El extraño caso del doctor Sócrates Rizzo y mister Hyde.

Para entender la naturaleza de la política…y de nosotros mismos.

Me quedé sentado en el escritorio meditando un poco. Es que todo era tan extraño en esa noticia. No podía atinar a los motivos de Sócrates Rizzo para decir lo que dijo. ¿Entusiasmo? ¿Momento de extravío? ¿Intención deliberada? Difícil de saber. Por más que pensaba, no sabía dar respuesta. Luego de un rato pensé que lo mejor era atenerse a lo que se opinaba ya  por todos lados y a las mismas reacciones de escándalo que ya se despertaban en el mismo PRI. Si, me empezaba a parecer todo había sido deliberado por este hombre. Quizás calculó mal el efecto final. Sí, podía ser eso. Y es que parece que mucha gente ya no está dispuesta a comprar la mercancía del miedo.

Me encogí de hombros al verme medianamente satisfecho con la respuesta provisional a mis dudas. Me había quedado la percepción de que, al final, debíamos agradecer a Sócrates. Si bien no agregaba nueva información porque nos decía algo que no hubiera sido imaginado o escuchado antes, era justo reconocer que sus palabras le daban al rumor del día a día un toque de verdad casi evidente. El hombre había puesto en aprietos al PRI. Ahora estaban constreñidos a refutar a Sócrates.  
- ¿Refutar a Sócrates? –me dije entre risas-. Menuda tarea le han dejado al pobre PRI.
Pero algo empezó a llegarme a la cabeza cuando apagaba mi computadora y arreglaba el escritorio. La mercancía del miedo estaba por ahí jugando en los rincones de mi memoria, como buscando algo con insistencia para activarlo. El escozor de mi memoria no se iba, persistía, aguijoneaba, pero no me revelaba cosa alguna. Giré la mirada hacia el reloj. Era la hora de la verdad a medias, y me fui al sillón. Me recosté y prendí la caja loca para ver las noticias de la noche con la esperanza de encontrar ahí un medio dato más para el rompecabezas.
Nada, nada, nada…-decía desilusionado mientras cambiaba de canal con insistencia en busca del medio dato.
Nadie hablaba del caso Sócrates en la única empresa multicanal del país. Parecía como si aquel evento nacional no hubiera existido jamás. Aquello me recordó al viejo totalitarismo del bloque rojo, y la mercancía del miedo se avivió en mi cabeza. Apreté el control con más insistencia. Una y otra vez, una y otra vez…
- El gobernador Peña Nieto demostró de nuevo su loable patriotismo al jurar a la bandera…-dijo Denise.
Cambié de inmediato y…
- El gobernador Peña Nieto lloró por los niños del Teletón y…-dijo Joaquín.
Cambié otra vez y…
- ¿A poco no es guapísimo Peña nieto? –preguntó la Chapoy.
Cambie y escuché a alguien vociferar…
- ¡Andrés Manuel López Obrador vuelve a las andadas! –dijo Alemán-. De nueva cuenta deja ver su fuerte inclinación al fascismo. La palabra “compañeros” que tanto usa lo incrimina. Es preciso exigir una investigación inmediata a…
Cambié de inmediato lleno de terror y, para mi suerte, por fin encontré un canal comunitario de la sierra de Puebla donde se decía la verdad…o al menos eran imparciales.
Y cuando más entretenido estaba con las noticias, me llegó la idea. La mercancía del miedo había dado en el clavo. “Exacto”, me dije, y fui corriendo por aquel libro para volver a releerlo.
Es que todo esto que pasaba en el país tenía un enorme parecido con la maravillosa novela de Stevenson, “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde”. Las dos tramas son tan similares, están tan bien sobrepuestas, que mi imaginación no pudo sino asombrarse para ir luego a buscar los entretejidos de forma y de mucho fondo que existían entre ambas historias. 
Encontrado el libro, me fui a mi sillón. Me recosté de nuevo, abrí el primer capítulo y, antes de leer, recordé a Sócrates con gratitud. Él, cual vate iluminado y persuasivo, nos había dedicado un proemio que nos ayudaba a dar a luz en el pensamiento político. Luego de lanzadas mis loas al vate, éste se retiró de la escena para dar paso a los actores. Y, una vez ahí, en el tablado, el PRI se me empezó a mostrar, nada más y nada menos, que como el honorable doctor Henry Jekyll. 
