Intelectuales orgánicos y mesías de campanario.

En el proceso de conversión de Sócrates desde la cosmología a la filosofía moral hay un episodio con cierto aire de mito, pero al cual no se le puede restar verdad del todo en virtud de que el “hecho” es citado varias veces por el mismo Platón en sus diálogos, especialmente en la Apología, y esto, además, fue escrito en una época en que muchos contemporáneos del gran filósofo aún vivían. 

Me refiero a la respuesta que el oráculo de Delfos dio a Querefonte cuando éste preguntó si había en el mundo un hombre vivo más sabio que Sócrates; pregunta que recibió como respuesta un tajante “No”. Sócrates, contrario a lo que se pudiera esperar en un hombre “normal”, vio en esta respuesta del dios el reconocimiento a su sabiduría porque él, Sócrates, partía del reconocimiento de su propia ignorancia. Y es así que, a partir de ahí, éste hombre encuentra que su misión en la vida consistía en usar la razón para buscar la verdad segura y cierta del hombre, la verdadera sabiduría, y en colaboración con los demás hombres que quisieran dialogar con él. 
Siempre he creído que la costumbre de Sócrates por proclamar él mismo su profesión de ignorancia era real, sincera. Se trataba de un punto de partida en su método, pues él creía que toda verdad establecida era falsable, provisional, y sobre esa base partía para conducir a los demás a reflexionar por sí mismos para pensar en serio en la importante tarea de buscar la verdad y cuidar de sus almas. 
Para Sócrates, el hombre busca por naturaleza su bien, su felicidad, y desde ahí parte para construir su ética fundada en la naturaleza racional del hombre. Para él, siendo el alma el lugar del carácter moral y de la razón - el hombre pensante y volente -, era, pues, lo mas valioso en el hombre y era lo que éste debía cuidar y fomentar para el logro de su felicidad. Pero Sócrates consideraba que el conocimiento era condición indispensable para reconocer al alma como fin del hombre y para el cultivo de ésta a través de la virtud. Para él, conocer la verdad era el primer paso hacia una vida virtuosa, y ésta era el contenido de una vida feliz. En suma, para Sócrates, cada cual busca su bien o su felicidad, y cada acción humana es recta si es útil al logro de la verdadera felicidad. 
En Sócrates, sabiduría y virtud se identifican: el que conoce el bien, vive de acuerdo al bien. Una consecuencia de esta postura es que nadie obra mal a sabiendas y deliberadamente, nadie escoge el mal en cuanto mal. Y si este intelectualismo ético contraviene al sentido común a primera vista - el mismo Aritóteles lo refutó apelando a la irracional debilidad moral: el hombre hace el mal a sabiendas -, es preciso señalar que Sócrates, cuando habla de conocimiento, no se refiere a un conocimiento nocional exclusivamente, sino a un conocimiento convertido en verdadera convicción sobre la verdad y en una práctica de la virtud integral, no a ratos, no en partes y no bajo ciertas condiciones.
En la cultura griega antigua había una profunda identidad entre moral privada y pública, de tal modo que existía una compaginación estrecha entre ética y politica, y es desde aquí que podemos entender por qué Sócrates también se ocupó de someter a la política al juicio implacable de la razón. En la Apología, en su defensa, declara su misión en los siguientes términos:  “…persuadir a cada uno de vosotros que deben mirar por sí y buscar la sabiduría y la virtud, antes que andar procurando sus intereses particulares, y para que hayan de mirar más por la ciudad misma que por los intereses de ella.”
Sócrates, como puede verse, no se ocupaba de los intereses del Estado, entendidos éstos como la vida y actividad práctica de los partidos políticos, la riqueza del Estado, la guerra y el expansionismo ateniense de su tiempo. Sócrates se ocupaba de los aspectos éticos del Estado y de la política, y de ahí parte para afirmar que el buen ciudadano es aquel que se ocupa en saber qué es el Estado y lo que es un Estado bien constituido, la virtud del Estado.
El intelectualismo ético de Sócrates le convirtió en practicante devoto de un peligroso deporte, como lo declaró Anitos, uno de sus acusadores en el juicio: el deporte de la crítica de los “héroes”, los notables y de la política de su tiempo. En esto Sócrates, leal a sus principios, no tenía paradigmas ni intereses ideológicos, y fue así que criticó implacablemente a demócratas, oligarcas y tiranos, bajo el rasero de la razón y la verdad. 
