Enrique Peña Nieto y la quema de los libros

Un necio es un hombre absurdo cuyo discurso se cifra en afirmar cosas falsas, que habla contradictoriamente y que descontextualiza las cosas mañosamente, a conveniencia. El necio, con tal de conseguir lo que se propone, es capaz de deformar la realidad a placer. Pero deforma la realidad en la imaginación febril de los aldeanos inocentes que le creen y que dan crédito a sus malabares verbales. Un necio es lo que decía atinadamente el maestro René Drucker -  a quien no tengo el placer de conocer -, palabras más palabras menos, y resumiendo su artículo de la Jornada: un hombre que se jacta de ser un producto milagroso y que tiene un alto potencial de venta en el mundo de los ingenuos.

En estos momentos el mundo de los medios de información afines a Peña Nieto está cuajado de analistas necios que se dan a la tarea de difundir argumentos falaces que se apuntan estrictamente a lavar las pifias del candidato. En mi artículo anterior, “Las tribulaciones de Peña Nieto: machismo y derroche económico”, hablaba de esto: veremos en los días por venir a los necios que tratan de poner la vista en el dedo y no en la llaga de Peña Nieto, y que son los que se afanan en obliterar el futuro de la nación. 
El valor de los libros:
Existe un principio de sabiduría fundado en experiencia con aliento milenario: leer libros abona en la experiencia y en la información y, por ende, en la sabiduría de la persona. En otros apuntes hemos dicho que este principio responde a una realidad fundamental de los libros: son el vehículo de conservación y transmisión de la experiencia social acumulada en la cultura de un grupo humano determinado. Así que, quiérase o no, así algunos rechinen dientes y tiren de coces, leer libros es la vía fundamental para todo hombre que desea acrecentar su conocimiento, ampliar sus experiencias y abonar en sus habilidades para resolver problemas y para tratar de innovar. 
Se ha aclarado también que en la construcción de la sabiduría los libros no lo son todo. Es más, hemos dicho que los libros, cuando en manos inapropiadas, se convierten en armas letales en el oficio de hacer el mal público, como es el caso de muchos analistas e intelectuales orgánicos que se incluyen en ese grupo que llamamos “los necios”. Sin embargo, el que los libros sean prostituidos por mala voluntad, eso no les quita su importancia. Los libros son siempre deseables, ideales para el que quiere saber.
La relación libros-sabiduría no sigue una ley universal, valedera para todos los casos, como ya está probado de sobra en los mismos necios de los medios. Se trata de una relación sujeta a regularidades y excepciones. Con lo anterior quiero decir que no porque alguien lea se ha de seguir necesariamente que ese alguien se ha de convertir en un hombre sabio. No siempre es así. Lo único que se puede afirmar en este terreno es que si alguien lee a conciencia y con convicción – la convicción de Sócrates -, lo más probable es que ese alguien logre tener más sabiduría. Y aquí no cabe más que ceñirse a una versión muy modificada de Pascal para estimar la ventaja de apostar a los libros: puedo ganar mucho leyendo, y no pierdo nada leyendo. Pero lo cierto es que el resultado final depende de muchos factores adicionales donde los libros son solamente una parte, aunque central.  
Las falacias de los libros:
Con todo, a partir de la ignorancia reconocida de Peña Nieto, los necios de los medios han emprendido una cruzada contra los libros. Sabemos cuál es el motivo de esta locura. Ellos, los necios, saben que mientras un ciudadano mantenga el principio de los libros como fuente primaria de sabiduría, sus decisiones en el terreno de la política siempre apuntarán hacia la preferencia por políticos de alta cultura y, por ende, de notables hábitos de lectura. Y esto pega de lleno en el corazón del asunto Peña Nieto y su declarada llaga de ignorancia. 
Ha de reconocerse que los libros son muy vulnerables ante aspirantes a sofistas como son los necios de los medios. Y es la excepción inserta en la relación libros – sabiduría, la que da ocasión para que los necios inyecten el veneno de sus falacias en este contexto. Se trata de argumentos que pretenden engañar al público para desactivar el impacto negativo de la ignorancia de Peña Nieto en las preferencias electorales de éste. 