Empecé a leer muy persuadido y feliz con mi hallazgo. Y es que ahora resultaba que el PRI no tenía una sola identidad, un solo rostro, el rostro que los priístas ensalzaron durante decenios y que siguen tremolando tan orgullosos hasta la fecha. No, nada de eso. Ya me quedaba claro que nos habían mentido durante todo ese tiempo. Ahora me daba cuenta de que el PRI, como el doctor Jekyll, tenía una personalidad dual, dos rostros, dos facetas. Era por fin un ente con dos personalidades que se articulan para hacer posible su existencia. Él es Henry Jekyll y Edward Hyde al mismo tiempo.
Tenía entonces suficientes motivos para leer aquella novela de nuevo. Yo sabía que debía conocer más a fondo a Edward Hyde para entender al PRI. Y así fue que leí, y leí, y leí con avidez. Fui encontrando y entendiendo los pasajes siniestros del PRI. Mas, cuando ya estaba bien entrado en la nefanda transformación de Henry ante su consternado amigo Lanyon, me ganó el sopor y me quedé dormido.
El primer sobresalto sacudió toda mi superstición de un solo golpe. Demasiadas coincidencias. Las coincidencias eran tantas que perforaban el límite de lo plausible. Y es que las mismas se daban hasta en los nombres. ¿Alguien conoce a un Henry en el PRI?   
Henry - el PRI en lo sucesivo- se preciaba de ser un hombre excelente, de virtudes acabadas y muy ricamente elaboradas. Él lo sabía, pero no lo decía para ir en consonancia con la modestia. Pero su certeza a ese respecto no se quedó jamás en mera disertación racional. No, nada de eso. Desde que se tenía memoria de Henry en aquella alta sociedad, él se había dado a la tarea de mostrarse consecuente con los hechos. Si hablaba de virtud, él era la virtud en acción.  
La buena fama de Henry llegó a ser tan monumental, tan faraónica, que pronto se plantó con pies firmes en el solio del modelo a seguir. Y de ahí, en un suspiro se convirtió en la encarnación del “Bien absoluto” por el que tanto había propugnado Platón. Henry, pues, se convirtió en el paradigma de la virtud para la alta sociedad victoriana. Y si alguien se atrevía a poner en duda en una pizca la existencia de la caridad, el otro respondía “Henry”, y asunto zanjado. Si otro por allá contra la honradez, “Henry”. Si acá otro con la valentía, “Henry”. Si en los sanitarios del club de golf los caballeros debatían acaloradamente por la valentía y el patriotismo, de pronto se escuchaba una voz hermética desde un cubículo exclamando ¡“Henry”! Y como ya se ve, la aportación de Henry no se había restringido al terreno de la moral. No, la filosofía moral había recibido, además, el influjo sintético de su nombre: Henry.
Henry siempre fue como un Odiseo en eso de hacer oídos sordos a tantas gracias a su favor en boca de la alta sociedad. Él, fiel siempre a sus virtudes, se ataba al mástil de su trirreme y se taponaba los oídos para hacer fuerza y no ceder a las tentaciones de la vanidad. Mas no lo logró del todo, hay que decirlo. Al final, no pudo evitar ser víctima de cierto aire de soberbia y vanidad autocomplaciente. Pero ni así se le juzgó mal al buen Henry. Se le pagó en justicia con la misma moneda con que el trocaba las mercancías de la virtud. “¿Y quién, siendo humano, iría a resistir la sonrojada felicidad por tantas y tantas bondades en el alma?”…”Después de todo, el buen Henry no es un dios, amigos”, se decían unos a otros para justificarle en sus requiebros de vanidad.  
La vida se había prodigado tan escandalosamente en Henry, que cualquiera que lo veía, al primer golpe de vista, sin mediar razón, apostaba su fortuna entera a que ese hombre era tenido por Dios como el hijo predilecto entre los predilectos. Razones sobraban para creer aquello. Y es que si Henry era la virtud por excelencia montada en dos borceguíes revestidos con polainas relucientes, también era un hombre con un atractivo físico devastador para cualquier mujer que, para su desgracia, atravesara su vista con él: alto, más allá del uno noventa de talla; de complexión atlética, sólida y  recia; de rostro vivaz y con perfiles varoniles; tez nívea; cejas pobladas que exaltaban su reciedumbre; pelo negro, engominado y reluciente; ojos chispeantes y vitales, bordeados por pestañas largas y rizadas; y de una personalidad tan aplastante que podía acallar al más feroz ejército de abogados.  
