Las mujeres y la política eficaz.

La historia oficial: patriarcado. 
   
Algunos estudiosos han llegado a suponer que, en los primeros barruntos de la especie, las sociedades humanas eran matriarcales. Con esto me refiero a las sociedades humanas en que la mujer tiene mayor estatus social que el hombre y, en consecuencia, donde el poder político y el gobierno recaen en la mujer. Sin embargo, lo cierto es que jamás ha existido matriarcado en la historia de la humanidad. El matriarcado es, básicamente, hipotético. 


La historia del mundo real es una historia de patriarcados, del varón con mayor estatus social que la mujer y, por ello, con el monopolio del poder político y el gobierno. En este tipo de sociedades al varón se le educa con el ideal del éxito consistente en el primado sobre los demás varones, pero especialmente sobre las hembras.
La fuerza bruta y la capacidad combativa son las dos características distintivas del hombre en su búsqueda de éxito. Estos dos factores le dan posibilidades adquisitivas al hombre. Pero sucede que esa tendencia adquisitiva responde no tanto al disfrute de los bienes por sí mismos, sino a la búsqueda de otro instrumento: el prestigio social. Y en cuanto a éste, es un medio para el logro de dos de los placeres más inmensos para el hombre: el reconocimiento social y las hembras.  
El hombre busca emparejamiento con hembras por tres necesidades: sexo, descendencia y afecto. Pero como el hombre padece el flagelo del constante apetito sexual, es así que termina convertido en una máquina de sexo que no para en su necesidad de su combustible. Y si usted añade a lo anterior la monumental capacidad del hombre para aburrirse con la monotonía y lo cotidiano, incluida en esto la pareja sexual y sentimental, así como su egoísmo y su pasión adquisitiva, ya terminará con la fórmula perfecta que da lugar al varón del mundo real: una máquina de monopolizar hembras.    
El hombre es capaz de hacer las más desquiciantes locuras con tal de saciar su necesidad de mujer, al grado de matar sin compasión al macho contendiente. Y para entender esto solo tenemos que recordar la trama de muchas obras en la literatura universal. Muchas de ellas giran en torno a ese drama humano: la locura y el pecado capital por una mujer. Basta recordar, por ejemplo, a Helena, mujer que fue capaz de despertar el pretexto para una larga guerra en las playas de Troya, y cuyos costos por economía, vidas de héroes y disputas olímpicas, debieron ser simplemente inestimables. Lo cierto es que la mujer, con su exquisita belleza, y cuando entroncada al constante apremio sexual del hombre, resulta ser el veneno letal de la razón en éste. Así que ni con toda la sabiduría del mundo se puede dar jaque mate al viejo proverbio de sabiduría prudencial que nos dice que “Más arrastra un par de…” Bueno, usted ya conoce el resto. 

La imposibilidad del monopolio absoluto de hembras:

Cualquiera podría pensar que lo anterior no entronca con la realidad de la historia oficial, porque ese alguien podría pensar que, si las cosas son como he dicho, es decir, si el hombre, el varón, es un animal estúpidamente donjuanesco, es decir, hambriento de hembras, entonces las sociedades humanas deberían ser muy nucleares, atomizadas y conformadas por un macho solitario superior con un monopolio absoluto sobre todas las hembras. Sin embargo, este monopolio está impedido por una buena cantidad de razones. Mencionaré algunas de ellas.

El carácter indigente del hombre:

El hombre no es como otros animales que saben bastarse a sí mismos. El hombre no es, por ejemplo, como el toro que tiene la autonomía suficiente de vida como para poder expulsar del grupo al resto de machos y dar cuenta por sí solo de un rebaño de hembras. El hombre, pues, es un animal indigente y perfectamente inútil cuando está solo. Y dado que la mujer ha sido diseñada culturalmente – injustamente, por cierto -, como la señora de la casa, como una esclava, y en actividades “no productivas” desde la perspectiva del macho, sucede luego que éste es altamente dependiente del trabajo de los demás machos, por débiles que sean en comparación a él. 
Así que el hombre-macho alfa siempre ha necesitado de los demás machos subordinados a él, por dos motivos principales. Primero, para expoliarlos económicamente y así él poder entregarse a su vida donjuanesca y de zángano. Segundo, para mandarlos a la guerra en caso de que alguien le haga violencia a su reino en busca de su harén. 

