Libia, Barack Obama y la gran banda de ladrones.

Barack Obama se atrevió a justificar la intervención militar sobre Libia, con toda su cuota de destrucción y muerte, aduciendo el haber evitado miles de muertes y, en consecuencia, un mal mayor. De cierto que el mismo argumento ha sido utilizado infinidad de veces por los aliados de Estados Unidos y por los diferentes frentes de opinión que simpatizan con el espacio neoliberal. En todo ese frente de opinión hay unanimidad: El bloqueo y la zona de exclusión por parte de los aliados y de la OTAN es una medida para evitar que las fuerzas armadas de Gadafi realicen una masacre de proporciones mayúsculas sobre la población civil, en especial la residente en Bengazi, la capital de la zona rebelde.

Se trata del típico argumento utilitarista del neoliberal. Para el neoliberal, inspirado en Bentham, el bien y el mal, Dios,  conciencia, sentimiento de humanidad e imperativo moral, son conceptos huecos y ficticios cuyo contenido es, simplemente, un cáculo frío de placeres y dolores, y donde la regla de decisión es la maximización del placer. Asi, para el neoliberal, la acción moral o justa es aquella que procura la mayor felicidad posible para el mayor número posible de personas, no importando si esta solución corre a cargo de la vida y la ruina de otros. Así de simple. Es por ello que usted puede ver que, con mucha frecuencia, los partidarios del neoliberalismo, como Obama, definen muy impávidos a los muertos de una guerra “justa” y utilitaria como efectos secundarios, males menores, efectos colaterlaes involuntarios o con toda clase de definiciones alucinadas y sacadas de los mejores tratados de marketing y negocios de las escuelas del imperio. 
Desgraciadamente, le tengo una mala noticia a los neoliberales: el principio de su moralidad es incompleto, y por ello es fallido, no funciona. Lo incompleto de su doctrina moral se verifica en cuanto planteamos el problema moral en el ámbito de la persona concreta que promueve dicha doctrina moral para justificar una guerra. Con esto no quiero decir sino lo siguiente: para Obama la guerra sobre Libia es moral y justa mientras él sea presidente de los Estados Unidos y esté a buen resguardo en la Casa Blanca en espera de los jugosos dividendos petroleros para su país venidos de la nueva conquista, pero le aseguro que, para él, esa guerra de Libia sería inmoral e injusta si él estuviera viviendo en Libia en un barrio miserable y bajo una lluvia de bombas al lado de sus hijos. Teniendo él la inquietud política que ha demostrado tener, a grado de haber llegado a presidente del imperio, le puedo garantizar que si él fuera libio, ya estaría protestando por el bombardeo sobre su patria. El principio utilitarista es relativo, incompleto, no vale para todos los casos y escenarios, así que no puede ser un principio suficiente para fundamentar moralmente las acciones humanas, y menos algo que no encuentra justificación bajo ninguna perspectiva humanista, como es la guerra y sus hijos naturales: la destrucción y la muerte. 
Lo cierto es que la postura belicista de las potencias occidentales no encuentra acomodo en ningún casillero del pensamiento ético que se ha dado a todo lo largo de la historia, así que podríamos decir que han quedado en la orfandad completa en materia moral.  
Las potencias occidentales no son bienvenidas en las teorías éticas que proponen a Dios como fin último de la conducta humana, y que dominaron el pensamiento occidental desde los clásicos griegos hasta la edad media. La doctrina ética de Platón dominó este periodo, así que nos puede ser de gran ayuda darle una repasadita muy breve a este pensador para ver la precaria situación de nuestros amigos belicistas.
Nos dice Platón lo siguiente en su República y en el Filebo: el bien supremo del hombre, y su felicidad, es el desarrollo auténtico de su personalidad como ser racional y moral, entendida ésta personalidad como una vida mixta de inteligencia y placeres buenos. La ética, pues, será la ciencia que determine los placeres convenientes para esta felicidad y la medida de esta mezcla entre inteligencia y placer.
