Carlos Loret, el sofista y el jamelgo extraviado de EPN.

El sofista:

Creo que Carlos Loret de Mola es un buen hombre. Me queda claro que perdió su tiempo estudiando economía. Lo de él es la comunicación, y vaya que lo sabe hacer bien. Cuando se pone a trabajar en su oficio natural se deja ver como buen artesano. Tampoco valoro en exceso sus virtudes. Como analista político, a secas, va detrás del Carlos comunicador.

Pero a Carlos Loret se le ve con frecuencia con una rigidez muy institucional que le hace trabajar a marchas forzadas, cuesta arriba. Y es ahí cuando se descompone, se viene abajo, se envejece al nivel de sus compañeros de Tercer Grado, para deslizarse luego a ese estado de confusiones inexplicables que la chaviza de hoy en día definen como “tirar aceite”.  
Carlos Loret nos ha regalado una más de sus ya muy frecuentes fugas de aceite en su reciente artículo “La guerra sucia contra Peña Nieto”, en el periódico El Universal. 
Mal se ha visto don Carlos al mostrarse como el más tradicional de los sofistas áticos al empeñarse en aquello de negar lo evidente en torno al suceso Peña Nieto–Feria Internacional del Libro. En su lance, poco le faltó para citar textualmente una variante moderna de la máxima del viejo Protágoras: “Peña Nieto, el hombre, es la medida de todas las cosas, de las que son del PRI, y de las que no lo son”.
Como analista político profesional, y una vez tirado al ruedo para tratar el tema, mal se vio al levantar la nariz frente a la chacota popular expresada en las redes sociales. Por supuesto que no se le hubiera pedido que asumiera el nivel del más pachanguero de los tuiteros. Sin embargo, bien pudo mostrar un moderado sentido del humor. Y es que el amigo Carlos debería tener en cuenta que la crítica social, la ironía política, la lluvia ácida que mana del lenguaje del pueblo, también es parte de ese espíritu de cuerpo que le da unidad. 
Pero más mal se ha visto Carlos Loret al pretender quitar toda legitimidad a ese espontáneo y festivo espíritu de cuerpo social calificándolo de “Guerra sucia contra Peña Nieto”. 
Bien debiera de tener presente Carlos Loret que, pelearse con el pueblo, por más vulgar e iletrado que este pueda parecerle al ofendido, es empresa, además de perdida por anticipado, muy propia de una clase política de naturaleza tiránica y torpe, como la priista, más no de un periodista. Y esta clase de pifias son las que luego dan lugar al surgimiento inmediato de sospechas en el seno de algunos núcleos de la población sobre la calidad y la transparencia del periodismo en México.
Carlos Loret solamente está dispuesto a conceder un ligero espacio a la realidad calificando al evento Peña Nieto – FIL en calidad de “gazapo”. Es decir, para él, el asunto se ha tratado de un desliz, de un lapsus, de un resbalón, de una “manga del chaleco” con su ciclo vital de aliento semanal. Mas nada hay en su escrito en lo que toca al problema de fondo, a lo que ha quedado evidente ante una multitud bastante nutrida, y que Carlos no puede ocultar con un dedo.
El mayor alcance de la democracia, y quizás el único, está en servir de medio para determinar una forma de gobierno por consenso; pero nada tiene que decir sobre la verdad de las cosas en la vida pública. Por mucho que nos duela, tal es el costo a pagar por las ventajas de una vida en democracia, y más en un sistema inacabado como el mexicano. Y en este caso, todo lo que ha manifestado la opinión pública debe ser tenido como la verdad verdadera, por mucho que desagrade o por mucho que esté en contra de una verdad en sentido filosófico. Y si así son las cosas, cabe en ella todo lo que se ha concluido hasta ahora. Cabe la bibliofobia que sufre Peña Nieto, lo que algunos llaman ignorancia. Cabe también la viva y razonable preocupación de muchos por esta bibliofobia en un hombre que ha puesto sus anhelos en eso de dirigir el destino de millones de seres humanos. Cabe la impostura, porque nadie en su sano juicio ético puede pretender presentar una ponencia erudita en una junta de alquimistas, si no sabe siquiera fabricar un gramo de oropel. Y por supuesto que también cabe la chacota como mecanismo de defensa de una sociedad bastante lastimada por los engaños y las sorpresas amargas. Y el que la famosa chacota ya se haya convertido en motivo de ataque y burla en las entrañas de la misma clase política oficialista, como se ve hasta ahora, es otra cosa…daños colaterales, como dicen los encargados de la seguridad pública de este país.  
