Enrique Peña Nieto: ¿Un nuevo mesías?

...o de la manera en que un político ha sido convertido en mesías por los actos de fe de sus devotos prosélitos.

1.- De los prosélitos:

Sigo sin poder encontrarle justificación objetiva - porque no existe - a los motivos que impelen a algunos formadores de opinión o analistas de medios a afirmar una de dos cosas posibles en torno a Enrique Peña Nieto en el contexto del caso Gordillo: O dicen que Enrique Peña Nieto no obró éticamente porque su móvil de acción no fue el respeto a la ley, sino sus impulsos caprichosos; o que este hombre sí obró éticamente, es decir, movido por el respeto a la ley.


Como las dos afirmaciones son opuestas en el campo de la política, un ámbito de lo probable, esto luego ha dado lugar a una polémica inútil donde no es posible alcanzar una solución satisfactoria para ninguna parte por estar todo viciado de origen. En efecto, existe en ambas partes un terrible sesgo en el juicio a este caso. Se trata de un sesgo que es peligroso porque, en su condición de hombres que forman opinión, su error o su mentira se multiplica viralmente entre los lectores o tomadores de opinión, lo cual luego da lugar a sesgos en la toma de decisiones del público en nuestra pinchurrienta democracia. Y por cierto que en mi último apunte en este diario abordé de pasada este asunto. Dejo enseguida enlace al mismo apunte por si le interesa.