Ahora bien, para Platón la felicidad debe alcanzarse mediante la práctica de las virtudes, y esto no equivale a otra cosa que conocer a Dios y hacerse tan semejante a Él tanto como le sea posible a cada hombre. Y esto de hacerse semejante a Dios, para Platón, implica convertirse en un hombre justo con ayuda de la razón, pues esa es la naturaleza de Dios: la justicia.
Por supuesto que en una ética de las virtudes, como la de Platón, el acto de matar a un ser humano queda reducido a un acto de la más completa injusticia y fundada en la ignorancia de quien lo ejerce, por más justificación política o ideológica que se encuentre al acto de matar. 
En el libro 1 de la República, Platón nos deja claro su rechazo a la teoría de Polemarco según la cual se ha de ser bueno para con los amigos y malo para con los enemigos. En opinión de Platón, hacer el mal nunca puede ser bueno. Si hacemos mal a un enemigo por causa de que, en nuestra opinión, éste sea malo, con ello colaboramos a hacerle menos justo de lo que ya es; y por cierto que no es tarea del hombre justo hacer a los demás menos justos.
Por descontado que Aristóteles no puede amparar al belicismo de las potencias occidentales, pues este filósofo no es sino el prototipo ético platónico pulido y mejorado. Tampoco los estoicos ni los místicos neoplátonicos ni los románticos alemanes pueden acoger a los guerreristas occidentales, pues éstos tendrían que convertirse en el no ser, en la nada, si quieren encontrar justificación, no ya moral, sino de su misma existencia. Y bueno, ridículo sería esperar que los amigos occidentales que invaden Libia fueran socorridos por la ética medieval, porque ésta no es sin la vuelta del Platón con el principio único del “Dios es el fin del hombre”.
El problema persiste porque, sin bien no encuentran acomodo en la filosofía ética del fin, tampoco encuentran lugar en la filosofía empirista de la ética del móvil. 
Para el enfoque ético del móvil, la ética es la ciencia del impulso de la conducta humana e intenta determinar ese impulso con vistas a dirigir o disciplinar la conducta. Desde esa perspectiva, el bien se define ateniéndonos a los hechos y como un objeto de la voluntad. 
La filosofía moral inglesa del siglo XVIII funda la moral en el sentimiento, no ya en la razón, y Hume, su máximo exponente en mi opinión, nos dice que el móvil fundamental de la conducta humana es el sentimiento de humanidad, o sea, la tendencia del hombre a gozar de la felicidad del prójimo. Adam Smith, el fundador de la ciencia económica, llamaría a este sentimiento “simpatía”. En general, lo dicho por la filosofía moral inglesa no implica otra cosa que establecer como principio o móvil de la conducta el reconocimiento de los otros hombres como seres racionales dotados de personalidad y dignidad, y la exigencia de comportarse con ellos en base a ese reconocimiento.
Kant no hace otra cosa que llevar este pensamiento inglés al apartado de la razón y garantizar así su validez absoluta a través del imperativo categórico, valedero para todas las circunstancias y sin apelación: la razón exige obrar según una máxima que los demás puedan hacer propia. La fórmula kantiana del imperativo categórico que exige tratar a la humanidad, tanto en sí mismo como en los otros, como si fuera un fin y no solo como medio, es otra manera de plantear la exigencia de los moralistas ingleses con la doctrina del sentimiento de humanidad.
¿Pasan la prueba las potencias invasoras de Libia con respecto a estos dos exponentes de la filosofía ética del móvil? Por supuesto que no pasan la prueba, porque al menos en lo que atañe a los muertos que han ocasionado con sus bombardeos, está claro que no han respetado ni la dignidad ni la personalidad de otros seres racionales y los han visto como simples medios para sus fines egoístas. Ceñirse al imperativo kantiano exige ver como fin hasta al más pobre y humilde de los libios.
Los imperialistas de occidente tampoco caben en el positivismo y su moral del altruismo consistente en el principio de “Vivir para los demás”. El por qué de esta imposibilidad no requiere explicación, usted mismo la deriva. 
