Crítica a la crítica de Javier Sicilia a AMLO: República del amor.

Haré algunas anotaciones en referencia a un escrito de Javier Sicilia en donde aborda una posición crítica en relación a la propuesta de república amorosa de AMLO. El artículo de Sicilia se titula “¿Es posible una república amorosa?” Añado enseguida el enlace desde donde obtuve el texto original. 



Si no desea leer el escrito de Sicilia, le ofrezco una interpretación sintética del mismo a continuación: 
1. Dios es el fundamento del amor o es el amor. Al menos esto me deja ver la identificación que hace Sicilia de Jesús con el amor y la cita sobre San Agustín. Y como el amor es libre, es ajeno al poder.  
2. Los hombres no saben amar, y entonces se hace necesario el Estado. La esfera del Estado es la moral, no el amor. La ley del Estado garantiza la realización de las virtudes en el hombre, y el gobierno que custodia y gestiona al Estado es el garante de esa ley. 
3. Por tanto, un Estado puede ser virtuoso, pero nunca amoroso.  De esto se concluye que el proyecto de AMLO por una “República amorosa” es, por cuestión de principios, imposible.     
4. Pero al hombre sí le es dado construir un Estado virtuoso, moral. En éste, la ley obliga a ser virtuoso o moral al ciudadano a través de la ley.  
5. La construcción de un Estado virtuoso requiere de la participación de políticos virtuosos. Así que en las circunstancias de violencia, corrupción y disputa política por las que atraviesa México, no hay condiciones para la construcción de un Estado virtuoso.  
6. AMLO tiene dos problemas que incapacitan su proyecto. Primero, su proyecto es abstracto en virtud de que no toma en cuenta la realidad catastrófica del país en lo ético. Segundo, AMLO es inconsistente en lo moral – no sabemos si, para Sicilia, tal inconsistencia es total o parcial -. Esto, porque tiene buenas intenciones, pero no actúa conforme a ellas. Y para esto último Sicilia aduce la fase de “confrontación” política de AMLO.
7. En general, la política en nuestro país, incluyendo a AMLO, es un negocio partidista, de medios y corporaciones privadas, que administran la desgracia y el dolor en su provecho a través de proyectos imaginarios, abstractos. 
8. La solución de Sicilia es un cambio en el corazón de los partidos que se traduzca en unidad nacional para traer la justicia y la paz a la vida nacional. 
Bien, quiero decirle que las opiniones de Sicilia me parecen bastante acertadas en relación al entorno general de la clase política en México, aunque difiero absolutamente con él en lo que toca a sus comentarios sobre AMLO, su proyecto de “República amorosa”, y la condición general del país. Creo que Sicilia está confundido en esas partes. 
Voy a ofrecer al lector un ligerísimo bosquejo histórico de la ética que nos ayudará bastante en dos formas. Primera, para encuadrar debidamente la noción de amor de Sicilia, y así entender a cabalidad su posicionamiento. Segundo, para mostrar elementos que permiten ver al proyecto de la “República amorosa” como una posibilidad a nuestro alcance. 
Si el lector considera ya tener en sus manos estos antecedentes históricos, puede brincar al siguiente apartado titulado “Del escrito de Sicilia”. 
Bosquejo histórico: 
El amor, como todas las facetas de la conducta humana, ha sido siempre una parte de los sistemas morales de los diferentes pueblos en la historia. Los sistemas de moral son más antiguos que la ética. Constituyen sistemas de conducta que hacen posible la convivencia humana en sociedad. Son también sistemas que son aceptados como tales, como un conjunto de arreglos de conducta convenientes para el grupo y sin más fundamento que su aceptación por un principio de autoridad del grupo social y por tradición. Este tipo de sistemas son simplemente supuestos, tomados como dados, y punto.
En lo sucesivo, cuando hablemos de sistemas de moral o ética, damos por supuesto que el amor va en el paquete.
La ética no surge sino hasta cuando los pueblos empezaron a darle fundamentos a sus sistemas morales. En esto se trata de racionalizar esos sistemas, trascender más allá de los principios de autoridad y de la tradición, para encontrar las razones por las cuales los hombres deben comportarse de determinadas maneras. Estos esfuerzos por racionalizar empiezan desde los presocráticos, pasan por Sócrates y Platón, y alcanzan su primera madurez con la ética de Aristóteles.
Casi toda la tradición ética griega, o al menos sus partes más importantes, está dominada por dos rasgos fundamentales. Primero, es una ética de los bienes. Se identifican bienes jerarquizados hacia los cuales aspira el hombre, y esos bienes, según su lugar en la jerarquía, determinan la moralidad del hombre. Segundo, se busca la tranquilidad de ánimo y la felicidad. 
