Islandia y la rebelión contra el neoliberalismo.

Mark Twain escribió un maravilloso cuento titulado “El hombre que corrompió a una ciudad”. Como usted puede ver, he usado dicho título para este apunte, aunque con una ligera modificación referente a la escala del daño. Más adelante verá usted que esto tiene sentido en el contexto de la crisis del neoliberalismo, que es de lo que escribo hoy.


A grandes rasgos, el cuento de Twain trata de una ciudad imaginaria llamada Hadleyburg y de sus ciudadanos. Esta ciudad había ganado fama nacional de ser lugar de ciudadanos absolutamente virtuosos, pero sobre todo honestos. Los ciudadanos de Hadleyburg se sentían orgullosos de semejante fama y no perdían oportunidad para destacar semejante condición de pulcritud moral ante los forasteros. Y a decir verdad, era una fama bien ganada, pues, al menos en la parte inicial del relato de Twain, los ciudadanos sí que se cuidaban de llevar una vida virtuosa al menos en lo que tocaba a las apariencias. Aunque es debido mencionar que, en las letras de Twain, en el mismo desarrollo de la historia, se deja ver que se trata de una virtud hueca, endeble. El caso es que la historia de Twain nos muestra la forma en que esta ciudad de Hadleyburg es corrompida finalmente por un triste vagabundo. ¿Cómo sucede esto? Resulta que ese vagabundo forastero es amonestado moralmente por un santurrón pedante de aquella ciudad, y dicho episodio lastimoso despierta un deseo de venganza en el vagabundo. Acto seguido, el vagabundo diseña un plan para destruir lo más preciado para los habitantes de aquella ciudad: su fama de virtuosos. 
El plan que el vagabundo diseña es muy simple, pero muy ingenioso, infalible y letal, diría yo. Sin perder su anonimato, una noche va y deposita una talega sellada en la casa de uno de los ciudadanos más honestos y respetados de Hadleyburg. Una nota en la talega explicaba el sentido de aquella entrega anónima. El mensaje, palabras más palabras menos, era el siguiente…
Una noche, un ciudadano de Hadleyburg se había compadecido de un vagabundo forastero; lo alentó moralmente y de pasada le regaló unas monedas. El vagabundo hizo caso de las exhortaciones morales del ciudadano y utilizó las monedas para apostar y tratar de ganar dinero para cambiar su vida. La suerte fue graciosa con el vagabundo y, a la vuelta de la esquina, esas monedas le convirtieron en un hombre acaudalado. Así, el vagabundo, quien firmaba el mensaje, deseaba se le entregara esa talega con monedas de oro a ese ciudadano que le ayudó cuando él estaba en la miseria, a modo de agradecimiento. Otra solicitud de la nota era que la talega no se abriera sino en presencia de aquel ciudadano honorable. ¿Y cuál era la clave para descubrir al benefactor del vagabundo? Simple: había ahí, en las entrañas de la talega, una frase escrita que debía repetir el agraciado ante testigos oficiales, pues esa frase fue la que el ciudadano utilizó varias veces para invitarle a él, el vagabundo, quien firmaba la nota, para que cambiara su vida. Así que el ciudadano debía tener muy presente la misteriosa frase. 
Por supuesto que el vagabundo se asegura de cerrar el círculo de la trampa deslizando anónimamente la frase mágica en el seno de cada familia notable en aquella ciudad de Hadleyburg, ya por hablillas, ya por los resquicios de cada puerta.
Ya podrá imaginar el lector que el cuento de Twain va desarrollando un verdadero infierno de codicia y mentiras en el seno de aquella ciudad, un infierno que termina rayando en lo cómico, el quid eterno del genial Twain. El asunto se resuelve en una asamblea pública que intenta deliberar sobre el verdadero propietario de la talega. Pero esa asamblea termina por convertirse en una disputa jocosa, porque deja ver los absurdos en que el hombre cae por su egoísmo y su hipocresía. Y bueno, esto se resuelve en un gran absurdo ante la opinión pública nacional. El resultado: no existe el tal oro y Hadleyburg y sus ciudadanos se ven mancillados en su hueca fama de virtuosismo ético.
