Jimmy Kimmel y el Capitán PRI.

Si tenía algunas dudas referentes a los resultados de la encuesta de preferencias electorales de Reforma, donde se posiciona a Peña Nieto como puntero, las mismas se han disipado en buena medida con el evento de la parodia “Captain Mexico” en el show televisivo de los Estados Unidos “Jimmy Kimmel Live”. Y no le digo esto porque la parodia haya desentrañado por sí misma algunos datos reveladores; Captain Mexico nada tiene de relación con las preferencias electorales en este momento. 


Fuera del típico humor norteamericano, que las más de las veces me parece atractivo, nada hay de importante ahí. Los datos reveladores han estado más bien en la reacción de muchos mexicanos en este punto. 
Resulta que me puse a leer una muestra algo representativa (muestreo sistemático) del directorio de opiniones en Youtube sobre este video. Y aunque mi universo fue el directorio de opinadores en esa página, tengo razones fundadas para creer que ese directorio puede fácilmente expansionarse a toda la población mexicana mayor de edad. Lo que apuntaré a continuación es una suerte de síntesis conceptual de lo expresado por esa muestra y no refleja literalmente a ningún caso en particular, pero sí a grupos de opinión bien delimitados. Solicito al lector que también perdone algunas expresiones que habré de anotar, pero creo que debo hacerlo en este caso para ser más fieles a los hechos. Estas son las opiniones más socorridas y, en cada caso, hago mis clasificaciones entre las llaves:

1. Esto es un insulto a nuestros símbolos patrios, y por tanto a México y a todos nosotros (el adorador de lo sacro, los símbolos y, sobre todo, del principio de autoridad)
2. En el siguiente partido de fútbol cobramos la ofensa (patrioterismo delimitado al ámbito de lo festivo)
3. Eso es un insulto a la constitución mexicana y a nuestras instituciones (el licenciado Vidriera…Léanse las Novelas Ejemplares de Cervantes Saavedra para entender la naturaleza de este licenciado que creía estar hecho de vidrio)
4. Es el estereotipo del mexicano que hemos ofrecido: panzón, bigotón y payaso (el realista y resignado)
5. ¿Por qué si nosotros los respetamos, ellos no nos respetan? (el visionario, el clarividente de la gran tragedia nacional)
6. Toman en cuenta nuestra cultura. Es un halago, no le veo la ofensa (el optimista y sempiterno consorte de la frase “Los últimos serán los primeros”)
7. Es botana, no lo tomen tan en serio (el impulsor de la comicidad espuria de la vida)
8. Nosotros también nos burlamos de otros. Así que hay que aguantar vara y cobrarla luego (el vengador o, en otras palabras, el mismo Captain Mexico)
9. Es una broma. Pónganse a chambear (El entusiasta del neoliberalismo que exterioriza su sentido de inutilidad en la vida en la adoración de Sísifo, el héroe absurdo)
10. ¿Por qué ellos (los gringos) se llaman “americanos”? Nosotros también somos americanos (el despistado, el que ignora la prevalencia de los imperios en la historia y, en especial, de la existencia de la doctrina Monroe)
11. ¿Por qué no se lo hacen a los pinches rusos? (el amarrador de navajas; el picabuches audaz y el amnésico que olvida que los rusos pasaron a mejor vida de manos de Rambo)
12. Como si ellos (los gringos) estuvieran tan bien. Están quebrados los hijos de la chingada (el consumidor asiduo de las fantasías de Televisa...En otro artículo explicaré esto)
13. Los gringos olvidan que son lo que son por el trabajo de los indocumentados (el apologista de las causas perdidas)
14. ¡Pinches gringos hijos de su puta madre! (imposible de catalogar, si no es en las huestes del dios Priapo)

Así opinan los mexicanos del directorio de Youtube. 