Por lo demás, debe decirse que este tipo de argumentos falaces, disfrazados de un aparente rigor lógico, no son aplicables al mundo de los valores, terreno en el cual cae el asunto de la sabiduría y los libros. Con todo, y a pesar de este truco formal de los necios, mezcla de su ignorancia y de su maldad, revisemos el asunto.   
Usted puede detectar estos argumentos engañosos en los medios de comunicación fácilmente. Se dará cuenta que todos ellos concurren en argumentaciones más o menos del siguiente tipo:
- De acuerdo, los libros dan sabiduría; López Portillo leyó muchos libros; entonces López Portillo fue un gobernante sabio. 
En lo central, esta línea de argumentación pretende enredar, confundir y sugestionar al lector a través de un resultado absurdo que, por lo demás, no demuestra nada acerca de los libros. El lector, al verse forzado a concluir que Jolopo fue un buen gobernante por los libros, pese a que fue un pésimo político en la realidad, entonces se verá obligado a pensar algo como esto: “Falso, Jolopo fue un mal gobernante, y entonces los libros no sirven para nada en la política”. 
Y ya puesto ese pensamiento en la mente del lector, si es suficientemente sugestionable, camina derecho al redil de Peña Nieto sin importar que éste sea un lego en los libros. 
Otra:
- Lula da Silva nunca leyó; Lula da Silva fue un buen presidente; entonces no se necesitan los libros para ser un buen presidente.
En este caso, el truco, el engaño, opera en sentido inverso. Pero seguimos igual: se pretende mañosamente sacar un principio general a partir de una excepción, y el argumento, además, no demuestra nada en torno a los libros. Lula, como Jolopo, es una excepción. 
Es larga la cantidad de falacias que los necios de los medios están utilizando en sus argumentos tramposos, dirigidas a engañar al oyente o al lector. Solamente me limitaré a decirle que estas artes chuecas buscan, sobre todo, jugar con el recurso de los accidentes – generalizar desde excepciones - para construir luego principios falsos que justifiquen la ignorancia de Peña Nieto, o para restar de manera ilegítima toda credibilidad a un principio de conducta virtuosa probado por experiencia milenaria, como es el caso de los libros como fuente de sabiduría.  Y todo, para rescatar a Peña Nieto.
Pero es muy fácil desenmascarar a estos sofistas de los medios. Basta con instarles a que sean consecuentes con sus dichos y que abandonen toda pretensión de acercar a sus familias respectivas al mundo de los libros, en el remoto caso que así lo hagan. Pregúntese el lector si lo harían. ¿Se atreverían a obligar a su familia a abandonar toda pretensión por los libros y la educación siguiendo el ejemplo de Peña Nieto? ¿Serían consecuentes en este terreno? 
Sabemos incluso de una empresa de televisión que llegó a cometer la barbaridad de sacar una encuesta en internet planteando una sola pregunta al respetable: ¿Considera usted que son importantes los libros para ser un buen gobernante?
Un pregunta propia de cretinos para un rescate político desesperado. Y más allá del cretinismo, este tipo de recursos deja muy mal parada la reputación de esta empresa televisora en la función que, al menos en teoría, tiene en el ámbito de la educación. Plantear esa pregunta nos pone ante los ojos del mundo como un país de idiotas, de cretinos, y de pasada deja merma en el pensamiento de muchos mexicanos que, por cuestiones ligadas a la seria deficiencia de sistema educativo en México, se ven alentados a dudar de los libros y su potencial educador. Y como dije: todo para salvar de un apuro a un candidato lego en los libros. 
Los argumentos al vacío y la distracción:
Otro de los argumentos tramposos de los necios analistas se orienta a distraer la atención sobre la llaga de ignorancia apelando a la carrera política. Ellos dicen lo siguiente: “Peña Nieto es un buen político, preparado, toda vez que tiene una carrera política y ya ha gobernado…y lo hizo bien”.
