Miguel Mancera y las tentaciones de EPN.

Me preocupa ver en Miguel Mancera cada vez más una inclinación que, para mí, no es nada agradable. Tal vez eso sea bueno para él, para su carrera hacia el poder, pero no para la gente que le tiene alguna fe. Y esto me preocupa porque creo que Mancera es un buen hombre que puede dar muchos valores positivos a la política si se abstiene de esa inclinación.

Desde que Mancera empezó a prefigurarse como aspirante a jefe de gobierno del DF empezó a mostrar una inclinación a concebir y asumir a la profesión de la política muy al estilo de Enrique Peña Nieto donde se afirma a la legitimidad carismática como el supremo fin. En efecto, es mi opinión que Mancera está acusando en su persona de esas prácticas de la política de corte Televisa que allanaron en mucho el camino a Peña Nieto a la presidencia y que consisten en construir una imagen idílica y pastoril del político; una imagen que es capaz de generar adhesión en los ciudadanos por la vía del sentimiento y la fantasía y que se concreta en legitimidad carismática. Se trata de una legitimidad que genera adhesión en la medida en que convierte la vida y hasta la apariencia externa de la persona-objeto en un ideal supremo a alcanzar para aquellos quienes se dejan atrapar por este juego perverso de propaganda.
Cierto, he visto a Mancera realizar sus primeros barruntos en ese camino artificial y frívolo al poder político: Televisión al estilo Orijel, revistas del corazón, mucha fotografía de estudio, mucha galanura inventada, y sobre todo mucho calificativo de izquierdista moderno, que no es sino un concepto vacío y quimérico inventado por los neoliberales y consistente en un neoliberal con máscara de izquierdista y cuya función es la de fungir de palero en los entresijos de la izquierda. En suma, Mancera deja ver que va en busca de realizar en su persona el ejemplar modelo Peña Nieto en la política. Y no descarte el lector la posibilidad de que el influjo del exitoso caso Peña Nieto vaya a contagiar por completo, no solo a Mancera, sino a todos, de tal forma que la competencia política en México termine centrada en la legitimidad carismática lograda a golpes de propaganda estética y pastoril. 
Y mire que es desde esta perspectiva que podemos entender el viaje de Mancera al Vaticano. En efecto, todo permite inferir que Mancera fue al Vaticano con el fin de emular a Enrique Peña Nieto. En otras palabras, lo más verosímil es que dirigió al Vaticano en busca de más abono a su prestigio. Pero aquí hay un problema para Mancera, porque si en Peña Nieto es excusable el lance por motivos naturales de diplomacia, lo cierto es que Mancera no tiene excusa en este terreno. Y si Mancera no tenía alguna tarea oficial ahí, ¿ha tenido algún sentido de utilidad para él o para la ciudad del DF la presencia de Mancera en el Vaticano?
Si Mancera no es supersticioso, debe saber que la relación con Dios es personalísima y que no se requiere de ir al Vaticano a una misa de apertura del nuevo pontífice para estar en armonía perfecta con Él. La gracia de Dios no iba a colmar a Mancera en su trabajo político por estar ahí, en ese lugar, y tampoco colmará al colectivo del DF si Francisco accede a la invitación de Mancera a visitar la ciudad. La verdad es que la visita del Papa al DF, de darse, solo será motivo de algarabía efímera y fetichista para millones de creyentes y para lucimiento festivo de los políticos, y todo a costa del recurso público en momentos en que el país no está para derroches inútiles. Pero el caso es que la situación de Mancera no solo carece de justificación, sino que además ha dado lugar a un grande error: mentir.
La fe cristiana aspira a la identificación del hombre con Dios. Ese proceso de asimilación de lo humano en lo divino no es caótico puesto que la misma fe establece una ética a través de la cual se hace posible dicha asimilación del hombre con Dios. Esa ética, y me refiero a la que heredó Cristo a los hombres, es un deber, y como deber ya es posible o está en el ámbito de las posibilidades humanas. Desde esta perspectiva, la fe cristiana debe trascender hacia su objetivación en el testimonio de una vida ética para afirmarse positivamente como una verdadera fe. Pero si la fe no trasciende en este sentido, se hace incomprensible e incomunicable porque está condenada a ser un simple conjunto vacío, una nada, y donde "nada" se refiere al ámbito religioso porque de cierto que una fe sin testimonio puede ser algo en otros ámbitos de la vida. 