Y como no podemos ya recurrir a Bentham y el utilitarismo para dar amparo moral a las potencias occidentales en su artera invasión a Libia, porque ya tumbamos este argumento al principo de este apunte, resulta que nos quedan completamente huérfanos en el aspecto ético, al desnudo.
Contra el sentido común y la evidencia a la mano, supongamos por un momento que la guerra de las potencias occidentales sobre Libia tiene un fin honesto, es decir, traer la democracia y la libertad a ese país, para luego preguntarnos algo: ¿la guerra era la única opción para esto?
Quizás Spencer y su ética evolucionista sean una explicación científica posible para el uso de la violencia para el logro de un fin justo, pero el hecho es que esto no sirve como justificación para argumentar que, por el momento, no es posible luchar por la justicia sin ejercer fuerza. La existencia de Gandhi y su exitoso trabajo para la liberación de India sería un bofetón para tan absurdas posiciones.   
A partir de Gandhi, la cuestión del bien en la política quedó al descubierto como un asunto posible y que está sujeto a la libre y buena voluntad de los gobernantes. Hacer el bien público y actuar moralmente no es nada problemático ni divino, ni es algo que este fuera del alcance humano; solamente se necesita disposición y buena voluntad. Y Gandhi nos ha dejado una ruta efectivísima para hacer las cosas políticas con estricto fundamento moral y que es rotundamente efectiva y arrasadora. El gandhismo se fundamenta en dos axiomas conectados, muy simples y que ya hemos repasado arriba: el respeto estricto a toda vida y dignidad humana y la consideración de cada persona como un fin. Si se asume que ninguna persona puede ser usada como medio para alcanzar un fin, entonces los medios usados para luchar por lo justo deben respetar la vida de todas las personas, sean amigos o enemigos. Como podemos ver, el pensamiento de Gandhi lleva hasta sus últimas consecuencias el sentimiento de humanidad de la filosofía moral inglesa y el imperativo categórico kantiano. 
Vistas las cosas así, nos resulta evidente que sí era posible una ruta pacificadora y moral en el asunto Libia. Pero es el caso que el fin de las potencias invasoras en este punto no era la paz ni la concordia, ni el libre desarrollo de Libia, sino la depredación de este país. Y la depredación, como bien sabemos, no es una cuestión que se pueda resolver en términos de buena voluntad entre depredadores y depredados. Bueno, digo esto último quedando sujeto a una corrección por parte de algún biólogo, pues tal vez habrá especies predadoras que pidan permiso a sus víctimas para engullirlas. Uno nunca sabe.
El caso es que, al final de cuentas, la postura de las potencias occidentales agresoras es absolutamente inmoral. Y si esto es así, ¿cómo definiríamos a las potencias occidentales que bombardean a Libia? Antes de eso, prefiero avanzar más a fin de ver si puedo llegar a un punto donde pueda ofrecer una definición más clara…más familiar, digamos.
Hace un poco más de 130 años se publicó la novela Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoievski. En esa obra, Fiódor plantea una pregunta ya célebre a través de Iván:
- Respóndeme con franqueza –dijo Iván a su hermano Alyosha-. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo,…a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura de todos, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente. 
- No, no me prestaría –respondió Alyosha -.
- Eso significa que no admites que los hombres acepten la felicidad pagada con la sangre de un pequeño mártir –añadió Iván. 
Por supuesto que Alyosha está respondiendo a esto con una ética cristiana, con una ética de los fines fundada en Dios como fin último de la conducta humana. Y no tiene esto nada de reprochable y de extraño, pues sería tanbién la respuesta que usted podría esperar en un hombre que rija su conducta con el principio del sentimiento de humanidad de los filósofos morales ingleses del siglo XVIII o con el imperativo categórico kantiano. Seguramente sería también la respuesta tajante y determinada que encontraría en un hombre moral como Gandhi.
Por supuesto que un utilitarista neoliberal respondería a la pregunta de Iván con un sí, que sí es justo, no solamente torturar a ese ser, sino matarlo diez mil veces o más, y todo porque, en el balance, es mucho mayor la felicidad lograda que el dolor generado. Para el utilitarismo neoliberal todo es cuestión de cálculo y balances cuantitativos de utilidad.
