Con Enrique Peña Nieto todos nos vamos a La Chingada.

Si usted se atiene a la manera en que Oliver Stone presenta los hechos en torno al asesinato de J. F. Kennedy en su filme “JFK”, finalmente tendrá que ir a la conclusión de que ese episodio de la historia norteamericana no debería llamarse “El asesinato de Kennedy”, sino “El golpe de Estado en los EUA”. Un golpe de Estado que ya había prefigurado en su posibilidad Eisenhower en su memorable discurso por la televisión hacia el final de su gestión como presidente de los EUA.  


Y pese a que Oliver Stone nos ofrece solamente hechos extremadamente sugerentes, cuando puestos frente a los opacos hechos y datos que ofrece el oficialismo en los EUA, uno termina por creerle más a Stone confiando en su veracidad, en su calidad humana. Así que, en el caso de Kennedy, pocos se atreven ya a pasar por locos o ingenuos para apostar a la teoría oficial del asesinato por simples intereses de la mafia. Todo indica a que se trató de un golpe de Estado que no se puede probar del todo porque los dueños de la justicia y de los hechos oficiales son los mismos perpetradores del crimen contra toda una nación.     
Hoy en día, la gran mayoría de mexicanos, si no es que todos, dan por sentada en calidad de verdad la existencia de un fraude electoral en las elecciones presidenciales del año 2006. Este dato es tan abrumador que ni las encuestas de dudosa reputación pueden ocultarlo y se ven obligadas a publicarlo bajo títulos simulados, color de rosa. En no pocas veces hemos visto a varias empresas encuestadoras reportar esas cifras que confirman la existencia de esa percepción mayoritaria entre los ciudadanos: en 2006 se verificó un fraude electoral en México. Es más, hemos llegado al extremo del cinismo con aquello de aceptar el hecho, pero justificarlo aduciendo razones propias a esa imagen artificial de comunista-ateo que se fabricó en torno a AMLO – argumento muy socorrido entre los mexicanos más favorecidos y con mentalidad extremadamente conservadora -.
Pero hagamos lo mismo que Stone y llamemos a las cosas por su nombre a fin de ser consistentes. Más que un fraude, más que triquiñuelas electorales con sabor picante, en las elecciones del 2006 en México se cometió un golpe contra la nación para llevar al trono de la república a una persona que no contaba con la voluntad mayoritaria: Felipe Calderón Hinojosa. El golpe a la voluntad soberana de la nación se operó en atención a los intereses de la plutocracia local y de los centros internacionales de intereses financieros y petroleros, se justificó con encuestas a modo, y se soliviantó y disimuló a través de los medios de comunicación cómplices del plan siniestro. Y si nunca se ha podido demostrar el fraude electoral del 2006 en México de manera inobjetable, es porque el mismo se operó y se legalizó a través del accionar concertado de los que gestionan el Estado desde la ruta del oficialismo. 
Desde luego que la forma en que se operó este golpe a la nación encubierto se ciñó en todas sus partes y capítulos a la tradición. Julo César, J. F. Kennedy y Salvador Allende, también cayeron a manos de los propios gestores del Estado. Y fueron sus asesinos, los políticos en el Estado, los encargados también de echar tierra al asunto a través de las mentiras oficiales, la manipulación de las leyes y la propaganda de la falsimedia.
Pero al igual que en el caso JFK, no hay crimen perfecto y los indicios extremadamente sugerentes de este golpe sobran. Y no por otra cosa las percepciones públicas en torno a este asunto son ya tan inocultables. A nadie que no se tenga por idiota escapa ya, por ejemplo, la forma burda en que el nuevo PRI chantajea de continuo al régimen panista actual con aquello de: ¿Te acuerdas cómo te rescaté de tu pecado en el 2006?...Si no es por nosotros, no estuvieras ahí…Si me sigues golpeando, voy a pitarrear…¡Ayúdame manito!, no me presiones porque me puedo enojar y canto bonito…
En efecto, el nuevo PRI chantajea al principal perpetrador del golpe a la nación en 2006 porque conoce las entrañas del asunto en virtud de que él, como todo cómplice, también fue parte de ese golpe bochornoso contra la nación. Si se toma como precedente el chantaje, como principio de razonamiento, solamente un ingenuo puede tragarse la píldora de que el nuevo PRI concedió en apoyar a los protagonistas del golpe sin estar enterado de los tejes manejes del pecado y sin ser parte del botín. Proceder así, de buena fe, en la vulgar política pragmática, es condenarse a pasar por idiota y estar fuera del pastel. De cierto que mucho le habrá costado al PAN en cuotas de poder la negociación con el nuevo PRI a fin de “legalizar” y sepultar en el olvido el golpe de aquel entonces.