Ahora bien, sabemos que la mentira es contraria al cuadro de virtudes que delimita la ética cristiana, y desde ahí ya es contraria a la fe porque obstaculiza su realización y, con ello, la aspiración del creyente a la asimilación con Dios. Y en esto no hay no hay cuestión de grados, de tal manera que una mentira no puede pasarse por alto apelando al argumento de lo efímero. Pero además, y por simple sabiduría prudencial, todo buen cristiano sabe que aquel hombre que se muestra incontinente en la tentación de las mentiras menores solo está dando elementos creíbles para construir malos presagios sobre su probable conducta en escenarios donde la tentación de la mentira es mayor y la mentira mayúscula. 
Mancera ha mentido al afirmar que el Vaticano había cubierto sus gastos de viaje a los ritos clericales del nuevo Papa. Lo anterior se sostiene siempre y cuando la vocería del Vaticano no esté mintiendo respecto a la aclaración que hace en el sentido de que ellos jamás pagan los viáticos de sus devotos. Y como hasta el momento Mancera no ha desmentido a la vocería del Vaticano, debemos afirmar que Mancera ha mentido en este caso. Pero si Mancera ha mentido en esto, luego entonces, y al menos en este caso, está dando testimonio de una fe cristiana vacía, nula, que no existe desde la óptica cristiana.
Como mis juicios morales se atienen a mi razón en autonomía, sin apelar a religión alguna, lo cual no me quita mi fe, para mí la mentira de Mancera solo tiene la categoría de mentira a secas. Una mentira que es igualmente condenable en el ámbito de la sola razón. Sin embargo, en el mundo ético-social de los cristianos la mentira de Mancera ya adquiere tintes o matices un poco más subidos de tono. Y digo esto porque la inconsecuencia ética de Mancera en este caso se da en el entramado de las actividades e interacciones sociales libres y propias de la comunidad ético-social llamada Iglesia Católica. En otras palabras, se registra la existencia de una persona - Mancera - que afirma que los supremos directores del culto religioso le cubren sus viáticos a fin de estimularle a que acuda a la primicia del culto a Dios estelarizado por el flamante sumo sacerdote Francisco.
Por lo anterior también difiero de manera rotunda con aquellos políticos o generadores de opinión que, criticando a Mancera por su mentira, le reconocen al menos que con su viaje se ha sacudido del falso laicismo de otros políticos capitalinos para mostrar la devoción de su fe sin ambages. Gran mentira. Como ya dije: lo único que ha demostrado Mancera en este ocasión, y solo en esta ocasión, es que no posee una auténtica fe. 
Pero no crea que esto afectará de manera significativa a Mancera en la opinión de los católicos. De hecho, puedo asegurarle que esa visita al Vaticano, pese a la mentira de por medio, sí abona en el prestigio de Mancera, como abona en el prestigio de Peña Nieto. Y esto es así porque, en esencia, el cristianismo verdadero es una religión casi inexistente, de tal manera que lo que habitualmente conocemos como fe católica suele ser una fe sin testimonio, vacía, nula, inexistente, un juego de la fantasía de cada persona. 
Así que, en última instancia, Mancera y Peña Nieto han realizado un acto simbólico en un culto religioso vacío pero que cala hondo y muy favorablemente en el sentimiento de muchos mexicanos supersticiosos. Y aquí las únicas dos diferencias que median entre ambos son las siguientes: 
Primera: Peña Nieto sí que tenía excusas para estar ahí, Mancera no. 
Segunda: Peña Nieto ya ha dado en la política demasiados testimonios que agreden a la ética cristiana de manera lastimosa, y si no ha roto algunos preceptos éticos de la fe es porque no le han dado tiempo ni espacio. Podría decirse, pues, que este hombre es un renegado de la fe cristiana que se ha vestido de sotana para darse de golpes de pecho en el Vaticano para abonar en su prestigio fundado en hipocresía. En cambio, Mancera es un buen hombre que, por persistir en eso de moverse por el seductor anzuelo del modelo Peña Nieto, ha despojado esta vez a su fe cristiana del testimonio necesario, y de muy fea manera.

Buen día.

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