Con todo y ficción y comicidad, el asunto de Twain en este relato refleja la ruta que muchos países han transitado en diferentes etapas de su historia. Sí, aunque usted no lo crea, un país entero puede ser engañado por un bribón o por una junta de bribones. Y eso es patente, sobre todo, en estos tiempos de neoliberalismo.  
Es muy posible que le resulte difícil creer que el cuento de Twain se haga realidad. Desde luego que, a primera vista, parece ridículo que un bribón o una junta de bribones engañen o timen a todo un pueblo. Pero si usted analiza bien las cosas contra la realidad del mundo moderno, se dará cuenta que esto que digo tiene mucha cuota de verdad. Y quizás queremos persuadirnos de que parece inverosímil porque es una verdad difícil de asimilar y aceptar. A nadie le gusta pasar por timado a la vista de los demás, y menos cuando el timador es un simple tonto. Por supuesto que los ciudadanos de Hadleyburg sufrieron para reconocer que, pese a todo su cúmulo de sabiduría y virtudes, habían sido engañados por un simple vagabundo. 
Y bien, si sigue sin creer, déjeme le cuento la experiencia de un país que, como nosotros, se dejó seducir por una junta de bribones y terminó caminando la ruta completa de Hadleyburg durante un periodo de al menos quince años. Se trata de un país real, moderno y desarrollado. Pero a diferencia de nosotros, ellos sí actuaron como los ciudadanos de Hadleyburg al final de la historia; es decir, reconocieron su error y actuaron en consecuencia para rectificar el camino.
El país del que le hablo es Islandia. Se trata de ese país mágico que Verne utilizó como punto de partida del profesor Lidenbrock en su maravilloso viaje al centro de la tierra. ¡Y santa coincidencia!, porque esto también es un viaje, no al centro de la tierra, pero si al centro del corazón humano.  
Islandia fue una colonia danesa durante muchos años. No fue sino hasta después de la primera guerra mundial que logró alguna independencia parcial de la corona danesa. Islandia es hoy un país independiente y que no es muy aventajado en recursos naturales como nosotros. Sin embargo, supo darse la habilidad para arrancar un proceso exitoso de desarrollo fundado básicamente en la actividad pesquera como fuente de capitalización. Probablemente ayudó en mucho su fe luterana. 
Hasta antes de la crisis que azotó al mundo en los últimos años, Islandia había sido un ejemplo a seguir. Podría decirse que, en casi todos los órdenes de la vida social, política y cultural, Islandia era una Hadleyburg moderna. Islandia siempre fue un país modelo: un alto nivel de vida, los mejores índices de bienestar social, excelente infraestructura de servicios públicos, una cultura respetuosa de la ecología, bajo desempleo y deuda poco significativa. Islandia era una economía productora real muy encaminada en el modelo keynesiano de Estado benefactor y promotor. Con lo anterior quiero decir que era un pueblo enfocado en producir riqueza real en las áreas en que se habían especializado tradicionalmente, como son las actividades pesqueras, el aluminio y la energía. Aquel país era también una de las economías más pujantes de Europa y el mundo entero. Era el sexto país más rico de la OCDE. Y todo esto lo había logrado una pequeña isla con no más de 320 mil habitantes. 
Bien, pero sucede que todo empezó a cambiar para Islandia cuando se dejó seducir por el neoliberalismo y sus bribones. Vea usted esta parte de la historia, y estoy cierto que resonará en su memoria gran parte de la historia reciente de México. 
