Enrique Peña Nieto y la fábrica de idiotas.

Las cosas del mundo se imprimen en la mente del hombre a través de los sentidos para convertirse en percepciones. La mente tiene la facultad de crear reservorios de dichas impresiones a través de la memoria; impresiones que quedan ahí al servicio del proceso de conocer. El entendimiento humano - otra facultad mental - posee, a su vez, intuiciones puras de espacio y tiempo con las cuales se hacen posibles las percepciones sensibles, pues el hombre percibe las cosas en un espacio y en un tiempo. 


Pero el entendimiento también posee categorías que sirven para organizar y generalizar las percepciones en conceptos que se corresponden, lado a lado, con las cosas que se han percibido. Y, entre todo eso, hay una facultad mental que juega un papel fundamental en el proceso del conocimiento; me refiero a la facultad de la imaginación. 
La facultad de la imaginación se vale de sentidos, memoria y entendimiento, para operar el proceso de conocer. La imaginación es la facultad que permite la representación de las cosas percibidas, la que dirige la ordenación y la síntesis de las mismas en conceptos, y la que toma las ideas generadas a modo de bloques constructivos para luego combinarlos y dar forma a ese edificio llamado conocimiento. La imaginación es como una suerte de impulso que usa y mueve la máquina de la mente. Sin imaginación, la memoria terminaría a manera de un archivo muerto y el entendimiento como un conjunto de intuiciones y categorías vacías, sin uso alguno. En suma, puede decirse que, sin imaginación, no hay conocimiento. 
Por supuesto que tampoco habría conocimiento de faltar las otras facultades de la mente. Pero lo anterior lo he dicho para resaltar la importancia de la imaginación, una facultad que de continuo solemos olvidar y pasar por alto.
La imaginación es una facultad libre y espontánea. No tiene el carácter rígido, frío y monolítico del entendimiento. La imaginación tiene el atrevimiento para usar las ideas y combinarlas de manera tal que nos proporcionen mejores y más profundas formas de concebir los fenómenos del mundo. Y podría decirse que son tales virtudes de la imaginación las que otorgan al proceso de conocer un carácter de cambio e innovación.
David Hume y Kant nos han dejado algunos comentarios en torno a la manera de operar de la imaginación en su libertad, de esa rebelde sin remedio. David Hume, en su Tratado sobre el entendimiento humano, nos dice que “todas las ideas simples pueden ser separadas por la imaginación, y pueden ser de nuevo unidas por ella en la forma que le plazca”. Para Kant, por otro lado, la imaginación es una actividad libre y espontánea que combina representaciones para sintetizar lo percibido, que es la materia prima del conocimiento. Y en torno al casi infinito poder creativo de la imaginación, basta recordar que Francis Bacon la consideró como la madre de la poesía. 
Pero ¿significa esto que la imaginación es libre por completo de hacer lo que le plazca con las ideas en el campo del conocimiento? Me referiré a Kant en esto, porque creo que es quien mejor trata el asunto.  
Este pensador nos dice que, a pesar de su espontaneidad, la imaginación no combina las representaciones para darles las formas que le plazcan; dicha espontaneidad, pues, no es equivalente a una "pura facultad de fantasear". La imaginación, pese a su poder de crear otras naturalezas, no saca cosas de la nada y trabaja siempre sobre el material ofrecido por los sentidos y observando el primado del entendimiento en cuanto facultad dueña de modelos y leyes en el pensar. En suma, si el conocimiento ha de ser conocimiento de cosas objetivas, reales – cosa que no incumbe al arte, en mi opinión -, la imaginación debe estar sometida a las leyes del entendimiento y a los datos del mundo. 
Quien sepa de ordenadores comprenderá lo dicho arriba si concibe a la imaginación como la operadora de una computadora personal. La imaginación cuenta con una libertad operativa y creadora constreñida a la lógica de la máquina, y la naturaleza de los resultados depende de los datos que proporciona a la misma. Así trabaja la imaginación en la mente humana.
El papel de la imaginación en la historia ha sido de una importancia insospechada. Podría decirse que imaginación y voluntad de poder son los dos motores centrales de la historia. Me atrevería a anticipar, incluso, una suerte de remedo de filosofía de la historia fundada en esos dos factores; factores o fuerzas que van determinando los grandes ciclos en el decurso de los acontecimientos humanos: la imaginación como el impulso que nos lleva a la pleamar, al progreso, y la voluntad de poder como el impulso que nos dirige a la bajamar, al estancamiento.