Maquiavelo y el consenso de los débiles: un freno al imperio de los zánganos. 

El hombre posee, además, la cualidad de actuar como grupo, como un solo cuerpo social. Y es esta capacidad lo que pone al macho alfa siempre alerta a la posibilidad de que el resto de machos, los más débiles que él, y a veces con el apoyo de las hembras y críos expoliados por él mismo, actúen de manera concertada para armarle una asonada, bullanga, disturbio, motín, o como quiera usted llamar a la desobediencia civil, para derribarle luego de las glorias y los brillos del poder. Y si las consecuencias de tal acción de sublevación pueden ir más allá de la expulsión del grupo o el ostracismo, para llegar a escenarios como el patíbulo, pues más cuidados habrá de tener el zángano en turno en eso de ser relativamente tolerante con los machos avasallados.
De esta realidad encontramos ecos en Maquiavelo cuando nos dice que todo príncipe expoliador puede disponer a su antojo de la vida de sus súbditos, pero que en cuanto ponga sus ojos en las mujeres - y la religión - de ellos, ya tiene sus días contados. No dude, pues, respecto a que este asunto es real a todo lo largo de la historia.  

Para el don Juan clasista importa la calidad, no la cantidad de hembras:

Cierto que en la literatura universal se nos muestra al don Juan como un hombre absurdo, un esteta cuya máxima de existencia está en disfrutar la mayor cantidad posible de mujeres sin poner la vista en la calidad de ellas. Sin embargo, yo creo que la figura del don Juan real, el de carne y hueso, se deja influir mucho por su condición de estatus en su máxima de placer sexual. Y es ahí donde vemos al don Juan selectivo, clasista, discriminador, que va en busca de las mejores mujeres según las normas de calidad que dicta el sentido del buen gusto aristocrático de su tiempo y lugar.
Ejemplos elaboradísimos de este donjuanismo aristocrático, eje de existencia misma de un aspirante a Big Man, los tenemos en las personas de Sarkozy y Berlusconi. Asimismo, en la política mexicana tenemos ya a un brillante ejemplar de este selecto grupo.  

El verdadero sentido de la historia oficial:

Si usted junta todo lo anterior ya tiene dos cosas importantes. Para empezar, el estado generalizado de guerra entre todos los hombres aducido por Thomas Hobbes por aquello de la competencia entre los hombres por la ganancia, la seguridad y el prestigio, cuando traducido a su fondo último en las sociedades patriarcales, tal como lo hemos visto aquí, no es sino una guerra de los varones por las mejores hembras, y en cuyos lances belicistas el instrumento principal es el poder combativo. Luego, como el hombre entiende que no es posible caminar a través de una guerra generalizada por las mejores hembras sin que se vaya a parar directo a la extinción de todos, surge la política y el Estado para el acuerdo dentro de lo posible. Es tal como si el hombre, debido a su indigencia, optara mejor por una máxima keynesiana modificada que reza: “Tanta violencia y tantas mujeres como sea posible, y tanta tolerancia como sea necesaria”.
Cierto que, las más de las veces, ha prevalecido la política. Pero eso no quita que el saldo final se pueda describir con tres características básicas: mujeres como cosas, violencia y derroche económico al por mayor. Recuerde el lector, por ejemplo, que las mujeres siempre han sido botín en las guerras hasta los tiempos que corren. Lo de la violencia no está en duda; varias veces hemos estado incluso al borde del suicidio colectivo. Y lo del derroche económico queda claro cuando consideramos que el varón ha desaprovechado el potencial de la mitad de los integrantes de la especie: las mujeres. 

Las evidencias del macho violento en los sistemas morales:

En el fluir de la política de los machos caminamos de la mano de hombres reformistas de gran talento y de alto valor moral que apuntan a tratar de atenuar e inhibir nuestras inclinaciones naturales hacia el afán adquisitivo, el prestigio y la monopolización de hembras, porque saben que estas pasiones, cuando en plena libertad, terminan por llevar al hombre a una guerra de todos contra todos. Y ese intento pacificador lo puede usted patentizar en el contenido de todos los sistemas morales de la historia. Moisés, por ejemplo, el gran reformador político del antiguo pueblo hebreo, incluye en sus mandamientos normas que pretenden inhibir algunas de las pasiones humanas donde la mujer es reconocida como un franco polvorín: No matarás – incluyendo al rival de amores -, no cometerás adulterio, no hurtarás – incluyendo mujeres -, y no codiciarás a la mujer de tu prójimo. 