El peligroso deporte de Sócrates le llevaría al juicio en el año 400 durante la democracia restaurada. En su defensa, él mismo se encarga de poner en evidencia el absurdo de los cargos artificiosos por impiedad que se le imputaban, y deja en claro, para el buen entendedor, que es llevado a juicio por ser un “Peligro para Atenas” – lo pongo entre comillas para denotar que la idiotez de los políticos “funcionales” y los oligarcas sigue vigente en los tiempos modernos en este México nuestro -. La verdad es que Sócrates era un bien para Atenas, y solamente era un peligro para los demócratas demagogos de su tiempo. Cualquier parecido con un episodio histórico reciente en México es mera coincidencia; pero la semejanza da a pensar que en este país existen Anitos y Melitos a raudales.
Sócrates no huye de Atenas para evadir el juicio que se le ha de instruir; él se queda, aguarda y toma su defensa en sus manos. Enfrenta el juicio firme en sus convicciones, sin tratar de influir sentimentalmente al jurado, y sin arredrarse de lo que ha afirmado en las calles de la ciudad sobre la política y el Estado. Sócrates argumenta, refuta, demuestra contra sus acusadores, habla con franqueza y sin miedo. Es encontrado culpable y condenado a muerte por una diferencia en contra de 66 votos de entre 501. Era costumbre de aquellos tiempos ofrecer al culpable la opción de conmutar él mismo la pena por otra, y se esperaba que la propuesta del condenado fuera tan severa como la misma condena que se le imputaba. En el caso de Sócrates, bien podría esperarse que una propuesta aceptable hubiera sido algo peor que la misma muerte para los griegos de aquellos tiempos, tal como el destierro o el dejar de ser considerado un ciudadano. Pero aun en este momento Sócrates nos da una muestra de superior dignidad y de una profunda convicción pues, contrariamente al sentido comun del “hombre común”, él pide una recompensa digna de él: ser alimentado gratuitamente en el Pritaneo y acepta el pago de una ligera multa. Esta muestra de ironía, esta ridiculización del absurdo de la junta democrática, por supuesto que irritó al jurado y la sentencia a muerte se confirmó con una mayoría abrumadora: 360 votos a favor de la pena de muerte y 140 en contra.
Sócrates, ya en prisión, niega la propuesta de sus amigos de aprovechar una vía de fuga que se le había preparado y no pasa por alto la ocasión de apelar a la razón en sus amigos a fin de entender que la verdad cierra el camino a cualquier tipo de expediente contrario a la virtud integral en el hombre.  
El último día de Sócrates es narrado por Platón en el Fedón. Sócrates ocupó sus últimos momentos en llamar a la calma a su familia y en discurrir con sus amigos sobre la inmortalidad del alma. Las últimas palabras del más sabio de todos los tiempos fueron: “Critón, le debemos un gallo a Esculapio; págaselo, pues, no lo descuides.”…Convicción infinita de Sócrates en la verdad, en su doctrina de la inmortalidad y en la virtud como fin del hombre.
Si usted ve las cosas con agudeza, se dará cuenta de que Sócrates no fue ejecutado. Sócrates, puesto en el absurdo dilema de elegir entre la verdad y el bien de la vida –absurdo, porque no tenía razón de ser -, optó por la verdad y se dio muerte a sí mismo. Esa es mi opinión a ese respecto y creo que es un hecho histórico que patentiza el compromiso que debe tener el hombre con la verdad. 
Pero ¿por qué le he traído una breve reseña de Sócrates?
Sócrates no ha “pasado de moda”, no es asunto del pasado; la civilización occidental sigue fundada en su concepción de hombre y mundo humano, y sigue, lastimosamente, sin poder resolver los mismo problemas sobre los que discurrrió luminosamente Sócrates. La concepción revolucionaria del alma en Sócrates sigue siendo nuestra concepción, ahí ha estado siempre y da muestras de que seguirá en su lugar por mucho tiempo más.