No es casualidad. La historia se comporta de la manera apuntada. Las etapas de mayor esplendor y desarrollo en la historia de la civilización han sido precisamente aquellas en que la voluntad humana permitió la emancipación de la imaginación de todo principio de autoridad ajeno a la mente y su entendimiento. Fue así como vimos llegar los grandes logros de la razón liberada y creativa en su tarea de concebir y entender al mundo y de cambiarlo: cosmología jonia, pitagorismo, ontología eleática, Sócrates, Platón, Aristóteles, Renacimiento, el racionalismo del siglo XVII, Newton y la física clásica, la Ilustración del XVIII, empirismo y positivismo, Einstein y física cuántica y, con estos dos grandes sucesos modernos, ciencia y tecnología contemporáneas. De la mano de la imaginación emancipada vimos llegar también a la democracia ateniense, al liberalismo político y económico, y al marxismo como fuerza compensadora de los fallos del mundo social moderno. En contrario, sabemos que, cuando la voluntad permitió el sometimiento de la imaginación a principios de autoridad ajenos a la razón, llámense dioses, mitos, magia, religión, prejuicio o poder político, fue precisamente cuando acudimos a la bajamar de la civilización, al atraso, al estancamiento, al hombre en la eternidad –fuera del tiempo -, y a las formas de gobierno más brutales de que se tenga registro en la historia. 
Nos resulta claro que las posiciones ideológicas en política respecto a la libertad de la imaginación es lo que viene a determinar la división entre progresistas, conservadores y retrógrados. Progresista es aquel que aboga por la libertad de la imaginación, por el avance hacia la humanización; el conservador es aquel que encadena a la misma en aras de conservar la tradición intacta, como si soñara con sacar al hombre del tiempo; y bueno, el cavernícola o retrógrado es el que aniquila la razón para tratar de llevarnos hacia atrás en el tiempo hasta plantarnos en la más brutal animalidad. De cierto que hay una gran mayoría de políticos que, por su imperiosa necesidad de facilitarse las cosas en eso de satisfacer su punzante y demandante afán de lucro, buscan aniquilar la razón para llevarnos siempre hacia atrás en el tiempo. Ejemplos hay muchos en estos tiempos de grandes mentiras. Vea, por ejemplo, cómo es que Obama, Cameron y Sarkozy, han llevado a Libia prácticamente a lo medieval por el simple negocio del petróleo. Vea también Somalia; vea cómo es que todo el entramado de intereses y la gran red de complicidades de las grandes potencias han logrado hundir a ese país en el escenario de una tribu devastada en la edad de piedra: aniquilación por hambruna. ¿Acaso llegó sola la hambruna, cual si fuera una plaga apocalíptica desatada por Dios? ¿Quiere más brutalidad y bestialidad en el hombre que Somalia? Y vea también el proyecto político de Enrique Peña Nieto: llevarnos de nuevo al pasado inobjetable del PRI, al fluir de los setenta años de crimen institucional e injusticia bajo la hegemonía del PRI; algo que solamente sirve a la tripleta de cavernícolas mencionados arriba, y a sus pajes mexicanos. ¿Quiere más antirazón que la de Peña Nieto?   
En efecto, hay muchos hombres que, pese a comprender que el camino inconcluso hacia la plena realización de la “humanidad” solamente está garantizado con la libertad de la imaginación en el hombre, siguen obstinados en poner todo el empeño de su voluntad contra el progreso. Y con esto no quiero sino decir que esos opositores de la humanidad – suponiendo que el fin de la historia es la realización plena del hombre y no su regreso al estado de animalidad - son aquellos que se empeñan en poner a la libre imaginación de la mente bajo las cadenas de principios de autoridad ajenos al mismo entendimiento, o hasta en extinguir por completo el primado de la razón en los asuntos humanos. 
El PRI de Peña Nieto nos acaba de dar muestra fehaciente de su sueño por el instinto y lo brutal. Esto de su inveterada y obstinada voluntad por obstruir el proceso de la historia hacia el progreso nos ha quedado absolutamente claro con dos eventos recientes surgidos de aquella cantera mohosa de políticos. Me refiero al evento protagonizado por el diputado priista Arturo Zamora y al mensaje político central del priista Enrique Peña Nieto en su informe de gobierno. 
En cuanto al diputado Zamora, me refiero a esa desmesura que propuso en torno a castigar con cárcel a todo aquel ciudadano que exprese alguna opinión que signifique una injuria o una difamación "a partidos políticos, precandidatos, candidatos, y funcionarios públicos”.  ¿Qué son los políticos? ¿Acaso son la hipóstasis de la sustancia divina?...¡Por Dios!
Con esto, Arturo Zamora se suma a la larga lista de priistas que, con sus propias palabras y acciones, se definen como opositores férreos y resueltos de la historia y su sentido de progreso. Zamora ha demostrado esto desde el mismo instante en que ha propuesto legislar a fin de que la imaginación de los ciudadanos quede sujeta a un principio de autoridad completamente ajeno a la razón: los decretos del garrote de la ley. Y lo que es peor, se trata de la apelación a un principio de autoridad que, por definición y méritos, posee una legitimidad incierta, dudosa, que aparenta estar colmada de fuerza bruta y engaño, antes que de acuerdo democrático; algo que, por cierto, no es responsabilidad del diputado Zamora.  