Déjeme decirle que, en mi opinión, este pasaje de Captain Mexico va más allá de una simple comedia. No creo, como dicen algunos, que se trate de un simple chiste cobrable con otro chiste a cargo de los gringos. Tengo la impresión de que esta parodia dirige una crítica directa a la cultura norteamericana en virtud del aparente estado de quiebra económica por el que pasa aquel país, y por los consecuentes sentimientos de vulnerabilidad y fracaso que les debe embargar a estas alturas –algo a lo que el pueblo gringo no está muy habituado -. Se trata, creo, de una escenificación corrosiva y bufa del principio americano de omnipotencia que ha regido su voluntad, principio del que ellos mismos son conscientes, del que no se avergüenzan y del cual sí están orgullosos, que está agotado por el momento y del que esperan una pronta recuperación –y de ahí el deseo de fustigarlo con la mofa -, y cuya comicidad reside en el propio quid de toda comedia: la caricaturización o la deformación de la realidad. También es perfectamente entendible que, en el caso de conceptos y realidades tales como la hegemonía política, económica y hasta militar, la deformación vaya a caer en un modelo cultural que los norteamericanos conciben tradicionalmente como sinónimo de dependencia e impotencia completa: el mexicano. Y es aquí donde nos toca el coletazo de pasada, como no queriendo. En otras palabras, somos consecuencia “involuntaria” de una burla de la cultura norteamericana sobre sí misma. Es mi opinión, por tanto, que debemos evitar la idea de que los gringos se han tomado la tarea de insultarnos deliberada y directamente. En realidad, creo que no formamos parte importante de su agenda, al menos en estos momentos.  
Los gringos, como toda cultura que ha alcanzado algún grado de sofisticación, tienen su ideal de hombre, que no es otro ideal que el mismo ideal de la Grecia clásica un tanto modificado y adecuado a sus necesidades prácticas. Y es en la crítica mordaz y cómica de ese ideal que, de pasada, nos han dejado a nosotros, los mexicanos, muy mal parados. Vaya que dicha parodia, la de Captain Mexico, es corrosiva en unos cuantos segundos, porque nos ponen a nosotros como:

1. La antítesis de la belleza (la apariencia toda de Captain Mexico es el polo opuesto del superhéroe, de ese ser perfecto con aires titánicos)
2. Basura (referida en la entrega de una tapa de bote de basura a modo de escudo)
3. Puercos (dos veces se hace alusión indirecta a un puerco)
4. El idiota perfecto, el imbécil (al menos así lo deja ver la conducta de Captain Mexico)
5. Incontinentes…y escasamente virtuosos (cuya síntesis está en la escena final en que el Captain Mexico devora desordenadamente una piza, y acompañado, como siempre, de un puerco…el trabajo de lo subliminal)

Pero por supuesto que ese carácter “involuntario” de la burla no es motivo para pasarla por alto. Hay que decir, por lo menos, que es una soberana estupidez y una tara moral el que el director de una televisora del primer mundo se preste a autorizar una comedia bufa que denigra a una cultura determinada, por muy corta y atrasada que ésta sea en opinión de aquél. Sin embargo, lo peor que podemos hacer los mexicanos frente a este tipo de eventos, es adoptar precisamente las posiciones que son la moneda corriente en estos momentos. Aprovechemos este tipo de cosas para reflexionar. 
Un bledo nos debe importar lo que los gringos digan o piensen acerca de los mexicanos. No debe interesarnos lo que ellos hagan o dejen de hacer con la bandera de México o con los sacrosantos símbolos patrios, pues, si mira bien las cosas, esos artefactos son cosas sin contenido propio y solamente son el refugio discursivo del bandido que ha optado por la política como negocio. Tampoco debe atraer nuestro interés el asumir la actitud de ofendidos y pararnos a reclamar con ánimo patriotero una corrección o una disculpa por parte de Obama, o de Hillary Clinton. Y mucho menos debe interesarnos la reparación del daño moral a los mexicanos por la simple y sencilla razón de que un acto de justicia, pero de justicia auténtica, prácticamente es imposible entre dos países como Estados Unidos y México. Seamos realistas y recordemos que las palabras de Tucídides siguen teniendo vigencia plena en nuestros tiempos: la justicia solamente tiene cabida donde dos fuerzas contrarias se equilibran. Y es el caso que la relación de México con el coloso del norte es, por obra y gracia de nuestra voluntad, una relación asimétrica y devastadoramente adversa a nosotros. ¿A qué bregar, pues, en este contexto, por lo imaginario, por lo inexistente? ¿Hay justicia posible contra el poder hegemónico en estos momentos? 
