Hugo Chávez y la mejor política posible.

1.- El culto a los ideales:

Los hombres sufrimos de una debilidad o fragilidad innata que nos impide aceptar una verdad: Nuestra razón se puede bastar a sí misma para guiarnos con autonomía en el reino de la moral a fin de lograr nuestra perfección humana; perfección que se concreta en virtud y felicidad. Y es por esta fragilidad que los hombres suelen promover su perfección valiéndose del culto a determinadas personas sobresalientes entre las que destaca Cristo mismo. 

La razón justifica ese culto a las personas especiales en virtud del reconocimiento de esa fragilidad humana. Mas esa actitud será legítima mientras permanezca en la condición de un culto racional. Con esto me refiero a esa actitud de valernos como objeto de culto, no de las personas especiales en sí mismas, sino de sus ideales. En este sentido, el pensamiento de esas personas es elevado a manera de postulado teórico, solo posible, que no se afirma dogmáticamente como existente o necesario en el mundo real, y que luego nos impele a buscar activamente la realización de las condiciones que lo hacen posible, y que es donde encontramos el desarrollo incesante de nuestra perfección. Y esto no pierde validez así alguien suponga que esos ideales son irrealizables. 
En breve, ejercemos un culto racional sobre una persona especial cuando asumimos sus pensamientos y obras como ideales que guían y determinan nuestro afán de perfección humana. Y como dijimos ya, se justifica este culto en tanto se reconoce aquella fragilidad humana que impide comprender que la sola razón bastaría para el desarrollo de la perfección. Pero no basta que un culto a la persona especial ponga su móvil únicamente en el cumplimiento del ideal posible que se ha postulado para ser legítimo. Para esto, es necesario, además, que ese ideal esté fundamentado por la razón. 
La ilegitimidad en este asunto deviene cuando el culto se orienta a la persona especial como objeto de culto, cuando los ideales que se postulan asumen el papel de ley positiva que constriñe y que pueden ser incluso contrarios a la ley moral. Y es en este terreno de la ilegitimidad que entramos a los peligros del fanatismo, los prejuicios y hasta de la maldad.
Como queda claro, se trata de un puro acto de fe; pero de fe racional: se postula un ideal que promueve nuestra voluntad en la búsqueda de la perfección en el reconocimiento de nuestra limitación humana - fragilidad -. Y es una fe que es transferible a los demás por la vía de la persuasión y que apunta a la formación de una comunidad ético-social en torno a un determinado ideal. 
Es menester indicar que ninguna de las personas especiales que hemos visto en la historia ha logrado dar completa satisfacción a toda la gama de exigencias que dan forma a nuestra noción de humanidad perfecta. Algunos nos han dado ideales en el campo de la política, otros en la ética, y los demás en las más diversas actividades. Y si hemos de constreñir la perfección humana a la ética, tendremos que reconocer que solo Cristo y Sócrates nos han dado un ideal completo al respecto.
El culto a los ideales de las personas especiales es un hecho inocultable del día a día. Y cuando es legítimo, asumimos ese culto como un vehículo que nos ayuda a promover nuestra perfección en algún apartado de la humanidad. Los cristianos honestos le rinden culto al ideal ético completo que nos ofrece Cristo, no a Cristo en sí mismo. Y lo mismo sucede con aquello que le rinden culto a los ideales de política en Gandhi o Emiliano Zapata. De igual forma, los priistas le rinden culto a los ideales de Colosio, y los panistas a los ideales de Maquío - aunque en estos dos casos tengo fuertes reservas porque sospecho que los seguidores del culto atribuyen ideas sobre pensamientos y obras que no tienen correlato en el mundo real -. También hay aquellos que levantan un culto en torno a los ideales de personas especiales con aires más pragmáticos, como pueden ser empresarios sobresalientes. A este último caso, tómese en cuenta, por ejemplo, el caso de Eugenio Garza Sada en el mundo empresarial y académico de Nuevo León. Pero en todos los casos encontramos un factor común: el culto es legítimo en tanto los ideales en que se cree y se promueven resuenan con fuerte fundamento en la ley moral de la razón.

2.- El culto a los ideales de Hugo Chávez:

