Enrique Peña Nieto y las encuestas cuchareadas. Parte 1

 Parte 1 de 4: La Paradoja Peña Nieto.

Sentido común y conocimiento:

A lo largo de la historia del conocimiento se han dado diferentes interpretaciones al sentido común. Suelen ser conceptos brumosos. En nuestro caso, acudiremos a un concepto moderno de sentido común que tiene hondas raíces en Aristóteles. Diremos, pues, que el sentido común es un tipo de inteligencia especializada que se dirige a aprehender, conocer y describir sin lenguaje técnico, las cosas concretas y particulares relacionadas directamente con nuestros sentidos. De esta forma, sus caracteres distintivos son lo intuitivo – entendido éste vulgarmente, como conocimiento fundado en la percepción sensible, inmediata - y lo probable.

Al contrario del sentido común, la inteligencia científica y filosófica – el verdadero conocimiento - se dirige a las relaciones existentes entre las cosas concretas, a lo universal en ellas, para definirlas y explicarlas, y sus caracteres distintivos son lo abstracto – apartarse de las cosas concretas, por lo menos -, el discurso racional y la certidumbre. 
Así, el sentido común puede ser considerado como un tipo de conocimiento práctico diferente – aunque no menos importante – al verdadero conocimiento, y que está entre éste y la ignorancia completa. Y en esto, el sentido común estará más cerca del verdadero saber o de la ignorancia, según sean más o menos probables las razones en las cuales apoye sus aserciones. 

La paradoja:

Aunque también se han dado diferentes nociones de paradoja a lo largo de la historia del conocimiento, todas ellas comparten una cualidad: la capacidad de maravillar o de sorprender, de asombrar, por el simple hecho de proponer cosas que son como se dice que son. Y en el caso de la clase de paradoja a la que nos hemos de referir aquí – la psicológica -, su capacidad de asombrar deriva del extrañamiento o choque que se produce entre la proposición paradójica y el sentido común.
Es precisamente el carácter abstracto de la inteligencia científica lo que la convierte en una fuente inagotable de paradojas para el sentido común. Esto, en virtud de que el objeto al que se refiere la primera es aprehendido de manera muy diferente por el sentido común. 

El acervo del sentido común:

Toda cultura da forma a un acervo de sentido común, las llamadas verdades de sentido común. Este acervo está compuesto por las opiniones aceptadas por todos los integrantes de una sociedad, y que dan contenido al discurso que conocemos bajo los epígrafes de: “buen juicio” o “sensatez”. 
Las llamadas "verdades de sentido común" no son estáticas, cambian en el curso de la historia. Así, ciertas opiniones que durante un tiempo fueron consideradas como paradójicas y, por tanto, infringiendo el sentido común, pueden luego incorporarse al acervo de éste. En general, puede decirse que toda proposición filosófica o científica que no haya pasado el acervo del sentido común ofrece un perfil paradójico.

Las paradojas en la ciencia:

Hasta antes de la nueva ciencia - Copérnico y Galileo -, la historia de la paradoja es la historia de la condena a muerte. En efecto, en esa vieja historia abundan las hipótesis o teorías que, pese a apuntar a la verdad, y pese a adelantarse a su tiempo por siglos o milenios, no gozaron de aceptación y fueron luego rechazadas como falsas por el simple hecho de servir de vehículo a la paradoja. Baste mencionar, por ejemplo, los casos del atomismo de Demócrito y el heliocentrismo de Aristarco de Samos; dos visiones de diferentes apartados del mundo que, a pesar de su carga de verdad, fueron condenadas a la mentira por su carga paradójica y no resucitaron sino hasta siglos después de que sus autores habían desaparecido de la faz de la Tierra. Pero la historia de la paradoja cambió radicalmente a partir de la nueva ciencia. Desde entonces, la paradoja ya no es una condena a muerte automática para una hipótesis o teoría, y sí más bien una motivación para la discusión, la crítica y la revisión. Sin embargo, pese a la nueva cara de la paradoja en el mundo moderno, el hombre ordinario de los tiempos que corren sigue asistiendo al asombro cada vez que está frente a ciertas proposiciones científicas, porque su inteligencia del día a día, la ordinaria, es la del sentido común. 
En efecto, el sentido común nos convierte en un Josué cada vez que nos indica que es el Sol el que se mueve alrededor de la Tierra. Y con todo, la ciencia nos asombra al indicarnos que esto es al revés, que es la Tierra la que gira alrededor del Sol.  
Nada como el átomo para perturbar la paz y la serenidad del sentido común, pues es fuente inagotable de paradojas toda vez que se encuentra tan fuera del rango de dominio de nuestros sentidos. La física moderna - una rama de la ciencia donde la moneda corriente es la abstracción y donde lo intuitivo es arsenal agotado – nos dice, por ejemplo,  que la computadora que en este momento usamos es, en realidad, un torbellino de partículas atómicas donde prima el vacío. Sin embargo, esta proposición nos resulta paradójica porque nuestros sentidos nos indican que la computadora es un objeto continuo, sólido y muy estable. Por lo menos para los sentidos, el átomo no existe y la computadora “es” lo que percibimos. 