A los priistas, como al diputado Zamora, les debe quedar claro que no se le puede exigir por decreto al ciudadano que acepte como real lo que no atrapa en sus percepciones. Los hombres juzgan de las cosas del mundo según lo que perciben y se representan a partir de los datos que recogen del mundo. Para que un duende pueda ser juzgado de irreal por una persona, es menester antes que el mundo sea aprehendido (percibido y representado) por esa misma persona como un mundo donde no hay duendes. De igual forma, para que un PRI justo y eficaz pueda ser real para un individuo, es menester también que ese individuo aprehenda al mundo como un lugar donde existe un PRI eficaz y justo. Así que, si los priistas quieren un PRI objetivamente eficaz y justo, no tiene otra que hacerlo realidad. 
La historia de los setenta años del PRI hegemónico es una historia de brutal y descarada injustica. Los resultados de ese partido son más que concluyentes al respecto: cincuenta millones de miserables sumergidos en un problema sistémico de pobreza frente a una oligarquía que se adueña de la riqueza nacional. Cincuenta millones de pobres y once aristócratas que son hijos legítimos del PRI; paternidad de la que debiera sentirse orgulloso ese partido político. Y absurdo es que el PRI pretenda adjudicar ese problema sistémico y añejo al PAN; un partido que, si bien no ha hecho algo por resolver el problema, apenas acaba de llegar a la fiesta. Absurdo es también que el PRI pretenda adjudicar este problema bestial de expoliación a fuerzas extrañas y al azar, pues el más leve análisis comparativo en historia económica mundial, dará cuenta de su crimen deliberado frente a las experiencias de éxito en otros países que, en iguales condiciones de atraso, contaron, en cambio, con la suerte de tener una clase política relativamente honesta. 
¿”Orgulloso”? ¿Sentirse orgulloso el PRI por esa herencia de miseria? Claro. Porque a menos que supongamos que el PRI es una fábrica de idiotas que han gobernado para fracasar desde su fundación, tendremos que concluir que ese partido gobernó para generar ese resultado de miseria e injusticia de manera deliberada. Y si lo logró de manera eficaz, como lo demuestran los hechos, de cierto que debe estar orgulloso por sus logros. 
Usted solamente tiene que atenerse al antiquísimo adagio que reza “Por sus frutos los conoceréis”, para concluir que los priistas han sido eficaces en su labor expoliadora sobre el pueblo de México y que debían estar orgullosos de su obra. Y es así que el PRI queda absolutamente resuelto como el partido propulsor de la ignominia nacional. En esto no hay ilusiones, solamente realidades crudas. 
Si el más leve análisis de la realidad ha de dar con un mundo político dominado por un PRI que operó conscientemente para la instauración de un estado generalizado de expoliación del pueblo a favor de una minoría privilegiada, como lo hace ver la historia, ¿no sería lógico esperar que las percepciones del ciudadano de a pie tiendan a afirmar la existencia de un PRI injusto y rapaz? Claro que sí, ya lo dijimos antes: un diablo es real para una persona, siempre y cuando aprehenda un mundo donde existen los diablos.  
San Agustín afirmó que un Estado instaurado sobre el principio de la depredación de una minoría sobre los demás no es sino una gran banda de ladrones. Pero si un ciudadano encuentra que la realidad del mundo le habla de un PRI como una gran banda de ladrones, y si luego se da a la libertad de expresarlo públicamente, ¿qué haremos con ese ciudadano?, ¿lo meteremos a la cárcel por expresar sus percepciones sobre la realidad? ¿Llegaremos al extremo de meter bajo el garrote de la ley a todo aquel que perciba con claridad al mundo y manifieste su verdad, su percepción cabal de las cosas?
Los estudios de opinión pública están fundados en percepciones, en nociones subjetivas colectadas que no pueden ofrecer fundamentación empírica para cada uno de sus pronunciamientos. Si por ventura resulta que un estudio de opinión arroja que el setenta por ciento de los ciudadanos opina que el PRI es corrupto, ¿qué vamos a hacer en este caso con los investigadores y los sujetos de estudio?, ¿los vamos a encarcelar por no fundamentar empíricamente sus opiniones? Y si no podemos encarcelar a todos estos sujetos, ¿qué vamos a hacer para cumplir con la ley? ¿Por qué no pensar en derogar los estudios de opinión en virtud de que arrojan percepciones subjetivas que atentan contra las buenas costumbres y la tradición? 
¿Se exigen pruebas que fundamenten toda opinión? De acuerdo, sería éste un ideal deseable en el contexto de un sueño por la utopía empirista, tal como la que pretende instalar el diputado Zamora. Pero para la satisfacción de este ideal es necesario que, por un simple acto de simetría en la justicia, se cumplan con las siguientes condiciones:
Primero: que cada político se obligue por ley a abrir su vida material completa al escrutinio público y sin restricción alguna. Y es que si un ciudadano debe fundamentar su hipótesis o diagnóstico una vez que la expresa públicamente, al menos la ley debe ponerle al alcance de la mano toda la información que estime necesaria en su demostración. Un atractivo adicional en esta propuesta es que, en el contexto de nuestra cultura, un político, por el simple hecho de ser político, es ya una amenaza letal en potencia para la ciudadanía; amenaza que debe ser atenuada con el estrecho escrutinio público.  