En este apunte buscaré aclarar con más precisión el nudo de sesgo que da lugar a esta polémica inútil.
De entrada, aclaremos que moralidad y legalidad no son la misma cosa. Moralidad es la voluntad que se constriñe a la ley moral por instancias de razón y cuyo fin es el simple respeto a la ley moral. Legalidad, por su parte, es voluntad que se constriñe a la ley moral poniendo su móvil en el miedo o la esperanza respecto de otros fines en quien realiza el acto. Y cuando hablo de miedo o esperanza, me refiero a una voluntad que apunta su móvil, no al imperativo de la razón, sino al impulso de los deseos personales y caprichosos, que no es sino egoísmo.  
En el caso de la Gordillo, para que la acción de Enrique Peña Nieto sea moralidad se requiere que su voluntad por ejercer la ley contra esta mujer esté puesta solamente en el respeto a la ley, en la adhesión ciega a la ley, sin importar las consecuencias que esto pueda tener para él mismo. Por su parte, para que la acción de este hombre sea simple legalismo, se requiere que su voluntad de ejercer la ley contra la Gordillo tenga la vista puesta, no en la ley moral por sí misma, sino en un bien ulterior que satisface los impulsos del mismo Enrique Peña Nieto - deseos caprichosos apuntados a su utilidad -.
Los partidarios de Enrique en este caso afirman que su acción es moralidad. Por el contrario, los detractores de Enrique afirman que el acto de este hombre fue un acto de legalismo donde el móvil está en uno o varios fines ulteriores que apelan a deseos caprichosos. Por supuesto que hay una amplia gama de hipótesis en torno al verdadero móvil en este segundo caso: venganza de mafias, legitimidad, más veracidad a los programas de reformas del PRI, o hasta una combinación de todas las anteriores.
Todo muy bien. Mis felicitaciones a los postulantes en esta cómica polémica. Sin embargo, como lo hice en mi apunte previo en este diario, les vuelvo a informar a las dos partes que están especulando. Y están especulando por dos motivos fundamentales. Por un lado, los móviles de la acción de Enrique solo son datos para él, en tanto que son datos de su subjetividad. Él podrá tener certeza clara de esos móviles, pero esos móviles, por ser enteramente subjetivos, de él, son completamente intransferibles de manera objetiva en condición de evidencia irrefutable a los demás mexicanos. En otras palabras, es imposible que Enrique Peña Nieto exteriorice el móvil de su acción - ya impulso o ya razón - hacia el testimonio de nuestros sentidos tal como si a su propia voluntad le fuera posible tornarse en un letrero a su cuello, tangible para cada mexicano, y que rezara los siguientes epígrafes alternativos: "Soy moral" o "Soy legalista hipócrita". Por otro lado, y ya que la voluntad de Enrique es solo un dato para él, y digo que solo para él, resulta que las ideas subjetivas de los analistas u opinadores públicos en el caso no tienen suficiencia objetiva alguna porque no tienen correlato en el mundo real: el móvil de la voluntad de Enrique.
Debe concluirse, entonces, que quienes polemizan en este asunto en los términos señalados, lo hacen inútilmente, sin poder llegar a resultados positivos, pero sobre todo están actuando como los fanáticos religiosos. Cierto. Como todo el material de polémica en este asunto son ideas subjetivas que no tienen correlatos objetivos, y como asumen el papel de prosélitos - los partidarios de Enrique - o de herejes - los detractores de Enrique -, luego el recurso de que están usando es el de la fe. 
En efecto, es el acto de fe que, poseyendo solo suficiencia subjetiva y no objetiva, es transferible a los otros mexicanos solo por el recurso de la persuasión, más no de la demostración y la convicción que requiere toda vocación científica. Y es por eso que los prosélitos y herejes de Enrique se empeñan en usar del caso Gordillo para persuadirlo a usted de una supuesta verdad "objetiva", pero que es objetivamente indemostrable, a través de la repetición hasta el infinito del mismo acto de fe y usando falazmente de su autoridad en el medio de la opinión pública para decir: O que "Enrique Peña Nieto es un hombre moral por haber actuado como actuó en el caso Gordillo", o que "Enrique Peña Nieto es un inmoral legalista, hipócrita y oportunista".
De todo lo anterior debe concluirse que tanto prosélitos como herejes han instalado una novedosa Verdad Revelada en torno a la voluntad de Enrique Peña Nieto en este caso Gordillo; una verdad que solo es accesible a Enrique, objeto del culto y el anticulto, y para los practicadores de esta fe en calidad de una Doble Verdad: "No me importa lo que digan los herejes, mi verdad es la moralidad de Enrique", y lo contrario los herejes. 
Y ya en ese terreno de la fe, es inevitable que ellos terminen convirtiendo a Enrique Peña Nieto en un mesías priista - los prosélitos - y en un demonio priista - los herejes -. Y aclaro que esto es obra y gracia de los dos bandos en pugna, porque el propio Enrique nada ha dicho hasta ahora en ese sentido; aunque se advierte que éste no tiene mucha urgencia por atajar el paso al fanatismo de sus prosélitos. Pero lo cierto es que el caso más dramático de fanatismo está en los prosélitos toda vez que ellos pretenden levantar a un mesías cometiendo al menos los siguientes dos excesos. 
Primero, pasan por alto a conveniencia los sospechosos antecedentes de Enrique. Creo que no es necesario ser muy exhaustivo aquí citando el largo inventario de sucesos sospechosos porque son hechos bien conocidos por todos. Me basta señalar que un hombre que pretende pasar por intelectual ante los mexicanos - FIL - cuando no lo es, es una mentira, una inmoralidad completa. Me basta señalar también que un hombre que ha sustentado su sospechoso triunfo electoral en la compra masiva de votos - Sorianazo, Monex, etc. - demuestra objetivamente que no respeta la dignidad de los mexicanos pobres porque los tiene en condición de cosas útiles puestas como medios al servicio de sus impulsos caprichosos, que es una inmoralidad consumada y mayúscula toda vez que rompe con uno de las máximas del imperativo categórico de la razón: Trata a la humanidad, en ti mismo y en los demás, como si fuera un fin en sí mismo y no solo medio de tus resoluciones.
Segundo, muchos de esos mismos prosélitos se dan luego a la tarea de actuar a la manera de un Juan Bautista puesto que, partiendo de su acto de fe en la supuesta "moralidad" de Enrique, pasan luego a "bautizar" a los incautos en su culto y a anunciar las Buenas Nuevas, la próxima venida del mesías priista que ha de bautizar, no con agua, sino con el fuego de la santidad priista. Y esto lo anuncian los prosélitos con sus albricias partiendo de la supuesta "moralidad" de Enrique bajo el cuerpo inerte de la "maistra": "¡ Esto es solo el principio !"; "¡ Lo mejor está por venir !" - expresión entusiasta y carnavalesca predilecta de César Camacho, sumo sacerdote del culto de los prosélitos -; " ¡ Caerán más ! "; " ¡ Agárrense, filisteos ! "; " ¡ Qué huevos ! " - frase sublimada proveniente del natural histrión de la Zabaleta, quien ya le encontró gusto a los huevos a la Peña Nieto -.