El valor de la prueba experimental:

Pero si la ciencia moderna sigue llevándonos a resultados paradójicos – cuando esto sucede, por supuesto -, ¿por qué el observador ordinario moderno, el lego, no le vuelve la espalda para confiar mejor en su sentido común? ¿Por qué no mandamos al cajón del error y el olvido al físico moderno tal como hicieron los griegos antiguos con Demócrito?
Confiamos en lo que afirma la ciencia moderna porque ésta, a diferencia de la filosofía antigua, cuenta con un poderoso instrumento que puede demostrarnos la verdad de sus afirmaciones para convencernos de ellas, por más paradójicas que puedan parecernos: la prueba experimental.   
Es así que la prueba experimental ha despojado a la paradoja de su sello de condena a muerte y, con ello, se ha convertido, podría decirse, en la llave de entrada de las proposiciones científicas paradójicas al acervo del sentido común, de las opiniones que constituyen la creencias del hombre sensato y de buen juicio en el mundo moderno. Y por supuesto que es por ella, por la prueba experimental – empírica -, que hoy en día el hombre sensato cree en los átomos y cree en una Tierra girando alrededor del Sol, por mucho que tales cosas le reporten una carga paradójica.   

Las paradojas en los estudios electorales:

Los estudios de preferencias electorales por muestreo probabilístico, como todo pensar científico, no están libres de producir resultados paradójicos a más y mejor. Es fácil ver esto si revisamos la forma en que se plantan encuestador – inteligencia científica - y lector u observador ordinario de estudios electorales – inteligencia de sentido común - al momento de aprehender y desentrañar el objeto de estudio en este caso: las preferencias electorales. 
Por un lado, el objeto de estudio del encuestador es un comportamiento determinado – preferencias electorales - de un agregado humano. Como tal, dicho objeto no se refiere a la preferencia electoral de personas concretas, particulares – Pedro, Juan, etc. -, sino a la preferencia electoral de un agregado humano derivado por inducción en base a una muestra probabilística. Por otro lado, cuando el lector u observador ordinario – inteligencia de sentido común - busca contrastar los resultados de una encuesta electoral contra “la realidad”, su objeto de “estudio” es la realidad de su sentido común, es decir, las personas concretas, particulares - Pedro, Juan, etc. - de su entorno de interacciones sociales inmediatas y del día a día. 
Como es obvio, el objeto de estudio del encuestador, por su nivel de abstracción, supera con mucho las capacidades de aprehensión del lector u observador ordinario de estudios electorales. Y es por esta diferencia fundamental en los objetos de “estudio” en cada caso que se da ocasión a la paradoja en este tipo de situaciones.  
Y hay aquí una fuente adicional para las paradojas: la teoría de la probabilidad. Cierto, la inteligencia del encuestador, como pensar científico, se funda en la teoría de la probabilidad. Pero resulta que no hay nada tan letal –por asombroso - para el sentido común que esta teoría. En efecto, muy pocas personas ordinarias, de las que juzgan estas cosas con el sentido común, logran entender, por ejemplo, cómo es que una muestra probabilística de 1,000 personas permite estimar las mismas cosas para una población de 100 mil personas que para una de 10 millones de personas. Y aunque esto parece increíble, asombroso, es posible hacerlo con bases científicas. 