Segundo: que el proceso legal contra un “ciudadano rebelde” no dé inicio hasta en tanto la opinión o hipótesis del mismo sobre la realidad política nacional no haya sido sometida a prueba científica rigurosa por parte de un colegio de sabios ilustrados en la materia. Pero que sean sabios no orgánicos, no de aquellos que doblan la cerviz ante el poder, porque entonces la verdad será deformada a placer. Si el político demanda opiniones completamente objetivas por parte del ciudadano, la refutación del político y la condena del martillo de la ley deben ser igualmente objetivas. De esto no hay escape si se desea dar satisfacción a la justicia a carta cabal.
Como puede ver, una vez que se postula un absurdo, se sigue una lluvia de absurdos que es cuento de no acabar con las contradicciones y las inconsecuencias.
¿Es lógico suponer que el diputado Zamora no se enteró por anticipado del tremendo absurdo de su propuesta? No se necesita gran ciencia para detectar el absurdo. El grado de abstracción y el esfuerzo mental que se necesitan para dilucidar un asunto tan simple como éste son tan accesibles para cualquiera, que vimos con toda claridad que fueron millares los ofendidos con las declaraciones de Zamora.  
Yo pienso que el diputado Zamora es un tipo inteligente y práctico. Tal es mi honesta opinión, y se funda en el éxito profesional que lo avala. Creo que él sabía por adelantado que, caminando contra la razón, podía recibir el rechazo que al final atrajo. Me queda claro, pues, que se retiró del campo de batalla en virtud de simples cálculos utilitarios en el balance de votantes, y que su revire, por tanto, no representa una convicción de error. La vocación autoritaria que movió todo esto sigue ahí, en latencia. 
Tampoco le daría mayor importancia al autoritarismo de Zamora si creyera que el problema se agota ahí, con él. Sin embargo, el problema es que el sentido común y nuestro conocimiento del mundo político en México nos indican que esto no fue un lance unilateral de Zamora. El diputado Zamora no es un lobo solitario; pertenece a un partido con una férrea disciplina donde la voluntad individual y la imaginación no cuentan, así que su acción ha sido solamente el punto de afluencia de una acción de grupo y deliberada de ese partido, y que denota el espíritu y el ímpetu que le colman desde sus orígenes: el autoritarismo. Así que, siendo justos, falló el PRI, no Zamora. Y eso es lo preocupante. 
Es más, creo que puede ser posible que el diputado Zamora sea una persona con mentalidad y hábitos políticos auténticamente liberales, pero que le haya tocado en suerte la carta ganadora de ser el portavoz de este difícil posicionamiento partidario en contra de la historia. Y nuestro esfuerzo por relocalizar la postura del diputado Zamora como una posición de partido, más que como asunto meramente personal, nos resulta más convincente y racional cuando revisamos el espíritu general del PRI.
Como dije, en el PRI la libre voluntad y la imaginación no son las monedas corrientes; son, más bien, como divisas de oro de la vieja Babilonia. Divisas difíciles de encontrar ahí; quizás una de tales divisas raras en ese partido sea Manlio y otros como él. Pero el hecho es que el PRI, como todo partido en este país, en tanto que institución, es un ente ilusorio, inexistente. El PRI son sus gentes, y son sus gentes con nombre y apellido bajo el impero de una estructura rígida de poder comandada y manipulada a placer por personalidades transitorias, de coyuntura, por gentes que triunfan en el brutal choque de la grilla y que, a partir de ahí, cuentan con la égida del deseo para atraer al resto, y con el garrote de la fuerza bruta para persuadir a la buena a quien se resista. Así empezó todo con la dupla lúgubre de Obregón y Calles; siguieron los Moai, los dioses de piedra monolítica de entreguerras y posguerra; luego fue el Carnicero de Tlatelolco, luego Echeverría; y siguió Jolopo con sus lloridos, luego De la Madrid, vino Salinas con su sueño Disney, y les siguió el tibio mundo de Zedillo. Luego, cuando la hegemonía se disipó, esa estructura de asociaciones de gentes en busca del poder político se ajustó al nuevo microcosmos. Y en ese cosmos reducido vimos a Madrazo y a Montiel, luego a Peña Nieto y, sobre éste, a la oligarquía y a la televisión en el pináculo. Así que, tratándose de una estructura de gentes actuando bajo una disciplina férrea muy práctica, muy concreta y muy efectiva en sus métodos de “convencimiento”, no es nada difícil seguir los hilos conductores para pasar de las personas a toda la estructura de poder en pleno, al PRI…o por lo menos al PRI peñista. 
Créame que me armé de energías sobradas para leer algunos fragmentos del discurso de Enrique Peña en su informe de gobierno, pues ya sabía las penurias que me esperaban en semejante lance: un barril rebosante de palabrería inconsecuente, sin contenido sustancial, pero sumamente prolija en ribetes patrioteros y legalistas. Pero al fin lo hice movido por el interés de encontrar esos puntos de conexión con el PRI de Peña Nieto. 