Cuando los islandeses estaban entretenidos con su producción de riqueza real, trabajando en serio, fue que llegaron a sus costas los bribones del neoliberalismo. Eso sucedió a principios de los años ochentas. Los bribones empezaron a penetrar a través de las alas conservadoras de aquel país (el ESADE islandés), y propugnaban, como siempre, por la total desregulación de la economía (aniquilación del Estado de bienestar), venta de empresas y servicios públicos a grupos privados, privatización de las flotas pesqueras del Estado…en fin, lo de rutina en el ideario de los bribones del neoliberalismo. Por supuesto que aquellos años fueron de intenso trabajo político para los heraldos del neoliberalismo. Había que convencer a la población de las bondades de sumarse a la doctrina, y eso no fue fácil, dada la vocación laboriosa y luterana de aquella gente. Aunque tampoco pasemos por alto que el discurso neoliberal tiene siempre poderosos efectos sobre el espíritu humano, de tal manera que sus probabilidades de éxito en Islandia no eran tan despreciables. Este ideario irracional tenía desde el principio la fuerza de su principal órgano de difusión en la isla: “La locomotora”. Una locomotora de deseos. Y de aquella banda de bribones de antaño surgirían luego dos de los políticos (futuros primeros ministros) que llevarían a ese estupendo país a la bancarrota. 
No es sino hasta el año de 1994 que inicia en Islandia la supresión de las restricciones al movimiento de mercancías, capitales y trabajadores. Eso pone un hito en su historia económica reciente. Eso es resultado de su acercamiento a la Unión Europea y marca prácticamente el inicio del neoliberalismo en la isla. Y si puede apreciar, se dará cuenta que los tiempos son muy semejantes a la desastrosa historia de México, lo cual nos habla de que la invasión neoliberal era desde entonces una verdadera plaga mundial de hienas y buitres.
Uno de los muchos sectores económicos islandeses que cayeron ante la ola de rapiña del neoliberalismo fue el bancario. Esto no es extraño, pues, para el neoliberalismo, la banca es como una suerte de bastión principal desde el cual se ha de irradiar la descomposición de toda economía hasta corroerla y quebrarla. La banca estatal se privatiza en el año de 1998 y dicho sector sería dominado en lo sucesivo por tres entidades básicamente: Landsbanki, Kaupthing y Glitnir. Huelga decir que la propiedad de dichos bancos estaba concentrada en muy pocas manos. 
Para ese tiempo Islandia empieza a recibir cuantiosos fondos de capital externo. Sobre todo por la reciente privatización de los bancos, la construcción de una enorme presa, y la puesta en marcha de una colosal planta de aluminio de la empresa Alcoa. Empieza en esta fase el canto de las sirenas; es cuando el bribón empieza a introducirse a casa, al amparo de la noche, para depositar la talega de oro.
El neoliberalismo se instaló perfectamente bien ya para principios del nuevo milenio. Moneda común en el país era la implementación de todas aquellas políticas que son muy propias de dicha doctrina a fin de convertir a Islandia en un paraíso fiscal y en un nuevo tigre financiero. Se disminuyeron los impuestos sobre la renta y el patrimonio de los más ricos, y las cargas fiscales sobre las sociedades se atenuaron al grado de llegar a figurar entre las más bajas de Europa.
Pero en el centro de todo esto ya estaba operando el principio del gran engaño. Los nuevos bancos privados islandeses querían jugar fuerte, sus ambiciones apuntaban mucho más allá de ayudar a Islandia a fortalecer su economía. Fue así que empezaron a desarrollar sus burbujas financieras en Islandia y más allá de las fronteras de este país. Las talegas de oro seguían llegando.