Las paradojas en las encuestas presidenciales:

Las encuestas sobre preferencias electorales para la presidencia de la república trabajan un esquema de muestreo que, básicamente, consta de las siguientes cuatro características:
Primera: Usan un marco de referencia – universo de observación susceptible de ser medido – que considera a todos los mexicanos de 18 años y más de edad con credencial de elector.
Segunda: En teoría, y solo en teoría, se fundan en la teoría de la probabilidad para extraer una muestra probabilística del marco de referencia y donde cada elemento de éste tiene una probabilidad igual de ser seleccionado en muestra. 
Tercera: Pese a que la muestra extraída está conformada por personas concretas – Pedro, Juan, etc. -, el uso de la inducción y la teoría de la probabilidad es lo que permite abstraerse de ellas y así generalizar los resultados de la muestra hacia el marco de referencia - todos los mexicanos de 18 años y más de edad con credencial de elector -. 
Cuarta: Aunque la inducción permite generalizar, tampoco alcanza total certidumbre. De aquí que se tiene que aceptar un nivel de error probable en toda estimación. El hecho de que usted encuentre que todos los cuervos a la vista son negros, no descarta que pueda haber cuervos albinos.    
Ahora bien, ya hemos visto antes que el observador ordinario esta constreñido al marco de referencia de su sentido común; marco que, en este caso, está conformado por las personas concretas que forman parte de su entorno de interacciones sociales.  Pero además, las muestras que el observador ordinario extraiga de su marco de referencia serán a conveniencia, no probabilísticas, toda vez que habrá de elegir a las personas de su entorno a sondear según facilidad de acceso, muy “a modo”, es decir, a las personas que mejor se acomodan a la charla y que, sobre todo, están dispuestas a externar sus preferencias electorales. El resultado de todo esto es que las conclusiones del observador ordinario solamente representan las preferencias de las personas concretas que ha muestreado y jamás podrán ser generalizadas ni a su marco de referencia – su mundo de interacciones sociales como un todo – y mucho menos a todos los mexicanos de 18 años y más de edad con credencial de elector en el país.
Como es ya evidente, existen grandes diferencias en ambos casos.  Son dos objetos de estudio diferentes y dos métodos diferentes que, las más de las veces – si no es que siempre -, llevarán a resultados diferentes. En efecto, cada vez que un observador ordinario pretenda contrastar los resultados de una encuesta electoral contra la realidad – una realidad que no es sino la de su sentido común -, lo más probable es que llegue a resultados diferentes a los de la encuesta electoral. Y así, es altamente probable que el observador ordinario, con sus tanteos personales, arribe a situaciones que le parecerán entre ligeramente paradójicas a completamente paradójicas. Y esta escala de lo paradójico en su percepción dependerá de la cuantía de las diferencias entre sus resultados y los resultados de la encuesta electoral.  
Suponga, por ejemplo, que una encuesta electoral por muestreo probabilístico a nivel nacional ha encontrado que 4 de cada 10 mexicanos en edad de votar prefieren a EPN para presidente. Pero sucede que un observador ordinario X ha obtenido en muchos de sus tanteos personales que, en promedio grueso, solo 2 de cada 10 personas de su entorno prefieren a EPN. En estas circunstancias, es muy probable que X perciba en esto una situación paradójica y se pregunte muy perplejo lo siguiente: ¿A dónde han ido a parar los otros dos que prefieren a EPN?

Magic Town:

Como puede verse, es casi imposible que el observador ordinario se desembarace de las paradojas cuando trata de contrastar resultados de encuestas electorales con la realidad, su realidad, a través de tanteos propios. Y es ya obvio que el observador ordinario solo estará a salvo del asombro, de la paradoja, cuando sus tanteos personales arrojen resultados iguales, o significativamente iguales, a los resultados de la encuesta. Sin embargo, este escenario de resultados iguales se dará por mero accidente. Y podrá suceder en una ocasión, pero no en varias veces, si no es que se cree en los milagros. 
Para que los resultados de un observador ordinario y una encuesta electoral fueran siempre coincidentes de manera sistemática, en todas las veces en que aquél haga un tanteo personal, suponiendo todo lo demás igual, se requeriría que el entorno personal de interacciones sociales del observador ordinario – el ámbito que utiliza su sentido común - fuera una réplica exacta de la población electoral total del país, al menos en lo que toca a las variables que determinan de manera significativa la preferencia electoral…¿Es posible esto?...Le respondo esto con la trama de una película.   
James Stewart protagonizó una película llamada “Pueblo mágico”. Ahí, en ese filme, Stewart encarna a un investigador de opinión pública que encuentra un pequeño pueblo llamado Grandview. Pero lo que tiene de pequeño este pueblo lo tiene de asombroso, de mágico. Y lo asombroso de este pueblo consistía en que las características de la población local reflejaban perfectamente las características de todo el pueblo norteamericano en todos los aspectos. Por supuesto que este hallazgo representó para James, el encuestador, una verdadera mina de oro. Y es que, bajo estas circunstancias excepcionales, para inferir la opinión de todos los norteamericanos en cualquier tema y con grande exactitud y precisión, a James solo le bastaba con muestrear a los habitantes del pequeño Grandview. 
Con todo, sabemos que Grandview es mera ficción, una construcción fantástica del cine. Así que la respuesta a la pregunta anterior es un: No. No es posible que el entorno personal de interacciones sociales de un observador ordinario sea una réplica exacta de la población electoral total del país. Digo, a menos que estemos dispuestos a creer en las ficciones del cine.  