Y era que Henry, estando tan seguro de sí mismo, se daba a caminar por las calles con paso firme, gallardo y muy seguro de su buen nombre. Se paseaba ufano, orgulloso, con gran continente y majestad, con la barbilla en alto, prepotentemente satisfecho de su moralidad victoriana. Caminaba con aquel aire de majestad propio de los reyes y príncipes. Él se sentía tan completo en su respetabilidad, en su santa institucionalidad, que llegaba a contonearse como un pavo de esponjado plumaje a la hora de exhibirse. Era caballero fino, educado, atento, conocedor experto y practicante devoto de las reglas de buena y decorosa conducta. ¡Vamos, hombre!...Que Henry era, en suma, el hombre modelo.   
Pero el portento de su virtud se daba en los momentos en que no tenía miramientos a la hora de llevar la mano al bolsillo para sacar lustrosos chelínes y depositarlos luego en los sombreros sebosos y ajados de los mendigos de la calle. Cuando la gente de alcurnia le veía en tan majestuosa acción, simplemente cedía a las lágrimas y a los aplausos más atronadores. Y el paroxismo arribaba cuando Henry remataba diciendo a cada uno de esos menesterosos, con voz piadosa y mustia: “Tenga usted, buen hombre de dios”. Para la gente de sociedad, aquello era, simplemente, el pináculo de una bondad que ponía rojo de vergüenza al mismísimo San Francisco de Asís.
Y como era natural en un santo varón de su alcurnia y prosapia, a Henry le molestaba mucho la existencia de los seres infernales que poblaban el mundo bajo. La piel se le enchinaba con la sola vista de los rebeldes, de los vulgares y ociosos ignorantes que ponían en duda a las sagradas instituciones y a la moralidad que, a él, le eran tan gratas y tan venerables. Y lo que más le colmaba de cólera, de indignación y de consternación, era aquel ejército de vagos que vivían en el polo más opuesto a su inmaculada conducta: el ladrón, el criminal, el pecador, el fariseo. Su exclamación habitual ante estos sujetos había ya cobrado fuerza proverbial y era atronadoramente ovacionada por sus seguidores cada vez que brotaba de aquella su garganta tan afinada: “¡Pasadlos por el martillo de la ley!”.
Utterson, Lanyon, y los demás amigos y colegas de Henry, todos buenos ciudadanos por cierto, siempre contaban con impaciencia los días para la siguiente reunión cena en la residencia del afable Jekyll. Muchas y muy largas veladas habían pasado ya entre amenas charlas al cobijo de la confortable y crepitante chimenea escuchando al apreciable y distinguido doctor Henry Jekyll, el intachable, el incorruptible. Nadie se cansaba de escucharle en su ilustrada elocuencia, de forma tal que podían pasar horas y horas soprendiéndose con la virtuosa sabiduría de aquel seráfico ser. Y es que Henry era tan convincente en sus razones, su sola personalidad era tan prolija en magnetismo virtuoso, que nadie necesitaba decirle a Henry lo maravilloso que era. Él ya lo sabía; el mundo lo daba por sentado. 
Pero había algo que nadie sabía sobre Henry Jekyll. Era algo que él guardaba celosamente para sus adentros. Y es que Jekyll, contrariamente a lo que creía el mundo, no era un hombre feliz cuando se regodeaba en sociedad. Y menos lo era cuando se encontraba solo en su hogar.
La infelicidad oculta del doctor Henry Jekyll tenía una razón poderosa detrás de sí: él sabía que su faceta pública no era más que una triste fachada. Él lo sabía porque, mientras sonreía hipócritamente para los demás, mientras prodigaba gracias a diestra y sinietra cual monarca benévolo y liberal, mientras se montaba la dulce máscara del honorable doctor Henry Jekyll, su pecho vibraba con los ronrroneos de la avidez bestial de Edward Hyde, de su otro yo, de su lado oculto y más amado.
Y Hyde no deseaba otra cosa que lujuria, perversión, dinero y, sobre todo, poder. ¿”Poder”? Sí, poder; porque Henry provenía de una familia que se había enquistado en la presidencia del país durante decenios y decenios, hasta que les fue arrebatada por otro grupo dinástico. Y siendo él uno de los herederos a ese trono escamoteada años ha, no había noche en que no planeara la forma de recuperar ese trono.