Las trampas son obvias. No sirven a sus propósitos en el caso de ciudadanos avispados. Nada en este argumento demuestra la verdad o la falsedad en torno a la bondad y la eficacia de Peña Nieto como político. La permanencia de Peña Nieto en la política hasta ahora pudo haber respondido a un sinnúmero de factores no determinados en el argumento y que pueden ser absolutamente ajenos a esas dos buenas virtudes de bondad y eficacia. Ponga entre los posibles factores a favor de la permanencia de Peña Nieto la suerte, la inercia, el compadrazgo, la mediocridad de la clase política oficialista, lo que se le antoje. En fin, el hecho rotundo es que nada hay ahí que ayude a dejar en claro lo que se afirma. Son recursos retóricos bofos, vacíos, pueriles, bisoños, remisos, propios de cretinos y enfocados a la persuasión por la vía del principio de autoridad: 
“Lo dice Pedro Pérez del periódico tal, lo dice el senador Pito Pérez, entonces es verdad”. Ese es el efecto que se persigue por parte de estos necios.   
Ahora bien, nada estará demostrado en torno a la eficacia y bondad de Peña Nieto en el gobierno del estado de México, hasta en tanto no se demuestre objetivamente que obtuvo resultados satisfactorios a través de un análisis estadístico descriptivo integral y debidamente auditado por agencias autónomas, porque cifras propias y balines no valen. Además, dicho análisis debiera estar referido a parámetros de bienestar humano y de desarrollo a nivel internacional. Ahí tienen los analistas los índices de desarrollo humano de la ONU para ponerse a trabajar en su afán de sostener la imagen de Peña Nieto. Y subrayo la necesidad de los referentes internacionales en virtud de que todo esfuerzo analítico que instale sus referentes a nivel interno, es decir, en comparación al resto de gobiernos estatales priistas y panistas, es un esfuerzo absolutamente mediocre y no ofrece virtudes resaltables, dignas de ser tomadas en cuenta. Y es que no se puede medir virtudes de los políticos estableciendo parámetros ideales a partir de un mundo de políticos mediocres y balines en dichas virtudes.
El lector puede estar cierto de que este tipo de análisis nunca llegará para sostener los argumentos falaces de los necios analistas, por una simple y sencilla razón: los resultados no existen, y lo que se cita de manera genérica y difusa en los medios es una fantasía que se ha inventado la máquina propagandística televisiva del Nuevo PRI. Es más, se puede apostar a que la realidad camina en detrimento de toda posible bondad y eficacia en Peña Nieto. Su realidad camina por otro lado, y ya la estamos conociendo.
Las falacias del salario mínimo y las tortillas:
Un simple carpintero demuestra su conocimiento dando razón exacta de cada una de las partes de su oficio de cabo a rabo, incluyendo técnicas, instrumentos, resultados aceptables conforme a normas y demás. Ni en sueños se podría pensar en la posibilidad de que un maestro en la carpintería no sepa dar razón de los usos de cada instrumento y de los precios de los clavos y la madera. Este tipo de fallas hablarían de un farsante en redondo. 
Imagine, pues, a ese Peña Nieto que se la ha pasado diciendo en la caja loca que es un apasionado de la política, que ama a México, pero sobre todo diciendo lo que él dice insistentemente: que está preparado para gobernar y que está obsesionado con el crecimiento económico y el desarrollo nacional. 
La política, por difícil que resulte de creerlo, es un oficio más, como la carpintería. Y siendo así, es menester que un maestro obsesionado de la política, tal como se dibuja a sí mismo Peña Nieto, tenga un expertise impresionante en ese oficio. Expertise que incluye forzosamente el conocimiento exacto, sin imprecisiones colosales, de sus instrumentos de trabajo. Y parte de sus instrumentos de trabajo son los datos del mundo económico y social que pretende gobernar, pues ahí se define el contenido de su discurso y su proyecto todo: qué somos y qué buscamos ser, punto por punto. Entre los datos o parámetros conocidos que importan a este caso incluya el lector: salario mínimo, precio de las tortillas, años de escolaridad, esperanza de vida, cobertura de salud, mortalidad, natalidad, principales causas de muerte, desnutrición, y etcétera y etcétera y etcétera. 