La ideología de Enrique está magistralmente resuelta en el mensaje que ofreció en su informe. Ahí volvemos a encontrar un puente que nos lleva al partido político casi en pleno. Enrique Peña Nieto le dijo a los mexiquenses lo siguiente: “La mejor oferta política no es la que condena el pasado, sino la que ve hacia adelante y convoca a todos a enfrentar los problemas; aquella que mantiene lo que funciona y cambia lo que debe mejorar”.
Me limitaré a este fragmento porque creo que ningún otro pasaje del discurso expresa de manera tan sintética la ideología peñística y su viva pasión priista por el instinto y la ilusión, por lo primitivo. Pero antes, analicemos las partes de este pequeño y emotivo fragmento oratorio peñístico para desentrañar su escalofriante vaciedad.
De pronto, de golpe y porrazo, Enrique se pasa por el arco del triunfo toda teoría política habida y por haber en la historia de la humanidad, y pasa a postular que el nuevo criterio en torno a la eficacia de la política no es ya el éxito maquiavélico o el logro del bien platónico, sino la postura del político frente al tiempo. De pronto se nos torna en un Viajero del Tiempo de corte verniano. Y es así que, fundado en ese novísimo criterio de su hechura, pasa a afirmar con toda rotundez que la mejor oferta política – la más eficaz - es aquella que ve  o percibe el futuro, en tanto que la peor oferta política es aquella que ve hacia el pasado.
Nos queda claro que, para el postulado de Peña, no hay puntos medios al estilo de Aristóteles. La realidad política del nuevo criterio peñístico es una dualidad, una realidad maniquea, una ruptura del tiempo para darle forma en dos compartimentos estancos, como formado por un pasado que es el mal, y un futuro que es el bien. Así que, si un político quiere ser eficaz, debe ver el futuro y evitar el pasado. Supongo que la concepción peñista de la política en el tiempo también incluye a todo ciudadano.   
Pero Peña Nieto termina por incurrir en un gran vicio con su nuevo criterio político: no ofrece fundamento objetivo alguno para sostener su criterio. Sin embargo, aclaremos que Peña no ofrece fundamento objetivo porque, como veremos más adelante, en realidad no existe fundamento objetivo, así de simple. Mas, si no existe fundamento objetivo, sí que existe fundamento subjetivo y unilateral: la soberana voluntad de Enrique. Tal es el fundamento, y es así que Enrique, en este tema, nos dice que así son las cosas porque así se le antojan a él. Vemos de nueva cuenta surgir al viejo amigo del PRI: el autoritarismo.
Y de pasada con el pasado, el presente y el futuro, resulta que el novedoso criterio peñístico termina por redefinir el perfil ideal del político. Si antes era indispensable que usted fuera un hombre con un buen arsenal teórico en ciencias sociales y ética para ser un buen político – regla que, por cierto, no aplica a la gran mayoría de los políticos mexicanos en tanto los mismos sólo requieren ser… -, ahora, en cambio, a partir de la revolución peñística, el perfil requerido implica que usted posea un buen reservorio de ciencias paranormales. Sí, es que si usted requiere ver y percibir el futuro para ser un buen político, ¿hay algo mejor para eso que la técnica de lo paranormal? Es así que, de pasada, Enrique y su criterio terminan por instalar a gitanos, nigromantes, echadores de suertes, brujos, hechiceros, espiritistas, prestidigitadores, magos, chamanes y profetas, en calidad de los políticos por excelencia. Esto tiene sentido, pues, desde la novedosa perspectiva peñísitca, ¿quién mejor que estos artesanos de lo extramundano para ojear en el futuro y gobernar con sabiduría? 
Y Enrique sigue dando criterios.
Nos dice que la mejor política es la que convoca a todos a enfrentar los problemas; y supongo que se refiera al acto de enfrentarlos para resolverlos, y no para agravarlos…al menos eso espero. Pero bueno, la verdad es que esto más bien me parece un recurso retórico para el ausentismo o negacionismo consciente de la realidad y la evasión de las responsabilidades. Enrique parece ignorar que cada hombre, desde el remoto origen de la especie, desde que el hombre actuó para persistir en el mundo, ha enfrentado activa y resueltamente su existencia como problema, que ha logrado resolverlo con su propio esfuerzo, y que para nada ha requerido del concurso político priista para lograr esto. A saber, ningún hombre y ningún mexicano ha estado en espera del llamado de Enrique y de su partido para actuar y resolver los problemas de su diario existir. Y si los mexicanos no han trascendido a la resolución de los problemas políticos de la nación es simple y sencillamente porque Enrique y sus correligionarios no lo permiten en virtud de que se han apropiado de la política como negocio familiar. En el fondo, más bien pareciera que Peña es quien no ha resuelto los problemas de su existencia, porque siendo político y gobernante del estado de México, siendo su quid existencial la resolución de los problemas comunitarios de esa entidad, no ha logrado erradicar el problema central de ese drama: la injusticia económica en que se encuentra sumergido aquel trozo del país con todos sus millones de habitantes. ¿Qué pasa con Peña Nieto?, ¿por qué no resuelve sus problemas?, ¿está en espera de que le ayuden o a que lo convoque doña Petra la del estanquillo? A leguas se ve que Peña Nieto se ha aprendido bien la prédica neoliberal para adecuarla luego al campo de la grilla: privatizar los logros y socializar los problemas y la chamba…¡Claro! 
