Enrique Peña Nieto y Tartufo.

Una vida auténtica es una vida feliz. Y para lograr este preciado tesoro de “autenticidad” no se necesita sino llevar una vida apegada a los principios de la razón práctica. Y esto último implica forzosamente el saber vivir la vida siempre pensando para saber a qué atenerse y con la convicción firme de que la felicidad personal se logra legislando a la voluntad  propia y al corazón con principios internos que pudieran cobrar validez universal – válidos para todos – y que vean a los demás como fines y no como medios. 

A la larga, en la marcha, eso de vivir pensando nos allega una gran cúmulo de experiencias digeridas que luego nos son de gran utilidad a la hora de vivir auténticamente, sabiendo a qué atenernos en cada acto de existencia.  
Estos principios de sabiduría se empiezan a aprender en casa, durante la etapa formativa de niñez y adolescencia, y aún en la primera madurez. Claro que digo esto suponiendo que en casa marchan bien las cosas en el sentido moral. Si un niño es educado al interior de un hogar al tenor de la máxima de acción de Iván Karamazov, del “Todo está permitido”, se puede asegurar con un alto grado de confianza que ese muchacho, cuando mayor de edad, será un pájaro de cuentas con gran futuro en el Nuevo PRI o en el bajo mundo del crimen informal. Hay excepciones, por cierto; pero las cosas así operan por lo regular.
En el extremo, podría decir que no se necesita más que una buena educación en casa y una experiencia personal bien digerida, con honestidad y con actitud generosa hacia los demás, para aprender a llevar una vida auténtica y feliz. Pero lo cierto es que nuestra experiencia personal no es sino un pedazo ligero del gran cuerpo de experiencias acumuladas en el grupo social, la gran casa; experiencias que necesitamos pero que, naturalmente, están lejos de nuestro alcance por razones obvias. Y como en eso de proponerse vivir bien nada está de sobra y nada es suficiente, bien vale la pena buscar siempre la manera de acceder a ese gran cúmulo de experiencias sociales. Y es aquí donde entra en escena el mejor instrumento para ese efecto: el libro…el bendito libro. 
En efecto, más allá del simple placer estético que procuran, los libros cumplen una extraordinaria función al ampliarnos de manera insospechada nuestro horizonte de sabiduría para vivir bien. Y esto es así, porque los libros son el principal acervo de experiencias acumuladas en la cultura. Así que leyendo, accedemos a ese universo ampliado de saber y nos ayudamos más y más en eso de saber a qué atenernos para vivir una vida auténtica. 
El Sócrates platónico sostenía que el camino cierto a las virtudes éticas es la sabiduría sapiencial, el conocimiento, vamos. Y esto lo afirmaba el filósofo a grado tal que negaba la misma existencia del Mal, aduciendo para ello que toda mala acción en una persona siempre respondía a su ignorancia, no a un supuesto Mal innato. Y aunque usted no lo crea, esta ideología ética pervive en nuestro tiempo, es una herencia clásica; de forma tal que, erróneamente, solemos juzgar la naturaleza moral de una persona en atención casi exclusiva a la cantidad de libros que ha leído y a la textura y riqueza de su discurso. Sin embargo, actuar y juzgar de esta forma es deformar al Sócrates platónico. Esto, porque pasamos por alto algo muy importante: este personaje histórico se refería a un verdadero conocimiento, que no es sino un conocimiento fundado en una verdadera convicción en lo conocido, y no así a un simple acopio indiscriminado de lecturas. Van unos ejemplos para entender esto. 
Alguien podría asumir la actitud que tomó Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro para decir ante un auditorio que ha leído la Biblia y que es uno de los libros que han forjado su vida. Dicho eso, ese alguien se instala como un conocedor de la verdad de Dios inscrita en la Biblia. Poco o mucho, pero conoce; tal es su mensaje al auditorio. Pero si ese alguien no aplica en su vida tal conocimiento para hacerse una vida feliz conforme a las leyes de Dios plasmadas en ese libro, entonces se puede deducir que ese alguien no tiene convicción en lo que dice saber y, por tanto, no tiene un verdadero conocimiento de la Biblia. En pocas palabras, ese fulano es un ignorante completo de la Biblia. Una inconsistencia semejante le sucedió a Peña Nieto en la FIL. Este hombre fue atrapado en recurrentes y absurdas mentiras. Y si decir mentiras es algo absolutamente contrario a la verdad de la Biblia, entonces Peña Nieto no ha leído la Biblia; y si la ha leído, no tiene una verdadera convicción y ni un verdadero saber en este asunto. 