La famosa guerra contra el narco iniciada por Calderón desde los albores de su gestión debe visualizarse desde esa perspectiva de fondo. Y cuando vista así se le descubre el acre cabo propagandístico. Se descubre como una estrategia ajena a toda pretensión por la justicia y que enfoca sus baterías hacia la legitimización carismática – que no legal - de un régimen ilegítimo. Una estrategia propagandística que usa de la construcción deliberada e infame de un estado generalizado de terror como vehículo distractor y de persuasión sobre la población. Y debe decirse que en esto también se han ceñido a la tradición. Y no se necesita ir muy lejos en el tiempo ido para verificar esto. Usted pudo verlo ya en la estrategia de terror que se siguió para justificar la intervención militar de occidente en Libia, y en la forma en que se solivianta una supuesta rebelión popular en Siria a través de mercenarios importados desde la UE y las monarquías petroleras, vasallos leales de los EUA. 
Y en el caso de México hablamos de un régimen que ya ha echado a 60 mil mexicanos al costal de su estrategia de muerte pestilente. Hablamos de 60 mil mexicanos que conforman un pequeño universo de seres humanos culpables por aquello de dejarse llevar por su ambición y por los telones de este absurdo teatro del horror, pero también de miles de inocentes. Hablamos de 60 mil mexicanos sacrificados en aras de los intereses de un régimen ilegítimo; miles de mexicanos que, en condiciones de democracia saludable, tal vez no hubieran fallecido. Pero hablamos también de muchos mexicanos, cifrados en millones, que han sido lastimados en su patrimonio y en su condición espiritual por el flagelo de la delincuencia desatado por esa infeliz y descastada estrategia propagandística de un Estado corrompido hasta los huesos.
Por estos tiempos, cuando veo a decenas de mexicanos muertos entre charcos de sangre, suelo preguntarme cómo se sentirán todos aquellos que participaron directa o indirectamente en este golpe a la nación del que hablamos a cambio de unas monedas, contratos, concesiones, negocios, la continuidad en el trabajo, o hasta por un miserable trabajo de burócrata o de diputado balín. ¿Cómo se sentirán todos ellos al ver esas imágenes que no pueden encontrar justificación alguna bajo ninguna perspectiva ética? ¿Qué pensarán los comunicadores que se dejaron seducir por ese golpe? ¿Sabrán acaso esos comunicadores que son cómplices de cada uno de esos asesinatos aunque sus ojos pretendan voltear a otro sitio para evadir la realidad? Y sobre los beneficios de los que gozan gracias al patrimonio de esos mexicanos a los que han sometido a un régimen de terror, ¿qué pensarán? ¿Comerán a placer? ¿Se incomodan al gozar de unas vacaciones lujosas a costillas del erario nacional? A los políticos colaboracionistas, ¿les arderá el trasero cada vez que van a sentarse a su curul para hacer culto a su idiotez?
¿Terminará este estado de terror algún día? La verdad, tengo muchas reservas respecto al corto o mediano plazo. No creo que el alivio venga pronto. Y digo esto porque el estado de terror es condición indispensable para la prosecución del saqueo a la nación. Para que el saqueo opere, se necesita de un mexicano aterrorizado a grado tal que no pare mientes en el hecho de que le están robando su casa. Y la verdad, los factores confabulan para que este estado se agrave conforme pase el tiempo.   
Por un lado, los centros internacionales financieros y petroleros están en estado de crisis final. Se encuentran en su etapa más peligrosa, la senil, que es el momento en que se comportan como viejos gárrulos dispuestos a todo, a grado tal de llevarse al mundo entero asido a su cola con tal de cumplir su máxima del “Todo es mío”. Y sobre la medida concreta de su disposición a todo tome solamente como paradigmas los casos concretos de Libia y Siria: todo, hasta la muerte de decenas de miles de inocentes, se justifica en la pretensión de ejecutar golpes de Estado para imponer gobernantes peleles y saquear naciones. Y respecto de México, tenga por cierto que esos buitres hambrientos están más que nunca dispuestos al abordaje al costo que sea para disponer de sus recursos nacionales y del petróleo. 