Aunque debo advertir que este comentario último lo hago aceptando que me puedo equivocar en un margen en virtud de que sí puede existir un pequeño grupo de seres humanos que sí esté en espera de que Peña los convoque a resolver los problemas, pero no los de la nación, sino sus problemas muy personales; me refiero a toda la horda de grillos que abarrotaban el recinto donde rindió su informe de gobierno Peña Nieto. ¡Ah, bárbaro! ¡Pero si hasta se despellejaban las de rascarse de tanto aplaudir! Pero lo atronadoramente espectacular no fueron los aplausos, sino lo que sigue…¡Y agárrese! 
Como vimos, Peña Nieto le dijo a su auditorio lo siguiente: “La mejor oferta política…es aquella que mantiene lo que funciona y cambia lo que debe mejorar”. Genial descubrimiento, ¿no? Analicemos esto porque verdaderamente nos pone frente a un reto gnoseológico con alcances épicos, sobre todo en el campo de la tecnología. 
Hay muchas cosas que son tan evidentes que no necesitan ser manifestadas o aclaradas, que no necesitan explicación porque se dan por sentadas como fundamento inapelable. Son cosas que se suelen aprender en las primeras experiencias de niñez, desde que se dan los primeros pasos y balbuceos, hasta que uno deja de hurgar en la nariz en busca de mocos frente a los demás, y que a veces comprendemos por simple observación y sin que nadie deba enseñarnos algo al respecto. Algunas de esas cosas demasiado evidentes son, por ejemplo, las siguientes: que toda actividad útil está enderezada a resolver problemas y a generar resultados provechosos; que se busca el placer y se huye del dolor; que, para vivir, es necesario respirar; que no se debe uno orinar en los calzones; que se repara lo descompuesto pero rescatable, se deja intacto lo que está en óptimas condiciones operativas, y que se desecha lo irreparable. Todo esto es tan evidente que, si usted fuera un maestro carpintero, jamás esperaría encontrarse con el absurdo de que un aprendiz le preguntara algo como:
- Oiga, maistro: ¿debo tirar la madera que sirve o la que no sirve?
O algo como esto:
- Maistro: ¿debo reparar las sillas descompuestas o las que no están descompuestas?
¿No le parecería absurdo el tener que aclarar estas cosas a un aprendiz? ¿No le daría esto ocasión a pensar que su aprendiz es un simple?
Y si la política es una actividad más con fines útiles, ¿no le parecería también absurdo el tener que aclarar las mismas cosas evidentes a sus correligionarios y aprendices? Y si usted se viera en la necesidad de tener que aclarar estas cosas evidentes, tal como que se desecha lo inútil y se conserva lo útil, ¿cuál sería su conclusión respecto a la condición intelectual de su auditorio? Por supuesto que jamás pensaría que está frente a un universo de gente lúcida. Y si nadie le preguntara esas cosas en el auditorio porque todos las dan por sentadas, pero usted, pese a eso, las comenta, ¿no se vería de pronto a sí mismo como un simple?
Imagine solamente que usted es director de un equipo de trabajo y que, un día milagroso, cree encontrar la fórmula para incrementar la productividad. Usted está tan emocionado con su descubrimiento, que convoca a junta urgente para comunicar la idea al equipo. Y ya en la junta, usted se para frente a ella muy solemne y estirado, se acomoda su cabello engominado, se ajusta la corbata, carraspea para afinar la voz, y luego expresa lo siguiente, silabeando por momentos de manera docta:
- “Muchachos: los mandé llamar porque he descubierto la clave para dar el salto al éxito del equipo.
Por supuesto que, dicho esto, su auditorio se removerá en los asientos entre grandes murmullos de emocionada perplejidad. Y algunos gritarán…
- ¡Bravo!
Y otros…
- ¡Genio!
Y los demás…
- ¡Hurra por el jefe!
- Bien – agregaría usted calmando al auditorio con un movimiento de manos-, he descubierto que lo correcto es reparar lo que se tiene que reparar, y no reparar lo irreparable. 
Si no lo bajan a tomatazos y libretazos después de que haya pronunciado la última sílaba, créame que es usted un gran afortunado.
Pero mire que lo más interesante del discurso de Peña Nieto es que, cuando lo despojamos de su hueca retórica – que es todo en su pieza oratoria -, cuando dejamos al descubierto la verdadera intencionalidad de las palabras, nos queda al descubierto de inmediato un punto de conexión muy íntimo con la posición del diputado Zamora. Si éste quiere encadenar a la imaginación de la mente para que no se dé a la libertad de fisgonear en la realidad priista de ayer y de todos los días, la descalificación de Peña se dirige también a todos aquellos que pretenden fisgonear en el pasado priista. En uno y otro caso, Zamora y Peña, se trata de una clara pretensión de ocultar o dar cristiana sepultura al pasado del PRI, su realidad. Y es que, como vimos arriba, se trata de un pasado con un saldo sobradamente negativo y fundado a grado tal en los hechos que, ahora sí, no deja nada a la más descabellada imaginación. De ahí que, rimando, luego Peña se empeñe empeñosamente en instar a los mexiquenses a quitar la mirada del pasado acusador para posarla en el futuro. 