De igual forma, puede suceder que una quinceañera venida de menos a burguesa engreída gracias a la suerte y no al talento de su padre, cuyo oficio por justicia debía haber sido el de promotor de ventas, se dé a la extraña y colosal tarea de tratar de leer y entender la obra “El burgués gentilhombre” del maravilloso Molière. Por supuesto que la quinceañera podrá conocer ahí, en esa pieza maestra de comedia, todos los géneros de estupideces, idioteces y absurdos, que una persona común, como ella, puede llegar a cometer una vez que se le mete en la cabeza la romántica idea de creerse especial, parte de una aristocracia imaginaria, y de tratar de actuar conforme a las reglas de esta clase especial, con todos sus afeites y parafernalias glamorosas. Si por ventura la quinceañera obtiene un verdadero conocimiento en esta obra de Molière, si tiene convicción en la verdad de esta obra, habrá enriquecido su “saber a qué atenerse”. Sabrá, pues, que si actúa como Jourdain, el burgués gentilhombre de Molière, no irá sino directo al ridículo, a la desgracia y a la quiebra, a ser la burla y el instrumento de los malos oficios de otros, y a terminar emparentada con el Gran Turco y en calidad de Mamamuquí. ¿Pero qué se puede decir si esta quinceañera, luego de terminar la lectura de la obra, se da a la tarea de motejar de “pendejos proletarios” a todos los que critican a su padre? ¿Habrá obtenido un verdadero saber gracias a Molière?
El caso es que a esto se refería el Sócrates platónico cuando hablaba del conocimiento como único camino a la virtud ética: conocer, pero un conocer con convicción. Usted puede leer mucho, pero si las verdades y experiencias que esas lecturas ofrecen no las aplica en su vida para vivir bien, para vivir pensando y sabiendo a qué atenerse, entonces usted es tan o más ignorante que aquel que no tiene libro alguno en su haber.    
Pero, no obstante que los libros son de un valor inestimable en eso de ayudarnos a vivir bien, tampoco lo son todo en este sentido. Y es que ese saber a qué atenerse en la vida del que hemos hablado es resultado de una buena cantidad de factores: una buena índole, buena educación en casa, deseo de conocer, hábito de lectura, honestidad, empatía…En fin, son muchos los elementos en juego, y los conocimientos para estructurar esta complicada fórmula para la felicidad tampoco se obtienen en la escuela, y menos en un país como México, donde la educación ha sido abandonada al gobierno de una banda delincuencial de maestros. Honestamente, debo decirle que he conocido a mucha gente muy sencilla y humilde que, sin llevar un solo libro en su haber, sin haber pisado una escuela, es más sabia que muchos intelectuales y potentados. De la misma forma, conozco gente que se precia de ser muy culta, intelectual, de haber cursado doctorados y altas especialidades en las mejores escuelas del planeta, pero al final de cuentas resultan ser unas verdaderas hienas manchadas en su vida personal y familiar. Y usted no tiene que ir muy lejos para encontrar ejemplares cultos de este tipo; eche una ojeada en la familia de intelectuales orgánicos de este país, y encontrará muchos casos de gentes que han optado por los libros y los títulos académicos como instrumentos altamente efectivos y letales en el oficio delincuencial que trata sobre la depredación del tesoro nacional.  
Apenas recién vi los videos del famoso evento Peña Nieto en la FIL y me queda claro el motivo por el cual este lamentable suceso se convirtió en las redes sociales en ola de chacota a nivel nacional y más allá de nuestras fronteras. El asunto no es para menos. Y debo decir que admiro la fuerza de voluntad de Peña Nieto para permanecer ahí, en la mesa del estrado, haciendo el ridículo tan de fea y descompuesta manera entre un discurso titubeante. Creo que eso habla al menos de su intenso interés por llegar a la presidencia de la república al costo que sea, así se exponga la dignidad misma bajo el influjo del inmortal lema del “haiga sido como haiga sido”. Sin embargo, estoy cierto de que este asunto no tomó de sorpresa a la mayoría de aquellos que se sumaron a la chacota. Y digo esto porque creo que hasta para el menos pintado en eso de la perspicacia no le ha pasado por alto el hecho de que Peña Nieto es un rústico en eso de la sabiduría; situación que se deduce fácilmente a partir del espíritu general de su actuación pública desde siempre.     
