Inglaterra y la rebelión de los jóvenes.

“No hay free lunch”. Tal es una de las frases más importantes y socorridas en la ciencia económica moderna. Esta frase pretende resumir la siguiente noción fundamental en economía: en un entorno social de recursos escasos, nada es gratis, todo tiene un costo, y ese costo alguien tiene que pagarlo. Y fue gracias al genio sintetizador de Marshall que la economía pudo por fin ofrecer un esquema integral y detallado de la manera en que la mano invisible de Smith asigna los costos entre agentes productores y consumidores. 

Curvas de indiferencia, de demanda y de oferta, precios y elasticidades…¡Qué va! Todo un intrincado y elegante aparato de ecuaciones para llegar a esa verdad fundamental de la economía, verdad que ya había adelantado el Génesis con mucha anticipación y sin grandes discursos eruditos: No hay free lunch, y todos tienen que trabajar para vivir.
Resulta una grandísima ironía que Inglaterra, siendo la patria de los padres y los mayores genios de esa ciencia del “No free lunch”, sea ahora, con los disturbios callejeros, la patria de ese raro, innovador y espontáneo frenesí por el free lunch. Me han de perdonar el hecho de que no pueda ocultar mi interés por el lado chusco que ofrece todo este episodio inglés de libertad sin límites. Haciendo a un lado la violencia por sí misma - que no es algo gracioso bajo circunstancia alguna -, creo que el aire jocoso del asunto es inevitable por el nivel y los colores que las cosas están tomando por allá en el ámbito de las proclamas de los rebeldes. Creo también que usted caerá reo de lo cómico si se pone a leer las noticias de la prensa de por aquellas latitudes, no las que nos cocinan en nuestro país con ese detestable aire de rectitud porfiriana. A leguas se deja ver que los nuevos estamentos mexicanos no dejan de tenerle terror al viejo imperio.  
En los primeros escorzos de este escándalo familiar, David Cameron afirmaba que todo se debía a las habituales prácticas criminales de los jóvenes en los barrios bajos. Y usted entenderá que, en ese tenor de la versión oficialista, las cosas están yendo a parar a esas causas que usualmente se usan en este tipo de cosas: el desempleo por ciclos económicos cortos y, sobre todo, la holgazanería y el nihilismo…o el valemadrismo de las nuevas generaciones, para decirlo con franqueza.  Pero resulta que…
Muchos de los detenidos son gente adulta, profesionistas, trabajadores, estudiantes, y hasta uno que otro miembro del ejército de su majestad. Y resulta que…
La gran mayoría de los concurrentes a los desmanes y rebeliones callejeras afirman estar ahí por al atractivo del “Free lunch”; y declaran, a su vez, que no responden a cualquier convocatoria política o ideológica que no sea el llamamiento de la conciencia a la atronadora conversión de toda mercancía en un bien público. En pocas palabras, en muchos casos se trata de ingleses normales, comunes y corrientes, y cuyo único motivo para hacer lo que hacen es obtener algo gratis, portarse como coleros, aunque tienen la capacidad de compra para evitarse esos “emocionantes” bochornos. Y resulta que…
Algunos de ellos, cuando han sido llevados ante el juez, declaran que se lanzaron a las calles simplemente por un contagio de la locura que veían en las calles. Parece que, a muchos, simplemente les ha parecido fascinante el poder soltarse el chongo y poner de cabeza al mundo…o ponerlo con los pies en la tierra, según su forma de concebir las cosas. Y resulta que… 
El grado de contagio de la población con esta epidemia de libertad sin límites llega a grado tal que ya se ve en las turbamultas a gente mayor de edad que aprovecha la ocasión para agenciarse una bicicleta, un libro, una despensa, una bolsa o lo que haga falta en el ajuar doméstico. Y resulta que…
El grado de “valemadrismo” –llamémosle así - de la gente durante los saqueos ha llegado a tales niveles insospechados que se toman el tiempo y los cuidados de medirse las prendas de vestir mientras charlan amenamente. Por supuesto que, para estos neoestetas de la libertad, sería una real pérdida de tiempo el agenciarse unas prendas que no ajustan al final. Y resulta que…
La fiebre por el saqueo se está desparramando por toda Inglaterra a través de la red con una expresión maravillada de la gente que reza más o menos en los siguientes términos: “¡Esto es fascinante, vamos a la calle, por fin todo es gratis en este mundo!”…”¡Hay Free lunch!”
Evidentemente, no se puede evitar la risa al ver la forma en que todos estos ingleses asumen la posibilidad de una libertad sin límites y la posibilidad de una economía no discriminadora por la vía de los costos y los precios. Bueno, y la verdad es que la inocencia de la gente es absolutamente jocosa, pues, si bien su ola de anarquía por el free lunch los libera de los costos, al final, como su lance de libertad no puede extinguir el orden establecido, los mismos costos tendrán que ser pagados por alguien más; pero eso ellos lo ignoran, o lo pasan por alto con absoluta tranquilidad haciendo una suspensión ética. Digamos, pues, que una parte del pueblo bajo de Inglaterra se ha tomado la libertad de establecer, por sus fueros, y de una manera muy original y espontánea, una política de transferencias de recursos de arriba hacia abajo y sin interferencias distorsionadoras del Estado. Aunque usted no lo crea, ha operado la mano invisible de una manera muy original…¡y como de rayo!    