No debe sorprendernos el fenómeno del culto a Hugo Chávez, ex presidente de Venezuela recién fallecido. En realidad, y según se ve, esta actitud de los chavistas es solo un reflejo legítimo de nuestras propias actitudes en muchos órdenes del día a día.
Si me atengo a lo que han testimoniado mis sentidos en este asunto, y contra lo que pudieran desear - y remarco desear - los detractores de Hugo Chávez,  he de decir que estamos presenciando un culto a los ideales de este hombre, no a su persona. Y esto se puede patentizar con claridad si apelamos a las expresiones hacia las que parecen confluir las proclamas del pueblo chavista en este caso: 
- Hugo Chávez no ha muerto...Hugo Chávez está con nosotros, aquí adentro - haciendo referencia a lo espiritual -.
Solamente un loco, un ignorante de las formas de la retórica, o un hombre de mala intención, puede interpretar estas expresiones sentimentales literalmente, tal como si estos venezolanos pretendieran creer que Hugo permanece en condición de fantasma en Caracas, ululando y proclamando sus ideas por esas callejas. Por el contrario, cuando bien interpretadas, estas expresiones del sentimiento nos patentizan lo que ya dijimos arriba: se reconoce y se asume que los ideales de Hugo permanecen como guía a la noción de perfección humana en cada uno de esos venezolanos chavistas y por lo menos en el apartado de la política.
Por otro lado, y hasta el momento, no he sabido de algún chavista que se haya dado a la tarea de afirmar dogmáticamente que Hugo Chávez es un semidiós que deba ser honrado con un culto a su persona y cuyos ideales deban ser cumplidos en atención a su voluntad y no así con la vista puesta en la felicidad del creyente. Pero por supuesto que no descarto que algunos por ahí, víctimas de la superstición, terminen haciendo esto. Sin embargo, sería harto comprensible que se dieran estos casos de fanatismo si consideramos que en nuestro mundo latino perviven muchos núcleos de población que aún están bajo el influjo de un pensamiento primitivo.  
Ahora bien, es harto fácil ver que los ideales de Hugo Chávez tienen fuerte raigambre en la ley moral de la razón. Para esto, solo tenemos que voltear la mirada hacia su desempeño en la política mundial; un desempeño que le ha valido ganarse un lugar especial entre los titanes de la política en la historia contemporánea. Y vaya que se puede demostrar que todo aquel detractor de Chávez que se atreva a negar la impecable hoja de servicios de este hombre en este terreno es un fanático y dogmático porque se niega a ver la realidad objetiva cegado por sus caprichosas ideas subjetivas.
A nadie que se tenga por cuerdo escapa el hecho de que la historia de la civilización completa es un proceso de oposición entre naciones fuertes y débiles, donde las primeras pretenden sacar ventaja de las segundas, y éstas viven para evadirse de este proceso expoliador. La historia es así un proceso que se despliega con la sucesión de imperios y naciones avasalladas. Y nada más natural que esto si pensamos en las naciones como individuos insertos en una competencia por los recursos en un mercado de escala regional o hasta global, pero donde no hay un orden moral - y menos jurídico - en lo que toca a la determinación de las reglas del juego. Y en estas condiciones el resultado no puede ser sino el que hemos atestiguado desde el inicio de la historia y hasta nuestros tiempos: guerra, saqueo y armisticios que dan ocasión a una paz precaria.
Una de las causas de este problema reside en el hecho de que ninguno de los diferentes sistemas de moral en cada nación han alcanzado jamás una universalidad tal que el reconocimiento de la personalidad moral y la dignidad humana se haga extensivo al extranjero. Y este problema es más patente en el caso de las naciones que, por su voluntad hegemónica, se han levantado luego en condición de imperios. Cierto que algunas de esas naciones hegemónicas podrán haber desarrollado legislaciones tan humanistas que hayan sido inclusivas con los extranjeros, pero el hecho es que su actitud moral práctica hacia ellos siempre fue y ha sido la que dijimos: desconocer su personalidad moral y su dignidad humana, y más cuando el extranjero es tenido como parte de una nación enemiga o avasallada. 
Por más que usted trate de evadir la realidad para creer que ahora sí las naciones están hermanadas humanamente, los hechos crudos son tal como se han prefigurado. Y para dar cuenta de esto, debería bastarle con referirse a los diversos conflictos bélicos regionales que se esparcen por el mundo y donde una constante infaltable es el supremo interés caprichoso del nuevo impero: USAmerica. Y en efecto, USAmerica es el nuevo capítulo del imperialismo desde la segunda gran guerra. Hablamos de un capítulo que ha alcanzado el pináculo en el desarrollo ingenioso del arte de avasallar y expoliar naciones con alcances ahora sí globales.
Toda la trayectoria de Hugo Chávez  en este ámbito de la política global no es sino la historia de una voluntad política que se alza frente al imperio USAmericano para persuadirle con retórica e incuestionable astucia política de que la personalidad moral y la dignidad humana son patrimonio de la humanidad, no solo de los USAmericanos y sus aliados de primer orden. Es en este espacio de la vida donde el pensamiento y la obra de Chávez son como dos colosales columnas que acarician el cielo y que se fundamentan en una de las máximas en que se formula el imperativo moral de la razón: Trata a la humanidad, en ti mismo y en los demás, como si fuera un fin en sí mismo y no solo medio de tus resoluciones.

3.- La mejor política posible:

Por mucho que duela a los detractores de Hugo Chávez, la razón y los hechos consumados nos indican que la adhesión fervorosa de los chavistas a las ideas de su ex presidente es completamente legítima como culto racional y hasta conveniente en un mundo como el nuestro. Y es conveniente porque una voluntad política como ésta - la de Hugo Chávez -, que se ha convertido ya en una voluntad colectiva por el culto a los ideales, no puede sino ser vista como enderezada al logro de la mejor política posible para el hombre toda vez que se ha puesto como fin la prevalencia de una moral universal para el hombre que impere sobre la política como norma extrínseca y que haga posible, por ello, un estado de paz perpetua para toda la humanidad. 
Y aquí no vale atravesar el argumento de lo efímero por irrealizable contra el ideal de una política normada por una moral universal, porque en el ámbito de la moral, y por nuestra fragilidad humana que da ocasión a la misma moral, es preciso postular ideales que sirvan como norma de realización de la perfección humana pese a que sean irrealizables. Lo que importa es el conato, el esfuerzo, la tendencia constante y la inclinación hacia la perfección, el actuar tal como si esto fuera posible, no su realización completa por sí misma.
Nota: Dedicaré un siguiente apunte a la valoración de este culto a los ideales de Hugo Chávez en el contexto, no ya de la política global, sino de la política corriente de la hermosa Venezuela. 

Buen día.

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