Con el acto que Peña Nieto protagonizó en la FIL nos dejó en claro cuatro cosas en su vida. Primera: no ha leído un maldito libro en lo que va de su existencia; o si ha leído algunos, los mismos le han pasado por alto. Segunda: en cualquier caso, haya leído o no en su vida, el conocimiento no es un asunto que sea de su agrado, no es su prioridad, ya bien por cuestiones de incompetencia natural o de gusto, vaya usted a saber. Tercera: estamos hablando de un hombre eminentemente práctico. Cuarta: pero estamos hablando de un hombre práctico con un deplorable sentido estético; digo esto porque eso de manifestar con un discurso cantinflesco y embrollado que obras de una calidad tan lamentable y precaria como las de Krauze y Fuentes marcaron su vida, es simplemente para ponerse a llorar a raudales. 
Si me atengo a lo que he apuntado hasta ahora, debo decir que no creo que este divorcio con los libros tenga algo de malo en sí mismo. Lo cierto es que ese huirle al saber teorético no hace de Peña Nieto ni mejor ni peor persona. Por mucho que nos pese, hay que afirmar esto. Es más, si yo tuviera la certeza de que Peña Nieto fuera un excelente político, poco me importaría el que se manifestara como un perfecto iletrado. Incluso me atrevería a pensar que, en condiciones de excelencia política, la rusticidad intelectual podría serle de gran ventaja en un país como México, donde es menester más acción que reflexión. 
Con todo, el incidente bochornoso de la FIL sí que nos deja ver, de nueva cuenta, el verdadero problema de Peña Nieto, un problema que nada tiene que ver con los hábitos de lectura: no es un político de verdad y, en consecuencia, su vida pública ha sido una completa farsa publicitaria desde siempre. Y lo peor es que esa comedia de ballet está creciendo al vertiginoso ritmo de un interés compuesto del Fondo Monetario hasta alcanzar proporciones colosales que la ponen fuera de control en virtud del exceso de avaricia de los protagonistas; un exceso que, en sus pretensiones, está desproporcionado a las capacidades reales de la figura central y pone en peligro el futuro de todos.
¿Qué nos depara el destino con estos comediantes de la legua metidos a políticos? Bueno, los libros nos pueden ser de gran utilidad para descifrar estas cosas y anunciar el futuro. Y es que suele suceder que las tramas de la literatura se replican sin cesar en nuestra realidad del día a día. Vea por qué le digo esto. 
De todos es sabido que el actual proyecto del Nuevo PRI es propiedad y hechura de cierta empresa televisora del país. Sabemos también que no se trata de una relación simétrica. Esta empresa es en sí misma el corazón del proyecto y es la que, a nombre de la oligarquía local, pretende adueñarse del poder de la república. El PRI, por su parte, con tal de regresar al poder, y contra la opinión incluso de los escasos políticos priistas experimentados como Manlio Fabio, ha rentado su franquicia al proyecto de dicha empresa, cifrando con ello su final suicidio como organismo político. De concretarse este proyecto perverso que funda su poder en la posesión y uso de un bien público, de un bien que nos pertenece a todos los mexicanos, estaremos hablando de un pelelato en grado superlativo donde el mando y las decisiones en torno al rumbo de la vida nacional estarán en manos de una empresa televisora y el consorcio de accionistas y amigos que la conducen, bajo el consejo de los corifeos del micrófono, de comediantes baratos, cantantes de opereta y bailarinas de vodevil. Y para este efecto, y pese a las atrocidades manifiestas de los regímenes priistas de ayer, hoy y siempre, se ha creado la ilusoria imagen de un “Nuevo PRI” girando alrededor del actor estelar de esta monumental farsa: Enrique Peña Nieto.