Cuando Henry se encontraba en la soledad de su estudio, frente a su chimenea, era cuando más se entregaba al dolor que le producía aquella tensión de las dos facetas de su interioridad. Las presentía a cada instante en su pecho, las percibía tironeando de un lado a otro como dos fieras enzarzadas. Aquella lucha le sumía en terribles y estremecedoras ansiedades que le mordisqueaban dolorosamente la voluntad. Cada palmo de su vanidad orgullosa trasudaba chorros de voluntad flagelada con los latigazos de la incontinencia que bullía en su corazón. 
En los tormentos que le producían aquellos asaltos sórdidos del deseo, solía recordar con anhelo su laboratorio, sus libracos polvosos, sus apuntes, sus sustancias…sus investigaciones…su fórmula…
- Y tan cerca de la verdad –se decía con voz trémula.
Henry nunca había confesado esta tristeza que le invadía. Pero un día lo intentó con Utterson, su notario y mejor amigo. Lo intentó, pero no pudo. Utterson lo apremió a seguir adelante, pero sin éxito. Henry solamente le entregó su testamento y unas cartas. “Abrídlas si yo muero, amigo Utterson”, le dijo. 
Y un día, cuando más la ansiosa tristeza le apretaba el pecho, Henry se venció y cedió a la fuerza de terrible y voluptuoso Edward Hyde. Pero Edward Hyde sabía que no podía irrumpir sin más en el mundo del intachable doctor Henry Jekyll, su tutor y bienhechor. Sabía, pues, que debía permanecer lejos de la vista de aquella gente de la cual dependía la buena reputación de éste. Así que deliberó con eficacia y encontró la luz: el día para el incorruptible Henry, y la noche toda para él y sus correrías. Y, decidido eso, Henry puso manos a la obra para liberar a su bien amado Edward Hyde. Era la hora de actuar.
Henry corrió presuroso a su laboratorio para culminar sus trabajos de investigación. Llegó al lugar y se encerró dispuesto por completo a no salir de ahí si no era montado en la humanidad de Hyde. Buscó y rebuscó acuciosamente en sus gabinetes y libreros. Sacó ampolletas, matraces, tubos, mecheros, libros, apuntes, sales y sustancias. Iba y venía de un lado a otro en febril actividad. Luego se sentó, leyó, repasó, apuntó, borró, tachó, se rascó la cabeza, se meció los cabellos, maldijo una y mil veces…y hasta que por fin gritó eufórico: ¡Eureka! Y exclamado eso, armó el laboratorio, empezó a mezclar sales y sustancias, tomó la pócima en la ampolleta, la reviso al trasluz, la olfateó, refunfuñó, dispuso un espejo, fue a sentarse en el escritorio y, a punto ya de verter la sustancia en su boca, dijo:
- Henry: ha llegado la hora de la verdad. Tras este velo de misterio se encuentra el poder y la gloria, las masas inundadas de terror clamando por tu retorno glorioso. 
Dicho lo anterior, Henry vertió la pócima en su garganta en medio de un glogloteo efervescente que repicaba en sus oídos. 
Henry esperó y esperó sentado. No despegaba sus ojos del reloj de pared. Le consumía el ansia. Contaba los segundos, uno por uno. El tiempo pasaba y no sucedía nada. La ansiedad lo comía cada vez más. Empezó a tamborilear con sus dedos sobre el escritorio. Llevaba la mirada entre el reloj y los amplios ventanales. Y cuando ya pensaba en otro intento, ¡voilá! Llegaron los primeros síntomas.
Los primeros efectos de la pócima llegaron poco a poco, muy leves, casi imperceptibles. Se dejaron sentir como un ligero pero insistente escozor en el cuello. Henry se rascó, removió el cuello de un lado a otro, lo estiró. Abrió luego el cuello de la camisa para cerciorarse. ¿Era la pócima o el almidón? Y en eso, cuando soltó el botón, el escozor se fue de golpe. “¿Qué pasa?”, se volvió a preguntar Henry lleno de ansiedad mientras tamborileaba con ambos pies sobre la duela. Y cuando la ansiedad volvía, un gruñido corto pero muy redondo le conmovió las tripas. Se sorprendió. No lo esperaba. Esperó de nuevo en silencio…Y otro ronrroneo, y otros dos más pisándose los talones. El pobre Henry se llevó las manos al vientre creyendo por un momento que aquellos gruñidos se debían a un error culinario de Poole, su mayordomo. Empezó a maldecir al pobre hombre levantando el puño al aire. Quiso culpar al pobre Poole. Y cuando las imprecaciones crecieron a más y mejor, otra vez los ronrroneos; pero esta vez se corrieron al pecho. Error, no era Poole, era la bendita pócima. No había duda ya. Y en la alegría jubilosa de Henry, los gruñidos se extendieron luego a los miembros. Estos se agitaron poco a poco y, en un suspiro, un rayo fulminante atravesó el cuerpo de Henry, quien se levantó de su asiento como impulsado por un resorte colosal. Se empezó a tambalear lastimosamente. Intentó caminar. Trastabilló. Se aferró con desesperación a los bordes del escritorio. Mas las rodillas se le doblaban, las corvas le traicionaban y, en medio de un temblor irrefrenable, el pobre fue a caer a la duela cuan largo era.