Tampoco vale escandalizarnos por el hecho de que muchos mexicanos permanezcan indiferentes ante la comedia de Captain Mexico. Esa indiferencia no debe pasmarnos. Y es que, en este país, hay más de cincuenta millones de miserables cuyo concepto de patria no va más allá de una tela raída tricolor estampada con el desteñido escudo nacional y sostenida por un carrizo reseco. Se trata de una enorme multitud que no posee nada más allá que sus huesos, su piel enjuta y una famélica descendencia cuyo destino es heredar la miseria de sus ancestros. ¿Puede esperarse de esta multitud algún virtuosismo patriótico cuando no tienen ni el más mínimo sentido de arraigo o pertenencia?    
Pongamos, pues, los pies en la tierra. De clamar por una justicia imposible por el momento, y de preguntarnos qué piensan de nosotros ellos, los gringos, pasemos mejor a plantear las dos preguntas importantes: ¿por qué los gringos piensan así de nosotros?, y ¿qué debemos hacer para que eso acabe? Créame que, en toda mi revisión de las opiniones en Youtube, jamás vi este tipo de planteamientos; no vi a nadie asumiendo una postura de autocrítica seria. Y por supuesto que puedo errar con un margen porque lo mío fue un muestreo rápido, de manera tal que pudiera existir por ahí alguien que sí lo hizo. Pero pese a que exista ese alguien autocrítico, lo cierto es que no es representativo. Las grandes respuestas estarían siempre inscritas en lo que ya apunté arriba.
En las opiniones apuntadas hay una que me llamó la atención porque parece ir en el camino correcto, aunque no se decanta hasta las últimas consecuencias. Me refiero a aquella que reza: “¿Por qué no nos respetan si nosotros los respetamos?” Trataré de ir por esta ruta, porque creo que es el camino a la verdad en este tema.
Para empezar, entendamos que, en esa…en esa digamos “dialéctica” de ofensor y ofendido, hay dos partes, y no una. Así que la solución no depende de ellos en exclusivo, sino también de nosotros. Y vuelvo a reiterar que la solución no viene dada por el lado de una nota diplomática, sino por la vía de cambiar de una vez y para siempre esa percepción no tan distorsionada que los gringos tienen de nuestra cultura.  
De entrada, abandonemos el sueño de que, un día, los gringos dejarán de lado esa actitud por un golpe milagroso de cargo de conciencia. La reparación no puede venir de parte de ellos, ni vendrá, porque si los gringos son así de prejuiciosos y soberbios, o gachos, como diría Cantinflas, es porque así deben ser para hacer valer su papel hegemónico en el mundo moderno. Esto de tratar como inferiores a los demás pueblos que entran a su aro es ley general que siguen todas las culturas dominantes en la historia de la civilización. Así ha sucedido con los primeros pueblos semíticos en Asia menor, con los egipcios, con los Griegos, con los romanos, con los españoles, con los ingleses y, hoy en día, con los gringos. No podemos solicitar que abandonen esa postura de superioridad cultural y hasta racial, porque sencillamente, tal es su negocio principal, su giro, su forma de vida: asumirse con fundamento de razón como superiores y legítimos dueños del destino de todos…pero de todos los que entren a su costal. Y después de patentizar ellos mismos, como lo hicieron los imperios de antaño, que dicha postura cultural es sumamente benéfica, ¿usted cree que nos van a hacer caso para venir a decirnos: “I´m sorry, Captain Mexico”?
Creo que ya el texto de mi apunte le va dando el camino por el cual yo creo está la solución. Pero no es éste el meollo del escrito, pues, para ser honestos, creo que tal hecho es tan patente para cualquiera que no se quiera jalar los pelos, que no necesita de apuntes y grandes explicaciones. Mi asunto va más allá, y usted lo verá en la lectura.
