Mario Vargas Llosa y la justificación de la muerte.

El anterior empleo de Josefina:

Josefina Vázquez Mota trabajó durante casi doce años en las más altas esferas de dos regímenes panistas sucesivos que se han distinguido por la propagación sistemática de la injusticia económica y social, la corrupción y la muerte. Puntualizo un tanto el tema de la muerte.
Sabemos que el régimen de Calderón se ha ganado ya un lugar en la historia completa de México al haberse entregado a la tarea de construir un programa de gobierno de la muerte al declarar una guerra santa contra el narcotráfico. 

En otros artículos hemos revisado cómo este programa tiene claros tintes propagandísticos cuando visto contra el fondo del golpe a la nación que significó el fraude electoral del 2006. Se trata de una guerra programática que, entre inocentes y culpables por aquello de dejarse llevar por los espejismos del dinero fácil de este teatro de la muerte, suman ya 60 mil muertos a manos del régimen de Calderón. Y esta cifra se multiplica angustiosamente si pasamos a considerar a todos aquellos que han caído abatidos por el influjo de la violencia general que pisa los talones de esta guerra loca – secuestros, desapariciones, robos con violencia, etc. – 

- Es un cuento de nunca acabar, oiga – me dijo un servidor público directamente ligado a esta guerra loca en tareas de campo -. Así puede usted tumbar hoy a veinte muchachos en un operativo, y al otro día aparecen otros veinte muchachos supliéndolos en el mismo lugar. 

En efecto, un cuento de nunca acabar porque, en un país que goza de la más ostensible injusticia socioeconómica, en un país de más de cincuenta millones de miserables dejados, además, en el desamparo educativo por el propio Estado, el mundo de la delincuencia tiene una oferta muy abundante de mano de obra. Y esa abundancia de mano de obra ha llegado al grado de dar forma a un mercado de demandantes donde los empleados están dispuestos a todo, a morir o a matar, a cambio de una modesta paga que, en una democracia estable y sana, podría obtenerse en un empleo honroso y luego de una educación técnica decorosa. Y es que, en el fondo, la terrible combinación de miseria económica y vacío educativo ha sido el principal fermento de este infierno llamado “Guerra contra el narco”. Un fermento que se alimenta de un ejército de mexicanos que han sucumbido a la necesidad irrefrenable en el punto de quiebre del espíritu.
Ahí tiene usted solamente un ligero trozo – el más siniestro, por cierto – del ambiente laboral en el que se desempeñó Josefina Vázquez Mota.

La imposibilidad de justificar a la muerte:

Desde luego que sería inútil y tonto tratar de justificar a todos los mexicanos que se han atrevido a traspasar los límites para saltar al mundo de la delincuencia. Ni la más grande necesidad, ni el mayor apremio, pueden servir de excusas para matar a un ser humano.  
Y lo anterior es así porque no existe hasta el momento doctrina ética que pueda justificar por completo el acto de dar muerte a otro ser humano. Una ética de los principios jamás admitiría el asumir a los ciudadanos, ya bien culpables o inocentes, como medios solamente. Y es así que ni siquiera se puede justificar a plenitud al Estado que mata al ciudadano que ha optado por ver a los demás como medios de sus apetitos, porque está adoptando la misma condición del criminal en tanto asume a éste exclusivamente como medio. Una ética utilitarista tampoco es completa para deliberar en cuestiones específicas como es el caso de esta guerra loca, y por eso sus conclusiones son de naturaleza tan limitada que siempre quedan atrapadas en lo precario, lo muy cuestionable y polémico.
Cierto que hay legislaciones penales en otros países que han instituido la pena de muerte, por ejemplo. Sin embargo, no se debe perder de vista el hecho de que se trata de medidas políticas tomadas precisamente desde la óptica de una ética utilitaria limitada que no resuelve el problema de fondo, el que ya hemos visto. Y de ahí precisamente que esas legislaciones siempre sean el foco de amplios debates, polémicas y protestas.
No hay manera de justificar a plenitud el acto de dar muerte a un ser humano, así sea éste un criminal, un hereje, un bandido, un delincuente redomado. El que mata no podrá tampoco encontrar justificación a su acto así sea un gobernante legítimo, un santo, un profeta  o un verdugo diestro. Y en el extremo, nadie puede justificar un acto de muerte ni trayendo a cuentas como argumento la posible salvación de toda la humanidad. Así que, en suma, quien mata siempre le saldrá debiendo muchas explicaciones a la razón. Y usted sabe si llama Dios a la razón, o si la llama razón a secas; el resultado es el mismo. 