Y vaya que sobran motivos muy fundados en el público para empezar a dudar sobre las capacidades de este hombre para dirigir a una nación. Basta con repasar los videos colgados en las redes para entender esto. Es francamente lamentable la manera en que Peña Nieto se conduce una vez puesto fuera de terreno, de script. Perturbado sensiblemente; nervioso; titubeante; incapaz de improvisar; la fuente reseca, inutilizada por completo para rezumar cualquier goteo de imaginación, y menos de erudición, por dudosa que ésta hubiera sido.   
Incuestionable también el sentido cómico del episodio. Para infortunio de Peña Nieto, los ingredientes de una de las muchas fórmulas que siempre buscaban los grandes de la comedia, estaban ahí presentes por completo: los apuros de un lego que pretende mostrarse docto frente a un público relativamente erudito. Aquello no encuentra parangón sino en las geniales escenas de don Mario Moreno, Cantinflas, cuando explica la teoría del átomo, o cuando dicta los ingredientes de la bomba con todo y esencia de coco y un cuarto de petardos chinos, o cuando toma el control de la clase para detallar la ley de la “gravedá” que, según él, y no sin falta de perspicacia sobre la realidad mexicana, es como cualquier otra ley, y que no sirve para nada.
Y en cuanto a la chacota pública del momento, se le debiera informar a don Carlos Loret que la sátira, la burla social, aquella que se deja sentir en estos momentos en las redes sociales sobre este episodio con los sabrosos ecos de Aristófanes, es tan antigua como la civilización. Y lo que es más, se le debiera decir que ésta cumple una importantísima función ética como instrumento corrector de conductas individuales torcidas que pueden ser nocivas para el bien público, especialmente en lo que toca al desempeño de los políticos. Y resulta que, en el caso que nos ocupa, y según la opinión mayoritaria, hay un político que ha mentido.
A estas alturas vale preguntarse por qué Carlos Loret se empeña en negar lo evidente, por qué minimiza este evento otorgándole el pobre rincón de “gazapo”, y por qué descalifica al espíritu de cuerpo de una sociedad lastimada y temerosa que se manifiesta a través de su habitual sátira política informal. ¿Error? ¿Confusión? ¿Capricho? 

El jamelgo extraviado:

En general, se lee el artículo de Carlos Loret y se descubre un lance inútil para intentar salvar a Peña Nieto de la derrota en una batalla, que no la guerra. Caminamos por las rutas dramáticas de un Ricardo III de Shakespeare. 
- Catesby: ¡Socorro, lord Norfolk, socorro, socorro! El Rey hace más prodigios que un hombre, atreviéndose a enfrentarse con todos los peligros. Le han matado el caballo y combate a pie, buscando a Richmond en la garganta de la muerte. ¡Socorro, ilustre señor, o si no, la batalla está perdida! 
- Toques al arma. Entra el Rey Ricardo.
- El rey Ricardo: ¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!
- Catesby: Retiraos, señor: os ayudaré a encontrar un caballo.
- El rey Ricardo: ¡Villano, he echado la vida a una tirada de dados, y afrontaré el azar de la suerte! Creo que hay seis Richmond en el campo: he matado a cinco en vez de él. ¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo! 
Peña Nieto jugó a los dados, quedó a descubierto - fuera de script, indefenso -, le rodearon los enemigos, le mataron el caballo, y le acercaron dos jamelgos: un gazapo y una guerra sucia. Pero ya se ve que de nada ha servido el lance. Como quiera que sea, el rey ha sucumbido y yace inerte sobre los rescoldos grisáceos de miles de libros dispersos por el campo de batalla, con la cara al sol y con un cartel enorme clavado en la coraza a manos del mismo Richmond, y que reza algo más o menos así: “Este rey fue bibliofóbico”.