Parece que una de las causas de esto que con frecuencia sucede (la burla y el desprecio de los gringos sobre México) radica en que nosotros hemos entrado al aro del gringo por voluntad propia y muy llenos de contento, sin necesidad de nalgadas y tirones de orejas. Creo que nosotros no nos hemos cuidado de mostrar un sentido de dignidad, una autoestima mínima, en la relación con ellos, y sí hemos llegado al grado de poner el trasero frente a la bota yanqui a cambio de una propina y cerrar con el clásico: “¡Yes, mister!”. No necesito repasarle en este espacio la enorme cantidad de episodios y hechos en que, como país, como multitud de mexicanos, hemos bailado al son que ponen los gringos, y siempre con una gran sonrisa en el rostro. Me faltaría espacio para semejante narrativa. Se podría llenar una biblioteca con el resultado.  
De gran importancia en lo que sigue es recordar las palabras de Platón, en su República, que nos dice que las virtudes del Estado –y la cultura – de un pueblo se pueden encontrar viendo hacia las virtudes del hombre. Nada más fácil de entender esto, pues, a final de cuentas, el espíritu de un Estado es el reflejo fiel del espíritu de sus fundadores.  
Viendo toda esa tradicional soberbia gringa hacia nuestra cultura a través de las palabras de Platón, no cabe otra conclusión que aceptar que eso es resultado, principalmente, de nuestro espíritu, de un espíritu que colabora activamente en esa dialéctica de la ofensa, y en la que gustosos adoptamos el papel de ofendidos eternos. Y el absurdo mayor reside, no en esa adopción voluntaria que hacemos del papel de “ofendido”, del tonto de la comedia, a cambio de una propina, sino en el hecho de que nos escandalicemos por un detalle inofensivo, como puede ser la guasa sobre los símbolos patrios, pero permanezcamos al mismo tiempo impávidos, inconmovibles, ante ofensas gringas de grado mayúsculo, que no tienen nada de simbólicas, y que sí comprometen el futuro de la nación seriamente. A este respecto, pregúntese algo: ¿cuántos mexicanos se han dado a la tarea de manifestar sistemáticamente su molestia por el saqueo de las riquezas nacionales a manos de gringos y europeos? La respuesta es simple: lo ha hecho una minoría que, además, es considerada por los medios y las instituciones como una banda de locos. Y, contra todo sentido común, parece que su locura consiste en ver mucho más allá de las apariencias y lo simbólico.
Sé que se me habrá de tomar a mal lo que diré enseguida, y hasta habrá quienes dirán que soy un apátrida y un malinchista. Y es que, ¿sabe una cosa? Yo creo que esa bufa personificación de la cultura mexicana en el programa televisivo en Estados Unidos nos sienta perfectamente bien. Es como un traje hecho a la medida de nuestra forma de ser, al menos de la forma de ser que manifestamos en nuestra relación con los Estados Unidos. De donde creo que el nombre de semejante héroe bizarro es simplemente justo: Captain Mexico. Aunque bien cabría una ligera modificación al mismo, como veremos al final. 
No preguntaré si las clases empoderadas de este país tienen alguna responsabilidad en esto, porque ellos, en realidad, no son mexicanos por vocación; ellos son mexicanos de nylon o de conveniencia. Tenga por cierto que ellos se llamarán mexicanos mientras este país ofrezca recursos expoliables. Pero cuando esa fuente de recursos se agote o arribe al umbral de lo “no rentable”, o cuando la gente se rebele –que seguramente será cuando el destino los alcance, o cuando ya todo se haya devastado -, ellos renunciarán de inmediato a su nacionalidad mexicana y partirán al primer mundo para no volver ni por el cambio. 
