El PRI y la farsa de las encuestas.

No me sorprenden de manera alguna las reacciones confusas de la opinión pública ante las encuestas electorales en México. Es un hecho que nuestros ciudadanos carecen de cultura estadística y, por ello, son también víctimas fáciles de los cachirules estadísticos, vulgo encuestas cuchareadas, y que son el pan de cada día en nuestro país.

La encuesta reciente del ITAM en torno a los aspirantes a la presidencia de la república –que entiendo ya fue retirada del portal de esa escuela -, es un sondeo de voluntarios. Es decir, participan los que quieren hacerlo. Y dada su naturaleza de conveniencia, el sondeo dicho carece de cualquier fundamento probabilístico, lo cual lo despoja, a su vez, de toda validez para crear inferencias hacia los comportamientos agregados de los electores en México. En otras palabras, las cifras de la encuesta del  ITAM representan solamente la opinión de los que participaron en el ejercicio. Si mal no recuerdo, esa escuela explica esto mismo en otros términos en su portal una vez que ha retirado los resultados provisionales del sondeo que uno de sus estudiantes – a saber - estaba llevando a cabo.
¿Pueden ser útiles estos resultados pese a sus limitaciones? Creo que sí, en alguna medida. Creo que todo sondeo entre ciudadanos siempre aporta algunos elementos informativos valiosos, con independencia de su metodología, sea pobre o rica.
El PAN acaba de anunciar una encuesta donde posiciona a su candidata Chepina en segundo lugar, ya muy cerca de Peña, y donde AMLO, para variar, es hundido al sótano una vez más. Lo raro es que el estudio reporta un nivel de error de muestreo que corresponde a un esquema de muestreo aleatorio simple – algo de libro de texto -, no a un muestreo complejo, que es el que tiene que hacerse en el mundo real por cuestiones que atañen a limitaciones técnicas insuperables. Habría que aclarar ese problema serio; aunque no se descarta la posibilidad de una mágica coincidencia en el mundo de las matemáticas. Ya ve usted que en el México prianista surrealista todo es posible.
Pero además, el estudio mete sesgos en el propio planteamiento de preguntas. Nos dice, por ejemplo, en una de sus preguntas: “Mujeres y hombres tienen habilidades diferentes…”. Es ésta una afirmación especulativa en la pregunta que prepara al entrevistado para postular eso como verdad, y así pasar a localizar ventajas exclusivas pero ficticias en Chepina por cuestión de género. Le aseguro que los entrevistadores eran mujeres; así se hace fuerza para obtener una respuesta favorable en el entrevistado en lo que atañe a apoyar a una mujer para la presidencia. Es muy difícil que un hombre entrevistado que es machista conteste diciendo que las mujeres no saben gobernar por simple pudor ante la mujer que lo entrevista.  
Pero el problema grueso, serio, es el que ya hemos señalado en otros artículos en este diario: las encuestas electorales que, en teoría, sí poseen “representatividad” para la población electoral mexicana, están reportando altísimos niveles de rechazo. Se trata de niveles de rechazo que, en condiciones normales de eficiencia, debieran ser motivo suficiente para descalificar y echar por tierra sus resultados en calidad de no representativos. Además, se ha dicho en otras ocasiones que el rechazo es resultado fundamental de malas técnicas de investigación; no es un problema del ciudadano.
En realidad, el problema del rechazo sería irrelevante y tolerable si se tratara de un porcentaje de rechazo despreciable, un porcentaje que no pudiera trastocar los resultados netos de la investigación. Pero sucede que, en el caso del México del momento, hablamos ya de niveles de rechazo que andan rayando el 50 % o más. Y ese dato es el que reportan públicamente. ¿Cómo estará el nivel de rechazo en la realidad?
En estricto sentido, lo anterior prácticamente convierte a los estudios “representativos” en sondeos de voluntarios, como es el caso del estudio del ITAM, basados única y exclusivamente en los que sí quieren participar en las encuestas. Y es por ello que no debe extrañarnos la gran disparidad de resultados. Al final de cuentas, cada quien obtienen en sus estudios las respuestas que le convienen en base a voluntarios. Así de simple. Y ahí radica precisamente la gran desventaja de los estudios de voluntarios: ya contienen en sí mismos, por principio, una tremenda fuente de sesgo potencial.
En estas condiciones, la conclusión más optimista para los estudios que sí son “representativos” de las preferencias electorales – a decir de ellos –, es la siguiente: los resultados que usted ve representan la opinión de los mexicanos que sí están dispuestos a participar en encuestas, y que no alcanzan a representar ni el 50 % de la población electoral. Si usted le resta a eso la cantidad de mexicanos que, estando dispuestos a participar en encuestas, no definen aún preferencia, se quedará con resultados de preferencias electorales construidos sobre la base de magras minorías.
