Josefina Vázquez Mota y el corazón ardiente.

El tema de hoy no trata sobre juegos palaciegos al estilo de la María Antonieta de Francia. Como verá  más adelante, nuestro tema no tiene punto de contacto alguno con la Madame Déficit de la casa de Habsburgo y sus gustos irresistibles por despilfarrar la hacienda de Francia en festines, pelucas, afeites, polvos y collares fatídicos y revolucionarios, o en caprichos personales y juegos políticos de salón a espaldas del rey Luis XVI. 

No, la verdad es que nuestro asunto es mucho más llano, simple y castizo, que la intrincada vida de la Delfina de Versalles, y trata, más bien, de una serie de reflexiones en torno al lema que Josefina Vázquez Mota usó en su informe de labores como diputada. Me refiero a esa emocionante proclama del “No debatimos el amor por México”.
Del evento mismo, del informe de Vázquez Mota, no hay mucho que entresacar. Todo eso es terreno tan yermo como el discurso y la trayectoria política de la diputada. El dicho evento ni siquiera fue dueño de alguna originalidad en el sabroso y picante carnaval de la política nacional, pues, como siempre, el hueco discurso y la mímica tiesa apelaron a una temática ya muy habitual y trillada en estos casos: mesarse los cabellos entre plañidos y gimoteos por los compromisos no cumplidos a la ciudadanía…¿En el mundo de los políticos existe eso llamado ciudadanía?...Y bueno, independientemente de esa duda, quiero decir que no es por otra cosa que he querido enfocar mis comentarios sobre lo único digno de analizar en este suceso: el lema de la diputada.
Antes que nada, quiero llamar la atención sobre el incuestionable hado poético en el lema de la diputada. Nadie en su sano juicio pondrá en duda que dicha expresión resume en unas cuantas palabras todo el poder exaltador de un Píndaro olímpico o de un “Corazón Ardiente” de Crashaw y sus elogios barrocos a Santa Teresa. Nadie pondrá en duda tampoco que, al igual que Platón, la diputada y sus asesores de imagen habrán experimentado alguna ascensión mística de manos de Diotima de Mantinea para alcanzar la visión estremecedora del verdadero amor a la patria y a la fama eterna, del amor espiritual a uno mismo y a un México desconocido para el común de los mortales. ¿A poco no está hermoso el lema? Créame que, cuando lo escuché, cuando lo leí en las marquesinas, me brotó la vena patriótica al grado casi de desear encender una ronda de salvas de cañón desde las almenas del castillo de Chapultepec, si es que este viejo inmueble tiene almenas. Bueno, para que usted entienda ese golpe de emoción que me llenó cuando conocí el lema, solamente le digo que mi fervor patriótico brotó tan descomunal, tan vibrante, que ya de menos me bullían las de cocodrilo hasta rebasar los diques de mis párpados, y me retemblaban los miembros locomotivos por el ansia de enredarme en una bandera tricolor para luego lanzarme al vacío y gritar: ¡Viva el México prianista!  
Más allá de la indiscutible vena poética de estos neopanistas al mando de la diputada Josefina, conviene decir también que su lema, aquello de “No debatimos el amor por México”, es una proclama tremendamente colmada de verdades. Y déjeme le explico esto para que no queden dudas o malos entendidos a este respecto.
Dice un viejísimo aforismo que “la historia la escriben los vencedores”. Entender la enorme verdad que reza ahí, en esa expresión, es muy importante para nosotros, pues, pese a que vayamos como leales pajes y escuderos detrás de los grandes señores del México moderno, no somos parte de esa estirpe ganadora, y menos de la historia que ellos escriben. 
Sabido es que toda aristocracia –minoría de hombres distinguidos de la multitud por una o varias virtudes en común - que conquista el poder se da a la tarea de asegurar sus logros cristalizando un sistema sociopolítico, un orden, una tradición que debe ser perpetuada por ellos, los que dominan. Ellos, para darse una justificación y un fundamento más allá de los rudos principios de la fuerza y el engaño de los que se valen para sus empresas, escamotean los hechos, reinventan la historia según las necesidades de su permanencia que, para todos los efectos, tiene horizontes de eternidad. Ellos reinventan con su nueva historia a la mitología del nuevo Estado, de su Estado, con nuevos santurrones, con nuevas leyendas y epopeyas, con sus nuevas divinidades y con sus nuevas leyes. Los nuevos señores, bien armados de su ideología conservadora, y de las armas, edifican todo un nuevo sistema de valores, nuevos y maniqueos conceptos de nación y antinación, de patria y antipatria, y siempre todo muy a modo de los intereses de esa nueva clase dominante. Se trata siempre de valores que trascienden lo nacional hasta extenderse por los espacios de lo eterno y lo universal, justo a la medida de sus ambiciones. Y así, al final acudimos a un teatro donde la clase dominante se erige como el santo preservador y guardián fiel de la tradición nacional y de sus instituciones, que no son otra cosa que el mismo orden que ellos han instaurado para su beneficio; en tanto que sobre la muchedumbre gobernada y avasallada recae el yugo de un nuevo sistema que le es ajeno y que le indica que toda aquella conducta que se desvíe de la tradición y la norma será tenida por falsedad, mentira, delito, herejía, traición a la patria y un peligro para la nación. 