¿Y qué decir de la clase política? ¿Tiene alguna culpa en esto nuestra clase política? Por supuesto que la tiene, y en grado superlativo. Y es que ellos no han cumplido con el papel fundamental que los inventores de la Política y la Democracia –los griegos clásicos - adjudicaron al verdadero político: educar al pueblo y conducir al Estado hacia mejores estadios de bienestar. Esa clase, por el contrario, es la que se ha sumado con el mayor entusiasmo al papel de bufón del amo anglosajón, dando lugar al nacimiento y consolidación de esa cultura mexicana de sumisión a conveniencia. Por supuesto que esta visión estaría fundamentada por completo si nos apegamos otra vez a Platón para decir que el político sabio no espera a que su pueblo le indique el camino al bien del Estado. Nada más cierto que esto, pues si el político es el capitán de esa nave que se llama Estado, cabría esperar que sabe conducir esa nave y que no habrá de depender de los marinos rasos para llegar a puerto seguro. 
Mas, me atrevo a contradecir a Platón para no darle la verdad al cien por ciento en el ámbito del político. Y hago esto porque creo que sería injusto echar toda la carga de la culpa sobre nuestra clase política. En el fondo, ella existe y es tal como es por iniciativa de muchos mexicanos de a pie. Esa multitud de mexicanos le han dado existencia y han consentido con su forma de actuar, con su forma de operar los asuntos del Estado, y todo, con los muy lamentables resultados que tenemos a la vista. Hablemos, pues, de una responsabilidad compartida.
Y usted no tiene que ir muy lejos o analizar mucho para confirmar la existencia de esta suerte de contrato mudo a conveniencia de muchos mexicanos de a pie con la nefasta clase política mexicana. Solamente tiene que ver las preferencias electorales del momento: por influjo de la televisión, muchos siguen creyendo en el PRI, lo cual supera todo límite de prudencia humana dada nuestra amarga experiencia. Esto es como la narrativa de una tragedia que habrá de acabar en un baño de sangre en un futuro cercano y con consecuencias desastrosas inimaginables, pues se sigue creyendo en el partido que fue el factor central en la debacle histórica de la nación…y que si vuelve, volverá por sus fueros, no para su conversión espiritual. 
Aunque lo que diré es tema para otro artículo, pregúntese usted algo ahora: ¿cabe creer que el mexicano promedio sea tan ingenuo y tan imprudente como para creer en alguien que sabe, por experiencia, es un soberano mentiroso? Si la respuesta es afirmativa, no cabría sino decir que el mexicano promedio es entonces un ser que no aprende y que comete el mismo error dos y más veces. Mas, le confieso que yo, en lo personal, no creo eso. No creo que pueda existir tanta ingenuidad sumada en un ser humano. Y es que, a estas alturas, creer en el PRI y en sus promesas santurronas de conversión, es como asumir el papel de un Orgón frente a un Tartufo redimido. Ni Molière, con todo su espíritu de comedia, daría crédito a tan absurda trama. 
Se ha dicho que la expresión escrita es la más poderosa ruta para la emancipación del hombre. Yo creo en eso. Y tan creo en eso, que escribo no para ganar simpatías, pues no soy político, sino para invitar a la reflexión y a la autocrítica, por mucho que duela ésta última. Así que no me cuesta trabajo decir cosas que calen, o que lastimen la sensibilidad de un licenciado Vidriera. Así que, en el caso de la relación mexicano- clase política nacional, diré que se verifica la misma relación ofensor – ofendido que hay entre gringos y mexicanos. Es como si el mexicano tuviera que padecer la ofensa y el agravio para vivir feliz en ambos mundos, para encontrarle plenitud de sentido a su existencia. 