Para la ética griega el hombre es autónomo. El hombre es el arquitecto de su destino. Así que el hombre puede ser virtuoso y conocer y practicar el amor, y también puede caer víctima de los peores vicios. Asimismo, el hombre puede realizar una vida virtuosa y amorosa a través del conocimiento, la filosofía. Y como el Estado es un agregado de hombres, entonces estos tienen la posibilidad de construir una república virtuosa y amorosa.
Los griegos creían en un Eros demótico – amor terrenal - y un Eros olímpico – ágape, amor celeste, universal, humanista -. Y siempre dieron al hombre la posibilidad de conocer y practicar ese amor olímpico o celeste a través del conocimiento.  
Los doctos cristianos adoptaron la ética griega para racionalizar su sistema moral. Al inicio acudieron fundamentalmente a Platón y los neoplatónicos. Acogieron lo conveniente al sistema moral cristiano, y dejaron de lado lo no conveniente. Y en esto hicieron las siguientes adecuaciones fundamentales a la ética griega: 
Primero, le quitaron al hombre su autonomía poniéndolo bajo la potestad de Dios. Segunda, ubicaron a Dios en el lugar de dos de las tres ideas platónicas superiores: amor y bien. Tercera, eliminaron de la ética griega todos los aspectos hedonistas y naturalistas porque se oponían a la moral cristiana. Y cuarta, la vía hacia el conocimiento del bien y el amor ya no era la filosofía, sino el conocimiento de Dios. Y ese conocimiento de Dios se conseguía con la aceptación del dogma cristiano. 
Pero el sistema moral de la religión cristiana sufrió cambios a lo largo de toda su historia hasta la madurez de la escolástica. Fueron cambios que se orientaron hacia una cada vez mayor laxitud moral o apego con lo mundano, con lo terrenal. Y esto respondió básicamente a una necesidad de adaptación a la evolución del entorno económico europeo desde el feudalismo hasta los primeros albores del capitalismo. Así que se pasó desde una ética ascética, propia de las primeras comunidades cristianas, hasta casi una completa restitución de la terrenal ética de Aristóteles. Obviamente, lo que nunca desapareció fue la supeditación del hombre a Dios. 
El final de esta historia es muy curioso. Y es que resulta que Renacimiento e Ilustración terminaron por sacar a Dios del mundo de la ética, la ciencia y la filosofía, para restituir al hombre su autonomía en el mundo. Racionalistas y empiristas, por diferentes rumbos, condenaron a muerte a la metafísica y replegaron a la teología a la esfera de los templos y los monasterios. Fue esto un volver al pasado para retomar el mundo griego en su estado original y caminar con el de la mano hacia el futuro, hasta los tiempos que corren. 
Los esplendores que ofrecía la cultura griega a la civilización occidental se congelaron por la influencia de la jerarquía eclesiástica católica. Eso llevó al hombre a un limbo de oscurantismo, barbarie y quietismo de conocimiento que se extendió por siglos. Nunca sabremos con precisión los costos que esto significó en materia de ciencia, tecnología y progreso humano; pero los datos a la vista de la imaginación nos permiten suponer que perdimos siglos o quizás un par de milenios si consideramos que estos campos crecen a un ritmo exponencial cuando son dejados en libertad. 
Del escrito de Sicilia:
Una vez que el hombre ha recuperado su autonomía, la ética se ha centrado en el hombre. De igual forma, el amor ha pasado de nueva cuenta a la categoría de asunto humano y con absolutas posibilidades de realización. Y el amor ahora es objeto de diferentes campos de la ciencia, entre los que destacan la psicología y la sociología. 
Por supuesto que ética y amor siguen siendo asuntos debatidos y no resueltos. Esto es resultado del letargo medieval. Andamos atrasados en las asignaturas. En ética prosigue el debate básicamente entre formalistas – Kantianos - y empiristas. En cuanto al amor hay debate en torno a si es innato o adquirido. Más debate existe en torno a la naturaleza del amor: sentimiento, fisiología, idea, inclinación, costumbre, historia, evolución, producto social, costumbre. Se ha llegado a postular incluso que el amor es un simple invento de la literatura. De hecho, el amor ha dejado de ser objeto de estudio por sí mismo, pues lo que interesa es el entramado de interacciones sociales en que él se manifiesta. 