México no es la excepción a esta regla que se viene replicando desde la antigüedad para instaurar sociedades desiguales, cerradas y fundadas en el derecho del más fuerte. Sí, nosotros también tenemos una aristocracia controladora. Pero nuestra aristocracia no es muy añeja, no tiene una rancia historia. Tiene sus raíces últimas apenas en algún capítulo de la revolución mexicana. Surge de la casta de aquellos señores de la guerra que se involucraron en el movimiento armado de principios del siglo veinte para sacar la mejor tajada en aras de los intereses políticos y económicos de su grupo, y cuyo mayor logro fue asesinar a Emiliano Zapata y a Francisco Villa, los dos hombres que encarnaron el verdadero espíritu popular de aquella revuelta. Como usted ya debe de saber, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, los dueños de la revolución “triunfante”, fueron las raíces y los ayos de nuestra aristocracia política moderna. Gracias a esas dos figuras históricas se funda lo que hoy conocemos como Estado mexicano y, por instancias del segundo, se da forma luego al célebre partido de la revolución, partido que iría a ser de importancia determinante en el futuro de México. 
Si usted se atiene al balance de los hechos en la historia que va desde la revolución a los tiempos que corren, seguramente concluirá que nuestra nueva aristocracia y su revolución “triunfante” no crearon un nuevo país para todos los mexicanos sobre los fundamentos de la justicia y la igualdad. Más bien cumplió su sueño dorado de regalarse a sí misma una multitud de mexicanos pasivos a la cual gobernar en su provecho. Cierto que, en sus orígenes, esa aristocracia pretendió lavar sus crímenes fundacionales llevando algunos ideales del espíritu popular de la revolución a la nueva Constitución. Pero, como ya sabemos, a la vuelta del tiempo, estas pretensiones aparentes de justicia y equidad terminaron en la misma condición que el cuerpo de leyes generales de este país: en letra muerta. 
Vea y compare la situación del México moderno con el México porfirista tratando de hacer caso omiso de los inevitables efectos del avance tecnológico, y encontrará que persisten casi las mismas condiciones en lo tocante a desigualdad y relaciones de poder entre clases. Si en el México porfiriano la gran multitud estaba sometida a una oligarquía semifeudal bajo el mando de un caudillo militarista, el México de nuestros días es el de una multitud sometida a una oligarquía capitalista. Y si usted analiza el apartado de la política oficialista en uno y otro tiempo, puede ser que hasta encuentre que hemos ido en declive, pues, si don Porfirio tuvo el talento y los tamaños para ejercer control político total sobre la vieja oligarquía, nuestra clase política moderna ha sido completamente avasallada por la nueva oligarquía a punta de cañonazos de cincuenta mil pesos con el debido ajuste inflacionario.     
Durante la edad media algunos estamentos sociales ofrecían la posibilidad de ascenso social a todos aquellos que no habían tenido la suerte de nacer en cuna noble. Dos de esos estamentos eran el militar y el eclesiástico. En México, el partido de la revolución de la nueva aristocracia no hizo sino replicar aquel mundo medieval con la creación del estamento político. Sí, aunque usted no lo crea, la revolución “triunfante” en México dio inicio a la profesión política como alternativa de enriquecimiento y ascenso social. Hubo una vez en que, en este país, llegó para quedarse esa gran sentencia de sabiduría práctica: si usted quiere ser rico y exitoso, o al menos tener una forma de vida modesta, solamente tiene que afiliarse al partido de la revolución y hacer ahí una carrera exitosa. Ese mecanismo fue lo que garantizó la continua y exitosa replicación de nuestra nueva aristocracia. Y bueno, pese a que en el fluir de los tiempos esa nueva aristocracia mexicana se fragmentó en diferentes corrientes políticas, en los tiempos que corren asistimos a una suerte de vuelta al origen, a un renacimiento que ha dado lugar a ese fenómeno de fusión de ideologías y principios en torno al neoliberalismo y que ha sido bautizado por la claridosa e infalible sabiduría popular como Prianismo. Incluya en este Prianismo a todos los dueños de México, a toda esa aristocracia con su estructura interna: plutocracia a la cabeza y partidos políticos avasallados por abajo. Los unos depredando la riqueza nacional, y los otros poniendo en marcha al Estado en beneficio de los primeros y a cambio de una propina. 