El saldo para las mujeres en la historia del macho: “La señora de la casa”.  

La mujer ha sido despojada de su personalidad moral hasta convertirla en una simple cosa, para pasarla así a la categoría de botín, trofeo, mercancía. Y todo esto, por una simple y única ventaja del varón frente a la mujer: la fuerza bruta. Ni a la más entusiasta de las feministas le pasa por alto que el hombre promedio vapulea a la mujer promedio. Y subrayo que hablo de promedios, porque lo cierto es que una mujer bien entrenada en ciertas artes de combate puede dar cuenta de un varón poderoso al grado de mandarlo a gozar de la paz perpetua, no en la política, sino en el mismo camposanto. 
Y como la mujer pasó de esa manera a la categoría de cosa inferior, fue así que se le asignaron funciones sociales inferiores y que luego dieron lugar a la división del trabajo por sexo y a las subculturas de género: objeto sexual, crianza y labores del hogar. En breve, la mujer fue convertida a la fuerza en una cosa que se llama: “La señora de la casa”. 

La mujer: origen de la cultura y la civilización.

Y a pesar de toda esa historia de injusticia contra la mujer, resulta que las cosas indican que ella fue la gestora de la alta cultura. En efecto, mientras el varón se ocupaba en la caza y en la diversión de la guerra, ella, la mujer, inventó la agricultura, una revolución tecnológica que dio lugar a los primeros barruntos de la civilización con las primeras culturas aldeano-campesinas, y cuyos efectos positivos perviven hasta nuestros días. Parece que fue ella también la que tuvo la paciencia y la sabiduría para domesticar a los animales silvestres y dar inicio a la ganadería, y la que dio inicio, asimismo, a la alfarería, a los tejidos y a la orfebrería, fundamentos de arte e industria. Y todo eso junto es, en última instancia, el origen de los excedentes económicos que hacen posible el desarrollo de la sociedad a mayores estadios de bienestar. A decir verdad, si las mujeres no hubieran tenido ese mínimo de rebeldía que las llevó a aportar tan grandes cosas, tal vez estaríamos aún en las actividades propias del bruto. 
Y si estas cosas fueron logradas por la mujer pese a estar sometidas al imperio tiránico del macho patriarcal, ¿puede usted imaginar en qué lugar del futuro estaríamos si los varones hubieran dado a la mujer la condición de igualdad en conciencia en una edad temprana de la historia? Su imaginación le da el monto del derroche económico. 

Económicamente, la mujer es tan eficiente como el hombre:

La mujer ha demostrado objetivamente que, si se lo propone y si tiene el valor para superar la sanción moral implícita en aquello de pasar por alto los anticuados roles sociales según sexo para dejar de ser la señora de la casa, es capaz de desempañar el más rudo de los oficios con igual o mayor eficiencia, prestancia y diligencia que el hombre. Y lo mismo aplica a los oficios más exigentes en los ámbitos del intelecto y de los sentimientos. 
El varón, por el contrario, está seriamente limitado para desempeñar muchos roles que tradicionalmente han sido asignados a la mujer, pero que no dejan de tener importancia trascendental en la sociedad. Y esto se lo digo por experiencia personal porque soy padre soltero. Así que sé que ahí, en esos terrenos, el varón es hombre al agua.

La mujer y el sentimiento humanista:

La vía del corazón es la que nos abre las puertas a los sentimientos humanistas. No sé decirle si varón y mujer estén equipados naturalmente por igual para acceder a esa vía. Sin embargo, lo que sí sé es que nuestra cultura patriarcal ha determinado una división sexista en ese terreno de los sentimientos. De esa forma, del padre se suele aprender a ejercitar las pasiones por la competencia, pero de la madre se aprende a ejercitar la vía del corazón. Y déjeme decirle que este conocimiento del corazón que construye su felicidad en el alivio del dolor de los suyos, es lo que hace contrapeso a las pasiones viriles a fin de no terminar en un estado de guerra en el hogar y en la sociedad. Así que la escasa paz de que gozamos es gracias a la educación de las mujeres en casa. 