2.- De los herejes: 

Como ya queda demostrado, la salvación no está en creer a los prosélitos para tener fe en Enrique como su nuevo mesías; pero tampoco está en condenar sin más a Enrique a manera de demonio, tal cual lo asumen los herejes. La verdad está en otro lado, en otra vía. 
En efecto, y lo dije en mi anterior apunte, el camino hacia la verdad objetiva y probable en el caso Gordillo está en la prudencia. Pero para acceder a este vía necesitamos dos pasos: Primero, renunciar a la fe de los prosélitos y los herejes para suspender todo juicio sobre los móviles de la acción de Enrique Peña Nieto en el caso Gordillo. Por supuesto que esto tiene absoluto sentido porque, aunque usted lo dude, las cuestiones de la moral competen solo al ámbito de la interioridad de cada uno de nosotros donde nada es demostrable en sus móviles de manera objetiva. Segundo, y ya abandonada la moral, pasar al más amplio terreno de la prudencia que no es sino el ámbito de la inteligencia práctica aplicada al logro, no del cumplimiento de la ley moral, sino del fin de existencia individual que conocemos como felicidad.
Cierto, usted necesita hacer uso de la prudencia en esto porque necesita tener algún grado de certeza en torno a los móviles de Enrique Peña Nieto para saber a qué atenerse con este hombre. Esto, porque de ese saber a qué atenerse depende el cumplimiento de su felicidad porque ese hombre es presidente de este país y tiene el poder para amolarlo o ayudarlo a usted. Y la prudencia nos ofrece eso porque construye juicios apelando a la experiencia acumulada en torno a las relaciones causa-efecto en el fenómeno bajo juicio. Mas, debe aclararse que ese saber será solo probable y jamás da lugar a certezas completas. Y vale un ejemplo práctico del día a día para clarificar esto.
Si un amigo suyo acude a pedirle prestado, la prudencia indica que su decisión debe atenerse a su experiencia acumulada en torno a ese amigo como deudor suyo. ¿Siempre le ha pagado? Si no tiene experiencia en este sentido, su segunda mejor opción es acudir a la experiencia de los acreedores de este amigo suyo para responder a esa pregunta. Si usted concluye que ese amigo es un impostor que no gusta de pagar sus deudas, usted actúa con prudencia - por su felicidad - si no le presta; pero actuaría como un gran idiota si le presta porque está obrando contra su propia felicidad.
Como yo me ciño a la prudencia en estos casos, me defino como partidario de los herejes. Pero a diferencia de los herejes, y en aras de la objetividad, yo suspendo todo juicio moral en el caso Gordillo y lo someto al terreno de la prudencia. Y ya ahí, mi conclusión de máxima verosimilitud es muy simple: debo creer con máxima verosimilitud que el móvil de Peña Nieto en ese asunto Gordillo no es la ley moral por sí misma, sino un legalismo que emerge por sus impulsos caprichosos que no obedecen sino a la esperanza de sus deseos y, en consecuencia, a su natural egoísmo. Y créame que es una conclusión a la que el sentido común y la prudencia llegarán en todos los casos porque los hechos consumados de Enrique obligan a eso.
En cuanto a los deseos caprichosos del móvil, supongo con máxima verosimilitud que se trata de un efecto combinado entre: poner fuera de servicio a una priista genuina - Gordillo - que es inútil ya, pero sí bastante riesgosa para el poder político al estilo PRI - como negocio privado -; abonar en la legitimidad de Enrique Peña Nieto; y abonar en la pobre credibilidad del programa de reformas del PRI.  

Buen día. 

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