Evidentemente, con los hechos a la vista en las noticias, ya nos queda claro que Barack Obama, Sarkozy, Cameron, Ban Ki Moon (ONU), Hillary Clinton, los monarcas de los países árabes que colaboran con éstos, los medios de información proclives a ellos, en suma, todos los aliados implicados en el asunto Libia ya respondieron a Iván Karamazov con un rotundo “Sí, sí estaríamos dispuesto a torturar inocentes para hacer posible la felicidad de los demás…y no solamente estaríamos diepuestos, ¡sino que ya lo hicimos y lo seguiremos haciendo!”
Pero en el caso de estas personas el asunto es mucho más serio, a grado tal que pondría rojo de verguenza no solo a Iván Karamazov, el nihilista, sino al gran inquisidor de esta misma novela de Dostoievski, pues los aliados occidentales no solamente han torturado mentalmente a la población civil con sus bombardeos, sino que también han hecho posible ya la muerte de muchos inocentes con sus admirables y modernos aviones de combate y con sus aliados “rebeldes”.
Ahora vea cómo es que Michael Moore tiene razón al opinar que Barack Obama y su régimen tienen una doble moral a la hora de juzgar de las acciones de los aliados y de los enemigos:
“El presidente Barack Obama expresó el sábado sus condolencias a los familiares y seres queridos de los empleados de Naciones Unidas que fueron asesinados en la ciudad septentrional afgana de Mazar Sharif, a manos de manifestantes enfurecidos por la quema de un ejemplar del Corán en Florida”. 
“Obama dijo que la profanación del Corán "es un acto de extrema intolerancia y discriminación".
“Pero añadió que ello no justifica el atacar y matar a personas inocentes, un hecho que calificó de "indignante y de una afrenta a la decencia y a la dignidad humana".
“Y los afganos realizaron el sábado más disturbios, matando a nueve personas en Kandahar y dejando a más de 80 lesionadas”.
“Obama dijo en un comunicado que ninguna religión tolera "el asesinato y la decapitación de gente inocente". Añadió que éste es un momento de recordar la condición humana que todos tienen en común”.


Subrayo algo que declaró Obama: “…es un momento de recordar la condición humana que todos tienen en común”.
¿Puede apreciar el manejo estratégico de los principios morales? Si se trata de justificar la guerra de invasión a Libia, se apela al principio utilitarista que permite matar siempre y cuando el balance final sea una felicidad neta. Si se trata de criticar la violencia con que responden los árabes ofendidos por la vanidad y el fanatismo occidental, ahora sí se apela al principio cristiano de la moral, al sentimiento humanitario y al imperativo categórico kantiano. En otras palabras: Yo occidental de primer mundo sí puedo matar, pero tú árabe subdesarrollado no puedes matar. ¿Qué le parece esto?
Y cuando pasamos a la consideración del hecho patente de que el fin de los aliados occidentales en Libia no es precisamente la promoción del humanismo y el “Vivir para los demás” del postivismo, sino la promoción de los intereses económicos de las multinacionales del petróleo, de sus amos respectivos, su posición ya no solamente carece de fundamento moral, sino que se convierte ya en una cuestión de voluntades torcidas con un gusto pervertido por el mal por sí mismo. Han caído prácticamente a la posición de Calicles y su filosofía moral del superhombre y de la fuerza como esencia del derecho, en el Gorgias de Platón.
Pero fíjese cómo es que, en este punto, ya llegamos precisamente a un casillero de la historia de la ética que sí admite a las potencias occidentales. Nos referimos a Nietzsche.