Y mire usted lo que son las cosas. Se dice que Ricardo cayó en batalla, y mientras se defendía postrado en el suelo, semidesnudo, se desgarraba la garganta con estos gritos: “Traición, traición, traición…”. Y es que, no pudiendo concebir su derrota, se inventó el cuento de una guerra sucia a manera de bálsamo. Pero lo cierto es que Ricardo pagó cara su farsante usurpación y, al día de hoy, se desconoce donde yacen sus restos. Por lo menos no están en la gran Abadía de Westminster, donde reposan varios de los grandes. 
Por cierto que la golpeada y desteñida corona ya anda rodando a manera de pelota entre las patadas de la tropa tuitera de lord Richmond, que en estos momentos se revienta una ruidosa cascarita en las medievales y verdosas campiñas de Leicester, vulgo, espacio virtual. 
Creo que el error de Carlos Loret ha sido el hacer caso omiso de la razón práctica y no haber deliberado entre las dos únicas vías de acción posibles en este tipo de casos: o no hacer nada y dejar pasar la bola de lleno hasta que se diluya por completo en el olvido, o hacer algo pero sin intentar restar legitimidad a la chacota…claro, siempre y cuando el pecado de la víctima sea evidente. Así que, o se toma la vía de Poncio y se finge demencia, o de plano mejor sumarse a los festejos filisteos.   
Pero lo más irónico de todo es que el lance de Carlos no ha servido para nada, y sí solamente le ha ganado antipatías de manera gratuita. Y es que se puede apostar a ciegas a que el resultado final de todo este embrollo en términos electorales será, esencialmente: nada. 
En efecto, en un apunte anterior – “Peña Nieto y Tartufo” - dije que mucho ayudan los libros en eso de forjarse una verdadera sabiduría para vivir bien, para vivir auténticamente, pensando y sabiendo a qué atenerse. Pero también dije que los libros no son absolutamente indispensables en esto. Así que, leer o no leer, no es el dilema esencial de este hombre, ni el de ningún otro que se precie de vivir bajo la óptica de un estricto pragmatismo. Que son hombres equivocados, eso es otra cosa.
En ese apunte dije también que nuestro ranflo sistema político oficialista – PAN, PRI y demás partidos satélites - ha fabricado un cuadro de valores donde los libros y su sabiduría son punto menos que basura. Esto es reflejo de la transformación de la política en un oficio para bandas de ladrones, tal como decía San Agustín. Y esto no debe sorprendernos porque ni siquiera en la Atenas de Pericles, un gobernante sabio, los libros fueron condición indispensable para el ejercicio de la política práctica. ¿Que esto es un tremendo error? Cierto; pero la realidad es tal, un cuadro de ignorancia desoladora. Así las cosas, si juzgamos el evento Peña Nieto desde esta perspectiva realista, desde la “ética” del ángulo ranflo, debe decirse que el no tener hábitos de lectura no hace de Peña Nieto ni mejor ni peor político. En realidad, el problema de Peña Nieto viene por otro lado, algo que nada tiene que ve con la lectura: no es político. 
Como anotación al margen, sobre este punto quiero decir que la cuestión que tiene que resolver el ciudadano es si cree merecerse el destino de vivir bajo la realidad miserable de un sistema político vulgar y ranflo como es el mexicano. Sigo con el tema.
Es mi opinión, entonces, que todo ese punto está salvado para los priistas. El que Peña Nieto lea o no lea, no le hará mella alguna de manera significativa. Considere el lector lo siguiente.  