Por otro lado, colaboradores de los buitres internacionales y locales sobran en México. Nuestra historia demuestra que somos un país con ventaja competitiva en la producción de traidores vendepatrias, de tal manera que podría decirse que, en nuestro país, la máxima de Samuel Johnson encuentra su mayor realización y esplendor: el patriotismo como último refugio de los canallas. Además, en nuestro caso la tarea de los buitres se facilita aun más, toda vez que los traidores están bastante bien organizados y adoctrinados en el oficialismo, igualmente repartidos entre las dos divisas principales. Y esto, finalmente, aporta a los buitres un extraordinario señuelo de “alternancia política” entre PRI y PAN que es bastante atractiva para los ciudadanos ingenuos que siguen prendidos a los encantos de la caja loca. 
A decir verdad, la única diferencia que media entre las condiciones políticas de los dos frentes oficialistas principales entre el hoy y el 2006, es que sus muñecos respectivos ofrecieron diferentes cualidades para los buitres. Roberto Madrazo, por su audacia, por su misma malicia, era demasiado peligroso para los mismos buitres locales, no tanto para los foráneos, y no era tan vendible para un público televidente de ingenuos como lo es Peña Nieto en los tiempos que corren. Tenga por cierto que, por aquel entonces, en el 2006, para los grandes apostadores de la casa Calderón era más tratable. Y Josefina…bueno, vamos, Josefina es absolutamente manipulable pero no ajusta ni para una muñeca de paja en lo que toca a mercadotecnia televisiva, que es el quid en este tipo de golpes a la nación.  
Finalmente, los buitres mayores saben que la norma de operación para esta estrategia deliberada de terror está en la percepción del ciudadano sobre los riesgos de vivir en un régimen de terror. Saben que el ciudadano ordinario se comporta como un animal gregario en estas cuestiones; un animal que, a pesar de todo, asumirá el costo de pastar en paz bajo el riesgo de ser el siguiente en la lista del predador, y que tal vez - tal vez solamente -, reaccionará individualmente contra éste cuando las probabilidades de ser el siguiente en el plato sean demasiado elevadas, o bien cuando ya esté en caída libre hacia el menú del día. Y vaya que los buitres cuentan con la alta posibilidad de que los ciudadanos ni siquiera reaccionen políticamente de alcanzarse ese punto límite de riesgo inminente para todos, porque están enterados de que la cultura del neoliberalismo ha terminado por pulverizar todo sentido social en la conciencia de los ciudadanos a grado tal que resulta muy improbable que actúen como un solo organismo en el punto límite, en el punto en el que el régimen de terror se extienda a un nivel tal en el que todos y cada uno de los integrantes del rebaño lleguen a escuchar los pasos de la violencia y de la muerte en los corredores de sus respectivas casas. 
Cierto, en el punto límite, de quiebre, todos los miembros del rebaño podrán gemir y llorar en sus casas, pero son tan sordos y ciegos por su egoísmo que jamás caerán en la cuenta de su número – que da ventaja -, y menos podrán enterarse entonces de que el consenso y la acción concertada facilitarían el acceso a la solución de un problema común. Para su desgracia, poseyendo ojos y oídos, los miembros del rebaño han optado por estar ciegos y sordos. Eso lo saben los buitres, y de ahí toman ellos la ventaja de su partida en ese tablero de juego llamado: terror para el saqueo.
Siembro mis esperanzas en AMLO. Creo que es la única opción viable para que este país alcance la estabilidad, la justicia y la paz. Tengo razones sobradas para fundar estas expectativas en él; razones que podrían ser el tema de otro artículo. Pero quiero ser realista. Y soy realista porque asumo las condiciones reales del juego que enfrenta AMLO por decisión propia. 