Pero lo importante para efectos de este apunte es el Sócrates de la razón y la verdad, el incansable indagador, el crítico demoledor. Nos interesa el Sócrates como intelectual de primerísima categoría - probablemente el más completo de todos los tiempos -, el hombre de la razón comprometida con la verdad y puesta al servicio de todo aquel ateniense que quisiera dialogar con él. 
Creo que, con mucha justicia, Sócrates puede ser considerado como el ideal a seguir por aquellos que, en el mundo moderno, o se han adjudicado el título de intelectuales, o lo han recibido como consecuencia indirecta de su profesión, o bien han aceptado dicho título de reconocimeinto por parte de ciertos grupos o núcleos sociales.
En el terreno del hombre y su sociedad, ¿quién puede ser considerado intelectual en este país? A reserva de que alguien me corrija, creo que intelectual es todo aquel que dice o pretende trabajar con la inteligencia y la palabra por el bien del Estado y los ciudadanos, con independencia de cuál sea su concepto específico de bien. En este sentido, intelectual puede ser el político, el periodista que opina, el sacerdote, el líder social, el escritor; en fin, es intelectual todo aquel que trabaje por la comunidad reflexionando y hablando o escribiendo sobre los asuntos públicos.
Como ya dijimos, Sócrates es, pues, la guía práctica de todo aquel que trabaja con la inteligencia y la palabra por los demás. Por supuesto que tampoco podemos esperar una luminosidad como la de Sócrates en el resto de mortales, pero al menos él nos da la ruta de conducta ética que debemos esperar en todo intelectual moderno.
¿Y qué nos dice Sócrates implícitamente, con su actividad filosófica vital, en torno a lo de que debe ser un intelectual? He aquí la ordalía, la prueba de fuego para los modernos trabajadores sociales de la inteligencia.
Traduciendo a Sócrates a términos más contemporáneos, digamos que el intelectual es un artesano de la cultura, entendida ésta como el acervo de costumbres, prácticas, creencias y conocimientos que constituyen la forma de vida de una comunidad. Pero el intelectual no ve al mundo cultural como algo acabado, definitivo, irrenunciable, irreprochable, sagrado, sino como un algo provisional, transitorio, perfectible, superable. 
El intelectual construye cultura innovando y preservando las tradiciones valederas, no es agente de quietismo o de retroceso cultural. Para el intelectual, lo establecido, la tradición, lo aceptado, no tienen carta abierta de garantía de ser verdad ni de ser lo mejor para el hombre; la verdad y el bien, para el intelectual, es el mundo humano pasado por la criba de la razón y los hechos en diálogo abierto y franco con los demás. 
El intelectual trabaja reflexionando críticamente sobre la cultura; sus medios son la razón y la palabra, y su norma es la verdad. El intelectual investiga, aprehende fenómenos y los articula, determina causas y efectos, analiza, razona, organiza ideas, critica, postula, propone, abre los asuntos a la discusión democrática con apego a la razón crítica y a la evidencia factual. El intelectual es, pues, repelente a la fe, a la creencia, a la especulación y a la verdad fundada en un principio de autoridad. El intelectual es escéptico ante los dogmas de cualquier tipo, llámense religiosos, científicos, políticos o sociales.
El intelectual es humanista y, como tal, pone la iniciativa en el hombre y su libertad, no en Dios, no en el Estado ni en los partidos, no en los organismos empresariales, no en el dinero, no en el superhombre y no en el poder instaurado; concibe a la cultura como puesta al servicio del hombre para la mejora continua de su existencia material y espiritual y el desarrollo de todas su potencialidades. 
El intelectual no es clasista y, para él, economía, política y ética, contenidos de culltura, son instrumentos del hombre, medios para la verdadera felicidad de éste, y no instrumentos para la justificación de un status quo, de una clase privilegiada y de un poder establecido.
El intelectual no se ocupa de los intereses del Estado y de la clase política, sino de lo que conviene a la buena virtud de éstos y, en consecuencia, al verdadero bien de la comunidad. El intelectual, entonces, concibe al poder político, no como garantía de un presente que se ha de prolongar contra la razón, sino como eje dinámico para el cambio positivo y con rostro humano. El intelectual es escéptico frente al poder político, lo critica, lo acosa, lo fustiga, lo espolea sin tregua para conferirle virtud de justicia. 