El mercado electoral de Peña Nieto es, casi por definición, el más aclientelado con la televisión. Se trata de aquella parte de la población mexicana con mayor y más franca aversión a los libros y donde resulta asunto sin importancia el que alguien lea o no lea. Se trata, pues, de un universo muy especial en que todo vuelo de erudición es causa de escozor y desconfianza entre los demás, y hasta puede ser motivo de carta de exclusión definitiva del clan o de la tribu. En estas condiciones, grave sería para Peña Nieto, eso sí, el tener un serio altercado público con Chespirito o con don Gaspar, que en paz descanse. Ahí sí que sonarían las alarmas y los focos rojos.  
Sí pierden puntos los priistas. Cierto, pero se trata de puntos estrictamente potenciales. Se trata de una muy considerable proporción de la población mexicana que, leyendo o no, guarda algún aprecio por la lectura como recurso de sabiduría. Sin embargo, le puedo asegurar que se trata de algo que ya se daba por perdido en los balances electorales de inicio para el PRI. Estos mexicanos no son el mercado de Peña Nieto, ni ellos ven a éste como opción viable. De ahí que me refiera a ellos como pérdidas potenciales, aunque ahora confirmadas al cien. 
Desde luego que lo mejor para los priistas hubiera sido la no ocurrencia de este acre desaguisado. Nadie que tenga un poquito de juicio en ese partido podrá darse al lujo de creer que es una ventaja el haberse cerrado la puerta con tan importante núcleo de la población como es aquella que se instruye con más asiduidad, o que por lo menos valora esto positivamente. 
Como quiera que sea, el autogolpe está dado, y no hay para dónde hacerse. Lo único que resta por hacer para el PRI, es lamerse las heridas por esta batalla perdida contra ellos mismos, y ordenar a esos asesores, que sirven para sabe Dios la cosa, que procedan a hacer lo que mamonamente llaman “cuantificación de daños en el War Room” a través de encuestas balines y al gusto. Comprenda usted que de algo tienen que vivir los pobres asesores. 
Puede ser que los asesores del War Room concluyan que sí hubo daños solo para convertirse en el centro de la vida partidista por un momento y echarse unos pesos a la bolsa. Así operan las cosas en ese medio. Pero aunque de verdad los hubiera – los daños -, todo esto tiene arreglo. Aquí aplica aquella maravillosa máxima de Shakespeare: “Si el dinero va delante, todos los caminos se abren”. Y esto, señores míos, este “todos los caminos”, es todos sin excepción, hasta los que conducen a las puertas de San Pedro y a muchas casas encuestadoras de aquí y de acá. Así que, habiendo lana, en un suspiro empiezan las entrevistas artificiales a todo vapor a razón de billete por palomazo y, como por arte de magia, desde una muestra extraída a partir de una población imaginaria con distribución normal estándar y con sus correspondientes Z-scores, y de celemín en celemín, las encuestas se ponen guapas y marcan al favorito con treinta puntos arriba.    

De Paulina:

Finalmente, nos receta Carlos Loret en su artículo un corolario con dosis de verdad y error. Dice Carlos lo siguiente de manera textual:
“Me parece una bajeza inaceptabe que rebasa de nuevo cualquier frontera ética el atacar a una menor de edad e incluirla, con rango de adulto y casi de contendiente, en la campaña política (Si el mundo fuera al revés, serían los primeros en gritar: ¡guerra sucia!, ¡guerra sucia!, como si tuvieran del término propiedad privada)”
Aclárese a Carlos que a la joven nadie la incluyó. Ella sola se incluyó brincándose las trancas y saltando al ruedo con una firmeza que ya la quisiera Dios Padre o el más ansioso de los espontáneos en la fiesta brava de la feria de Texcoco. Pero de acuerdo con Carlos en cuanto a no seguir el hilo a una joven. Nadie que se precie de persona seria puede prestarse a una disputa con una joven. Voy a ceñirme a la recomendación de Carlos en este sentido, porque creo en ella, pero antes haré algunas aclaraciones importantes. Sobre todo porque esta apelación moral trae su jiribilla muy bien embozada al estilo Teletón. No es bondad gratuita.