Y contra todo lo anterior, Sicilia postula una sola verdad echando mano al sistema moral cristiano; un sistema con fundamentación teológica-metafísica, según hemos visto en el bosquejo histórico. Y por eso Sicilia le niega al hombre su autonomía y, de ahí, su capacidad para conocer y realizar el amor por sí mismo y en el mundo social. Y si el hombre está en esa condición de peregrino abandonado, entonces le es imposible construir una “República amorosa”. Y creo que ese enfoque teológico es lo que otorga un aire casi apocalíptico a la descripción de México en el escrito de Sicilia. Situación que, luego, también resta incluso toda posibilidad a una república virtuosa en las condiciones actuales. 
No tengo la menor duda en torno a que Sicilia es un excelente hombre, un hombre de buena fe. Su labor social patentiza eso. Pero creo que su discurso camina por una ruta llena de peligros, no por él, sino porque da espacio para la reactivación de enfoques teológicos en el tratamiento de los asuntos públicos. Y lo cierto es que la experiencia nos ha demostrado que eso solamente conduce a sectarismos, intolerancia y más violencia. Se requiere construir una democracia pulcra, pluralista, dinámica, abierta al progreso de ciencia y tecnología y orientada a la abundancia para todos, y no así poner las condiciones que pueden dar ocasión a la irrupción del quietismo, conservadurismo y de gobiernos intolerantes y hasta con aires teocráticos.
El mejor servicio que pudieron hacer a la humanidad Renacimiento e Ilustración fue devolver a las jerarquías religiosas a sus templos y a sus monasterios. Así que toda vía que opte por la activación de lo teológico en la vida civil no hace sino poner en grave riesgo ese salto de la humanidad hacia adelante. 
Al negar toda posibilidad a una república de amor – por principio de doctrina - y a una república de virtud – de no cambiar las circunstancias actuales y de no haber otras opciones políticas diferentes a las existentes -, Sicilia prácticamente condena a la nación al quietismo político, al abandono, ahora sí completo, de la cosa pública por parte de los ciudadanos y a favor de esa clase política que él define como completamente corrompida. Esto prácticamente pone las condiciones para la debacle final, no de la ética de la vida pública, sino de la nación toda. 
Sicilia propone una solución: apela al corazón de los partidos para que se logre la unidad y, con ello, se haga posible la solución de los problemas nacionales. No puedo emitir opinión alguna a este respecto porque no sé a qué se refiere Sicilia con el término “corazón”. Desde luego que no creo que se refiera al corazón del hombre en su acepción moderna, como hombre autónomo y capaz de realizar el amor, porque eso echaría abajo toda su visión. 
Si supongo que Sicilia se refiere al hombre según el dogma cristiano – y subrayo que es una suposición - , entonces se puede pensar que Sicilia apela a la restitución de los mexicanos a los principios morales del cristianismo como única vía a la unidad nacional y, de ahí, a la solución de los problemas nacionales. 
Ahora bien, si la opción es la vuelta a la moral cristiana, la pregunta es: ¿realmente los mexicanos adoptarán el cristianismo con devoción y fervor? La pregunta tiene mucho sentido porque, la verdad, si somos honestos, la evolución del cristianismo ha marcado más bien una tendencia franca hacia la creciente laxitud moral, tanto en la población como en los pastores; ni rastro queda de las primeras comunidades cristianas que, con su moral ascética, se apegaban estrictamente a las prédicas y hechos de Cristo.  
Además, si tal es el caso – y vuelvo a subrayar que es una mera suposición -, sugiero recordar lo que apunté arriba sobre los peligros inherentes en este tipo de soluciones que apelan a la mezcla de los asuntos civiles con los asuntos teológicos. 
Creo que es el escrito de Sicilia el que se pierde en las abstracciones metafísicas, teológicas y apocalípticas y, con ello, pasa también por alto las potencialidades de regeneración que ofrece el hombre autónomo con su sentido moral natural y su capacidad real de amar. 
Se pueden concluir dos cosas:
1. Desde la perspectiva del mundo moderno, el amor es una posibilidad al alcance del hombre autónomo, y de igual forma es posible la realización de una sociedad orientada por el amor en sus pautas sociales – una República amorosa -. Y las respuestas en torno a las condiciones que requerimos para acceder a ese estadio social de amor y felicidad están en la ciencia y la filosofía modernas, pero no en la teología y la metafísica.  
2. Creo que la confusión de Sicilia radica en el hecho de empalmar un discurso propio de una disertación escolástica o de un concilio vaticano, en un problema social donde el primado sobre la verdad está en la ciencia y la filosofía moral modernas. 
¿Hay en México condiciones para una República amorosa?:
Añade Sicilia que el proyecto de AMLO es abstracto porque no para mientes en la devastación ética de la vida pública en México. 
