Enrique Peña Nieto y las encuestas con ventajas hipotéticas.

En un anterior artículo - “Mitofsky: encuestas en apuros y supuestos heroicos” -, vimos cómo es que el 57.1 % de rechazo de la última encuesta de Mitofsky en torno a las presidenciales de este 2012 merma feamente sus pretensiones teóricas de representatividad. Mi opinión es que se trata de un estudio que representa exclusivamente la opinión de los 1,000 mexicanos que decidieron participar, o de los mexicanos que sí están dispuestos a participar en una encuesta, y que, por tanto, no pueden ser generalizados o inferidos hacia el comportamiento de la población total de electores en México.


Le anexo enlace al artículo por si desea leerlo.


En ese apunte decíamos que este tipo de problemas deriva de contaminar la muestra original - que ha surgido de un método probabilístico – con la práctica de sustituir los elementos en ella – personas seleccionadas - que no quieren participar a la hora de aplicar la encuesta con elementos que sí quieren participar pero que no estaban en la muestra original. 
Decíamos también que este recurso - teóricamente ilegítimo - de sustitución de elementos en la muestra original solamente puede salvar la representatividad de un estudio bajo el supuesto heroico, tirado de los pelos, de que los elementos que no quieren participar en la encuesta y que estaban en muestra originalmente son exactamente iguales a sus sustitutos – los que si quieren participar - en lo que toca a las variables bajo estudio – preferencias electorales -. Y el problema central es que este supuesto heroico mete un sesgo potencial enorme en los resultados de toda encuesta toda vez que, en la realidad, sí pueden existir significativas y críticas diferencias entre esos dos grupos de gentes. 
El tamaño del sesgo derivado de estos procedimientos pragmáticos dependerá del número de elementos en muestra que han sido sustituidos y de las diferencias existentes entre los dos tipos de personas – los que sí participan en la encuesta y los que no participan -. 

Mala calidad de los estudios electorales en México:

El problema de rechazo a las entrevistas no es exclusivo de esta encuesta de Mitofsky. Si el lector revisa las encuestas electorales en México se dará cuenta que este problema es general y a veces alcanza grados preocupantes. Casi le aseguro que ese asunto andará rondando en un rechazo promedio de entre 35 % y 45 %, y con una alta dispersión. Con alta dispersión, me refiero a que podrá encontrar rechazos de 20 % o menos y de hasta 60 % o más. Y le advierto que es posible que el problema de rechazo sea mayor a lo que se reporta públicamente.
En el apunte anterior vimos a detalle que el problema de la no respuesta en los estudios electorales no es culpa del ciudadano que se niega a participar. Este asunto es más bien reflejo de la mala calidad del plan de investigación. Lo cierto es que si el investigador no logra interesar a ciertos ciudadanos en la entrevista, esto se debe a que no conoce la mentalidad de su población objetivo, no sabe maximizar el interés del ciudadano, y esto termina por reflejarse en resultados con altas tasas de rechazo.
Para ciertos lectores que han hecho comentarios en el primer apunte, aclaro que lo anterior aplica a cualquier encuesta, independientemente de quién resulte ganador en la misma. Los números y la teoría de la probabilidad no conocen de partidos ni de ideologías.  

La prontitud de los estudios electorales: 

Alguien podría atravesar el argumento de que este problema de rechazo es inevitable dado el carácter de prontitud que tienen las encuestas electorales – según es el uso, se realizan en unos cuantos días –, por lo cual no existe tiempo suficiente para dar seguimiento a los que rechazan la entrevista. Razonable argumento éste, pero seguimos en lo mismo: técnicamente no sirve para justificar la sustitución de elementos en la muestra. 
Además, si el caso fuera la falta de tiempo para dar seguimiento a los que rechazan, entonces el investigador debe empezar a examinar la posibilidad de un cambio en sus planes de investigación – hay muchas alternativas – tanto en los métodos de recopilación de información como en tiempos. 
Pero suponga el lector que, pese a los mejores esfuerzos de investigación y planeación, pese a la ejecución de todos los esfuerzos de mejora por parte de las empresas de encuestas, siguen prevaleciendo niveles de rechazo a encuestas significativos. Suponga que se nos demuestre, por ejemplo, que alrededor de un 50 % de mexicanos obstinados no quieren participar en las encuestas así venga Dios y se los solicite - como así parece ser según los datos -. Bueno, si ésta fuera la realidad última, más conviene al investigador plantearse las siguientes vías de trabajo:
Primera, limitarse a realizar investigaciones con voluntarios y cuyos resultados, en consecuencia, solamente representan la opinión de los que participan y no sirven para hacer inferencias a la población total. Se trataría de encuestas tipo internet. De hecho, puede pensarse que las encuestas electorales en México, en virtud de sus altas tasas de rechazo, realmente son encuestas de voluntarios; pero por supuesto que esto no se dice jamás.   
Segunda, hacer lo anterior, pero disfrazando a las encuestas con el traje probabilístico para darles “validez” hipotética en la inferencia a la población total. Como puede ver el lector, esta opción se refiere a lo que hacen de hecho las empresas encuestadoras en México. Mas, en este caso, debiera aclararse al público que todo resultado descansa en el supuesto heroico a que hemos hecho referencia al principio del apunte. Ya el ciudadano sabrá si otorga crédito o no a los resultados.
Tercera, si el investigador no desea aclarar que trabajar con voluntarios – como de hecho lo hacen - ni aclarando que trabaja bajo supuestos heroicos, lo que le restaría por hacer es, simple y sencillamente, no realizar estudios electorales.  