Política para machos y más derroche de talentos:  

Pero si los hechos nos indican que la mujer está mejor dotada – ¿cultural o genéticamente? - que el varón para hacer posible un estado de paz perpetua en las interacciones sociales, resulta que nuestra sociedad ha dado lugar a una cultura política que privilegia los intereses de los machos. Y la existencia misma de leyes en materia de equidad de género habla del primado de esa cultura política machista que no ha logrado trascender hacia la consideración de la mujer como ser poseedor de personalidad moral como un imperativo de la conciencia masculina – un deber - que no requiera de leyes externas que le obliguen.
Lo anterior nos habla otra vez de derroche de talento al por mayor, pero esta vez en la política. Y esta es una cuestión todavía mas resaltable en nuestra condición actual, cuando la divisa de nuestro país es precisamente la violencia de los machos. Y aclaro que no estoy sugiriendo la idea descabellada de un matriarcado que salve al país. No, nada de eso. Lo que estoy sugiriendo es que se debe abandonar el espíritu machista de nuestra política.   

Pero también hay de mujeres a mujeres:

Aclaro que no estoy idealizando a las mujeres. Así que lo que he apuntado hasta aquí es a manera de tendencias generales que no hacen ley universal. Cierto que los hechos nos dejan ver que la mujer parece tener una mejor disposición para generar un espíritu de cuerpo pacífico y tolerante en el orden social – llámese familia o sociedad ampliada -, como he tratado de hacer ver hasta aquí, lo cual les provee a ellas, creo, con un arsenal muy respetable para la política. Pero eso no significa que no haya mujeres que sean peores que el mismo Satanás en lo que toca a maldad y egoísmo. Tampoco esto implica que no haya hombres que las superan en el terreno de los sentimientos humanistas. Y puedo apostar incluso a que los hombres que se han destacado como grandes estadistas en la historia, seguramente habrán sido educados por grandes mujeres en casa en ese difícil arte del amor a los demás. 
En suma, todo lo anterior no está implicando que la condición de mujer sea garantía suficiente de eficacia, bondad y honestidad en la política.
Ahora bien, una mujer, por más virtuosa que sea, jamás podrá desplegar sus virtudes si se inscribe en una ideología política que privilegia al machismo. Y este es el caso de tres figuras femeninas en México, en especial: Isabel Wallace, Beatriz Paredes y Josefina Vázquez Mota. Déjeme le explico esto. 
En otros artículos he dicho que, cualquier análisis mínimo en torno a nuestra condición social, política y económica como país, nos ha de llevar siempre a la misma conclusión: nuestros dos problemas se llaman prianismo y economía del derroche. Búsquele por donde quiera, analice el trozo de realidad que le plazca, vaya hacia atrás en el tiempo cuanto quiera, y siempre habrá de llegar al mismo resultado si es realista y honesto. Y en todo esto, uno de los grandes resultados de ese sistema económico será el desperdicio del más valioso recurso de todos: las personas y su capital humano. 
Pero el más absurdo y grave de los derroches atañe a la discriminación laboral de las mujeres. Yo le puedo asegurar a cualquiera que si nos diéramos a la tarea de calcular toda la cantidad de riqueza no explotada en las mujeres, llegaríamos a una cifra cuya magnitud sería monumental, cifrada en millardos de pesos, y suficiente para fundar varias veces una nueva sociedad mexicana de cabo a rabo. Y tales cifras serían una estimación real de la pérdida de racionalidad y eficiencia en una sociedad por causa de darse al placer ingrato e inútil de sostener un prejuicio como el machismo. Pero además, tenga usted por cierto que, en alguna medida nada despreciable, los más de cincuenta millones de pobres en México responden a nuestra cultura machista, porque le aseguro que ahí, en esa gran masa de desheredados, hay muchas mujeres talentosas, capaces, que han sido hundidas a la miseria económica por el simple y desafortunado pecado de ser mujer. 
Y todo este grave problema histórico de discriminación no nos cayó del cielo; es obra exclusiva, consciente y deliberada del prianismo. Éste ha gobernado al país desde siempre y no hay manera de disculparse. Tuvo siempre en sus manos los instrumentos de política a la mano para superar este problema, pero no lo hizo jamás. Antes bien, lo ha agravado.  
En el caso de Isabel Wallace hablamos de una mujer que se ha sumado a ese proyecto prianista. No se puede esperar que ella, por sí sola, termine dando un vuelco al espíritu pernicioso de ese mundo. Se trata de un mundo cuyos intereses pervertidos superan con mucho los alcances de esta mujer. Así que, tarde que temprano, terminará eclipsada. Y con respecto a Beatriz Paredes y a Josefina Vázquez Mota hablamos de casos que ya, desde mucho tiempo atrás, se han ido voluntariamente por el sumidero del prianismo. Si en el caso de estas dos mujeres hubo algún rastro de potencial político, el mismo ya está muerto. 
En pocas palabras, Wallace, Paredes y Vázquez Mota, por un acto consciente y deliberado, y en diferentes tiempos o épocas, pasaron a ser instrumentos del mal social que como mujeres debían combatir por principio.  