Josefina sale debiendo:

Lo dicho basta para comprender que todo principio de razón indica que lo correcto en estas cosas es desistirse a tomar un empleo semejante al de Josefina, así uno se muera de hambre, y así a uno le rueguen para aceptar el trabajo. Y esto debe sostenerse hasta las últimas consecuencias y a pesar de que uno se comporte de manera ética en el desempeño de sus tareas laborales, porque sabemos que, al final, en el balance, tanto peca el que mata a la vaca como el que le agarra la pata. En otras palabras, si usted colabora directa o indirectamente en la construcción y mantenimiento de un sistema político de injusticia, corrupción y muerte, ya se hace de complicidad por más santo y pulcro que sea en su desempeño personal. Y por supuesto que la complicidad crece a medida que la persona se acerca más y más al foco de la toma de decisiones – que es el caso de Josefina, porque sabemos que su trabajo no fue precisamente de intendencia -. 
La situación de Josefina en este tema es demasiado comprometida. Esta mujer le sale debiendo a la verdad aun en el descabellado extremo de asumir que una ética utilitarista –como la que pretenden usar los panistas para justificar su guerra - pudiera justificar la muerte por completo – un algo imposible, como ya vimos arriba -. Y para ver esto con claridad nos basta con enterarnos de que los 60 mil muertos en México han sido de balde, no han reportado un incremento de la “felicidad agregada” de la sociedad mexicana. Antes bien, se deja ver una correlación positiva y casi perfecta entre el número de muertes y el estado de degradación espiritual y emocional de los mexicanos. Y esta relación es tan clara, que la guerra loca contra el narco se deja ver más bien como una política diseñada para el terror y el desgaste emocional de un pueblo.
Como comentario al margen, creo que el lector puede ver en el párrafo anterior lo macabro que puede resultar aquello de asumir la muerte desde una ética utilitarista: matar a unos para la felicidad de una mayoría. ¿Tiene sentido esto? 

Mal se ve Vargas Llosa:

Vargas Llosa se asume como un intelectual de amplio espectro. Al menos así se deja considerar por los que gustan de sus letras y creen en él. 
El carácter distintivo de un verdadero intelectual es el de asumir posturas críticas contra la cultura a fin de revolucionarla o al menos reformarla en aras de acceder a mejores estados de bienestar. Y en esa función la guía principal del intelectual es la razón. En efecto, el intelectual actúa desde el tribunal de la razón: para cambiar lo que debe ajustarse a ella, para conservar lo que se ajusta a ella, y para dejar en suspensión lo que no tiene credenciales para ser llevado a ese tribunal. Y bueno, Mario nos deja ver de continuo que asume su rol con fe toda vez que no deja de desempeñarlo con frecuencia en el medio de la opinión pública, aunque a veces, como ahora, con poco éxito.
Pero precisamente por su rol de intelectual es que Vargas Llosa se ve mal en eso de elogiar a Josefina Vázquez Mota por su desempeño político. Vargas Llosa, al renunciar a la obligación crítica ante un problema moral complejo y relativamente insoluble – la muerte –, abandona su rol de intelectual. Pero además sus palabras lo ciñen en automático a la minusválida posición utilitarista del panismo, lo cual luego lo deja ver a él más bien como político. Digo, jamás vi por lo menos algún pronunciamiento de Vargas Llosa en lo que toca al incremento del terror en la sociedad mexicana que viene a resultas de este teatro de la muerte. 
No me gustan las letras de Vargas Llosa, no soy su lector. Por supuesto que eso no hace de este hombre un mal escritor. Como diría Carlos Fuentes: tengo derecho a que no me guste. Pero también Vargas Llosa tiene derecho a ser lo que es sin mi adhesión. Tampoco creo en sus posicionamientos políticos, me parecen exageradamente neoliberales. Pero todo eso no quita que le reconozca la posición de intelectual de amplio espectro que tiene en el mundo de otras muchas gentes. Pero créame que por eso me ha desconcertado sobremanera el posicionamiento de este hombre en el caso de Josefina. Definitivamente, yo hubiera esperado que un intelectual de la talla de Vargas Llosa asumiera una actitud crítica contra un régimen que propaga injusticia, corrupción y muerte.  
Voy a espejear el episodio de Josefina Vázquez Mota y Vargas Llosa contra dos pasajes de una obra inmortal de la filosofía: “Apología”, de Platón. Se trata de la defensa que Sócrates el filósofo hizo de sí mismo contra las acusaciones de la democracia restaurada. Le recomiendo que lea esto porque ahí dará cuenta de la postura de Sócrates contra un régimen político que promovía la injusticia, la corrupción y la muerte. Una vez que termine de leer esto, se dará cuenta de la diferencia entre Sócrates, el supremo exponente del saber después de Cristo, y la Josefina y el Vargas Llosa de nuestro tiempo.