“Pueblo mágico”:

Las empresas de encuestas suelen enfrentar el problema de rechazo con el criterio operativo de sustituir al que rechaza con la persona de la vivienda contigua. En esa lógica, ellos parten de que las dos personas, sustituido y sustituto, son de estratos similares por vivir en la misma vecindad y, entonces, de ahí se concluye heroicamente que las dos personas son iguales en preferencias electorales.
James Stewart protagonizó una película llamada “Pueblo mágico”. Ahí, en ese filme, Stewart encarna a un investigador de opinión pública que encuentra un pueblo mágico llamado Grandview donde las características de la población local reflejan perfectamente las características de todo el pueblo norteamericano en todos los aspectos. Así que, a decir verdad, James Stewart se encontró con una mina de dinero para toda empresa encuestadora: solamente tenía que hacer sus investigaciones en Grandview para inferir la opinión de todos los habitantes de los EUA. 
Creo  que solamente en ese escenario mágico del mundo del cine cabría esperar que los supuestos de los encuestadores mexicanos en lo que toca al rechazo sean reales o creíbles. Y es que solamente en ese mundo, en Grandview, usted podría ponerle ruedas de carreta a su auto y vivir persuadido de que las dos ruedas son iguales. O solamente en Grandview podría ver usted el siguiente diálogo:
- Doctor – le dice uno a su médico – Fíjese que no advertí que mi muestra de orina se mezcló con la de otra persona. Y bueno, de todos modos se la he traído para el análisis. Usted me dice si vale para…
- Y dígame – interrumpe el médico -: ¿Quién es esa otra persona?...¿Vive con usted?
- Mi abuelo…y no, vive al lado de mi casa. 
- Bien, no importa, vamos a hacer el análisis bajo el supuesto de que la orina de su abuelo es igual a la suya porque es su vecino.  
Y listo. Ah, pero si su abuelo está enfermo de muerte, adiós te dije. 
Encuestas especulativas:
 Sin embargo, sabemos que México, el mundo real, no es Grandview, y que los encuestadores distan mucho de ser James Stewart. Así que más vale hacernos las siguientes preguntas. 
¿Usted cree que los vecinos de su manzana o de su cuadra piensan igual que usted en lo que toca a política? Es más, ¿los de su casa piensan exactamente igual que usted en este ámbito?
Y si en la realidad sus vecinos y familiares no piensan igual que usted en política, ¿por qué las empresas de encuestas sustituyen a los elementos en muestra que no quieren participar con los que sí quieren participar bajo el supuesto heroico de la igualdad entre esas dos clases de gentes?
Alguien podría decir que sí se puede suponer la igualdad, otro podría decir que no, otro que “más o menos”, otro que “casi casi”, otro que “casi no”, otro que “tal vez”. Sin embargo, lo cierto es que ninguna persona tendrá bases objetivas y convincentes para soportar su afirmación porque se está basando en creencias, en corazonadas. Y como todo en este terreno está en el aire, en las argumentaciones sin bases objetivas, estamos ya en el reino de la especulación, no de la ciencia positiva.
Ahora bien, aun en este terreno de la especulación hay argumentos sobrados para poner en duda la especulación de las empresas de encuestas en México. Ellas especulan para afirmar que sí hay igualdad de preferencias electorales entre un ciudadano típico que rechaza entrevistas y uno que sí las acepta. Yo, por mi parte, también me puedo poner a especular para encontrar argumentos muy persuasivos que afirmen en contrario, es decir, para decir que sí hay diferencias críticas entre los dos tipos de ciudadano en México. Y además podría basar mis corazonadas en los resultados de abundante investigación empírica que confirma que sí hay diferencias sustantivas en ese terreno.
Caminemos, pues, un tramo por la ruta de la especulación de la mano de las empresas encuestadoras en México. 
En México, ¿quiénes estarían más dispuestos a participar en una encuesta electoral? Son muchas opciones, pero destacan las siguientes: jóvenes que están ansiosos por afirmar su recién lograda ciudadanía; matrimonios jóvenes; gente con una percepción menos crítica en torno a la violencia y la inseguridad; pero, sobre todo, gente satisfecha con el actual estado de cosas en el país y que, por ello, confía en las encuestas.
¿Quiénes se resistirían a una entrevista? Creo que básicamente serían los siguientes: gente de la tercera edad; los muy ricos; los muy pobres; los que desconfían del gobierno; los que tienen una percepción muy crítica de la violencia y la inseguridad; pero, sobre todo, gente que está irritada por el actual estado de cosas y que, por ello, no confía en las encuestas y las rechaza. 
Si alguien no está de acuerdo con lo anterior, estará también especulando, como yo. Así que seguiremos entrampados en el mismo problema hasta en tanto no se me demuestre algo empíricamente en este ámbito. 
Si aceptáramos como ciertas mis especulaciones para suponer que sí hay diferencia crítica entre los ciudadanos que rechazan entrevistas y los que aceptan, el lector puede ya ver que los resultados de las encuestas electorales serían diametralmente opuestos a los actuales. Muy probablemente el PRI y el PAN se nos irían al fondo de las preferencias, o quizás todos los partidos se hundirían. 
Pero el hecho rotundo es el siguiente: como nadie hasta el momento puede demostrar a las empresas de encuestas que sus especulaciones en torno al tratamiento del rechazo son falsas, ellas seguirán montadas en su macho para persistir en su supuesto heroico de que sí hay igualdad entre los dos tipos de ciudadano. 

