Enrique Peña Nieto y las encuestas cuchareadas. Parte 3.

Parte 3 de 4: El derrumbe de la veracidad.    

Si desea leer las partes uno y dos de este apunte, le dejo enlaces a las mismas. 

Parte 1: 


Parte 2: 

La revolución de las redes sociales de internet.  

Ni duda cabe en torno que las redes sociales de internet fueron ampliamente subestimadas por los partidos políticos y los medios de información tradicionales. Este descuido le ha reportado varios costos a partidos y medios, porque las redes, a la larga, han desplegado un potencial increíble en dos ámbitos muy importantes: el flujo de información y la convocatoria política. 
Ya nadie puede poner en duda que las redes sociales han rebasado abrumadoramente a los medios de información tradicionales en lo que toca a cantidad, veracidad y oportunidad del flujo de información de los asuntos públicos. No abundaré en esto por su obviedad. 
A su vez, las redes también han logrado prender en los ciudadanos una chispa de conciencia social. Se trata de un estado de conciencia que despierta en ellos el adormecido entusiasmo por la colaboración con la vista puesta en una especie de ideal moral que parece estar empezando a superar al simple egoísmo: el bien común. Luego, y ya establecidos esos puentes de “sencilla cooperación” entre los mexicanos en las redes, se ha desplegado un poder de convocatoria espontáneo infinitamente superior al de los partidos. Y nada patentiza mejor esto que uno de los productos más legítimos y prometedores de las redes sociales: El Yo soy 132. 
Es un hecho inocultable que la jóvenes mexicanos se han contagiado por completo con el espíritu de rebelión inteligente de este movimiento, de tal manera que son ya imparables aquellas mentadas de madre a Peña Nieto y el PRI en cada ocasión que algún grupo de jóvenes tienen oportunidad de reunirse en público con cualquier motivo, ya sea de esparcimiento o ya sea de carácter político.
Al final, en el balance, los partidos políticos han quedado prácticamente pulverizados frente a esta nueva fuerza política que mana de las redes sociales. 
Y debemos resaltar que todos estos cambios alentadores en la sociedad mexicana debidos a la irrupción de las redes sociales en la política, están trayendo grandes oportunidades para impulsar nuestra transición hacia una verdadera democracia. 
La democracia está limitada en sus bondades mucho más de lo que imaginamos. En esencia, lo único que puede ofrecernos la democracia es un mecanismo legal para llegar a acuerdos, pero nada nos dice ni nos dirá jamás sobre el valor de verdad de esos acuerdos con respecto al fin último de la política - el bien público -, por el simple hecho de que la verdad en este terreno no es cuestión de mayorías, sino del apego de la razón de los individuos a los hechos y de la posibilidad de que ella aprehenda en la experiencia individual y colectiva acumulada determinadas reglas prácticas de conducta afines al bien público. Y en estas circunstancias el fluir de la información hacia los ciudadanos se convierte en un asunto de primera importancia para la deliberación eficaz en la cosa pública. Y es aquí donde calibramos en su justa dimensión lo dicho arriba.
Pero las redes sociales han generado otro fenómeno que yo me doy en llamar: el empoderamiento del sentido común. Se trata de un fenómeno que ha llegado para poner en muy serios aprietos a las encuestas electorales tradicionales. 

Recordando algunas cuestiones:

Antes de hablarle de ese empoderamiento del sentido común, déjeme darle una refrescada muy breve en torno a algunas cuestiones que abordamos en las partes 1 y 2 de este apunte, y que son de vital importancia para entender a cabalidad el tema de esta tercera parte. Si usted ya leyó esas partes y las tiene muy presentes, puede saltar al siguiente apartado.
Los estudios de preferencias electorales por muestreo probabilístico, como todo pensar científico, no están libres de producir resultados paradójicos a más y mejor. Es fácil ver esto si revisamos la forma en que se plantan encuestador – inteligencia científica - y lector u observador ordinario de estudios electorales – inteligencia de sentido común - al momento de aprehender y desentrañar el objeto de estudio en este caso: las preferencias electorales. Por un lado, el objeto de estudio del encuestador es un comportamiento determinado – preferencias electorales - de un agregado humano. Como tal, dicho objeto no se refiere a la preferencia electoral de personas concretas, particulares – Pedro, Juan, etc. -, sino a la preferencia electoral de un agregado humano derivado por inducción en base a una muestra probabilística. Por otro lado, cuando el lector u observador ordinario – inteligencia de sentido común - busca contrastar los resultados de una encuesta electoral contra “la realidad”, su objeto de “estudio” es la realidad de su sentido común, es decir, las personas concretas, particulares - Pedro, Juan, etc. - de su entorno de interacciones sociales inmediatas y del día a día. 
Como es obvio, el objeto de estudio del encuestador, por su nivel de abstracción, supera con mucho las capacidades de aprehensión del lector u observador ordinario de estudios electorales. Y es por esta diferencia fundamental en los objetos de “estudio” en cada caso que se da ocasión a la paradoja en este tipo de situaciones. Y la escala de lo paradójico en la percepción del observador ordinario dependerá de la cuantía de las diferencias entre sus resultados y los resultados de la encuesta electoral.  
Pero el observador ordinario confía en lo que afirman los estudios electorales formales porque éstos cuentan con un poderoso instrumento que puede demostrarnos la verdad de sus afirmaciones para convencernos de ellas, por más paradójicas que puedan parecernos: la prueba empírica. Y en el caso de los estudios formales de preferencias electorales el instrumento clásico que opera en calidad de prueba empírica – no se trata de un experimento toda vez que ninguna variable es manipulada - es la encuesta fundada en muestreo probabilístico, donde el valor de prueba científica deriva de la teoría de la probabilidad.  
El observador ordinario confía en esta prueba empírica por un acto de sensatez que, en esencia, reconoce dos cosas: Primero, que su entorno personal de interacciones sociales no replica las características de la población electoral total del país. Y segundo, que sus tanteos personales se fundan en el sentido común, que carecen de método y, por ello, sufren de múltiples sesgos que lo alejan de la realidad aprehendida por la inteligencia científica y plasmada en los estudios formales del área.
Todo lo anterior está apuntado bajo el supuesto de que las encuestas electorales en este país gozan de dos cualidades: están bien hechas y son veraces – gozan de credibilidad-.
Las encuestas electorales en México dan, desde tiempo atrás, una ventaja amplia a Enrique Peña Nieto en las preferencias electorales. Es una ventaja que, en promedio grueso, oscila entre 15 y 25 puntos porcentuales sobre el segundo lugar – AMLO -. Lo anterior ha generado en muchos mexicanos – un “muchos” que se cifra en millones - una suerte de sentido paradójico de las cosas. En efecto, en tanto que las encuestas hablan de una ventaja de Peña Nieto sobre AMLO, estos mexicanos hablan de una ventaja de AMLO sobre aquél, según sus tanteos sobre su realidad, que no es sino la realidad de su sentido común – personas concretas en su entorno de interacciones sociales -. Hemos llamado al asombro de estos mexicanos ante los resultados de las encuestas electorales como: La Paradoja Peña Nieto.
A su vez, estos mexicanos asombrados le han negado a las encuestas electorales que dan lugar a la Paradoja Peña Nieto toda validez como prueba empírica, y de ahí han pasado a estimar que esta paradoja es solo el antifaz de una gran mentira armada por medios de información y casa encuestadoras afines al priísmo. Pero esta negación nos pone en un serio dilema a la hora de juzgar a estos mexicanos asombrados. Si aceptamos los supuestos de que las encuestas están bien hechas y que gozan de veracidad, estamos obligados a calificar a estos mexicanos como un conjunto de insensatos. Pero si hay dudas en torno a la eficiencia y veracidad de las encuestas, entonces puede resultar que estos mexicanos son los más sensatos de los sensatos. 
Hemos dicho en la parte dos de este apunte que si usted delibera estas cosas como lo haría un hombre prudente, sensato, es decir, buscando atenerse a la razón aplicada a la experiencia personal y colectiva, y siendo lo más exacto posible, en la medida en que la materia lo permita, se dará cuenta de que, al final, en el balance, existen más razones para negar veracidad a las encuestas electorales que han fabricado la Paradoja Peña Nieto. 