A grandes rasgos, fue así como llegamos a nuestra condición de una multitud sin pueblo y sin Estado de manos del partido de la revolución. Y así vamos hoy en día de manos del Prianismo, el heredero renacentista de la revolución “triunfante”. El Estado no nos pertenece, es de ellos, de la nueva aristocracia, y es también para ellos. Y por supuesto que nos han dado, a modo de historia oficial, un compendio de mitos que debemos aprender en la escuela. Nos han dado un concepto de patria al cual debemos amar y respetar religiosamente, y que es el México de ellos, el de la aristocracia; y también nos han regalado un concepto de antipatria al que debemos odiar y condenar a herejía. También nos ha dado un conjunto de leyes e instituciones que debemos respetar y amar si es que queremos ser buenos patriotas, muchachos bien educados y funcionales.
Como nos demuestra la historia reciente, “el México de los mexicanos” es una idea vacía, sin contenido; es una expresión que, en el mejor de los casos, hace referencia a un mito educativo. Además, siendo que sólo se ama lo existente, se debe concluir que, al menos en el ámbito del mexicano de a pie, no existe el amor a México porque no hay un México propio al cual amar. Y si la diputada Josefina ha querido referirse a esta idea de “amor a México” en su proclama, entonces ha dicho la verdad porque no se puede debatir acerca de la nada o de lo inexistente, so pena de pasar por loco de atar. Si este es el caso, y si sabemos que no se puede debatir acerca de la nada, la diputada Josefina dice la verdad cuando proclama “No debatimos el amor por México”.
¿Imagina usted lo desorbitado y locuaz que sería el que alguien invitara a debatir acerca de la nada?
Y la diputada Josefina sigue diciendo la verdad si tomamos el asunto por el lado del México real, el México que existe, que no es sino el México que ellos y sus ayos han creado en su propio beneficio, el México que le pertenece a ellos, a la nueva Aristocracia, por derechos fundacionales y de afiliación. Y, en este caso, dice la verdad por tres motivos.
En primer lugar, porque no se debate lo que ya está demostrado. De cierto que el hombre ama todo aquello que considera su mayor bien. Y siendo que el México real, el que existe, fue creado por la aristocracia como su mayor bien –una multitud a ser gobernada y expoliada-, está demostrado que la aristocracia sí que ama a su México. No cabe, pues, debate alguno a este respecto. 
En segundo lugar, porque no se puede debatir acerca del amor, a menos que se quiera meter a los sentimientos en la camisa de fuerza de la razón. Romeo y Julieta se amaron al igual que Fausto y Margarita, y en caso alguno los amantes podían dar razón correcta de su amor, si no era a través de bellas y poéticas palabras –que es el caso del vigor poético en el lema de la diputada Josefina -, o a través de acciones enaltecedoras. 
Y en tercer lugar, porque la aristocracia moderna de México posee el derecho a reservarse la decisión de debatir o no sobre ese amor a su México propio, al México de ellos. Y, como ya vimos, la diputada Josefina ha cancelado el debate haciendo uso de su legítimo derecho. ¿Qué esto le parece mal a usted? No, no se equivoque. ¿Acaso no posee usted también un derecho legítimo para decidir si debate o no sobre el amor que profesa a sus gentes y a sus objetos? Así de simple.
Ahora bien. Olvide por un momento lo apuntado y suponga que sí existe un México de todos los mexicanos. Suponga que sí somos un pueblo, que vivimos en un México con justicia y equidad y que el Estado pertenece a todos los mexicanos. ¿Qué podemos decir en este caso del lema de la diputada Josefina? 
Es claro que, en este caso, gran parte de la verdad sobre ese lema de “No debatimos el amor por México” reside en el fuero interno de las personas. En cuanto a la cuestión de si usted y la diputada aman o no aman a México, mucho depende de sus percepciones internas y su conciencia. Sin embargo, tampoco es una cuestión tan interna que no sea posible probar, pues, bien o mal, los hechos también hablan por sí mismos y podemos juzgar usando como norma el viejo adagio del apóstol Mateo que reza “Por sus frutos los conoceréis”. Y es que si un amor no se exterioriza en hechos concretos frente al objeto o al ser amado, entonces no es un sentimiento auténtico o el mismo carece del fundamento de la verdadera convicción. 