“Olvidemos el pasado para ser exitosos y buenos muchachos…mirar el pasado es anticuado y malo”, parece decir Peña con su lenguaje antirazón. 
¿”Antirazón”? Claro, antirazón…y caos brutal. No se trata solamente de un lenguaje desprovisto de razón, sino deliberadamente opuesto a la razón. Recordemos que la mente y su imaginación no pueden trabajar sin la materia prima que le ofrecen los datos externos. Sin datos no hay conocimiento, y mucho menos crítica para el progreso. Y en lo tocante a la política, es la historia la que ofrece la materia prima principal para el conocimiento y el progreso. En política, pues, se conoce desde la toma de conciencia de la historia y de su análisis crítico. Mas, del futuro nada objetivo se puede extraer que sea de utilidad para el conocimiento y la acción eficaz. El futuro es un espacio completamente imaginario y carente de contenido. La única utilidad del futuro es la de servir como espacio imaginario para la predicción científica desde el pasado; pero en ese escenario, el futuro es mera proyección de posibilidades, potencias que siguen dependiendo del pasado. En pocas palabras, huir del pasado o negarlo, equivale a una negación de todo posible futuro y a una desparpajada voluntad por salirse del tiempo, como si se buscara ansiosamente la eternidad. 
Y si un político apela a olvidar el pasado para voltear la vista al futuro, ¿no es esto una oposición deliberada contra la razón? Nos queda claro que la ideología del PRI de Peña Nieto es eso: la antirazón. 
Peña Nieto, con una desparpajada audacia motivada por la ansiedad priista por entrar en fuga respecto del pasado, pone de cabeza al Iluminismo, al espíritu que llegó para quedarse desde el siglo XVIII como fundamento de la razón y el progreso hacia la humanización de la especie. Si los iluministas veían en la crítica del pasado el camino de la razón libre para el progreso, Peña Nieto invierte a capricho esa realidad objetiva, quiere invertir el sentido de la historia –del futuro al pasado con la retrodicción -, y todo para intentar desactivar la razón de los mexiquenses. 
¿A qué responde este desparpajo peñista?...Vamos, vamos; eso es fácil de ver. Es que la razón es el enemigo letal del priismo peñista por una obvia razón – valga la redundancia -: injusticia y razón, y televisión y razón, son como agua y aceite.
Si usted fuera un corsario y estuviera a punto de abordar una flota mercante, ¿rogaría a Dios por sus bendiciones o afilaría la espada?
Si Racionalismo e Iluminismo fueron los abuelos de Einstein y Bohr, los dos genios revolucionarios más frescos en la historia, y a quienes mucho debemos en la vida diaria, me pregunto algo: ¿a qué engendros dará a luz la filosofía antirazón de Peña?...¿Porfirio Díaz? ¿Luis XVI y María Antonieta, la Madame Déficit? ¿Torquemada? ¿Vlad Tepes? ¿Una horda de cavernícolas? ¿Una fábrica de idiotas? ¿Qué viene con la antirazón?
La única manera en que Peña Nieto puede salvar estas dificultades para no dejarse ver como un político que desconoce su oficio, es que se ponga a inventar y a fabricar una máquina del tiempo que le permita volver al futuro para demostrar su realidad objetiva. Advierto de una buena vez, y para que no pierdan su tiempo, que de nada sirve en esto la literatura verniana, pues el mezquino y gárrulo de don Julio no dejó ni pizca de trazos sobre la ingeniería de su máquina. Y si acaso Peña vuelve al presente desde el futuro para demostrar su teoría, que de pasada se traiga un Eloi, una Weena muy buena, un Morlock, y un cuaderno de estadísticas deportivas. Digo, por aquello de los extremadamente escépticos. No faltará quien esgrima que todo se trató de un atajo madracista en motoneta hacia la anhelada meta.
¡Ay, Dios mío! En verdad que muchos priistas son vaciados y pintorescos. Cómo me causa risa esto del hoyo de gusano utilizado por Madrazo para ganar una carrera. Es un pasaje que me hace recordar muchos más en la historia, y que luego me hace concluir que, junto al magistral y genial Cantinflas, nuestros políticos suelen ser los mejores representantes de nuestra exquisita cultura picosa. Debemos reconocer ese aporte inigualable.