En la parte 4 y final de este apunte veremos cómo es que las encuestas electorales reportan serias deficiencias técnicas; deficiencias que, “milagrosamente”, dan lugar a la Paradoja Peña Nieto.
Del sentido común al “sentido  en común”: el derrumbe de la veracidad de las encuestas. 
Bien, resulta que cuando cada uno de esos mexicanos asombrados accede a las redes sociales termina por percibir que su percepción paradójica de las cosas no es un hecho aislado, propio y exclusivo de él, sino que es un fenómeno extendido y compartido por millones de mexicanos a todo lo largo y ancho del país. Esto es tal como si las redes sociales hayan puesto en contacto entre sí al sentido común de cada uno de esos mexicanos asombrados para dar forma a un solo “sentido en común” colosal, de millones de cabezas. De ahí que haya hablado de este fenómeno de las redes sociales como “el empoderamiento del sentido común”. Veamos esto de otra manera para clarificarlo.  
Esta interacción en redes sociales de los mexicanos asombrados, es tal como si ellos hubieran conformado un equipo de decenas de miles de encuestadores dispersos por todas las entidades federativas y por todas las ciudades, distritos y secciones electorales del país, y donde cada uno de ellos ha sondeado las preferencias electorales de su realidad de sentido común – las personas concretas de sus respectivos espacios de interacción social de día a día -, para luego conjuntar los resultados en la red y contrastarlos contra los resultados de las encuestas tradicionales. En la imaginación de esos mexicanos, esto equivale a una muestra de dimensiones colosales que, en su opinión – y hablo de la opinión de esos mexicanos -,  posee mucho más representatividad que cualquier otra encuesta en el país, tanto en términos de número de elementos en muestra como en términos de dispersión geográfica y cultural. 
En estas condiciones, la percepción que queda en la mente de cada uno de estos mexicanos asombrados es que la Paradoja Peña Nieto es un fenómeno generalizado entre millones de ciudadanos que no dan crédito a semejante situación por sus matices absurdos. Y una consecuencia inevitable de esto, es que se refuerza el rechazo a las encuestas que han fabricado semejante paradoja por considerarlas carentes de veracidad, digamos que por mentirosas, en opinión de ellos. 
Luego, como las preferencias electorales en redes sociales muestran, además, una clara ventaja de AMLO, es inevitable, pues, que se refuerce todavía más esa desconfianza respecto de las encuestas tradicionales que dan ventaja a Peña Nieto. 
Aunque hay razones estrictamente técnicas para desacreditar la representatividad de esta “muestra colosal” de las redes sociales en virtud, sobre todo, de que no es una muestra probabilística, no se puede ocultar que la misma tiene un extraordinario poder persuasivo por varios motivos. 
Primero, si esta “muestra colosal” de redes sociales no es probabilística, lo cierto es que las encuestas tradicionales tampoco los son. En efecto, en la parte cuatro y final de este artículo demostraremos que las encuestas electorales tradicionales son estudios de voluntarios. 
Segundo, considera a casi la tercera parte del electorado en el país – en Facebook, por ejemplo, hay alrededor de 25 millones de usuarios con 18 años y más de edad -.
Tercero, posee una dispersión geográfica colosal. Es un hecho que en redes sociales participan millones de mexicanos que están localizados en todas y cada una de las ciudades, poblados y secciones electorales del país; algo que ni en sueños es alcanzado en las encuestas electorales tradicionales.  
Cuarto, considera a todos los grupos culturales y de ingresos del país.
Contra lo anterior, alguien podría objetar lo siguiente:
Primero, que hay diferencias significativas de preferencia electoral entre los usuarios de redes sociales y los no usuarios. 
Mi respuesta: acepto el argumento hasta que me demuestren la relación que existe entre inclinación a las redes sociales y la preferencia electoral. Por el momento, no encuentro relación alguna.
Segundo, que las redes sociales privilegian a los electores jóvenes por sobre los electores adultos y de la tercera edad. 
Mi respuesta: acepto el argumento porque está demostrado que hay una relación inversa entre edad e inclinación a las redes sociales – a más edad, menos inclinación -. Sin embargo, además de que las personas adultas y de la tercera edad no dejan de estar representadas en las redes sociales, los jóvenes serán determinantes en esta elección, tanto por su proporción en la masa de electores como por el entusiasmo que ha generado el movimiento 132. 
Tercero, que las redes sociales privilegian a los electores de estratos sociales medio y alto por sobre los estratos bajo y marginal.
Mi respuesta: acepto el argumento, aunque con muchas reservas. Digo esto porque las personas de estrato bajo y marginal suelen tener amplio acceso a las redes sociales a través de internet en centros de renta del servicio, en centros escolares y laborales, y en telefonía móvil.