Pasaje sobre el asunto de las Arginusas:

“Yo no he ejercido cargos públicos más que en una ocasión: fui miembro del Consejo cuando mi tribu, la Antióquida, presidía el juicio contra los diez estrategas que no habían recogido los cuerpos de los soldados caídos en la batalla de las Arginusas; vosotros queríais juzgarlos a todos juntos, lo cual estaba en contra de nuestras leyes, como después se demostró. Entonces yo solo y en contra de todos los Prítanos, me opuse a que hicierais algo en contra de la ley y voté en contra de todos. Y a pesar de que los oradores, alentados por vuestras protestas y vuestro apasionamiento, exigían abrirme un proceso para llevarme ante los tribunales, creí que era mucho mejor estar de parte de la ley y de la justicia, aunque eso me supusiera graves peligros, que ponerme de vuestra parte en busca de seguridades, si por ello debía ir en contra de la justicia o era movido por el temor de la muerte o del encarcelamiento. Esto ocurrió cuando Atenas era gobernada por un régimen democrático”.

Pasaje sobre el asunto de León de Salamina:

“Más tarde, bajo el régimen oligárquico de los Treinta, fui requerido, juntamente con otros cuatro, a que me presentara en el Tolos; allí nos ordenaron que fuéramos a Salamina para buscar a León, el estratega, y colaborar así en su muerte. Misiones de este tipo encomendaban a muchos otros para comprometer a cuantos más pudieran en su criminal gestión de gobierno. Y entonces volví a demostrar, no con palabras, sino con los hechos, que la muerte, lo digo sin ambages, no me importa lo más mínimo, mientras que no cometer acciones injustas es para mí lo más importante. Ni siquiera aquel régimen, que presumía de duro, y en verdad lo era, pudo doblegarme para que cometiera un acto injusto. Cuando salimos del Tolos, los otros cuatro se dirigieron a Salamina para cumplir tan injusta orden y traer a León, pero yo me fui tranquilamente a mi casa. Por este motivo es muy posible que ya hubiera encontrado entonces la muerte, pero aquel régimen cayó poco después. De todo esto muchos de vosotros sois testigos”.

Conclusión de los párrafos de la Apología:

El Sócrates ciudadano y político, por exigencias éticas, por el afán de ser consecuente con sus prédicas en ese terreno, no colaboró de manera alguna con las injusticias del sistema político ateniense, y se negó a hacerlo aun poniendo en riesgo su vida. Josefina sí colaboró con los regímenes de Fox y de Calderón, y esto lo hizo pese a que nadie la obligaba a ello. Por iguales exigencias éticas, Sócrates el intelectual, lejos de elogiar en algún momento a los miembros y seguidores de la oligarquía ateniense, nunca dejó pasar la oportunidad de criticarlos irónicamente y de manera pública, aun a costa de poner en riesgo su hacienda, su prestigio y su propia vida. Vargas Llosa elogió a Josefina Vázquez Mota pese a que esta mujer ha colaborado con regímenes de injusticia, corrupción y muerte. Vaya, y Vargas Llosa no solamente elogia a esta mujer, sino que siembra sus mejores esperanzas en la prosecución de este reino del terror calderoniano en México en manos de su favorita: Josefina Vázquez Mota.  
Sócrates fue un hombre. Así que no hay excusa para no intentar ser como Sócrates en los planos ético y político, sobre todo cuando se pretende ser una celebridad o un gobernante.

Buen día.

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