A los nuevos banqueros de Islandia les quedaba claro que era indispensable generar un boom y un gran entusiasmo para dar inicio a la gran estafa (Así reaccionó todo ciudadano de Hadleyburg al ver la nota misteriosa bajo su puerta: con gran contento) ¿Cómo iniciar un boom de optimismo? Bueno, la solución fue la habitual en estos casos: la autocompra y las triangulaciones encubiertas entre los mismos de la banda. Sí, es que resulta que los banqueros islandeses empezaron a pedir créditos de sus propios bancos para utilizar esos fondos luego en la compra de acciones de sus mismos bancos. Por supuesto que esto respondió de manera natural a las leyes de oferta y demanda, y las acciones de dichos bancos dispararon sus cotizaciones por los cielos. El plan ya estaba en marcha. Esto da inicio a la burbuja ficticia de prosperidad y se empieza a recalentar a la economía sin fundamento real. A partir de ahí se desata la euforia económica, aumentan los precios de las viviendas (demanda inflada por el crédito hipotecario desatado), la bolsa se infla (hasta por nueve tantos), la economía crece, y el dinero empieza a correr tras Islandia tal como si se tratara de un bocado suculento. 
Inevitablemente, el pueblo Islandés cayó en la trampa de la burbuja, tal como el pueblo de Hadleyburg cayó en la trampa de la talega de oro. Así que los islandeses corrieron a endeudarse en euros, francos suizos o yens, ya que estos créditos se ofrecían a tipos de interés inferiores a los contratados en moneda islandesa, la corona. Así, de un brinco, la gran Islandia se había convertido en un tigre financiero. ¿No le recuerda esto a Salinas y el salto al primer mundo? Es que estamos hablando de la misma banda de bribones. Pero le sigo.
La euforia económica ficticia de Islandia había llegado a tales niveles que, para el 2007, los activos de los tres bancos principales alcanzaba el estratosférico nivel de ocho veces el PIB del país. En sólo cinco años los tres bancos de Islandia crecieron endemoniadamente y se endeudaron hasta por 120 mil millones de dólares. El monto total de su deuda llegó a representar diez o doce veces más el valor de toda la economía de la isla; y este dato, ya de por sí, ofrece a la vista el engaño para todo aquel que no se quiera jalar los pelos.   
No se crea tampoco que esta técnica de engaño es nueva. No, en verdad se trata del habitual método de operación de los financieros del neoliberalismo. Es algo muy al estilo ENRON, donde se instalan subsidiarias a granel en paraísos fiscales y en donde luego se operan las triangulaciones burbujeantes y donde se estacionan los resultados de las extrañas transacciones financieras. 
Pero, como en todo, y tal como sucedió en Hadleyburg, la realidad empezó a hacerse presente poco a poco. Y fue así que, para el año 2006, se empiezan a sentir los primeros crujidos en las costillas de la nave.  
Los bancos de Islandia se habían endeudado frenéticamente con vistas al negocio especulativo: contratar deuda a corto plazo para invertir a largo plazo. Los especuladores pedían fuera del país dinero prestado a tipos de interés bajos, a cambio de coronas islandesas, para después prestar ese dinero a tipos de interés más altos a los bancos, empresas y particulares en Islandia. Negocio redondo, y todo sin producir. Tomo allá barato, vendo acá caro. Algo así como hacen con nosotros los banqueros europeos.
Pero a la larga resultó que las obligaciones de los bancos empezaron a vencer mucho antes que sus derechos, y esto fue llevando poco a poco a un problema de liquidez creciente. Y si a esto usted agrega los problemas acumulados del tipo de cambio que empezaron a generarse, el problema se convierte en un infierno.  
Desde el 2006 ya la agencia calificadora Fitch había reducido la puntuación de la recalentada Islandia y los banqueros empezaron a tener problemas para refinanciar. Islandia comienza a tener serios problemas para afrontar sus compromisos de deuda y el banco central decide incrementar los tipos de interés hasta el 12,75%. En 2007 la falta de liquidez es ya alarmante y los bancos islandeses comienzan a pedir prestadas coronas islandesas para intercambiarlas por otras monedas, lo que a su vez provoca que ya en marzo de 2008 la corona pierda un 30% del valor contra el euro. Hacia el final de aquel año, el banco central islandés ya no tenía reservas para hacer frente a sus obligaciones.  