Cuando un partido político deposita sus posibilidades de legitimización, no en sus virtudes propias, no en el ejercicio autónomo y juicioso del poder, no en sus hechos, no en su historia, sino en los poderes y en la voluntad unilateral de un agente privado y extraño a los intereses del bien público, ese partido termina por convertirse inexorablemente en un rehén, para luego dar lugar a una vergonzosa forma de gobierno que bien podría denominarse así, como la hemos denominado a la luz de la más elemental sabiduría confuciana: Pelelato.
Y sucede que esta trama ya la conocemos. 
En efecto, de mucha ayuda sería  a Peña Nieto y demás “nuevos priistas” el dar una atisbada ligera a ciertos trozos de las letras universales. Quizás en ese lance podrían caer en la cuenta de que están escenificando una trama muy socorrida, y cuya profunda verdad está cimentada en una experiencia antiquísima que debiera ser tomada en serio: la del hombre ambicioso que, con tal de dar cabal satisfacción a sus deseos, es capaz de transar con el mismo diablo o con todo aquel que facilite el logro de sus anhelos. Y de pasada se darían cuenta de que no hay razón para celebrar con bombo y platillo esta forma de actuar, pues, invariablemente, esa trama siempre apunta a un final con consecuencias fatales para el protagonista: la final perdición del ambicioso que, en sus afanes desbocados, ve a los demás como simples medios. Y lo que empieza como un acuerdo mutuamente benéfico entre legitimado y legitimador, se va convirtiendo al paso del tiempo en un señorío absoluto a favor del segundo. Con el tiempo, y una vez dejados atrás los sondeos legitimadores, las conchabadas de mano, los triunfos, los ungimientos, las caravanas y las fiestas, las loas y los vítores, los cañonazos atronadores sobre las almenas del palacio, el ambicioso va volviendo a su realidad miserable: la de ser un rehén de su dueño. En estas condiciones, al ambicioso le va resultando atrozmente difícil y tortuoso actuar con autonomía y si no es para cumplir la misión para la que fue instalado en el trono con el artilugio de una legitimidad artificial: la de dar satisfacción a los apetitos de su amo, de aquel que lo ha adquirido a cambio de cubrirlo de legitimidad, y de la cual lo puede despojar en un suspiro, con un chasquido de dedos. 
Mucho me recuerda este lance político de la gran casa televisora a otra obra universal. Ahí tiene usted nada más y nada menos que el reparto de una versión antitética, bufa, moderna y desgastada, del Fausto de Goethe. Por un lado, el gran Tentador, el caniche pulgoso, con sus olores acres y hediondos, el representante de Dios que se retuerce lastimosamente bajo los arcos lóbregos del laboratorio político. Por el otro lado, un Fausto moderno, ignorante, pero al igual que el personaje clásico, un ser atribulado, aburrido, anhelante de idílicos lances, el que sueña con elevarse a esteta consumado, el amante gozoso del poder, el dispuesto a montarse a horcajadas en el tonel de vino a cambio de migajas, el engañador engañado, el manipulador manipulado, y el que dice que todo lo sabe, pero nada sabe. Tiene usted un pacto sellado con gotas de sangre y, por supuesto, a Margarita, la enamorada a instancias de los artilugios del Gran Tentador, el producto accidental de un pacto misterioso que va más allá de su vista enamorada, de semblante pastoril, tan presa siempre de las rejas del ingrato y pueril amante. Y con todo, en nuestra versión moderna, no hay Margarita que valga para la redención de un Fausto de vodevil, de opereta, de aquel que va a extramuros de sus posibilidades,  y que no es capaz de definir, no ya una campaña militar imperial, sino una vulgar reyerta de borrachos en la más barata de las tabernas en una noche de brujas.  
Ahí tiene también al genial Dostoievski. A un Raskolnikov, el mediocre delirante, el minúsculo con sueños de titán, el que invierte la tabla de valores para justificar sus deseos, sus excesos, sus frustraciones. ¿Y qué decir de la clase política oficialista, intelectuales orgánicos y locutores y periodistas chayoteros que, al igual que Raskolnikov, dan forma al cortejo ruidoso que acompaña al Gran Tentador? ¿No tenemos en ellos a los borregos del Gran Inquisidor de Fiodor? Sí, por supuesto, ya conocemos a estos seres; se trata de aquellos borregos que se acercan a los pies del amo para luego arrodillarse y rogar con lloros, y decir: “Dame de comer y seré tu esclavo”.