La ética de Nietzsche tiene el mismo planteamiento de la ética de los fines en la que se inscriben Platón, Aristóteles, la filosofía medieval, así como los modernos Scheller y Hartmann, pues tiene una jerarquía absoluta de valores. Sin embargo, la jerarquía de valores de Nietzsche es diferente al resto. Para Nietzsche, la voluntad de poder es la naturaleza del hombre y de ahí deduce una nueva tabla de valores morales que, en su opinión, habrán de hacer posible la realización de esa voluntad de poder en un mundo de superhombres. Se trata, pues, de una nueva tabla de valores fundada en la aceptación entusiasta de la vida y en la primacía del espíritu dionisíaco que se encarnó en la cultura clásica griega mejor que en ningún otro pueblo en la historia. En este sentido, es virtud toda pasión que diga sí a la vida y al mundo: eficacia, éxito, fuerza, alegría, guerra, amor sexual, voluntad de dominio. Evidentemente, la inversión de los valores en Nietzsche lo convierte en un crítico de las estructuras tradicionales de la moral y llega a ver en ellas formas disfrazadas de hipocresía y egoísmo.
En esta visión de la ética sí que encaja perfectamente el espíritu de las culturas occidentales dominantes a que hacemos referencia en este apunte, y puede decirde que la voluntad de poder es un elemento de la naturaleza humana que ha estado presente desde siempre. Vea por ejemplo lo que nos dice Tucídides en su reseña de la conferencia entre los de Atenas y los de Melos:
“Pero vosotros y nosotros debemos decir lo que pensamos deveras –dicen los de Atenas-, y debemos mirar solamente a lo que es posible, porque todos sabemos por igual que, en la discusión de los negocios humanos, la cuestión de la justicia únicamente tiene entrada ahí donde se equilibran las fuerzas que la apoyan, y sabemos que los poderosos sacan cuanto pueden y que los débiles conceden lo que tienen que conceder…Respecto a los dioses en que creemos y a los hombres que conocemos, es como una ley de su naturaleza que ahí donde pueden dominar lo harán. Esta ley no fue hecha por nosotros, ni somos nosotros los primeros que hemos actuado según ella; tan sólo la hemos heredado, y se la legaremos a todas las edades, y no se nos oculta que vosotros y la humanidad toda, si fueseis tan fuertes como nosotros lo somos, actuaríais igual que nosotros”.
Creo que éste es uno de los reconocimientos más francos de la voluntad de poder en la naturaleza humana que se pude encontrar en la literatura. Y le comunico que, según Tucídides, una vez que los de Melos se rindieron, los atenienses pasaron por las armas a todos los hombres en edad de tomar las armas, esclavizaron a mujeres y niños y colonizaron la isla de Melos con ciudadanos atenienses. Cualquier parecido con Libia, es mera coincidencia.
Y si esto sucedía con una cultura brillante y llena de esplendor como la griega, que poseía un ideal sobresaliente de la moderación y la armonía, ¿puede usted imaginar lo potenciada que está la voluntad de poder en las sociedades occidentales donde el vulgar sensualismo y el éxito económico son los dioses penates omnipotentes y la moderación es casi punto menos que nada o la oveja negra de la familia?
Aquí es, pues, donde encontramos los valores morales que mueven a las potencias occidentales que hoy en día agreden militarmente a Libia: en la voluntad de poder franco. Y sus motivaciones son exactamente las mismas que movieron a los de Atenas a invadir y apropiarse de la isla de Melos: dinero, recursos y esclavos. La democracia es un pretexto vano solamente.
Y bueno, la cimera o pináculo de esa loca avidez de poder en las avanzadas democracias de occidente, avidez que rebasa con niveles de locura a todo sentido de moderación, es nada más y nada menos que el majestuoso espectáculo de los Kill Team de Afganistán.  