En este periodo vuelan al cielo las deudas de los islandeses, quienes, como vimos antes, habían caído en la euforia burbujeante de adquirir créditos en moneda extranjera (en el marco de Twain, cada ciudadano de Hadleyburg que creía conocer la frase mágica también se endeudo hasta el copete y la demanda se disparó a grado tal que, por un tiempo, esa ciudad fue una economía boyante), y en poco tiempo la economía empieza a temblar amenazando con un derrumbe lamentable. Y pese a esto, FMI y analistas financieros neoliberales seguían empeñándose en declarar que Islandia iba que volaba a las nubes del éxito neoliberal. ¿Qué es esto en boca de los neoliberales? Por supuesto que el plan era la quiebra, no el éxito, pues la quiebra garantiza el negocio principal del neoliberalismo: la apropiación de la riqueza nacional de cada país en problemas.
Fue en este tiempo que los financieros islandeses inventaron nuevos y muy “ingeniosos” métodos para hacerse de liquidez. El plan no podía parar por un estornudo, había que seguir hasta matar al cliente de pulmonía. Los nuevos trucos de los financieros fueron la banca por internet, que ofrecía intereses ridículamente altos (cebo que mordieron muchos europeos, no sólo los islandeses), y una variante de la triangulación de compras y créditos entre los mismos de casa. El segundo método era muy simple: los bancos filiales pequeños piden préstamos a la banca central de países y luego “prestan” esos recursos a las matrices, que no eran otros que los tres grandes bancos de Islandia. El resultado es que había una enorme red de bribones en todo Europa; redes que seguramente siguen operando, porque están intrincadamente interconectados en las finanzas de todos los países…Islandia es sólo un país más en la canasta.
Recordemos que en el año 2008 se cae Lehman Brothers. Y muerto este gigante, el crédito se restringe y sobreviene la crisis global. La burbuja islandesa revienta en cuestión de días. Los tres grandes bancos de Islandia se derrumban reportando pérdidas bancarias de 100 mil millones de dólares. El banco central de ese país fija la moneda al euro para evitar la fuga de capitales. La corona se va en caída y pierde hasta un 60% de su valor lo que duplica el valor de la deuda en divisas extranjeras. Se derrumba la bolsa (el 15 de octubre de 2008 el índice bursátil pasa de los 3.004 puntos a los 678), los bonos y el precio de las viviendas. Como efecto rezagado de esto, el desempleo se triplicaría en seis meses, pasando del 3% a finales del 2008 al 9,1% en junio de 2009, y como cereza del pastel, la gente empezó a perder sus ahorros.  
En todo ese proceso irracional el monto de la deuda de Islandia llegó a representar cerca de tres veces el PIB. Para que se dé una idea del problema, le digo que, en los países de la zona euro, con moneda única, una deuda pública no puede exceder el 60 % del PIB para considerarse tolerable o manejable. España anda por el 80% y ya se ve como escandalosa.  
Es así que, ya con el muerto listo, ya con la carroña puesta, aparece el FMI en Islandia a finales de 2008 a invitación del gobierno conservador, del gobierno que había preparado el teatro para la comelitona del capital financiero. Aparece el FMI como es habitual en él: con un plan de rescate que incluía un préstamo de 2.100 millones de dólares, pero también con una carta de compromisos en la otra mano. El FMI pedía la necesaria socialización de las deudas y pérdidas de los bancos (que, en palabras llanas, significaba que las pérdidas y tranzas de los banqueros y financieros debían ser pagadas por los islandeses de a pie), políticas restrictivas sobre la economía y una estocada final sobre el Estado. Para el FMI era indispensable dar el puntillazo en la nuca del Estado islandés, desaparecerlo de la faz de la tierra para dar paso al reino de Avalon de la libre empresa como gobierno central. En números aproximados, y de acuerdo a las cuentas del FMI, los islandeses debían pagar más de 3.5 mil millones de euros en un plazo de quince años a un interés del 5,5%. Además, como los principales clientes de los tres bancos islandeses eran de Holanda y Gran Bretaña, el dichoso crédito del FMI debía dirigirse, antes que a cualquier otra cosa, a saldar las deudas con inversionistas y ahorradores holandeses y británicos; en otras palabras, los islandeses debían pagar por las bribonadas del capital financiero y por la estupidez de los particulares crédulos del continente y de las islas vecinas.  