Este hombre honesto libra una batalla contra buitres desesperados de peso completo, un mundo de política oficialista colmado de filibusteros dispuestos a todo, y bajo las reglas chuecas del gran casino cuya máxima es “La casa gana siempre, cueste lo que cueste”. Y ya vemos desde tiempo atrás los primeros albores de un nuevo golpe a la nación. La falsimedia tiene más de un año construyendo la falsa percepción de mayorías en base a minorías estadísticas – lo hemos dicho en otros artículos - en torno a un nuevo muñeco de trapo cuyas únicas cualidades distintivas estriban en la divisa oficialista y el copete reluciente. Además, es alta la posibilidad de que las dos divisas oficialistas encuentren un buen punto de acuerdo para que el nuevo muñeco de trapo asuma el poder en este año. Y esto no depende tanto de sus voluntades, sino de los deseos de sus amos: los buitres del dinero y del petróleo. Nada complicado en realidad. Todo es cuestión de que los buitres llamen a un acuerdo, los sienten a la mesa, y los filibusteros encontrarán una ruta que salve el pellejo de todos en los mejores términos posibles. En ese mundo las doctrinas y los principios éticos son simples bagatelas; ahí lo importante es saquear a un país, tocar retirada cuando se ha pasado todo al fuego del bandidaje, y quedar impune en altamar, listos para el siguiente asalto. 
Como dije, siembro mis esperanzas en que, pese a ese estado de descomposición general, AMLO gane las elecciones y por fin termine este drama. Pero en el más realista y pesimista de mis escenarios, veo a un país que seguirá viviendo por un tiempo más en el actual estado de cosas. Me persuado para ajustarme a la incómoda necesidad de presenciar el crecimiento de la violencia, el terror y el saqueo de la nación en buena copia y a más y mejor. Pero de ser cierto esto, veo entonces a AMLO como un exordio a capítulos más dramáticos para la nación y en los que él ya no estará. Tal vez tiempo después de que AMLO se haya ido a “La Chingada”, se empezará a hablar con insistencia del surgimiento de auténticos movimientos insurgentes que pongan acentos más dramáticos al asunto. Nada más natural que sucedan estas cosas en situaciones como la actual, donde la clase política oficialista y sus amos los buitres no logran entender que la ambición rompe el saco. Pero precisamente por el reconocimiento de que los buitres no se van a dejar despojar tan fácilmente de su botín, no descarto que estos escenarios de rebelión subsecuentes lleven luego a la construcción de episodios artificiales tipo medio oriente. Y no descarto esto último porque es el nuevo estilo de operación del colonialismo con banderas falsas de democracia, humanidad  libertad: la desestabilización de un país a través de la barbarie y el terror.
Mientras existan esos buitres, una clase política oficialista de filibusteros dispuestos a fungir como muñecos de trapo de los buitres a cambio de un hueso y una bolsa de monedas, y un pueblo dormido ante los portentos mágicos de la televisión, ese triste escenario a futuro es más que posible. Y lo irónico es que, tal vez – y digo tal vez -, solo hasta entonces, ya para cuando el destino nos alcance en medio de las llamas, ya para cuando caigamos en la cuenta de que nos saquearon, despertemos por fin para recordar que tuvimos en el pasado una real opción de mejora en la cosa pública con AMLO. Pero para ese entonces, y pese a que decidamos por fin apagar la TV, a nosotros también ya nos habrán mandado a “La Chingada”…Y todo por ingenuos.
¿Ingenuos? Por supuesto. Y yo diría que más que ingenuos.
Ni Orgón, el modelo más elaborado de la ingenuidad en la comedia de Molière, y quizás de todos los tiempos, fue capaz de creerle por segunda ocasión al hipócrita y falso de Tartufo una vez que éste fue descubierto en sus mentiras vulgares. Por supuesto que el mismo Molière no se atrevió a explorar jamás esa posibilidad – un segundo engaño de Tartufo sobre Orgón –para escribir una segunda parte de esa comedia, porque el grado de estupidez humana que esto supondría en Orgón sería increíble al grado de hacer perder todo efecto cómico a la trama. Después de todo, una comedia debe tener fondo realista para conseguir su efecto.
Creo que la única manera en que el pueblo de México puede evitarse la amarga pena de ser mandado a “La Chingada” en condiciones de indigencia, es despertando de una buena vez para cobrar cordura y sensatez y negarle todo voto de confianza al PRI y al PAN, a sus dos Tartufos. Pero sobre todo vigilando y estando dispuesto a movilizarse hasta las últimas consecuencias para que esa voluntad se respete. 
¿Podrán los mexicanos sobrepasar la imaginación de Molière para creer de nueva cuenta en el PRI y en el PAN, en nuestros dos Tartufos redomados? 
Eso lo veremos en julio próximo.

Buen día.

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