Esto es de sentido común. Tan de sentido común, que un ciudadano jamás le daría una chamba a un carpintero que se dice maestro de la madera pero que no sabe para qué demonios sirve un martillo y que desconoce el precio de los clavos. Darle chamba a un farsante de semejante talla, convierte a ese ciudadano en un completo payo. 
Sin embargo, los necios de los medios se dan al cretinismo de ir contra el sentido común para decir que no es necesario que un político experto conozca sus instrumentos de trabajo. Pecado menor, dicen. Y hasta proceden a tratar de soportar esto con más encuestas balines por y para cretinos con una sola pregunta: ¿Considera usted que un aspirante a la presidencia debe conocer los precios de los productos básicos y el salario mínimo? 
En otras palabras, los necios de los medios pretenden confundir verbalmente al ciudadano para que, en el ámbito político, éste actúe como un completo payo eligiendo a un gobernante que desconoce por completo el oficio de la política. ¿Quiere más mentiras maldosas?
La noche de los libros:
Vemos cómo a pesar de que la experiencia nos demuestra que los libros son muy importantes para una sociedad, los necios de los medios se empeñan en convertirlos en algo fútil para la política, o hasta en un disvalor, por el solo afán de ocultar la llaga de ignorancia de su candidato: Peña Nieto. Y en esto, están casi a punto de invertir una tabla de valores milenaria para tratar de convertir al hábito de lectura en un pecado. El fin es obvio: Si se logra hacer creer a los demás que leer es un pecado, entonces Peña Nieto será el santo entre los santos, el hijo predilecto de Dios. 
Trabajan los necios contra la razón y el sentido común y bajo el supuesto de que el ciudadano es un cretino, un ingenuo, que se traga sus falacias. Esto es un insulto a la inteligencia que nos da una medida del cinismo, la ignorancia, la brutalidad y la peligrosidad de estos señores, así como del tamaño del gran negocio que habrá detrás de todo esto. 
El accionar de los necios de los medios en esta suerte de negación propagandística de los libros ha empezado a despertar en mi memoria la noche del 10 de mayo de 1933 en la Bebelplatz de Berlín, donde las juventudes hitlerianas y las camisas pardas, instigados por el ministro de propaganda Joseph Goebbels, procedieron a la memorable quema de libros. Y no debe despreciarse esta comparación. En el fondo, se trata de lo mismo porque igual se proscribe a los libros con quemas, requisas o con tormentas de propaganda sobre el pueblo. 
La quema de libros de la plaza de Bebelplatz fue un acto simbólico que proclamaba la censura del Estado y la primacía del brutal régimen nazi sobre la razón. Y esto se dio en la que ha sido siempre la gloriosa patria de la razón: la gran Alemania. Fue el acto de un régimen conducido por un hombre ignorante, por un lego de los libros y un prófugo de la razón: Hitler. Y hoy, en México, los necios de los medios arman su cruzada para hundir en el desprestigio a los libros para rescatar y abrirle espacio a su candidato, quien es otro lego de los libros: Peña Nieto.
Del ciudadano depende el entrar o no al saco de los necios. Quien al final caiga en el cuento, no tiene excusa. Engañador y engañado son igualmente culpables en estos trances ofensivos para la dignidad humana. Y esto es así porque el anzuelo de estos necios malabaristas de la realidad es la avaricia y la ilusión, dos cosas que todo hombre sabio debe mantener lejos de su vida. Un hombre ingenuo que cae redondo con este anzuelo no tiene excusa porque es víctima de sí mismo, porque no sabe a qué atenerse, como decía Ortega y Gasset.

Buen día.

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