El intelectual es una suerte de Prometeo moderno, pues aporta inteligencia y palabra para adecuar el marco cultural a la optimización del esfuerzo humano útil en todos los ámbitos, no para estorbarlo o esclerotizarlo. El intelectual procura y fomenta la virtud y la dignidad en el hombre, no intenta sumirlo en la desconfianza de sí mismo y en mezquinos sentimientos de imposibilidad.  
Pero sobre todo, el intelectual no gusta del poder para sí, lo repele, y vive proclamando el “No sólo de pan vivo”, porque concibe su trabajo como una misión de servicio a los demás, no como un recurso para la glorificación y el servicio de sí mismo.  
El intelectual es, en suma, el recurso de la razón en la vida social, la mente puesta al servicio de la verdadera felicidad de la comunidad entera. 
La guía práctica de Sócrates es perfectamente asequible y realizable; eso lo demostró con su vida el gran filósofo. ¿Se han ceñido nuestros trabajadores intelectuales a la guía práctica de Sócrates?
No necesito citarle aquí la casi infinita lista de asuntos públicos en que muchos de nuestros intelectuales se han mostrado, no solamente remisos y sosos en la guía de Sócrates, sino hasta perversos, torvos, sieniestros y diríamos que hasta miserables con el bien de la comunidad, para plegarse luego ante los intereses de grupos privilegiados en este país, llámense éstos grupos empresariales, partidos políticos o burocracia reinante; e incluyo en esto a todo el amplio espectro de trabajadores sociales de la “inteligencia” en nuestro medio, desde escritores hasta periodistas. Y en esto no hay vaca sagrada que valga, pues, como lo demostró Sócrates con su actividad vital, la verdad no está en el nivel social ni en la jerarquía profesional, sino en la concordancia entre palabras y hechos. Ese imperio, el de la verdad, no conoce de credenciales políticas y sociales.
Pero para ejemplificarle el tremendo abismo existente entre nuestros trabajadores intelectuales y la verdad, he de traerle a cuentas el candente asunto del narcotráfico y la violencia que va compaginada. Este tema ya lo abordé con cierto aire de ironía y por extenso en un artículo en dos partes llamado “Krauze y la narcometafísica”.
El problema general de muchos de nuestros “intelectual” en este tema, como en otros tantos, es que invocan y llaman a la sociedad para que apoye los intereses del Estado y de su grupo gestor, identificando de pasada a esa gloriada “unidad nacional” en torno al poder instaurado como la única vía de salvación de la nación, pero sin ocuparse en otra cosa que no sea el pretender mañosamente el hacer creer a la gente que el narcotráfico está ahí, como un hecho dado y sin causas. Es como si quisieran hacernos creer que el narcotráfico y la violencia aparejada hubieran aparecido como por arte de magia, sin causa alguna, o solamente por el terrible atrevimiento de los malos, de los malos que también, según ellos, han surgido como por generación espontánea. Y bueno, de ahí fue que dediqué aquel apunte irónico al que hice mención. 
Y vea que así tratan todos los problemas públicos estos “trabajadores intelectuales”. Al problema de la pobreza le atraviesan, por ejemplo, la gracia de Dios, o el envilecimiento moral de los mismos pobres, o la mala suerte, o la operación de una providencia histórica, o los precios y el mercado, o a las etapas necesarias de nuestro desarrollo, o a los factores exógenos; factores todos que, para todos los efectos, son meros fantasmas inventados por ellos mismos para encubrir la realidad, una realidad que no gusta, que no agrada y que es muy peligrosa para la legitimidad del status quo, para los intereses y fines de la clase dirigente a quienes ellos sirven sin escrúpulos.
El hecho es que, si usted no agarra un problema social por los cuernos y desentraña la verdad con todas sus causas y efectos y hasta las últimas consecuencias, estará siempre imposibilitado para actuar con eficacia en la solución del mismo. Y en ese problema de imposibilidad estamos inmersos desde tiempo ha.    