A grandes rasgos, esta fue la manera en que el neoliberalismo invadió Islandia para luego descomponerla, derrumbarla y ponerla contra el suelo. Y esto sucedió en un país que, en otro tiempo, fue un modelo de alta cultura, laboriosidad, bienestar y desarrollo.  
Usted ya conoce más o menos esta parte de la historia de Islandia. Y le digo esto porque ya la vivió hace años en carne propia, y si no usted, sus padres. Usted ya conoce esta historia y sabe que, en nuestro caso, también se nos apareció ese héroe llamado FMI, que viene al rescate, aunque con condiciones leoninas. Es el actor que cierra toda la engañifa del teatro neoliberal para dar paso el acto final, que no es otro que el arrebato del patrimonio nacional y la firma de acuerdos reformistas para la aceleración de la expoliación del capital sobre la clase trabajadora. Pero el problema es que sí hay ciertas diferencias entre ambas historias. Cierto que las dos historias son prácticamente lo mismo hasta la aparición del FMI en el escenario. Pero a partir de ahí, las historias son muy diferentes. En la versión mexicana la historia prácticamente se acaba con el arribo del FMI y con nuestra aceptación incondicional de los deseos del capital financiero y la clase política avasallada (léase PRIAN Salinista) En la versión mexicana de la historia, todo se acaba con un mexicano muy agachón y valemadrista, pese a su fama de bravo (¿Será?) En cambio, en la versión islandesa de la historia, el asunto se convierte en una verdadera epopeya protagonizada por un pueblo con muchos tamaños y mucha dignidad. Permítame narrarle la epopeya de un pueblo admirable, que es donde Islandia se va por un rumbo insospechado para los mexicanos. 
El pueblo de Islandia no dudó dos veces en oponerse a las medidas de ajuste propuestas por el FMI. La población no estaba dispuesta a permitir que sus derechos fueran pisoteados con la aplicación de políticas de austeridad, recortes sociales, expropiación de la riqueza nacional, y mucho menos a pagar con su dinero y patrimonio los errores de los grandes capitalistas. Y fue así que el pueblo salió masivamente a tomar las calles en protesta. Las reacciones del pueblo islandés fueron tan contundentes que lograron desencadenar una serie de eventos que, a la larga, rompieron la estrategia del FMI y pusieron contra la pared al capital financiero y sus pretensiones depredadoras. Lo siguiente es un resumen de esos eventos.