Comentarios finales:

Desde luego que no es mi intención argumentar tratando de decir que las redes sociales son una “muestra colosal” más eficiente y representativa que las usadas por los estudios electorales tradicionales. Nada de eso. Es más, por increíble que parezca, quiero decirle que una encuesta probabilística diseñada con nivel de excelencia en lo técnico - situación muy ajena a México -, puede ser más exacta en sus resultados que un censo completo de la población objetivo. Más bien, lo que he querido hacerle ver con esta parte tres de mi apunte, es lo siguiente.
Las características de esa “muestra colosal” – y lo pongo entre comillas en franco reconocimiento de que no es una muestra representativa en estricto sentido - en las redes sociales le otorgan a éstas un extraordinario poder de persuasión. Y ya que las redes sociales muestran palmariamente una preferencia mayoritaria por AMLO, es inevitable que los mexicanos asombrados, de los que hemos hablado a lo largo de este artículo, refuercen su rechazo hacia las encuestas electorales que fabrican la Paradoja Peña Nieto.
Pero quiero señalar algo todavía más importante que lo anterior. La clara contradicción de resultados en lo que toca a preferencias electorales entre las redes sociales – a favor de AMLO – y las encuestas tradicionales – a favor de Enrique Peña Nieto -, dan ocasión a la verificación de una seria anomalía que debería exigir una revisión crítica de éstas, de las encuestas tradicionales. En palabras llanas, es francamente anómalo el hecho de que las encuestas electorales tradicionales afirmen una ventaja de Peña Nieto cuando 25 millones de electores en las redes – la tercera parte del electorado nacional – muestran una preferencia mayoritaria por AMLO. Algo anda mal en este asunto, y no precisamente en la gente  –el objeto de estudio -, sino en la forma de medir sus preferencias en los estudios tradicionales.   
Sin temor a equivocarme, puedo asegurarle que cualquier jurado de cualquier tribunal en un país que privilegie la honestidad en la conducta cívica, y que enfrentara un dilema como el señalado en el párrafo anterior, se vería inmediatamente apremiado a solicitar la revisión exhaustiva e inmediata de las encuestas tradicionales que favorecen a Peña Nieto, por más perfecta que hubiere sido su técnica de muestreo en el papel.
Quiero decirle que he revisado a fondo la metodología de la encuesta Urna Abierta. Me parece que es una encuesta pulcra en el sentido metodológico y con mayor poder representativo que las encuestas electorales tradicionales, no tanto por el número de elementos en muestra – que es muy grande, por cierto -, sino por su amplísima dispersión geográfica –inalcanzable para las encuestas tradicionales -. Es además imposible objetar a esta encuesta por el lado de lo probabilístico, porque, como ya he dicho arriba, las encuestas electorales tradicionales que fabrican la Paradoja Peña Nieto tampoco son probabilísticas en estricto sentido. Las unas y la otra son encuestas de voluntarios. 
Concluyo esta parte del apunte diciéndole que, en mi opinión, las redes sociales y su empoderamiento del sentido común, han terminado por mostrar serias anomalías en las encuestas electorales que fabrican la Paradoja Peña Nieto, y, con ello, han derrumbado la escasa veracidad de que gozaban éstas, si es que alguna vez la tuvieron.

Buen día.

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