El valor de la prueba empírica:

¿Y por qué el observador ordinario no le vuelve la espalda a los estudios de preferencias electorales para confiar mejor en su sentido común, en lo que le dicen sus tanteos personales? 
La respuesta aquí se apunta en el mismo rumbo que en el ejemplo de la física moderna que citamos arriba. Así es, el observador ordinario confía en lo que afirman los estudios electorales formales porque éstos cuentan con un poderoso instrumento que puede demostrarnos la verdad de sus afirmaciones para convencernos de ellas, por más paradójicas que puedan parecernos: la prueba empírica. Y en el caso de los estudios formales de preferencias electorales el instrumento clásico que opera en calidad de prueba empírica – no se trata de un experimento toda vez que ninguna variable es manipulada - es la encuesta fundada en muestreo probabilístico, donde el valor de prueba científica deriva de la teoría de la probabilidad.  
El observador ordinario confía en esta prueba empírica por un acto de sensatez que, en esencia, reconoce dos cosas: Primero, que no es James Stewart, que no vive en Magic Town, y que, en consecuencia, su entorno de interacciones sociales no replica las características de la población electoral total del país. Y segundo, que sus tanteos personales se fundan en el sentido común, que carecen de método y, por ello, sufren de múltiples sesgos que lo alejan de la realidad aprehendida por la inteligencia científica y plasmada en los estudios formales del área.  

La Paradoja Peña Nieto.

Sabemos que las encuestas han puesto a Enrique Peña Nieto a la cabeza de las preferencias electorales desde hace mucho tiempo. Con el tiempo, el grueso de las encuestas que lo favorecen ha ido aflojado los remos de dicha ventaja. Hoy por hoy, y en promedio grueso – la exactitud no es importante para nuestro caso -, aquéllas dan a Peña Nieto una ventaja que anda rayando entre 15 y 25 puntos porcentuales por sobre el segundo lugar – AMLO -. Y aclaro que estoy omitiendo en esto a las encuestas que recién ubican al priísta con alrededor de 10 puntos porcentuales o menos de ventaja – De las Heras, Covarrubias y Berumen -, porque, a decir de los portavoces mediáticos del priísmo, éstas son casos atípicos y poco confiables.   
Para poner en términos más intuitivos el asunto, digamos que ese grueso de encuestas arrojan la siguiente relación entre los candidatos a la presidencia: 4 de cada 10 mexicanos en edad de votar tienen preferencia por Peña Nieto - al principio de esta fiebre eran 5 de cada 10 -, 3 de cada 10 tienen preferencia por AMLO, y 2 de cada 10 mexicanos por la Chepa. 
Pero a lo largo de todo ese tiempo ha ido emergiendo un creciente número de ciudadanos – que ya se cifra en millones - que se declaran perplejos en virtud de que detectan una franca inconsistencia entre los resultados de las encuestas – los señalados arriba - y la realidad de su entorno de interacciones sociales en cuanto a preferencias electorales; una realidad que, como hemos visto, no es sino la realidad de su sentido común - amistades, familia, compañeros de trabajo y escuela, vecinos, iglesia, etc. –. Y por supuesto que, a partir de esa inconsistencia, estos ciudadanos experimentan un sentido paradójico de las cosas. Se trata de un fenómeno que me doy en llamar: La Paradoja Peña Nieto. 
En efecto, mientras las encuestas formales colocan a Peña Nieto a la cabeza en los términos apuntados arriba – 4 de cada diez mexicanos lo prefieren -, sucede que los tanteos de esos mexicanos invierten la realidad de las encuestas para ubicar a AMLO a la cabeza y al resto de contendientes en pos de éste.