Pero ¿son en verdad incapaces estas gentes de someter al problema de la violencia a un análisis de razón, o simplemente se hacen patos porque la virgen los arrulla cálida y dulcemente desde el brillo de poder? Sin descartar la ignorancia como factor explicativo secundario, pues en este país la virtud está de cabeza y la basura se ha tornado en ambrosía y ésta en basura, me atrevo a pensar que se hacen patos y son amantes de la virgen que arrulla. En pocas palabras, actúan así porque sirven a los intereses de la clase dirigente de este país. 
La verdad desnuda es que nuestros “trabajadores intelectuales”, sin saber a veces siquiera lo que es razón y verdad, son como vulgares juglares que se dedican al negocio de la verdad a modo, a gusto del cliente. Y desde este punto me atrevo a corregir a AMLO, porque él se ha dado en llamar a estos juglares como “intelectuales orgánicos”. Pero llamar así a estos juglares del corrupto poder instituido en México sería un insulto inaceptable para gentes como Marx, Stuart Mill o Friedman, porque ni siquiera son capaces de llevar a efecto un trabajo científico modesto y de perfil clasista en torno a un problema social; ellos se dedican al juego de manos y a las prestidigitaciones con la razón y la verdad. Digamos, pues, que estos juglares del corrupto poder en México son una suerte de aproximación fallida y quejumbrosa de “intelectual orgánico”, o son tal vez el estrato de más baja estofa en ese ámbito, el lumpen del intelecto, desarraigados y errantes, desprovistos de toda conciencia social y mundo ético.
Pero mire que el problema mayor con estos trabajadores intelectuales mexicanos no es su precario y enjuto arsenal de inteligencia, sino el grave y tremendo fallo moral en el que incurren al exhortar a la sociedad civil para que apoye a las fuerzas que, estructuralmente, pueden ser el origen último de la violencia en este país. Esto sería tal cual si Sócrates se pusiera a proclamar en la plaza que la mentira es una virtud en todos los casos. Y lo que es peor: el fallo moral se empieza a verificar desde que invocan a la sociedad sin tener ciencia cierta sobre el asunto en cuestión; y el fallo sería de proporciones colosales si llaman a los demás ocultando la verdad de acuerdo a sus intereses. Al actuar así, deliberadamente o no, los aspirantes a trabajador intelectual ya se convierten en cómplices de todo ese escenario de injusticia y condenan a nación y ciudadanos a una suerte de eterno retorno al fracaso y a la inutilidad.
¿Cuánto vale un mexicano trabajador? ¿A tal grado se han devaluado el hombre, la nación y su cultura?
El Nuevo Testamento quizás nos dé una pista sobre lo que son en realidad estos juglares de la inteligencia. Dice Mateo (4, 1-11), que Jesús, el Mesías, el Ungido, fue llevado por el Tentador al pináculo del templo y lo retó a lanzarse al vacío. Pero Jesús no se arrojó porque clamaba por un hombre de fe inquebrantable en la nueva verdad revelada por el hijo de Dios, en el nuevo pacto del Dios inserto en la historia con el hombre. Jesús no pretendía un creer movido en el vehículo de la demostración milagrosa, sino un creer fundado en la fe en el ámbito de la libertad; fe en el mensaje del Mesías. Y de igual forma, y en el caso del problema del narcotráfico y la violencia, como en muchos otros asuntos públicos, nuestros juglares de la inteligencia nos revelan un plan beatífico y salvador para la nación: todos juntos en el sueño ecuménico y en torno al César en turno. Pero en su plan por la nación no está trazada jamás la posibilidad de lanzarse al vacío para aducir demostraciones y verdades de razón en torno a la maldad y la bondad en el mundo; no se lanzan, se aferran al pináculo, e invocan a la fe del pueblo en su verdad revelada y, para ese efecto, atraviesan como garantía a sus ídolos paganos: la espada de César, la democracia pervertida, el dinero, y la modernidad como recurso imaginativo de salvación individual. Para ellos, el hombre ha de estar prosternado ante estos ídolos irreprochables y su verdad fundada en fe y autoridad, en miedo e incertidumbre.