¡Oh, Señor, mi Dios! Demasiadas esperanzas sembraste en ellos, sin darte cuenta que son como niños ignorantes, necios, con la razón y la libertad dobladas ante el imperio de sus apetitos apremiantes. Y por la tiranía de sus apetitos son incapaces de ser libres y auténticos, de conocer la verdad, y clamorean a gritos sin cansancio para que conviertas las piedras en pan, para que tomes la espada del César, y para que saltes desde el pináculo del templo.  
Y como tú, mi Dios, no accediste a sus clamoreos, como pediste fe, libertad y verdad, un imposible para ellos, por ello te vuelven la espalda para echarse a los pies del Gran Tentador, para luego insistir entre suplicantes lloros: “Dame de comer y seré tu esclavo”.       
Las tramas se replican. Son muy conocidas…Y no paran. 
Al PRI de siempre poco le había quedado de valor luego de aquella devastadora plaga del Salinismo y sucesores. No había quedado piedra sobre piedra al paso de aquella peste inmunda. Pero ahora, al arribo de este “Nuevo PRI” de Peña Nieto, de entre los escombros de aquel partido se levanta un ente que se acerca demasiado al perfil del que en mi opinión es el más célebre de los ambiciosos de la literatura universal. Me refiero al más torpe de los farsantes: al Tartufo de Molière, el impostor con Biblia en mano. Y es que de cierto que cada acto de este “Nuevo PRI”, cada discurso bíblico en ferias literarias, cada libro apócrifo, cada panfleto televisivo, cada acto de corrupción negado contra la razón, cada uno de los millones de pobres que son hijos legítimos de su cruel herencia, cada panegírico manando de los loros del micrófono, cada una de sus mentiras ingratas, no hacen sino traerme a la memoria los cómicos giros discursivos de religiosidad hipócrita del despreciable Tartufo, y tras de los cuales no se oculta otra cosa que la deshonesta intención de apropiarse del patrimonio de la gran familia del ingenuo Orgón, el jefe de casa que no atina a ver las reales pretensiones del más celebrado de los impostores.
Este nuevo Tartufo ronda en nuestra casa y no hay un rey sabio que haga sucumbir sus planes. Todo depende de que Orgón despierte para advertir y disipar el peligro que se levanta sobre su familia y su patrimonio. Y con todo, pese a que Orgón sigue adormilado con los discursos televisivos de Tartufo, gran esperanza ofrece el saber que en el pueblo llano que se ha manifestado críticamente en las redes sociales en torno al bochornoso suceso de la FIL, empieza a verse una Dorina que ve con facilidad y mucha anticipación las torpes mentiras de Tartufo. Sí, me refiero a esa Dorina, a la sirvienta de la casa de Orgón, a aquella muchacha que, tras cada uno de sus lances de crítica acre contra el desleal Tartufo, siempre terminaba motejada por Madame Pernell con un juego de palabras inolvidable, que ha llegado para quedarse: “La proletaria pendeja”.
Como dije: las tramas de los libros de gran talla se replican en nuestra realidad. Los libros son experiencia acumulada y, por ello, nos regalan anticipaciones de todo posible futuro en el mundo humano, con sus reglas de conducta añadidas. El que lee tiene la última palabra sobre lo que debe hacer frente a bizarras y modernas encarnaciones de Tartufo, sobre la manera en que debe actuar sabiendo a qué atenerse y en provecho de su felicidad y la de los demás. 
En la obra de Molière, el curso de las cosas se encargó finalmente de demostrar a Orgón y a Madame Pernell que Dorina, pese a ser una pobre proletaria, pese a ser la humilde sirvienta de casa, no tenía un pelo de pendeja y sí que era más inteligente y prudente que los dueños de casa. Por cierto que fue Dorina, con su leal persistencia, el eje de gravedad de las fuerzas que finalmente hicieron sucumbir la nave de Tartufo en los arrecifes de sus torpes mentiras. Esperemos, pues, que esto suceda en nuestra gran casa…por el bien de todos. 
No más Tartufos en casa.    
                 
Buen día.

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