Antes que nada, Carlos debe de aceptar que hay muchos en ese mundo tuiteril que son de mecha corta y de armas tomar. Contra eso nada se puede hacer. De manera tal que se puede siempre esperar que, cualquiera de esos espíritus explosivos y cimbradores, han de responder naturalmente a una pendejeada con un millón de recíprocas pendejeadas, y a una bajeza con una tormenta de bajezas.
Deseable sería el ideal de Carlos Loret. Pero como seguimos atrapados en el contexto de una sociedad medianamente democrática en donde las normas morales son más débiles que un algodón, y donde el resto de gentes no están obligadas a doblarse a la voluntad unilateral de un particular, por más notable que éste sea, entonces la solución de este tipo de problemas va por la vía de lo posible. Y esta vía no es la vía imposible que adopta Carlos: la condenación ética del público tuitero, “haiga o no haiga” fallado en su conducta. La vía es, más bien, el retiro inmediato de la joven de aquel medio que la está lastimando y proceder a la voz de ya a la rectificación de su conducta. Pero esa tarea compete a los padres, no a los periodistas ni a los grillos ajenos a casa quienes, con sus intervenciones devotas con aires de San Buenaventura, solamente dejan verse como buenos artesanos de la zalema.  
No por una purista y muy justificada exhortación de respeto a la juventud – y me ciño a ese llamado - se ha de pasar por alto el error. Y no para hacer leña del árbol caído, sino para que sirva de referente de conducta para otros en lo sucesivo. Paulina tuvo una manifestación clasista muy acorde al perfil de su padre. Eso no se puede ocultar. En mi opinión, esta es una expresión que responde, entre otras cosas, a un exceso de protección sobre ella y a la frecuente infusión de la joven en la pila bautismal de un rancio sentimiento de exclusividad. Infusión que es acto consciente de los padres y no de la muchacha, porque ni modo que la joven se meta sola a la pila. Y si así son las cosas, alguien debe informar a Carlos Loret que, cada vez que alguien como él, una figura pública reconocida, salga en defensa de una joven así en un caso como el presente, no hará otra cosa que acrecentar esos sentimientos negativos en el corazón de la muchacha. Actos de esta índole le harán pensar a ella que siempre habrá alguien importante al tanto de resolverle sus problemas. Y debe Carlos retirar sus preocupaciones en este terreno. Yo le puedo asegurar que si a Paulina la dejan que arregle sola sus problemas bajo la vigilancia cercana de sus padres, más que pronto la joven llegará a ser una excelente mujer el día de mañana. Y sé que así será. 
Pero el caso es que no tengo interés en Paulina como persona concreta. No la conozco y solamente deseo que le vaya muy bien en su vida, como se lo deseo por igual a toda mexicana, sin importar clase social y situación étnica. Lo que me interesa de este asunto es algo muy importante que Carlos está pasando por alto con su exhortación moral al público, y no sé si deliberadamente o no: la relación formal padre – hijos en el contexto de un hombre que quiere ser presidente de la república.
Debe reconocerse sin tapujos que el evento Paulina deja ver, no errores de la muchacha, sino deficiencias educativas por parte de los padres. Y no menciono esto de mala fe, lo menciono en el entendido de que la mayoría de los padres tenemos serios trances con los hijos, y no pocas veces se trata de problemas que son mucho más serios que los de la familia Peña. De esto hablo con conocimiento de causa porque soy padre soltero desde casi toda mi vida y me ha tocado llevar el cuidado de mis hijos como padre y madre. Sé lo que es rechinar los dientes con esta clase de situaciones. Sin embargo, con todo y que esto compete a la vida privada, en el caso de un hombre público no está del todo fuera de lugar el que alguna parte de la opinión pública esté tomando este dato para preguntarse si Peña Nieto tiene realmente cualidades para gobernar a un país. 