Las manifestaciones multitudinarias frente al parlamento en Reykjavik siempre fueron en aumento y, para enero de 2009, el pueblo logra la convocatoria a elecciones anticipadas. Días después, el pueblo se anticipa todavía más y logra la dimisión inmediata del primer ministro, el conservador Geir H. Haarden (y bribón principal), y de todo su gobierno en bloque, autores políticos del fraude monumental a Islandia. Para el mes de abril se elige en elecciones generales a un gobierno de coalición formado por la Alianza Socialdemócrata y el Movimiento de Izquierda Verde, encabezado por la nueva primera ministra Jóhanna Sigurðardóttir. Cuando el parlamento propone la devolución de la deuda a Gran Bretaña y a Holanda mediante el pago de 3.500 millones de euros a cargo de los ciudadanos islandeses (la propuesta original del FMI), el pueblo vuelve a tomar las calles, ordena (ordena, no pide de favor) al parlamento no ceder a las presiones del FMI y la Unión Europea, y además solicita un referéndum. Para enero de 2010 el presidente, Ólafur Ragnar Grímsson, se niega a ratificar las medidas favorables al FMI y anuncia que habrá consulta popular. El referéndum arroja en marzo el siguiente resultado: 93% de los votos a favor del No Pago. Con este resultado, el FMI congela las ayudas económicas a ese país que se ha revelado frente a la autoridad del mercado libre hasta en tanto no se acepte el pago de la deuda. En abril de 2011 se celebra un segundo referéndum; esta vez, el 58,9% de los votos fueron por el No Pago. El nuevo gobierno islandés inicia investigaciones judiciales para deslindar culpables y responsabilidades de la crisis. No pasa mucho tiempo para que den inicio las detenciones y encarcelamientos de banqueros, altos ejecutivos y políticos. Al ex primer ministro Haarde se le investiga por negligencia grave contra Islandia, algo equivalente a traición a la patria. Las investigaciones judiciales empiezan a hacer mella en la red neoliberal de bribones financieros en Europa, cunde el pánico por la intransigencia del pueblo islandés en sus demandas, y el FMI y la UE empiezan a relajar sus exigencias contra el mismo (como quien dice: ya no le muevas, compadre, porque me descobijas las nalgas) Se elige luego una asamblea popular constituyente para redactar una nueva constitución política para Islandia, buscando tomar en cuenta las lecciones con ocasión de la crisis (una constitución política antineoliberal) En el plan general para el diseño de la asamblea y la nueva constitución política se recurre a la democracia directa: el pueblo tomaría las decisiones, no ya los partidos y la burocracia política.  
Parece de utopía, ¿no? Pero no, no es una utopía. Sucedió, pero usted probablemente no lo sabía por las razones que le apuntaré más abajo. Por el momento, basta con decirle que Islandia parece haber tomado el control de su destino como país gracias al valor de su gente y parece estar poniendo las condiciones en cualquier tipo de negociación que se geste de aquí en adelante con el FMI y la Unión Europea. Eso les ha dado ocasión de enfocarse en aprender de la lección y en la reestructuración política y económica de su país. De cierto que una vez que este país se ha quitado de encima a las sanguijuelas neoliberales y a los políticos profesionales, le será más fácil la recuperación económica basada en la verdadera producción, tal como lo hacían antaño, basados en la pesca , el turismo, el aluminio y sus grandes recursos energéticos.
El pueblo de Islandia ha dado una gran lección a Europa, pero más especialmente a nosotros, los mexicanos. Aceptaron su error, aprendieron de él y actuaron para solucionar sus problemas. En aquel país se ha rechazado el chantaje del mercado libre y del capital financiero y se ha optado por el Estado benefactor. Los islandeses tampoco cayeron en el terrorismo de los medios sobre el supuesto caos que sobrevendría por la decisión de los islandeses de no ceñirse a los mandatos del capital financiero y el FMI. Frente a ese terrorismo mediático, los islandeses pusieron su dignidad, sus tamaños y su patria al frente. La situación de ellos va mejorando pese a venir de un estado de caos y desastre: se estima que el PIB de Islandia verifique un incremento del 2,5% a finales del 2011; la inflación registró un 4% en junio de 2011; se espera que el poder adquisitivo tenga un incremento del 2,0% hacia finales de este año; en 2012 su presupuesto público estará en superávit. 
Y fíjese usted que hay una situación muy llamativa con respecto a esta “revolución islandesa contra el capital”. Y es que sucede que el proceso político de rebelión pacífica que el pueblo islandés protagonizó para liberarse de la expoliación del neoliberalismo, jamás fue objeto de atención por parte de los medios de comunicación, ni siquiera en Europa. Y cierto que nos queda clara la razón principal de los medios para aplicar esa inteligente “cuarentena” informativa sobre la revolución islandesa: el temor a que el resto de los pueblos en crisis tomen el sabio ejemplo de Islandia. En cambio, los medios sí que enarbolaron como ejemplo a seguir y con coberturas extensas a los casos de Irlanda y Lituania; dos países que se ciñeron mansamente a las disposiciones del gran capital financiero y el FMI a costa de grandes sacrificios para sus pueblos respectivos. Y esto, cuando al pueblo de Grecia que se levanta, que por momentos pretende seguir el ejemplo de Islandia, los medios lo señalan y lo motejan de pueblo anarquista.