San Agustín nos ha heredado una de las visiones más certeras del significado de toda la historia humana, desde los albores de la civilización y hasta los tiempos por venir. Esa filosofía de la historia se resume, en parte, en el párrafo que le apunto a continuación y que corresponde a los capítulos cuatro y cinco del libro cuatro de La Ciudad de Dios:    
“Sin la virtud de la justicia, ¿no son los reinos grandes bandas de ladrones? Y éstas (las bandas de ladrones), ¿no son unos reducidos reinos? Estos son ciertamente una junta de hombres gobernada por su príncipe la que está unida entre sí con pacto de sociedad, distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que mutuamente establecieron. Esta sociedad, digo, cuando llega a crecer con el concurso de gentes abandonadas, de modo que tenga ya lugares, funde poblaciones fuertes, y magnificas, ocupe ciudades y sojuzgue pueblos, toma otro nombre más ilustre llamándose reino, al cual se le concede ya al descubierto, no la ambición que ha dejado, sino la libertad, sin miedo de las vigorosas leyes que se le han añadido; y por eso con mucha gracia y verdad respondió un corsario, siendo preso, a Alejandro Magno, preguntándole este rey qué le parecía cómo tenía inquieto y turbado el mar, con arrogante libertad le dijo: y ¿qué te parece a ti cómo tienes conmovido y turbado todo el mundo? Mas porque yo ejecuto mis piraterías con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti, porque las haces con formidables ejércitos, te llaman rey… Por lo cual dejo de examinar qué clase de hombres fueron los que juntó Rómulo para la fundación de su nuevo Estado (Roma), resultando en beneficio suyo la nueva creación del Imperio; pues que se valió de este medio para que con aquella nueva forma de vida, en la que tomaban parte y participaban de los intereses comunes de la nueva ciudad, dejasen el temor de las personas que merecían por sus demasías, y este temor los impelía a cometer crímenes más detestables, y desde entonces viviesen con más sosiego entre los hombres” (la legalización del crimen)
Como nota al margen, traigo a cuentas que Charles Chaplin nos regaló un eco moderno de lo dicho por San Agustín en su película “Monsieur Verdoux”. Verdoux dice: “Asesinar a una persona hace de uno un canalla, asesinar a millones un héroe. Las cantidades santifican.” 
Tomando a San Agustín en un contexto ético amplio, no solamente cristiano, podemos entender que el sentido de la historia humana está definido por una lucha entre dos principios: el amor a sí mismo (egoísmo puro) y el amor a la justicia (Dios y su ley, sentimiento humanitario, imperativo categórico, Vivir para los demás, sentido moral) Y de ahí puede concluirse, con este pensador, que todo gobierno que no gestione a su Estado en el amor y el respeto a la justicia por conducto del recto hacer en la política, es solamente una gran banda de ladrones.
Y esa es la definición a la que yo quería llegar para la identificación de las potencias occidentales y las agencias colaboradoras que hoy en día agreden a Libia con una guerra injusta: es una gran banda de ladrones.
A estas alturas ya no se puede escribir nada cuerdo sobre el asunto Libia si lo queremos encasillar en el ámbito de la razón y de los principios morales que debieran regir a la política. Para todo aquel que no quiera engañarse, el asunto ha terminado por plantarse con el más completo cinismo en el terreno donde nació, donde siempre ha estado, y donde va a terminar: un brutal acto de bandidaje.
Esa es la verdad de los hechos a la vista, y resulta ya estéril abonar datos y más datos que van surgiendo a diario, porque todo se reduce a un ejercicio redundante sobre una verdad ya conocida. Al final, siempre estaremos confirmando una y otra vez lo que ya hemos dicho. No se trata de una “locura pasajera” o de una “anormalidad” entre los que gobiernan a este mundo, tal cual si por un accidente inexplicable se hubieran fugado de la vía de la razón para meter al mundo en problemas. Y como no es una anormalidad, de nada sirve el pretender “aliviarnos” untando en nuestros ojos el bálsamo del “ya pasará y todo volverá a ser como antes”, para refugiarnos luego en el miserable y mezquino consuelo de saber que no nos tocó el boleto de ser libios en este “extraño” incidente. No; la realidad es otra. Se trata de la criminalidad legalizada que ha regido la historia de la humanidad y que vuelve a la escena. Ha estado siempre ahí, oculta a los ojos, pero determinando el rumbo de las cosas humanas desde el tiempo de los primeros imperios, hasta Vietnam y ahora en Libia. Es el mismo sistema de siempre, el de la violencia y la depredación de una élite de fuertes y audaces sobre los débiles, algunas veces impuesto a base de guerras, otras veces por la vía “pacífica” de la política del terror y el chantaje, aunque con diferentes actores y diferentes pretextos. Si ayer fue Alejandro Magno con el pretexto del Helenismo, hoy en Libia son Estados Unidos y Europa con su pretexto de la Democracia y la Libertad. Pero en el escenario de fondo está siempre el actor irremplazable: la voluntad de poder y una banda de ladrones institucionalizados, legalizados, ejerciéndola.  