Peña Nieto y el machismo:

Pero el caso más crítico es el de Beatriz Paredes. Ella está sujeta en todos los órdenes de su futuro político a Peña Nieto, un hombre que, ya sabemos, es la máxima encarnación de ese machismo prianista. El caso de este hombre no ha tenido referentes en la historia moderna de este país. Digo, es que no había existido hasta ahora un político destacado que mostrara la ligereza de decir un “No soy la señora de la casa”, o que se declarara públicamente como incapaz de controlar su voluntad y de posponer sus deseos cuando está frente a un par de tacones bellos. 
Y si bajo esas condiciones lo cuerdo es esperar que el actual proyecto priista solo venga a hundirnos más y más en este asunto de la discriminación de la mujer para seguir viéndola como botín o trofeo y negarle su personalidad moral, ¿se puede esperar que Beatriz Paredes pueda cambiar esto? Donde manda capitán… 
La razón indica que debo elegir a dos hombres en dos casos particulares:
Así las cosas, a mí la razón me indica sin vacilaciones que debo omitir toda consideración en torno a las virtudes femeninas de estas tres políticas – Wallace, Paredes y Vázquez Mota -, ya que las mismas están inertes, para sumarme mejor a la preferencia por Miguel Mancera para el DF y por AMLO para la presidencia de la república.

¿Es AMLO la opción para las mexicanas?:

De entrada, me queda perfectamente claro que todo intento de las mujeres por hacer activismo político en el prianismo franco está condenado al fracaso por principio. Eso nace muerto por definición. 
Cierto es que AMLO, a saber, no ha delineado hasta el momento una política totalmente clara respecto al asunto de las mujeres. Sin embargo, de entre las opciones políticas que se barajan por el momento en México, AMLO es el único que ofrece claramente acabar con los dos problemas fundamentales de la nación - prianismo y economía del derroche – que, en última instancia, explican la pervivencia de la discriminación contra la mujer en nuestra cultura. Así que tan solo eso me garantiza que AMLO es la vía que ofrece una posibilidad real para la mujer mexicana. Pero por supuesto que no es ésta una tarea fácil. No depende solo de la buena voluntad de AMLO, ni de su receptividad al problema. Esto requiere, sobre todo, del concurso intenso y amplio de las mujeres en la política de manera seria, comprometida y, sobre todo, gozando de amplios poderes de decisión, aun por el medio de la presión. 
Las mujeres tienen mucho que aportar en el proyecto de AMLO. Para empezar, en ellas debe recaer la responsabilidad de diseñar políticas públicas que hagan posible la instalación de la mujer en la conciencia del varón mexicano como un ser con personalidad moral. Luego, las mujeres son las que más pueden potenciar una política pública educativa que propicie el sembrado de una nueva generación de mexicanos identificados con convicción socrática en un tema en el que ellas son expertas reconocidas: los sentimientos humanistas.
Desde luego que me alienta mucho el que AMLO se muestre siempre abierto en eso de no inhibir la participación política de las mujeres. Me refiero, especialmente, a los casos de mujeres talentosas como doña Elena Poniatovska, Rosario Ibarra, María Rojo, Claudia Sheinbaum, Dolores Padierna, Alejandra Barrales, Yeidkol y muchas más que se me escapan de la memoria por el momento. Sin embargo, creo que en el caso de las mujeres ningún número es suficiente porque ellas, con su poder espiritual, son la condición indispensable para que la política cobre por completo la eficacia que requiere para llevarnos a un verdadero Estado de bienestar y de paz perpetua.
Y es que, sin ellas, solo tenemos la mitad…y tal vez la menos valiosa. 

Buen día.      

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