El antiguo Lucio Cincinato amó a Roma y no pudo demostrar las causas de eso sino con acciones que le convirtieron en el ciudadano y el político por excelencia. Este hombre jamás debatió o habló sobre su amor a Roma. Él simplemente se aplicó a demostrar y a poner en vías de hechos ese amor patriótico convirtiéndose en un político recto, honrado, frugal en extremo y, sobre todo, ausente de toda ambición personal. Lucio Cincinato demostró su amor a Roma sirviendo siempre a su patria sin pedir nada a cambio, sirviendo gratuitamente, sin tomar nada para sí, y volviendo a su arado una vez que terminaba sus deberes cívicos y dándose el lujo de despreciar cuantos honores y posiciones políticas le pusieron a sus pies los romanos en pago a sus notabilísimos servicios. Y de cierto que a usted le debe suceder lo mismo que a Cincinato cada vez que trata asuntos relacionados al amor. Seguramente le resulta imposible debatir sobre el amor que profesa a su pareja o a sus hijos, si los tiene; pero vaya que es cierto que, si usted ama a alguien verdaderamente, le es absolutamente fácil demostrarlo con acciones nobles y desinteresadas hacia ese ser amado. Créame que, cada vez que usted demuestra en los hechos su amor a algo o a alguien, usted se convierte en un verdadero Cincinato por una sencilla razón: da sin pedir nada a cambio. 
El antiguo prosista inglés Samuel Johnson nos regaló hace más de doscientos años un excelente aforismo que resume la naturaleza de la relación entre los políticos y el patriotismo. El doctor Johnson nos dijo sin medias tintas lo siguiente: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Por supuesto que, para Samuel Johnson, esto no era una ley universal y necesaria; se trataba más bien de una sentencia que establecía una tendencia regular que se fundaba en la experiencia histórica, de tal manera que no se niega del todo la posibilidad de que exista un político que realmente sea patriota, aun en el caso de una clase política conservadora, como es la nuestra. Pero lo cierto es que, para todo político, no es fácil pasar este pantano de Johnson sin mancharse el plumaje, pues, a final de cuentas, y en el contexto de dicho aforismo, un verdadero patriotismo estará siempre exigido a encarnarse en la conducta política de un Lucio Cincinato, cosa que se antoja digna de personas especiales, poco comunes, que no se dan todos los días y en racimos, y que está muy lejos de la naturaleza de nuestra aristocracia política, tal como la conocemos. Eso es asunto concluido desde entonces. Se funda en la rareza extraordinaria de un político patriota. Y para confiar en esa razón, debemos recordar que no lo dijimos nosotros, lo dijo el eminente literato inglés Samuel Johnson. Así que cualquier duda o lamentación deberá remitirse a la esquina de los poetas en la Abadía de Westminster, donde reposan los restos de este inmortal de las letras. 
Yo no le diré si la diputada Josefina cruza el pantano de Johnson con el plumaje inmaculado o no una vez que se le pasa por la criba de los hechos, o una vez que se le conoce por los frutos. Eso es cosa que usted ha de determinar en base a su conocimiento en torno a la trayectoria y los hechos de la diputada. En lo personal, solamente puedo decir que no creo que el ámbito de nuestra aristocracia política pueda ofrecer una pizca de tierra fértil para el verdadero patriotismo, para el franco, abierto y desinteresado servicio a la gran multitud de mexicanos. 
Antes de finalizar quiero aclararle que nunca creí en el mundo foxista. No voté por el clan Fox, porque no necesité de mucho tiempo y de muchos datos para darme cuenta de inmediato de que se trataba de una farsa monumental. Tampoco he votado por el PRI jamás, porque me queda absolutamente claro que este partido, como el resto de partidos en el sistema oficial, representan la continuación y la replicación del México de la aristocracia política de la que le he platicado en este apunte. Es más, déjeme decirle que solamente he votado una vez en mi vida; y esa única vez fue por Andrés Manuel López Obrador en las elecciones del 2006 para la presidencia de la república. Y le diré también que volveré a votar por él en el 2012, porque creo que es la única alternativa viable para construir por fin un México para todos. Y esta certeza me viene por el hecho de que, en el movimiento de AMLO y en los hechos de ese personaje, he podido atisbar una auténtica y desinteresada vocación de servicio a los demás. La misma contradicción entre AMLO y la aristocracia política mexicana es mi mejor aval en esa convicción.
Lo lamentable es que muchos mexicanos están volviendo a caer en el garlito del clan Fox, pero ahora encarnado en el PRI de Peña Nieto. Es como si muchos mexicanos se hubiera habituado a repetir absurdamente el mismo error una y otra vez para luego lamentarse por sus descuidos y gritar: Me volvieron a engañar. 
Con todo, es mi mejor deseo que esos muchos mexicanos despierten de una buena vez para darse cuenta que otro eslabón en la larga cadena de errores puede llevarnos a un abismo que hará rechinar dientes. Pero bueno, ojalá y yo me equivoque y el siguiente error, de darse, no sea la ocasión fatídica, y el petróleo y el destino nos den la oportunidad de seguir equivocándonos por largo tiempo y a placer hasta quedar en la indigencia.

Buen día.

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