Si por momentos el asunto de Libia pudiera parecernos una “anormalidad”, una “locura”, no es sino porque nos negamos a ver la realidad y persistimos en seguir el juego de una gavilla de bandoleros que se ha investido con el ropaje del humanismo a fin de no quedar expuestos. Mas la verdad es que, en el caso de Libia, tenemos la gran oportunidad de presenciar en vivo la filosofía de “la razón de la fuerza” de Calicles, con todo sus aires de barbarie a la hora de escamotear a un país entero. Es como si usted, de pronto, pudiera asistir al montaje de las batallas de Marco Licinio Craso contra Espartaco en la Tercera Guerra Servil, con todo y sus seis mil crucificados en la Vía Apia. Pero lo que a simple vista nos parece contradictorio e inhumano en el discurso político y en el planteamiento de las cosas en el caso de los fuertes, en el fondo tiene mucho sentido para ellos. Si Roma no podía sobrevivir sin esclavos, Estados Unidos y Europa tampoco pueden pasarla sin naciones expoliadas, y menos en estas fases postreras de una época neoliberal donde todos los recursos de reproducción del sistema se han ido agotando por completo por una cultura económica no industriosa y decadente. Ese es el fondo real del asunto. 
He dicho en anteriores apuntes que, en lo tocante a hacer el mal, esta nueva generación de políticos empoderados se muestra remisa, bisoña, con poco sentido estético, con respecto a su predecesora, la dinastía Bush. Si la dinastía Bush podía armar escenarios realmente escalofriantes y convincentes al grado de que nadie podía atravesar objeción alguna a las acciones del pícaro en turno, esta nueva generación de bandoleros nos ha demostrado que monta teatros burdos que terminan a manera de un vodevil barato, poco creativo y absolutamente predecible en las actuaciones del pillo. Pero eso ya no tiene sentido y ni vale el boleto de entrada, porque cuando el pillo no es capaz de sumir al público en el equívoco y en la conciencia final del absurdo, se pierde el motivo del regocijo y de la hilaridad. Y ha sido a fuerza de que ellos mismos se han dado cuenta de su chabacanería y de su carencia de histrionismo y de creatividad teatral, que también terminaron por aburrirse y llegar al hastío, y de ahí han saltado a la desesperación y a la final decisión de ya cerrar el teatro y pasar al más completo cinismo. Es como si se hubieran dicho a sí mismos: Si no creen en nuestras agudezas, ¡pues mandemos a la porra a la hipocresía y vayamos al grano de nuestro asunto! El caso de Libia no se trata ya, pues, de un montaje de vodevil, sino de la sobrecogedora realidad de un crimen ejecutado crudamente frente a nosotros, frente a toda la humanidad, pésele a quien le pese y haya sido como haya sido, y cuyas consecuencias han sido mayúsculas al grado de estragar nuestro ya de por sí débil y extraviado sentimiento de humanidad.
Quizás usted piense que seré fatalista por lo que le diré a continuación, pero creo que debo manifestarlo porque se trata de una intuición que me queda al final de toda esta reflexión y que no deja de inquietarme por el futuro que nos puede aguardar. Y todo parte de mi certeza en torno a la coincidencia entre el agotamiento final del modelo neoliberal y el cinismo de la gran banda de ladrones en el asunto de Libia. Resulta que todo eso me ha hecho pensar en la posibilidad de que las potencias occidentales estén por adoptar una conducta belicista semejante a la de los hunos, aquellos grandes guerreros de las estepas que asolaron eurasia en los primeros siglos de la era cristiana con el único objeto del pillaje, la expoliación y la destrucción.
Y si Atila y los hunos ya empezaron a resurgir en África del Norte, la pregunta es: después de Libia, ¿quién sigue en la lista?

Buen día.

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