Según mi lectura de los documentos de AMLO a este respecto, y contrariamente a lo que supone Sicilia, el proyecto de la República amorosa tiene fuerte raigambre, no solo en la realidad de México, sino también en la del hombre moderno, además de un amplio espíritu democrático. Y esto es así por las siguientes razones:
1. Concibe a los mexicanos en su autonomía y en sus posibilidades, dentro de las cuales están el amor y la felicidad. 
2. No contempla a los mexicanos como demonios ni como santos; ni condenados al infierno ni premiados con la gloria por anticipado; ni condenados a la nada ni destinados a ser todo. Los concibe como hombres libres y autónomos. 
3. Ve a cada mexicano como una tabla rasa que puede ser reescrita con valores mejorados y fortalecidos a través de la educación; y todo, con el concurso de su natural sentido moral y de su capacidad de amar.
4. Convoca al pueblo a la construcción de un sistema moral que defina nuevos paradigmas que regulen la conducta de ciudadanos y políticos en la construcción de una nueva república.
5. Y finalmente, y como bien reconoce el mismo Sicilia, es un proyecto que va hacia la solución del corazón de los problemas fundamentales en la vida nacional.  
No podemos ser fatalistas. Se tiene la certeza de que son unos cuantos granos de trigo los que han optado por una lucha encarnizada de individualismo, y que pueden ser restituidos. Y sabemos también la forma de remediar esto porque conocemos el origen último del problema, una clase política que no ha cumplido con la más importante de sus tareas: formar buenos ciudadanos. 
¿Cumple AMLO con las condiciones morales para construir una República amorosa?:
Nos dice Sicilia que no, que AMLO no cumple con esas condiciones morales. Y para esto, aduce una supuesta inconsistencia moral de AMLO – no sabemos si completa o parcial -: sus intenciones morales no coinciden con sus hechos. Como elemento de prueba en este cao, Sicilia trae a cuentas la fase de confrontación política de AMLO.
Lo anterior es válido siempre y cuando partamos de la visión de amor autosacrificante, doloroso y autoinmolador de Sicilia. Sin embargo, cuando visto el problema de la confrontación política desde la óptica de la ética moderna, el asunto no es tan claro, y hasta pueden encontrarse justificaciones clarísimas a la actuación de AMLO en esa etapa de su vida pública. Saltarían muchas preguntas harto difíciles de resolver. Y es que todo eso es un camino escabroso y difícil, demasiado contaminado por la propaganda oficialista y por un Estado demasiado turbio por efecto de la clase política. Este tipo de asuntos nunca dejarán de ser polémicos y solamente el tiempo hará flotar la verdad. 
Pero más allá de todo lo anterior, quiero resaltar algo muy importante que Sicilia pasa por alto y que, creo, lo hace ver con cierta confusión a la hora de juzgar de la calidad moral de AMLO.
En un viejo apunte en este diario, titulado “El porqué por AMLO”, hablé a detalle de los factores que me llamaron la atención de AMLO, y que me llevaron a optar y a votar por él en el 2006, así como a seguir atento a apoyarlo hasta ahora. Y más allá de las claras bondades de política económica y social de su proyecto de nación, me ha llamado la atención la gama de virtudes humanas que deja ver él como persona. Eso es lo que, en mi opinión, lo lleva a destacarse con singular claridad de entre el resto de políticos. 
Al menos hasta el momento, la honestidad de AMLO es incuestionable. Ningún hombre con los vicios de la mentira y la avaricia se atrevería a hablar tan fuerte y tan claro como lo ha hecho este hombre. Es de sobra conocida por el público la notable modestia de su vida; una modestia casi espartana cuando vista contra el estatus de vida de la clase política nacional. Se sabe también que es excesivamente refractario a las componendas de negocio y de política; una aversión que, a veces, raya en lo poco estratégico en opinión de ciertos círculos políticos. Y esas virtudes aplicadas en las tornadizas aguas de la política, ya implican necesariamente a las demás virtudes humanas, por lo menos a las más importantes: generosidad, valentía y prudencia. Difícilmente se puede objetar esto. No veo cómo alguien pueda hacerlo.
Sin embargo, estas cosas se deciden en el fuero interno atendiendo a la realidad de la persona sujeta a juicio moral. A mí, en lo personal, los anteriores elementos me ofrecen una imagen de AMLO con integridad moral y, sobre todo, con un valor sumamente escaso en la política de hoy en día: veracidad. Así que la realidad no puede sino ofrecerme un alto grado de confianza en que él tiene las cualidades necesarias para cumplir el proyecto.  
Sí es posible una “República amorosa”. 
  
Buen día.

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