Ya en la duela, Henry, con la mirada completamente nublada, se empezó a revolcar de un lado a otro como un tronco, como quien no puede conciliar el sueño por sus muchas fechorías. Gemía, gritaba soltando horribles sonidos guturales que iban a rebotar por todo el laboratorio. Para de rodar y se arquea feamente por un instante. Vuelve a rodar. Siente una ansiedad que le sofoca en el cuello y lleva sus manos crispadas ahí. Luego le vino un temblor incontrolable que le paralizó por completo y, una vez ahí, se sumió en la más completa inconciencia.
A la vuelta de un par de minutos, Henry volvió en sí. Se espabiló y sacudió la cabeza para recobrar el sentido. Se puso en pie y pudo notar un cambio rotundo en su cuerpo. Se sentía minimizado, como inmerso en un mar de tela, pero también colmado con la fuerza de doce hombres. Necesitaba contemplar su obra y caminó al espejo que había dispuesto para ese efecto. Y cuando estuvo ahí, frente a sí mismo, se extasió al contemplarse en la plena potestad del hermoso Edward Hyde.  
Su talla se había encogido ostensiblemente. De más de uno noventa había pasado a un poco más de uno cincuenta. Notó que la ropa de Henry le quedaba arrebujada y en olas de grande. Los zapatos, en él, semejaban a los de un payaso bizarro. Su cuerpo era una masa de músculos recios, vivaces. La piel pálida, macilenta, colmada con verrugas y pelos negros y dispersos que semejaban cerdas, muy hirsutas al tacto. Las manos surcadas por numerosas venas palpitantes; muy grandes, descomunales, propias para arrebatar de un solo tajo cualquier cosa al más avispado. Dedos largos y huesudos. La cabeza era desproporcionadamente grande para el cuerpo y con una forma rectangular que iba estrechándose hacia la parte de la masa encefálica. Sus quijadas eran fuertes, duras, muy cuadradas, sobresaliendo por sobre aquella masa total de la cabeza. De nariz ancha y roma, rematada en unas fosas nasales que, de grandes, podían aspirar todo el aire del laboratorio en un solo suspiro. Los ojos eran dos esferas ingentes y crispadas, inyectadas de un rojo escalofriante, y que apenas sí podían contenerse en el continente de unos párpados rugosos y flácidos. Los labios habían desaparecido, no existían más. La bocaza era una abertura descomunal que se extendía a todo lo largo de las quijadas, ligeramente deforme y coronada por algunos colmillos que, como tirabuzones, se asomaban ligeramente a la vista.
Pero lo que más entusiasmó a Hyde de su nuevo aspecto fueron sus orejas. Eran una obra maestra consumada: redondas y descomunalmente grandes. Alzadas y adelantadas con respecto al centro de su cabeza. Las veía y reveía virando su cabeza de un lado a otro; las contemplaba sublimado de admiración, y tenía la percepción de que había adquirido el aire de una rata gigantesca. 
Pudo notar que su respiración era rápida y agitada, como rebosante de una ansiedad histérica. Escuchó también aquellos hondos y graves silvidos que se entrelazaban con su respiración. Pero, sobre todo, se sintió Hyde. Por primera vez se sintió lejos de la tiranía del sentido moral. Se sintió libre, dueño de sí mismo. Y en aquellos sentimientos exaltados de frenesí, sentía recorrer la lujuría y la perversidad por sus miembros.
Se contempló excitado consigo mismo en el espejo, y masculló:
- Hyde…
Se llenó de espanto al escuchar su voz. Era grave y viajaba como montada en un ronquido cavernoso . Notó también que sus quijadas tronaban al hablar, que sus dientes rechinaban horrendamente. Se hizo de fuerzas, carraspeó ligeramente, y volvió a mascullar:
- Hyde: ya tienes un pie en Los Pinos. Tu mano está en el aldabón.

Buen día.

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