Cierto día un gran amigo me dijo que yo era demasiado fatalista con las cosas de la política. Para esto, me decía que él no veía la miseria y la pobreza de la cual se habla con frecuencia, y que México estaba mucho muy lejos de la realidad de países como Somalia. Me agregaba que no veía nada malo en el hecho de que las potencias extrajeras explotaran la riqueza del país si eso redundaba en empleo para él y su familia. En suma, este gran amigo asumía todo grado de optimismo posible frente a la realidad y se adecuaba a ella con el espíritu del buen esclavo, de ese esclavo que se ha institucionalizado al grado de creer que la vida es imposible sin la existencia de un amo. Mas, hubo algo que no pudo rebatir. Y ese algo llegó cuando le dije lo siguiente:
- Sospecho que tu problema es que visualizas tu futuro en relación al peor de los mundos posibles que has podido evitar. Y en tu caso, el dicho mundo es Somalia. Y nada más favorable para tu amo que esa forma de pensar, pues de cierto que siempre encontrarás a alguien en peor estado que tú, y de ahí que siempre serás un esclavo suave y feliz. Pero creo que tú vas a contracorriente de lo que pensaron las grandes culturas. Ellas no se preguntaban por el peor de los mundos posibles a evitar, sino por el mejor mundo posible a lograr; pero más especialmente, se preguntaban por todas las oportunidades que estaban al alcance de su mano y por todas aquellas oportunidades que habían dejado pasar por alguna negligencia. Y dime, amigo: ¿te has preguntado alguna vez por lo que seríamos si toda esa riqueza expoliada por las potencias extranjeras la hubiéramos puesto a nuestro servicio exclusivo? ¿Te has puesto a pensar que ellos son lo que son por lo que nos han expoliado? ¿Te has preguntado lo que seríamos hoy en día si hubiéramos sido menos negligentes con nuestro país?    
Antes de terminar aclararé un punto. Un punto que muchos seguramente estarán atajado a lo que he apuntado. Y es que esos algunos se estarán diciendo algo como lo siguiente: “¿Cómo romper esa dialéctica de ofensor y ofendido contra la voluntad de un coloso que nos puede aplastar en un suspiro?”
Bueno, yo creo que eso es muy sencillo de lograr. Y la solución no pasa por escenarios catastrofistas como una declaración de guerra, o por el rompimiento de relaciones económicas, tal como sugerían locuazmente algunos de los ofendidos con el asunto Captain Mexico en Youtube. No; el asunto es tan sencillo como el regalarnos una clase política sabia, con personalidad propia y con verdadero sentido patriótico. Una clase política que sepa acotar los intereses del coloso con prudencia, sabiduría y con la vista puesta en el bienestar de la nación –dueña de verdadero patriotismo, el que supera el rito absurdo de lo simbólico y se concreta en logros y éxitos palpables para su cultura- ; pero sobre todo, se requiere de una ciudadanía que esté dispuesta a poner en riesgo la propina del que nos ofende. Y esto no es una ruta novedosa. Lo han hecho con buenos resultados muchos pueblos a lo largo de la historia y que bien podrían ser ejemplos para nosotros. Lo hicieron los partos con Roma, los chinos con Japón y los gringos, Gandhi con el mayor imperio de su tiempo –Inglaterra-, y recién nos acaban de dar una muestra de verdadero patriotismo los islandeses en esta crisis económica por la que atraviesa el mundo –ver mi artículo anterior en este periódico titulado “El hombre que corrompió a un país” -. Y en muchos casos, ese reposicionamiento cultural, ese dignificarse como individuos libres y dueños de una cultura respetable, se ha dado sin balas, sin violencia, y sí solamente a través de una ciudadanía que no vende su espíritu por una propina y una clase política con personalidad y que sujeta su voluntad al interés superior de la nación.
Es más; considere lo siguiente. Mismo Cristo resquebrajó la hegemonía romana con su doctrina del amor al prójimo. Cristo no hizo otra cosa que mostrarnos la forma de sustraernos en paz de esa absurda dialéctica de la opresión de unos por otros a través de nuestra propia dignificación. Y por supuesto que dicho escape del reino de las tinieblas, de Babilonia, implicaba un supremo sacrificio en el hombre: la renuncia del amor al dinero. Y la obra de Cristo fue tan fructífera que, a la postre, se convirtió en una de las más importantes causas culturales en el derrumbe estrepitoso del gran imperio y su soberbia.  