Democracia y verdad:

Los alcances de la democracia son muy limitados. Lo único que puede ofrecernos es un mecanismo para encontrar una forma de organización política y social por libre consenso. Pero nada puede hacer por sí sola en lo que toca a la calidad de esa meta, porque eso depende del grado de verdad en las opiniones que constituyen ese consenso. 
Esa limitación de la democracia es fácil de entender cuando recordamos que la razón no depende del consenso político o de los votos de una mayoría. La razón y su verdad, su adaptación adecuada a la realidad, dependen de la información que usted le acerque a ella para deliberar. La mente es como una computadora. Si la información es buena, la razón nos lleva por el camino de la verdad; pero si es mala, nos lleva al error y al fracaso. Y en este sentido, la calidad de los resultados de toda organización democrática depende en gran medida de la calidad de la información de que disponga el ciudadano promedio en torno a lo asuntos públicos. 
En este sentido, de grande y fundamental importancia debiera ser para  todo político que se precie de ser demócrata aquello de procurar a su comunidad las instituciones necesarias para el logro de flujos de información de alta calidad para la toma de decisiones en el consenso democrático. Y sin embargo, vemos que no hay políticos que se estén ocupando en este asunto de los estudios de opinión pública en tiempos electorales. Y no lo hacen a pesar de que la evidencia nos muestra que los estudios en este ámbito dejan mucho que desear en cuanto a calidad y pueden constituirse, por ello, en fuentes potenciales de sesgos graves en la toma de decisiones por parte del ciudadano; sesgos que luego pueden mermar en nuestras posibilidades para encontrar el mejor arreglo posible a nuestra organización política y social.
Ahora bien, bajo la anterior óptica ¿hay justificación ética para tolerar la baja calidad y los sesgos potenciales en los estudios electorales en México? No, no la hay, sobre todo considerando los riesgos implicados – se juega el futuro de una nación - y, fundamentalmente, el hecho de que hay múltiples soluciones a la mano. 

Un dato interesante:

Sin embargo, quiero llamar su atención sobre dos datos muy importantes en las encuestas electorales.
Por un lado, el promedio del rechazo en las encuestas debe andar rondando el 35 % ó el 40 %, en el mejor de los casos. En el caso de las encuestas telefónicas ese problema debe ser tan abrumador, que más valdría verlas como encuestas de internet. Por otro lado, el promedio de mexicanos en edad de votar que sí participan en encuestas pero que están indefinidos en sus preferencias electorales anda rayando el 20 %. Así que, para efectos prácticos, lo anterior significa una cosa muy importante que puede ser vista de dos maneras diferentes, según usted guste: 
1. Al menos alrededor del 55 % de los mexicanos en edad de votar no manifiestan preferencia electoral hasta el momento.
2. En el escenario medio, estándar, las encuestas electorales arrojan resultados basados solamente en aproximadamente el 45 % de mexicanos en edad de votar que sí manifiestan preferencia electoral. 
  Ahora bien, toda especulación nos lleva a sospechar que ese 35 % de mexicanos que no desean participar en encuestas – incluidos en el punto número uno –, seguramente guardan una mala opinión respecto del estado actual de cosas en el país. Es muy previsible, pues, que voten en contra de los regímenes prianistas, o bien que no voten.
Como puede ver, el hecho es que, hasta el momento, el PRI se nos muestra como un puntero en las encuestas de un mundo hipotético, del mundo de Grandview de James Stewart. Y esto puede ayudar a muchos a despejar esa duda muy razonable de no ver reflejada en el mundo real, ni en la calle ni en las redes, la supuesta ventaja de Peña Nieto en las encuestas. 

Buen día.

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