Llamemos, pues, a estos “intelectuales orgánicos” por su verdadero nombre: los mesías de campanario. Proclaman la verdad revelada por el César en turno desde el campanario, muy aferrados a éste, sabedores de que el vacío representa su perdición porque los ángeles de la razón no vendrán en su auxilio y darán de bruces contra las piedras del mundo real, de ese mundo que ellos dicen querer salvar. Allá ellos que discutan quién de ellos será nombrado el “Mesías del campanario mayor”, y quiénes apóstoles, sacristanes y monaguillos. En cuanto a quiénes son estos mesías de campanario, usted ya bien sabe los nombres. Ya tiene la definición por Mateo, y ahora usted aplique esto a la lista de nombres que le plazca a su juicio. Designe también al mesías del campanario mayor si gusta. Y bueno, digo todo esto suponiendo que el pináculo del templo bien puede identificarse con el campanario de un templo tal como lo conocemos hoy en día.  
Si los mesías de campanario en verdad quisieran hacerle un bien al país en este caso de la violencia, debieran promover la discusión pública abierta y franca del mismo entre los mexicanos y preparándose para aceptar y hacer valer la verdad, sea cual fuera ésta, y hasta las últimas consecuencias. Pero en esto, ellos debieran de partir desde la postura de asumirse en la profesión de ignorancia socrática, renunciar a ser mesías de campanario, mantenerse en el fondo de la escena y ayudar al pueblo a que encuentre por sí solo la verdad y haciendo a un lado toda intervención de figuras oficialistas que solamente contaminan el ejercicio de la razón. Ésta, la verdad, no necesita de mesías de campanario, de notables, de partidos o de foros de gran pompa. Sócrates demostró que la verdad puede ser descubierta con el concurso de simples mortales dialogando y apenas sentados en el brocal de una fuente de agua. 
Quiero hacerle un comentario de experiencia personal. Infinitamente lejos estoy de ser un intelectual, y no lo pretendo porque pecaría contra Sócrates. Y digo esto, no apelando tanto a cuestiones nocionales en el saber, pues en realidad es lo más fácil, sino atendiendo a que no tengo las facultades éticas y de espíritu para ponerme en el rumbo de ser un discípulo tardío de Sócrates, aunque fuera el más remiso de todos. Yo soy un hombre simple, demasiadamente modesto en recursos materiales, a grado tal que mis bienes pueden dormir en el cajón de un pequeño archivero, y soy un trabajador por cuenta propia; pero gozo también, gracias a ello, de la hermosa libertad que otorga la simplicidad. Hice estudios formales modestos y no oculto que me hubiera gustado acudir a una escuela de estudios superiores del imperio para atrapar lo valedero de aquello; pero bueno, eso del estudio formal en centros de gran fama era un lujo en el escenario de una familia muy humilde donde los apremios del día a día redundaban únicamente en la urgencia de trabajar desde adolescente para sobrevivir hoy y acariciar el premio acre e ingrato de atisbar la incertidumbre del mañana. Así que, en el balance final, lo muy poco que he logrado comprender del hombre y su mundo fue casi en calidad de autodidacta y, sobre todo, aplicando siempre la más importante enseñanza que nos ha legado Sócrates, y que debieran seguir nuestros mesías de campanario al pie de la letra: enaltecer el valor y la dignidad del alma atreviéndose a pensar por uno mismo para atrapar la verdad, sea cual sea ésta.  
Pero mire usted que, con todo y que soy un mexicano simple, en el siguiente número trataré de hablarle un poco sobre las posibles causas que, en mi opinión, se mueven en el fondo del problema de la violencia en México. Trataré de hablarle de aquello que los mesías de campanario ocultan para salvaguarda de sus intereses. Por supuesto que nadie justifica a los narcotraficantes en momento alguno y todos estamos de acuerdo en que ellos debieran ser restituidos a la paz para que este país pueda encontrar el rumbo de una vez por todas. Pero esa ruta es un pobre atenuante temporal que no anula el problema, lo deja en potencia, al filo de volver a eclosionar en un futuro cercano y en peores condiciones que hoy. La verdad de fondo en este asunto, sus dimensiones sociales y sus soluciones definitivas, ha sido elevada a manera de asunto sacro, intocable, porque es una verdad que puede dejar muy mal paradas a las élites que gobiernan a este país con la mayor injustica de que se tenga memoria en la historia reciente. 
Pero la moraleja de hoy es la siguiente: No es lo mismo un mesías de campanario que un intelectual…ni duda cabe.

Buen día.

Comentarios