El discurso político en el PRI peñista nos deja evidente que su proyecto de nación es la antirazón, la lucha deliberada contra la razón. Frente a la razón, el PRI peñista opta por lo primitivo, por el universo animista con todo su aire sobrecargado de fetiches, fantasías e ilusiones. Esta tendencia no es nueva; pertenece al PRI desde mucho tiempo atrás y solamente ha reaparecido con la nueva estructura de poder volcada hacia Peña Nieto. Y es en este punto del tiempo, el presente – para aclarar que no me he fugado -, que salta a la vista la novedad peñista, pues, al instrumento del garrote en forma de decreto autoritario tan propio del viejo priismo, ahora se suma con extraordinario vigor el martillo de la sugestión televisiva. Y es desde esta perspectiva que los discursos priistas, en especial los peñistas, me traen a la memoria las ensoñaciones metafísicas de Edward Fawcett y su filosofía de la Imaginación Cósmica. Y es que el PRI peñista, con su apelación a olvidar lo existente – el pasado y el hoy - para pensar en lo inexistente – el futuro –, arroja por la borda a la razón y sus leyes para luego aferrarse a una imaginación extrañada del entendimiento, y por ello irregular, caótica y hasta demencial. Pareciera que los priistas, con el arribo de Peña Nieto, hubieran optado por hacer política tomando como único instrumento a la imaginación poética de la que hablaba Francis Bacon; y pareciera, pues, que se trata de una imaginación artística y donjuanesca, surrealista, aventurera, locamente festiva y gozosa, pero no científica, y capaz de invertir, formar y deformar la realidad a placer en la conciencia de los ciudadanos. 
¿Se da cuenta del empalme muy estrecho entre la ideología del PRI peñístico y el espíritu de la televisión? Ambas son la negación de toda razón para el salto al vacío de la ilusión festiva.
El único cambio sustancial en el PRI ha sido en lo tocante al primado del instrumento que ha de usar para imponer su autoridad y su antirazón. Si ayer fue el garrote del decreto, hoy es el martillo de la sugestión televisiva.  
El PRI de Peña Nieto quiere hacerle creer a usted que un duende existe a pesar de que usted perciba un mundo donde no hay duendes…¿Qué? ¿Que le parece poco efectiva la estrategia peñista? ¿Que usted no cree en duendes? ¿Que no lo lograrán?...¡Ay, amigo! No sabe lo que dice. Yo no estaría tan seguro de eso. No desestime el poder de la televisión. El martillo de la televisión puede ser más persuasivo que el garrote del decreto y que la más sublime teofanía. Somos animales amantes del hábito, y hay muchos más que son amantes de la pereza intelectual. Y ese aparato endemoniado es capaz de todo una vez que lo toma a uno por el cuello del hábito, de la necesidad y de la ignorancia. Cierto que, de inicio, puede ser que uno se rebele ante la caja loca y se declare cuerdo y se dé a la tarea de patalear y refutar el veredicto priista sobre la existencia de los duendes; mas, a la vuelta del tiempo, cuando la pereza intelectual cubre la mente, cuando uno se entera de que no se puede vivir sin la caja loca, y a fuerza de simples golpes de martillo de sugestión televisiva, es posible que uno termine sumado a la multitud que, al dar por real la ilusión televisiva, da por sentada la existencia de los duendes…y la de Peña Nieto…y la de Salinas.  
¿Se puede construir un proyecto de nación con una razón inerte por el ansia de huir del pasado que acusa? Por supuesto que se puede; pero no a través del recurso de la razón, sino del sentimiento, la fantasía y la ilusión. Y tal es el proyecto político del PRI de Peña Nieto: convertir al país en una fábrica de idiotas que crean en las ilusiones como realidad, y en las realidades como ilusión. 
Deseable sería que el ciudadano estuviera prevenido contra la letal toxicidad de este nuevo priismo televisivo que pretende una ruptura total con la razón para ponernos en el terrible absurdo de ir a contracorriente en la ruta del progreso en la historia – supuesto el caso, como creo, de que haya un sentido de progreso en la misma -. México ya perdió setenta años de su historia dejándose llevar mansamente por una gran banda de ladrones. Dejarnos mover ahora por la ilusión televisiva para apoyar la antirazón peñista, sería como declararse leal partidario del gran inquisidor Roberto Belarmino y ajustarse con optimismo al retorno del universo medieval y su mundo sombrío de mazmorras redentoras.
La mentira siempre se oculta bajo el manto de la noche, no se muestra, no da su rostro. Lo hace porque ella espera que usted caiga víctima de la ilusión de creer que ahí, en la oscuridad, sólo hay eso: oscuridad. Ella se vale de la inutilidad de nuestros sentidos para penetrar aquel abismo negro. Ese es el quid de la mentira: jugar con nuestros sentidos a fin de pasar inadvertida y dar la sorpresa amarga en el momento oportuno. Sin embargo, la razón es letal para la mentira. La razón nos ayuda a entender que, bajo ese manto de negrura, puede haber una mentira que aguarda por el menor descuido para caer sobre la descuidada víctima. La razón puede incluso desentrañar esa mentira sacándola a la luz desde aquel nido sombrío en que se agazapa.
Vale la pena escuchar a la razón. Actuemos como fuerza favorable a ella para contrapesar la declarada antirazón del PRI de Peña Nieto. No se trata de partidos ni de competencias electorales, sino de todos nosotros. Mucho se juega en ese lance, pues, de ella, de la razón, y no de la televisión, pende la posibilidad de una vida feliz para todos.

Buen día.


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