Con un aire sobrecargado de ironía, estamos viendo el surgimiento de una nueva filosofía económica del “Free Lunch”; una filosofía vitalista y muy rupestre que opone una ruda y primitiva verdad a los clásicos valores del sacrificio y la abstinencia, y que tiene sus raíces, no en las aulas de la London Economics, no en Oxford, no en Edimburgo, no en los salones reales de Windsor, sino en los pubs del bajo mundo inglés al otro lado del Támesis, en el submundo de la working class, de los desarrapados y los desheredados del viejo imperio.
¿Alguien les ha dado motivo directo para convertirse en una nueva raza de normandos y emprender esta ola de rebelión para el saqueo sin algún Guillermo al frente? No, la verdad no, nadie les ha dado motivo. Ha sido algo espontáneo. Es una locura. La muerte del inglés fue incidental, ha sido un pretexto; en estos momentos de feliz saqueo, ya nadie se acuerda del muerto por pensar en el free lunch. Lo que vemos ahora es lo que decía uno de los muchos detenidos, un profesionista bien, un inglés “respetable” hasta antes del desorden: es una tentación irresistible. Y yo diría que una tentación insoportable por la anarquía, por un salto al vacío temporal de la libertad de ser sin tapujos y medias tintas, y por el free lunch como forma de vida material.    
Este episodio de las rebeliones callejeras y los saqueos en Inglaterra nos permiten echar una ojeada fugaz a la intimidad del viejo imperio. Parece que, bajo el ropaje escarlata y de armiño de la realeza, persiste un cuerpo cuajado de desigualdad social, de aquella desigualdad que se respira en la novela El príncipe y el mendigo de Mark Twain. Pero, en este caso actual, parece que Tom Canty, el plebeyo de Offal Court, el infante golpeado y explotado por su padre y por su tosca abuela, no es un soñador romántico y ni un amante de los cuentos de hadas del padre Andrés. No; se trata de un plebeyo rebelde y violento que ha querido tomar a la fuerza el papel del príncipe Eduardo y mandar a éste a la calle. Es fácil darse cuenta también que el desarrollo tecnológico del primer mundo es una ilusión que no mejora en mucho la situación relativa de los desposeídos, y que sí, por el contrario, ha multiplicado peligrosamente las fuentes potenciales para el rencor entre las clases sociales. Si en tiempos de Enrique VIII eran el pan y las papas lo que movía al deseo y al conflicto, hoy es una amplia gama de bienes y objetos que se multiplica en número y variedad casi hasta el infinito. La tecnología aquí se nos muestra como fuente última de una nueva ética de la cantidad, no de la calidad, y como plataforma del absurdo. Pero este episodio inglés también puede enseñarnos algo sobre un posible hartazgo de la gente común con la moralidad de Monsieur le Capital, de ese viejo Lord caduco y gárrulo que se ha tornado en un saco de gazmoñerías insoportables. De cierto que las gentes ya no se cuidan mucho de guardar esos valores y poco les importa pasar por cínicos o delincuentes ante el orden establecido por el anciano de piel mortecina. 
Pero también es posible descubrir ahí una verdad que nos incumbe a todos. Y es que el contagio de esta fiebre por el free lunch pone en serio compromiso las verdades de la economía de mercado. En realidad, nos queda claro que la gente no gusta ni está bien dispuesta con los precios ni con de las discriminaciones racionales del mercado. En el fondo, mientras el mercado impone una existencia penosa para las gentes, éstas aman y desean la libertad sin ataduras y el free lunch. ¿Hay algo de malo en esto último? Aunque se rompe el orden legal de manera inocente, cosa lamentable de suyo y que debe ser reparada, yo no veo nada de ilegítimo en la motivación. Se trata de algo natural en el ser humano y que nuestra añeja ética ha sofocado por siglos en virtud del mito del mercado. No me queda la menor duda de que los disturbios callejeros de Inglaterra son un estupendo e inmejorable laboratorio para todo aquel interesado en la investigación antropológica y económica. Y una pregunta que bien valdría la pena atravesar es la siguiente: ¿Es posible la felicidad de las multitudes sin Monsieur le Capital? Creo que si algunos se ponen a trabajar sobre eso, algo bueno saldrá para las ciencias sociales y el costo del episodio habrá sido reparado con creces. 
El viejo orden se resquebraja poco a poco en diferentes partes del mundo y por diferentes vías. Lo estamos viviendo. Por allá con países sumergidos en la bancarrota; por acá con poblaciones enteras que se rebelan exitosamente ante el viejo orden establecido –me refiero a los valientes islandeses -; por otros lados de manera destructiva y llana en los combates callejeros de una juventud harta; y por otros rumbos de manera pacífica y creativa, como sucede entre los jóvenes españoles de hoy en día.  
Sea lo que sea, el pueblo inglés debiera jalar las orejas a su gobierno a fin de que arregle su casa antes de intentar corregir a otros países con el pretexto de la libertad, la democracia y las reglas de buena conducta. Como puede verse, el viejo imperio ha enseñado el trasero y, con ello, nos demuestra que también se da al vicio de ofrecer a su pueblo democracia y libertad selectivas: manga ancha con los refinados habitantes del Clubland, y apretón de cinturón para los ebrios vulgares de Offal Court.
Bueno, y a decir verdad, ¿a mí qué diablos me importa lo que hagan los ingleses con su casa? Si al final el pueblo bajo sigue con sus desmanes callejeros y con su nueva filosofía del free lunch, solamente le recomendaría a la clase dominante de ese país que recuerde el viejo adagio que reza “De tal palo, tal astilla”. Y es que nunca se deja de aprender. 

Buen día.


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