Chile, neoliberalismo y rebelión.

El antiguo imperio romano vivió tres rebeliones alentadas y protagonizadas por los esclavos; sublevaciones que se conocen como “Rebeliones serviles”. La tercera de ellas, encabezada por el gladiador Espartaco, fue particularmente importante por el número de víctimas mortales, pero sobre todo por lo cerca que estuvo de derrumbar al imperio hasta sus cimientos.


Sobre esta tercera rebelión bien puede usted documentarse en “Vidas Paralelas” de Plutarco, o bien al menos en la película “Espartaco” de Stanley Kubrick con los estelares de Kirk Douglas y los maestrísimos Lawrence Olivier, Charles Laughton y Peter Ustinov. Al respecto de esta tercera rebelión, algunos historiadores señalan que ese aire victorioso fue la clave de la derrota de los ejércitos serviles de Espartaco, pues, estando en los Alpes, ya en el umbral de poder dispersarse por el continente y ponerse en marcha hacia sus tierras de origen, se dejaron influir por su carácter invicto y optaron por lanzarse sobre Roma a fin de acabar con aquello que, para ellos – y no sin razón -, era el origen de todos los males de su tiempo: el imperio romano. Es mi opinión que dichos ejércitos serviles se habrán dejado influir también por un fuerte sentimiento de venganza –algo que no menciona Plutarco por obvias razones-. Después de todo, no necesitamos pensar mucho para dar por hecho que cada uno de aquellos esclavos tenían en su haber una enorme cantidad de cuentas por cobrar: sometimiento y expropiación de la libertad, trabajos inhumanos, vejaciones, expropiación de críos y mujeres…En fin, todo un mundo de bellas acciones del mundo civilizado sobre los conquistados bajo el pretexto de la razón y la alta cultura. Pretextos que, entre las potencias actuales, siguen vigentes para intervenir y someter a las naciones débiles.
Si usted revisa los hechos particulares de esta tercera rebelión se encontrará que las acciones de los ejércitos serviles fueron verdaderamente feroces y despiadadas. Sus campañas militares sobre legiones y poblaciones y ciudades del viejo imperio fueron verdaderamente salvajes y se podrían definir, simple y llanamente, como una ola de saqueo y muerte. Por supuesto que uno no puede evitar la tentación de haber estado ahí, en ese importante escenario de la historia, para apelar a los buenos sentimientos de la turbamulta de esclavos e invitarles al respeto a la vida y la propiedad de los antiguos amos. Mas, cierto estoy de que, si contáramos con una máquina del tiempo y nos apersonáramos ahí, frente a Espartaco y su gente, para preguntarles por los motivos de su rebelión y su carnicería, o no habría respuesta, o simplemente se nos dirían dos palabras: libertad y venganza. Y me atrevo a asegurarle que si apeláramos a los buenos modales, la turbamulta nos alzaría por los aires para lanzarnos luego al vacío del más alto acantilado. Y bueno, es que tendríamos ahí a dos formas de concebir la vida en completa pugna.
En el fondo de este tipo de cosas usted encontrará que hay demasiado odio fomentado por los amos y sus intereses económicos. Un odio enorme que no puede ser apaciguado con un simple sermón de amor al prójimo. Los viejos romanos fomentaron ese odio con sus prácticas económicas, culturales y militares, y si bien superaron las consecuencias de sus actos en las rebeliones serviles, a la vuelta del tiempo sucumbieron hasta las cenizas por el odio de los pueblos europeos del norte de Europa. Sea como sea, el destino y Espartaco alcanzaron a Roma, y ésta se derrumbó. 
Le he traído a cuentas este episodio de la historia antigua para ayudarnos a comprender muchas de las cosas que suceden en estos tiempos en muchos lugares del mundo. Lo que usted ve desde mucho tiempo atrás, desde las acciones de terrorismo, pasando por las confrontaciones intermitentes entre judíos e islamistas, y luego con esta ola de movilizaciones civiles, ya pacíficas o ya violentas, a lo largo de todo el planeta, no es sino manifestación de ese hartazgo y de ese odio acumulado de la gente de a pie respecto de los amos del momento. 
Monsieur le Capital –el capital – empieza a mostrar grandes y reiteradas señales de dolencia mortal en diferentes partes del mundo. Parece que el viejo orden instaurado por ese anciano gárrulo y avaro se va desmoronando poco a poco por efecto de su propia lógica, una lógica que empieza a mostrarse disfuncional y a manera de un obstáculo y un castigo para la vida de muchas sociedades. Parece que el corazón del viejo ya no late al ritmo de las nuevas generaciones y se está convirtiendo en un estorbo con méritos sobrados para ser candidato al retiro y el asilo. Y es en esa fase de obstaculización severa sobre la vida y la felicidad de la gente ordinaria en que empezamos a ver a ésta tomando las calles en tropel para protestar y gritar “basta”. En unos casos las movilizaciones actuales nos recuerdan a las carnicerías de la vieja Roma, pues, a la vuelta de la esquina, están terminado en verdaderas tragedias, como es el caso de Libia, Siria y Yemen. En otros casos, como el de Egipto, se respira la latencia del dolor mayor, de esa muerte que está por saltar a la escena con su guadaña. Y en otros escenarios vemos a la gente armada de un espíritu más creativo para buscar sus objetivos y un mejor horizonte de vida. Y parece que los latinos nos distinguimos sobre los europeos por ser muy bipolares en materia de actividad cívica: demasiado temerosos por momentos, y muy creativos a la hora de la verdad.     