¿Y cuáles son las preferencias de la mayoría de mexicanos en edad de votar que no participan en encuestas y que no declaran preferencias? Nadie sabe la respuesta. Se trata de un terreno para la especulación. ¿Estarán contentos con el actual estado de cosas o estarán muy insatisfechos? Esa es la respuesta que debe responderse. Y creo que, el que encuentre esa respuesta, tiene la clave del éxito político en la bolsa.
En palabras llanas, las cifras que usted ve volando por todos lados no son sino parte de una estrategia de propaganda oficialista que pretende crear la ilusión de mayorías electorales en base a minorías estadísticas supuestamente representativas de toda la población, y cuyo principal activo es la pestilente falacia de la autoridad moral de los corrompidos medios oficialistas, con la caja loca en el pináculo; algo muy propio de los regímenes totalitarios que tratan de fundar su legitimidad en el delito contra la nación que se llama: la mentira mil veces repetida a un pueblo entero.
Y quiero decirle que, por las cuentas alegres que hacen todas las partes, me parece que nadie ha puesto la vista en el hecho de que al menos la mitad de los mexicanos en edad de votar deben estar indefinidos en sus preferencias electorales. El que trae mayorías aparentes televisivas, fundadas en minorías estadísticas – Peña Nieto -, ya se cree ganador cuando ni siquiera imagina que la realidad le puede dar un “volteón” horrible al estilo Alf Landon o Thomas Dewey. La Chepina simplemente fabrica sus triunfos imaginarios con la asesoría de su especialista en chismes; ni caso tienen analizar el asunto. Y AMLO ya lo veo en ocasiones haciendo balances con una cantidad de votos que no le alcanza para ganar una elección en condiciones de alto riesgo. Para ganar en este escenario, es necesaria una madriza colosal, una tormenta de votos apoyada con una ciudadanía presta a tomar las calles ante el más mínimo rastro de maniobras perversas.    
Le confieso que a mí no me parece un bocado esto de llevar a AMLO al poder con nuestro voto, para así darle de una buena vez un vuelco al Estado mexicano para bien de la nación. Creo que es una empresa titánica, difícil, a veces abrumadora, por la simple y sencilla razón de que estamos bogando contra la corriente de una gran banda de ladrones que se ha apropiado del Estado mexicano y que no lo va a dejar a la buena y no sin antes hacer resistencia por todas las vías a su alcance, tal como si fuera un gato boca arriba que se defiende. Además, en su lucha, siempre tendrá raíces muy cómodas en intereses bastardos más allá de las fronteras. Y es mucho lo que está en juego para ellos, se trata de la veta llamada patrimonio de la nación, y que en su cuantía alcanza dimensiones suficientes para seguir definiendo fortunas multimillonarias colosales en el abultado vientre de la gran banda. Pero es, además, una gran banda que corrompe todo a su paso con el poder del dinero. Y cuando veo las cosas así, por su lado realista, me doy cuenta que entrar al juego electoral contra ellos en esas circunstancias, es asunto difícil, por no decir que reservado para titanes. Pero es un juego que, además, será más complicado entre más y más entremos al saco de sus reglas perversas.
Ellos, los integrantes de la gran banda, tienen a su favor los pequeños números. Eso les permite consensar y conjurar rápidamente a favor de sus intereses, actuar en consecuencia manipulando las reglas a través de pueriles “legalismos”, y con independencia de sus divisas partidistas, mismas que, al fin y al cabo, solo son banderas de filibusteros. En cambio nosotros, los ciudadanos de a pie, la gran masa, tenemos la desventaja de los grandes números, y es por ello difícil crear consensos y actuar para atajarles el camino. Y es ahí donde MORENA – su estado mayor - debiera prestar su mejor servicio. Sin embargo, con toda franqueza, a veces los veo demasiado aletargados en ese sentido. Demasiada teoría, y poco pragmatismo.
De entrada, me hago una pregunta frecuente en estos días: si las encuestas oficialistas nos dejan el claro sabor a boca llamado “manipulación de información”, ¿cómo es que a nadie se le ha ocurrido contrarrestar eso echando a andar un  programa de encuestas a cargo de la sociedad civil? Hacer esto ya pone en aprietos a la falsimedia y a su programa de propaganda, les dificulta seriamente el consenso. Y hacer esto no es un asunto complicado. Es muy fácil hacer encuestas. Le puedo decir que no tiene gran nivel de complicación técnica y no dudo que sobren ciudadanos con talentos sobrados para semejante empresa.
En fin, no se puede ir a jugar a Las Vegas con la idea ilusoria de hacer quebrar a la casa bajo sus reglas. Si usted va a Las Vegas con ese “feliz” estado de conciencia y se sienta a la mesa de juego con los dueños de ese mundo, lo más seguro es que regresará a casa con las bolsas vacías y cuajado de deudas. Y es que va a jugar con una gran banda de ladrones, no con unos oblatos hermanos de la caridad.

Buen día.

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