El caso reciente de la rebelión de los islandeses es muy ejemplar. Ellos quisieron dignificar a su cultura y a su nación. Se rebelaron ante el gran capital y el libre mercado. Hicieron caso omiso de las rabietas del coloso y su paje (la Unión Europea), mandaron por la borda el terrorismo de los medios – éstos no pararon en su labor de tratar de infundir el miedo en el pueblo islandés sobre las posibles consecuencias de su rebelión -. Y al final, triunfaron sin disparar una sola bala. Al final, el coloso y el paje se ajustaron a la intransigencia de un pueblo sublevado. ¿Y sabe algo más? Resulta que los términos de los arreglos financieros con los islandeses resultaron de lo más ventajosos para aquel país, Islandia. Definitivamente, el amo se muere de hambre sin la cooperación del que ayer era su esclavo. Ahí está la clave de todo para abandonar el vasallaje y convertirse en un pueblo libre y digno sin necesidad de violencia: el amo no sabe trabajar, no sabe ganarse la vida por sí mismo, pero el siervo sí. Y esa desventaja es letal para ellos. 
Pero si no estamos dispuestos a renunciar a la propina que el coloso nos regala a cambio de poner el trasero para la patada del día, si no estamos dispuestos a correr el riesgo de dignificarnos frente a ellos, si no estamos dispuestos a dejar de creer en la clase política actual –que mucho ha colaborado en nuestra vergonzosa degradación cultural -, si poco nos importa el saqueo de la nación - lo que en verdad define nuestro futuro como cultura -, y si no queremos dar cabida a la justicia en nuestra relación con los gringos, ¿a qué escandalizarse ridícula y absurdamente por lo estrictamente simbólico como un escudo, un nombre o un trozo de tela raído? 
¿Qué vale un escudo nacional frente a un dólar? Y pregunto esto en el contexto de los que pretenden seguir en el papel de ofendidos eternos ante los gringos.
Como decía al principio de este apunte, los datos sobre las preferencias electorales me dejan ver que muchos mexicanos no están dispuestos a otra cosa que no sea eternizar a México en el lamentable papel de perdedor en esa dialéctica de ofensor – ofendido. Y si tal es el deseo de una mayoría, es decir, optar por el menos peor de los mundos posibles y no así por el mejor, ¿por qué no hacemos lo que hace mi amigo? ¿Por qué no dejamos de sufrir por la bandera y asumimos con entusiasmo y optimismo nuestro papel de Captain Mexico? 
Usted tiene la decisión en lo tocante a cómo debe llamarse ese héroe bizarro que han diseñado en el programa de Jimmy Kimmel Live. Los gringos ya lo bautizaron como Captain Mexico; y sus razones tendrán. Yo, en lo personal, creo que no toda la culpa corresponde a los mexicanos de a pie, y por ello creo que el nombre no es del todo justo. Tampoco creo que los panistas tengan culpa completa en esto. Aunque no comulgo con la ideología panista, soy de los que creen que ahí, en ese partido, hay muchos políticos y militantes valiosos encuadrados todavía en aquella visión del México democrático por el que peleaban hace algunos años. Así que yo prefiero bautizar a ese héroe bizarro con el nombre del principal responsable de la debacle de este país: “El capitán PRI”.
Oiga, por cierto…Ya me despedía, pero olvidaba decirle que hubo otro pueblo que se rebeló a los designios del imperio asumiendo un acto total de parresía; un acto que enloqueció al amo de furia. Ese pueblo se llama Cuba, y ha podido sobrevivir en oposición al amo desde…¿Qué pasa?...¿Lo ve? Apenas sí dije Cuba y rebelión, y de inmediato muchos se escandalizaron con mis palabras al recordar situaciones dolorosas como la estrechez de consumo derivada de un eterno bloqueo por cuestiones de fuerza y no de razón. A decir verdad, si tanto nos preocupan las cosas materiales y el dinero en el corto plazo, mejor olvidemos cualquier intención de reivindicar a nuestra cultura, recordemos que existe México en los mundiales de fútbol para tremolar jubilosos los símbolos patrios al calor de los hurras al Chicharito por el gol contra Somalia, sigamos con la comedia del Capitán PRI, y espere la hora en que el destino nos alcance para despertar y empezar a vivir la peor de nuestras pesadillas…que será cuando ya no haya nada qué defender por nuestra imprudencia de seguir creyendo en un Tartufo tricolor. 

Buen día. 

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