Yo estoy seguro de que si usted le pregunta a toda esa gente que protesta los motivos concretos por los que salen a tomar las calles a pedir el gran cambio, difícilmente le darán razones sustentables desde la lógica de Monsieur le Capital. Seguramente usted podrá tomar esos manifiestos y, una vez confrontados con la lógica de Monsieur le Capital, les encontrará toda suerte de puntos que, para la mente conservadora –el que aspira a la conservación del actual orden -, sonarán a despropósitos y locuacidades insostenibles. 
Un ejemplo muy ilustrativo de esto es el caso de Chile y las protestas por la educación superior gratuita; un movimiento civil que está a punto de salirse de control y meter a ese país en un estado de relativa ingobernabilidad –ingobernabilidad para Monsieur le capital, no para la gente -. Resulta que Piñera, el presidente de Chile, responde a los jóvenes chilenos con uno de los puntos principales de la lógica capitalista, un punto que convirtió al Estado benefactor en un tendajo de mercancías baratas: “Nada en la vida es gratis”. Así, vemos a Piñera bien armado con el lema principal de Monsieur le Capital, “No free lunch”, y al cual hicimos referencia en otro artículo. Pero a Piñera se le olvida que esa lógica pertenece a un sistema económico transitorio, que bien puede estar en pleno proceso de derrumbe o reforma, y que la sociedad humana tiene fundamentos que calan mucho más allá de esa formación económica. Piñera olvida que la educación es un fundamento de la civilización, y que el capitalismo, en cambio, es un resultado transitorio de ésta y que, en ese sentido, no puede ni debe regular a la educación.
Por supuesto que los jóvenes chilenos, cuando espetan su rechazo al dicho capitalista de Piñera en el sentido de que “no hay free lunch”, se dejan ver como tercos obstinados frente al mundo conservador. Sin embargo, la obstinación de los jóvenes chilenos no se debe a una falta de razón; no, el asunto es que a estos jóvenes les sobra razón, pero su razón es crítica y ya no transita por la vía de la lógica de Monsieur le Capital por una decisión consciente y deliberada. Se han rebelado frente al viejo gárrulo y Piñera, como todo buen conservador, se escandaliza. Ellos, los jóvenes chilenos, han rechazado esa vía y, en mi opinión, tienen todo el derecho de hacerlo y de aspirar a otra lógica económica, al menos en el ámbito de la educación. 
Y así como un conservador no encuentra lógica en la lucha de los jóvenes chilenos, tampoco encontrará razones fundadas entre las multitudes que hoy en día se lanzan a protestar a las calles. Y hasta es posible que esa misma gente que protesta no pueda ofrecer razones claras sobre su proceder, porque en el fondo se trata de los mismos sentimientos que movieron a las rebeliones serviles en Roma, sentimientos incomprensibles para la lógica económica tradicional. En el fondo, esas multitudes que se rebelan hoy en día están hartas y colmadas de odio contra un orden establecido que sofoca. Es como si las multitudes se estuvieran lanzando a expropiar a Monsieur le Capital el dominio completo que llegó a tener sobre la vida de todos, desde el trabajo y el consumo, hasta el amor y las relaciones interpersonales. Y pareciera, pues, que escuchamos el eco del sabio Jürgen Habermas en esos gritos callejeros por la recuperación del sentido pleno de la vida y su libertad, de una vida sin precio, de una educación sin precio, de un amor sin precio.  
Desde esta perspectiva de las cosas, desde el punto de vista de valores más universales como la libertad y la vida que hoy claman por sus derechos, yo no iría tan aprisa para catalogar a los desmanes de Inglaterra como hechos sin importancia por su carácter delincuencial de arranque. Por supuesto que no son justificables de manera alguna en la medida en que irrumpen violentamente al interior de un orden establecido. Pero tome en cuenta que esas expresiones de violencia, odio y deseos insatisfechos, no nacieron por generación espontánea en los corazones de los jóvenes ingleses. Todo eso es producto de un viejo orden y una lógica económica que los ha desheredado, que los ha apartado de toda oportunidad, pero que al mismo tiempo los ha emponzoñado con los principios morales del interés y el individualismo, para luego colmarlos de rencor y odio por no poseer lo mismo que los ingleses de Chelsea que asisten al Clubland. 
Aunque parcial, gran verdad dijo David Cameron al definir el principio y el fin de estos acontecimientos en Inglaterra: ya son mayores para hacer esto, pues entonces deben ser mayores para responder ante la ley. Sin embargo, Cameron debía aplicar este razonamiento a Lord Capital para que éste empiece a comprender que ha sembrado demasiadas semillas de odio entre sus jóvenes marginados. Que no se llame sorprendido por estos episodios de violencia y que repare, si es que no quiere ver la violencia continuada en casa. Y es que, si se miran bien las cosas, Inglaterra, como nosotros en México, tiene en esos jóvenes ferales a un Espartaco y a una rebelión servil en potencia. 
Lord Capital, o Monsieur le Capital, como quiera usted llamarle, ha colmado de odio, de envidia y de hartazgo a la humanidad con su lógica económica. Hoy empezamos a ver las consecuencias y los primeros reverberos de rebeliones serviles por todas partes. Que nadie se escandalice, pues, por lo que ya se sabía de antemano.
   
Buen día.

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