La crisis de Islandia es prácticamente la misma que sufren los otros países de la Unión Europea, crisis que nosotros ya conocimos. Entendiendo a una, entiende al resto en lo esencial. Así que, con lo dicho, tiene elementos para entender qué es lo que pasa por allá en estos momentos. Pero el hecho es que la gran diferencia la ha marcado Islandia con su revolución pacífica contra el gran capital. Es una revolución silenciada por los medios porque irradia una extraordinaria energía de emancipación y dignidad humana. 
La crisis de Islandia es la historia de la Hadleyburg de Twain. Es la historia de un pueblo que, por un momento, oyó a los bribones y se dejó engañar por ellos. Islandia es la historia de la Hadleyburg que, a instancias de los bribones y sus lisonjas, perdió de vista sus valores y se entregó al deseo, al juego de la especulación y al despilfarro, y que luego cayó en la bancarrota y la vergüenza. Pero Islandia es también la historia de esa Hadleyburg que aceptó sus errores, que se dio a la tarea de corregir, que se levantó y que tuvo el valor de decir a los bribones y a sus legiones de golpeadores un “¡Basta!”
Nuestro país, México, ya recorrió la ruta de Hadleyburg desde el arribo del neoliberalismo de manos del PRI de Salinas. De eso que no le quede la menor duda. Desde entonces arribó esa bandada de bribones que nos engañaron valiéndose de nuestra lamentable debilidad ética y nuestro muy frecuente gusto por soñar. Pero nuestro problema es más grave que el de los ciudadanos de Hadleyburg. En nuestro caso el asunto fue más allá de una simple trastada inocente y ha tenido implicaciones mayúsculas para la nación completa. En nuestro caso no se trató de una lección moral –ojalá  hubiera sido eso -, sino de una trastada para el saqueo de la riqueza nacional, un saqueo que sigue en marcha frente a nuestros ojos pasmados. Pero lo peor del caso es que, a diferencia de los ciudadanos de Hadleyburg, y a diferencia de los islandeses, nosotros no hemos terminado por aceptar nuestro error para comprender, por fin, que nos timaron, y que el saqueo prosigue a más y mejor frente a nuestro más elaborado y completo valemadrismo.
Yo estoy cierto de que, el día que los mexicanos salgan a tomar las calles en multitud para sentarse y decir “No nos moveremos de aquí hasta que se vayan los bribones”, ese día, digo, acabarán con todos los problemas nacionales en un par de días, quizás en uno solo. Ese día huirán los bandoleros a Miami, los partidos se replegarán a los rincones a pedir perdón entre mares de lágrimas, y los mismos poderes imperiales empezarán a respetarnos y a vernos con miedo en eso de intentar saquear a la nación. Sin embargo, en esa parte de la política la historia reciente de México no es como la de Islandia. No somos como los islandeses porque no queremos, no porque no se pueda. Somos muy diferentes a ellos, eso es lo cierto. Ello, los islandeses,  se dignifican corrigiendo errores, saliendo a las calles a defender a su país, protestando, escuchando a Santayana para evitar cometer el mismo error dos veces, son valientes cuando es la hora de la verdad para la nación y su cultura; muchos de nosotros, en cambio, pese a que nos timaron, seguimos creyendo en las “bondades” del neoliberalismo.
¿Es esto un reflejo de nuestra inveterada inclinación por las telenovelas, el patrioterismo de anaquel y por los dramas lacrimógenos al más puro estilo Ismael Rodríguez? ¿Un gusto extraño por el dolor y la autocompasión?

Buen día.



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