Una de las más sólidas y centrales críticas de Sócrates y Platón a la democracia restaurada y a la oligarquía en Atenas fue la deficiencia constante de los gobernantes en turno para educar bien a sus hijos, para llevar las riendas de su propia familia. Se entiende que estos dos sabios hacían su crítica con conocimiento de causa, dando cuenta del conocimiento concreto de la clase especial de muchachos que seguramente eran aquellos hijos de papi de los tiempos clásicos. Y eso tiene mucho sentido cuando se ve contra el significado de fondo que la política tenía para estos dos pensadores inigualables: formar buenos ciudadanos. Así que el punto en esto estaba bien claro para los dos filósofos: un político que no ha sabido educar a sus hijos de manera óptima, es incapaz de formar buenos ciudadanos y, por ende, para dar lugar a una sociedad justa y equilibrada. 
Carlos Loret estará de acuerdo con nosotros en que la política moderna sigue siendo el arte de hacer posible la vida social, así como el perfeccionamiento constante de ésta. Y sentado esto, no nos queda de otra que aceptar que la política sigue siendo el arte de formar buenos ciudadanos. Creo que para el lector queda claro el dilema que planteaban los dos sabios en torno a la realidad de los políticos de su tiempo, dilema que sigue vigente, y que otorga plena justificación a los mexicanos que se cuestionan en torno a las posibilidades de Peña Nieto.
México, como bien ha dicho AMLO, está pasando por un quiebre dramático en sus virtudes éticas y cívicas. Y aclaro que no estoy diciendo que AMLO sí pueda resolver este asunto. Lo que quiero decir es que está acertado en este punto, según es mi opinión. Y creo que buena parte de nuestra crisis general responde a ese problema de fondo. Así que nunca como antes en la historia de este país había cobrado tanta importancia la necesidad de rescatar a la política del vulgar rincón de lo gerencial para instalarla por primera vez en su ruta legítima: formar buenos ciudadanos.
En torno a lo de la joven Paulina, entonces, debemos concluir que tiene razón Carlos Loret en aquello de no seguir el hilo a los impulsos de Paulina. Sin embargo, lo que sí no debe ser pasado por alto en torno a este asunto, es el dato respecto a la relación padre – hijos que se manifiesta. Y no se trata de juzgar para descalificar. Tampoco esta revisión debiera dirigirse a Peña Nieto en exclusivo. Se trata de un examen sobre las virtudes éticas verdaderas en torno a todos aquellos que pretenden gobernar y dirigir a millones de mexicanos.   
No es fácil conducir y educar a una tribu de chiquillos en casa. Conducir a una nación por el camino correcto de las virtudes y el progreso, es tarea reservada para titanes. Una locura desproporcionada para muchos de los mortales, entre los que me incluyo en consideración a mis notables limitaciones en este terreno. Pero recuerde el lector que esto no es imposible. No se trata de elegir al hombre perfecto, porque éste no existe. Se trata de ceñirse lo más posible a los modelos de la ciencia política positiva y de la ética para acercarnos lo más posible al ideal del gobernante perfecto, a lo deseable. Y en esto, todos los datos cuentan para la toma de decisiones con el menor sesgo y la mayor exactitud posibles. 
Como podrá darse cuenta el lector, cuando la política es tomada en serio, como verdadera política, no a la manera en que opera nuestra ranfla clase de grillos oficialistas, se llega a una tremenda realidad: no es fácil elegir a un buen gobernante, no ya de un país, sino del más diminuto de los poblados rurales. No se trata de quién es más gracioso o más bonito, quién sale más en televisión y quién hace más puentes peatonales y canchas deportivas, quien es más joven o quién es más viejo, quién tiene la mujer más guapa o quién la más feroz, quién estudió en Harvard y quién en Zapotlán, quién habla mejor o quién porta más recursos para erigirse como el Big Man del momento repartiendo despensas y láminas acanaladas. La cuestión se trata, más bien, de saber quién posee las mejores virtudes éticas demostradas que permitan garantizar la construcción de una sociedad justa y equilibrada fundada en ciudadanos de excelencia. 
La experiencia de las grandes culturas de la historia demuestra, sin duda alguna, que la pleamar está en la excelencia ética de los gobernantes, y que la bajamar, la crisis y la decadencia, radica en la existencia de una clase gobernante viciosa y ranfla…como la que nosotros sufrimos en los tiempos que corren. 

Buen día.

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