El rechazo a las encuestas electorales:

El mundo antiguo rechazó la teoría heliocéntrica de Aristarco y le colgó el epígrafe de herejía por el simple hecho de que contradecía lo que informaba el sentido común. El mundo hubo de esperar largo tiempo para que Copérnico, Galileo y Kepler, lograran demostrar que la Tierra gira alrededor del Sol a través de la rigurosa observación de los planetas y convertir a esta verdad en parte del acervo del sentido común. Hoy en día se juzga de sensato a aquel hombre que se ciñe al heliocentrismo. 
En teoría, las encuestadoras mexicanas han demostrado empíricamente que EPN va a la cabeza de las preferencias electorales en la carrera presidencial y que AMLO permanece en segundo lugar, y acercándose. Sin embargo, algo curioso ocurre en este caso. Sucede que esos mexicanos “asombrados” con la Paradoja Peña Nieto han optado por negar a las encuestas electorales que dan forma a esta paradoja su condición de prueba empírica; les vuelven la espalda, les reputan la condición de una gran mentira para terminar confiando más en sus tanteos personales fundados en la inteligencia de su sentido común, la cual les indica que AMLO va a la cabeza de las preferencias. ¿Qué sucede aquí? 
Por supuesto que podemos comprender el error del mundo antiguo en su rechazo hacia Aristarco porque aquel mundo carecía de la prueba empírica. Pero en el caso de estos mexicanos asombrados que viven en el seno de una cultura cuyo corazón está bajo el primado de la ciencia moderna, ¿qué podemos decir? Si estos mexicanos asombrados asumen las pruebas de la ciencia a favor del heliocentrismo y del átomo ya como parte de su acervo de sentido común, ¿por qué no aceptan las pruebas empíricas de las encuestadoras y reputan a la Paradoja Peña Nieto la condición de una gran mentira? ¿Acaso han perdido la sensatez al grado de juzgar y decidir las cosas en este terreno, no conforme a verdad, sino a conveniencia, o aun al modo que lo harían los hombres del mundo antiguo? 

Hemos trabajado hasta ahora bajo el supuesto de que las encuestadoras que han dado forma a la Paradoja Peña Nieto hacen bien su trabajo, que son dueñas de la verdad y que la hacen prevalecer bajo cualquier circunstancia. Si partimos desde este supuesto, es inevitable tener que concluir que esos mexicanos asombrados son unos insensatos, que han perdido el buen juicio. Y de hecho ésta es la forma en que los portavoces mediáticos priístas asumen este asunto. Sin embargo, juzgar así también nos lleva a asumir posiciones semejantes a los hombres del viejo mundo helenístico, toda vez que hacemos uso de la falacia de la autoridad científica y simplificamos irresponsablemente la realidad de esos mexicanos asombrados. 
La cuestión no es tan simple como parece. Y digo esto porque la actitud de rechazo de esos mexicanos asombrados hacia las encuestas está fundad no solo en la percepción de lo paradójico de la situación, sino también en cuestiones que atañen a la sustancia de nuestra historia política. Y se trata de cuestiones que afectan negativamente la veracidad de las casas encuestadoras en este país y que le otorgan a esa paradoja el aire muy verosímil de una gran mentira mediática. 
¿Hay razones para restarle veracidad a las casas encuestadoras en México?
Dejaré hasta aquí esta primera parte del apunte. La parte dos se enfocará en algunas cuestiones que han ido en detrimento de la veracidad de las casas encuestadoras. La parte tres abordará un fenómeno que, habiendo transformado el “sentido común” en “sentido en común”, ha terminado por clavar el rejón de muerte a esa veracidad. Y en la parte cuatro veremos algunas manipulaciones metodológicas en encuestas que se erigen como causas de la Paradoja Peña Nieto y que nos demuestran con toda claridad que las casas encuestadoras, o no poseen la verdad en esta cuestión, o que si alguna vez la han tenido en sus manos, no la han hecho valer sin importar las consecuencias.  
Al final, en el balance, podremos ver que la Paradoja Peña Nieto – el supuesto primado de Peña Nieto en las preferencias electorales – no es sino el antifaz del más grande engaño en la historia moderna del país, y que esos mexicanos asombrados que se niegan a confiar en las encuestas que dan origen a esa paradoja son, muy probablemente, los ciudadanos más sensatos en estos tiempos que corren.

Buen día.   

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