.
Y por cierto: no lance campanadas de felicidad con la muerte de Osama. Hay que estar atentos para ver quién será el villano favorito del imperio en lo sucesivo. ¿Será Gadafi? ¿Será Fox? ¿Será Chepina?

Buen día.



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